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Nacido en Almería, en 1970. Ganador de diversos certámenes literarios (Premio Ciudad de Benasque y Certamen "Fernando Quiñones" en el año 2000, Premio de relato corto "Ciudad de Peñíscola" y premio "Arjona" de relato corto, en el año 2006, entre otros). En el año 2006 publicó el libro de relatos "El síndrome Chéjov", en la editorial Páginas de Espuma, y ha sido incluido en la antología "Macondo boca arriba", editada por Fernando Iwasaki, y publicada durante la pasada Feria del libro de Guadalajara (México), dedicada a Andalucía. Mantiene un blog centrado en el relato corto: www.elsindromechejov.blogspot.com
Leer los cómics de Daniel Clowes es una experiencia excitante, sensual. Todas sus historias –los que lo han leído lo saben bien, los que no, ¿exactamente a qué están esperando?- apelan a un entendimiento personal, muy íntimo, de la experiencia lectora. Por eso sus historias son aterradoras. Tenemos la impresión insustituible de que se desarrollan ante nosotros; el vínculo entre su obra y nosotros es demasiado audaz y especial. Un vínculo único, una sucesión de golpes intelectuales, pero sobre todo emocionales, que llegan a ser vividos dentro de la lectura que hacemos de sus historias.
Su mundo es complejo, porque en él cabe cualquier aventura narrativa. Sus personajes parecen desalmados, no-vivos sobre los que caen los acontecimientos más delirantes; sus tramas son terroríficas –David Boring, Como un guante de seda forjado en hierro- pero también cínicas, satíricas –Pussey-. Uno puede encontrarse riendo a carcajadas ante una viñeta deprimente, y al volver la página sentir el temblor de la irresponsabilidad, la liberación de lo que ya no se percibe coartado. Clowes respira libertad. Cualquiera de sus cómics. El lector llega a sus pueblos primitivos, propios de las paranoicas películas de los años 50 sobre invasiones alienígenas, y se encuentra la sorpresa de que en ellos los extraterrestres son siempre los humanos.
En Ice Haven el homenaje a la tradición literaria y cinematográfica americana es total. La crónica literaria de la ciudad de ese nombre, conglomerado y muestra de todas las miserias actuales, es un compendio de muchas de las tendencias literarias actuales. Si uno lee Ice Haven encuentra rastros de los escritores posmodernistas americanos, rastros tiznados siempre por una poética muy particular del extrañamiento y la perturbación propia de Clowes. Un homenaje a los antiguos tebeos apaisados pero también un buceo en nuevas formas de resumir los miedos contemporáneos a través del dibujo, el humor y lo bizarro, la soledad y una ternura brusca. En pocos trazos –tanto literarios como de dibujo- Clowes perfila personajes inolvidables. Es evidente que en las historias de Clowes uno puede reconocer a David Lynch, como a Delillo en la parte final de David Boring, o a un Carver que hubiese bebido alcohol caducado, sin el animismo sentimental de Tomime, pero en realidad el mundo de Clowes no parte de una extravagancia underground sin raíces posibles, un experimento radical que se acaba en sí mismo. En Ice Haven hay un esfuerzo por establecer el organigrama de su mundo, a través de breves estampas narrativas, de no más de cuatro páginas, y en las que se aprecian todos los sabores de la gran cultura americana, desde Mark Twain hasta el Thorton Wilder de Our town, homenajeado en el mejor personaje del cómic, el escritor frustrado Random Wilder. Ice Haven es un Our town de nuestro tiempo, pero también de cualquier tiempo. Ice Haven es rabiosamente actual pero a la vez tiene un aroma clásico, que no estaba presente en otras historias suyas. Esa autorreflexión constante que la historia muestra entre el peso de la cultura oficial americana y la incógnita sobre el papel del cómic en su futuro, toca muchas puertas, como el relato detectivesco a lo Dashiel Hammett –homenajeado también visualmente en el personaje del señor Ames, detective que investiga la desaparición del niño David Goldberg para terminar constatando únicamente que en cualquier sitio encuentra rastros que le recuerdan a su mujer, excepto en su propia mujer-. La pareja de detectives retoma evidentemente las historias cinematográficas de Nick y Nora Charles, interpretados por William Powell y Mirna Loy en los años 30, y basadas en las historias del thin man de Hammett.
Clowes se complace en llenar de claves de la cultura popular todo el cómic –Psicosis, los Picapiedra, 2001, James Cagney en Al rojo vivo-, no para deconstruirlas y añadirles códigos interpretativos distintos, sino para superponerles directamente versátiles miradas nuevas, sin caer en la autocomplacencia del que juega con nosotros a descifrar guiños culturales, sino otorgándoles un giro expresivo que nosotros deberemos reubicar, que nos interpela sin dobleces. El mismo Clowes, a través de su sosias Harry Naybors, cuestiona lo que yo estoy haciendo, el interpretar sus personajes como claves interpretativas del sentido de la obra. Clowes en cierto modo ha pretendido un clasicismo autoconsciente, y se esfuerza en que sintamos que sabe lo que está haciendo, y que su mundo perturbado es la obra de un diseñador de mundos muy seguro de su complejidad. Pero cuando lee varias veces Ice Haven el lector se maravilla del sutil encaje de todas sus breves historias interconectadas.
El sentido de Ice Haven explota en múltiples direcciones, y como en todas las obras de Clowes se apela a la libertad expositiva, a la ausencia de reglas internas en la narración. Su surrealismo es feroz, pero al tiempo regido siempre por una lógica interna que no alcanzamos a atrapar, pero que apreciamos que existe. Así, siempre permanecemos al cabo de entornar la mirada y hallar una trabazón interna para lo que se nos cuenta, pero Clowes siempre es capaz de saltar sobre el obstáculo de nuestra mirada conforme, y torcer el gesto para seguir adelante y que la trama explote en múltiples direcciones posibles. Ice Haven se constituye en un compendio de su mundo, pero también de las posibilidades narrativas actuales del cómic, un breviario que desde su tamaño alude a la pequeñez, al valor de lo breve y fragmentario como definitorio de los enigmas acechantes del mundo actual. La violencia está siempre latente, contenida en casi todos sus personajes, y no explota al modo del Lapham en Balas perdidas, pero el mundo de Clowes, al fin y al cabo, es el de una reunión de psychokillers en potencia. La historia de la desaparición del niño David Goldberg encuentra su refuerzo paralelístico en el horrendo crimen que en los años veinte sacudió Estados Unidos: la historia de Leopold y Loeb, que mataron sin motivo, sólo por goce intelectual y perversamente sexual a un niño al que apenas conocían, y que fue llevada al cine en The rope de Hitchcock y en Compulsion de Richard Fleischer, con Orson Welles en el papel del abogado que salva a los criminales de la ejecución. Fleischer se acercaría de nuevo al mundo de los asesinos en serie en sus magníficos filmes sobre el estrangulador de Boston y el asesino de Rillington Place. Según el personaje Harry Naybors, el propio Clowes nació cerca del lugar de los hechos –también David Fincher, que podría ser de la pandilla de Clowes, como Pahlaniuk y otros, reconoció que Zodiac surgió de la influencia que en su infancia tuvieron los crímenes del asesino del zodiaco en su barrio-. Pero Daniel Clowes añade a esa historia violenta –con el escepticismo propio de quien refleja una situación que no llega a cambiar- el eco mediático propio de nuestro momento. En estos días en que tanto se ha hablado de la niña inglesa desaparecida en Portugal se puede apreciar a la perfección la exactitud del proceso paranoico descrito por Clowes, en el que lo que acaba siendo menos importante es el pobre David Goldberg, que pasa por la historia como un bulto ausente al que nadie logra sacar de su autismo sentimental, y cuya voz acongojada cerrará la historia.
Ice Haven está lleno de personajes perdurables, pero no puedo acabar este comentario sin mencionar la que para mí es su mejor historia y personaje. Random Wilder, el poeta frustrado y frustrante, atrapado en su apatía creadora, y que en los capítulos dedicados a él –perfectos relatos cortos- ejemplifica en pocas viñetas, de un modo hilarante y trágico, eso que tantos manuales definen como bloqueo creativo. Cualquier artista puede verse reflejado en el señor Wilder, un antihéroe genial, en sus actitudes contradictorias y miserables. Al igual que Wilder, la chica que secretamente la admira, Vida, también piensa que es el otro el que tiene éxito.
Clowes, por último, destila en esta obra una gran melancolía, una plausible tristeza hacia sus personajes atrapados. Su habitual cinismo aparece atemperado en Ice Haven, pero a la vez el libro es un ejemplo valiente de búsqueda de renovación partiendo de moldes clásicos, antiguos, pero no invocando un revival conservador, sino al contrario, dinamitando cualquier concepción preconcebida, y estimulando a los artistas jóvenes a investigar desde cualquier punto, incluso desde el clasicismo más lleno de encanto, pero rancio. Homenaje a lo clásico, pero también obra vanguardista, Ice Haven es otra pequeña maravilla de Clowes, y sobre ella revolotea una pregunta: ¿Qué puede hacer el cómic frente al influjo de los grandes libros, de las grandes historias, del poder de la imagen cinematográfica? No hace falta que diga que Ice Haven es una de las respuestas posibles. |