Sumario. Cómic y novela gráfica
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Un apunte personal a propósito de la novela gráfica

José Ángel Mañas

 

José Ángel Mañas nació en 1971, en Madrid. Inició su carrera literaria con la novela Historias del Kronen, que quedó finalista del Premio Nadal en 1994. Entre 1995 y 2001 ha publicado otras cinco novelas, Mensaka (Destino, 1995), Soy un escritor frustrado (Espasa, 1996), Ciudad Rayada (Espasa, 1998), Sonko95 (Destino, 1999), y Mundo Burbuja (Espasa 2001). En marzo de 2005 Destino publica su séptima novela, Caso Karen. Sus novelas han sido traducidas a varios idiomas. Tres de ellas, Historias del Kronen, Mensaka y Soy un escritor frustrado han sido llevadas al cine. Actualmente reside en Madrid

 

 

ParacuellosCon la edad constato que me voy volviendo una persona de orden, tendencia minimalista. Me gusta que las estancias en las que vivo haya pocas cosas y bien ordenadas. Me gusta que la biblioteca con la que trabajo tenga pocos volúmenes pero bien ordenados. Me gusta que los objetos que tengo a mi alrededor sean escasos y que tengan todos una función lo más definida posible. ¿Qué hay dos objetos para una misma función? Procuro quedarme con uno y el otro se lo dejo a la basura. Es una cuestión de higiene mental. Hace muchos años leí un libro (chorra) que se titulaba “simplifique su vida”. Yo hago todo lo posible por simplificarla.

Y en lo estético me ocurre algo parecido. Mi gusto se ha ido afinando con los años y tiendo naturalmente a apreciar la economía de medios y la utilización inteligente y armoniosa de los mismos. Eso es, en definitiva, lo que caracteriza a una inteligencia artística bien constituida. Me gustan, en la novela, las obras cerradas, que se ciñen lo más posible al relato vertebral y que tienen mucho músculo y poca chica. Aprecio ese tipo de obra donde no sobra nada y donde todas las piezas están perfectamente jerarquizadas y encajadas para construir una historia unitaria. Las novelas que son “un cajón de sastre donde cabe todo” ya no me interesan. Me voy volviendo un clásico, qué se le va a hacer.

Y por eso cuando empecé a escribir guiones de cómic en los últimos tiempos creí que había encontrado la panacea. Después de un mundo tan libertario como el de la novela de los recientes decenios –donde el canon narrativo ha sido dinamitado tan brutalmente que es muy difícil encontrar ahora mismo a nadie que tenga una idea mínimamente clara de lo que es una novela-, me sentía feliz al volver al molde definido del cómic europeo con su formato de 45 páginas (una más, una menos). Me sentía exultante al encontrarme con una forma bien trabajada en la que uno podía organizar su material sintiendo una saludable sensación de confianza en un molde que ya ha demostrado su eficacia y su robustez, con una multiplicidad de puntos de referencia muy claros (algo que resulta imprescindible para el ejercicio del ingenio narrativo, porque la inteligencia narrativa necesita de los límites para poder encontrar soluciones exactas).

Y hete aquí que me encuentro con que nado a contracorriente y con que los editores de cómic de hoy en día lo que buscan ante todo es la famosa novela gráfica. “¿Cuántas páginas tiene tu guión? ¿Cuarenta y cinco? No, eso ahora mismo no interesa.”  Y es que resulta que ellos también han sucumbido a los cantos de sirena de la libertad artística. Se rompe con el molde clásico y se arremete contra los límites. Eso resulta muy excitante en un principio. Pero ¿concebiría alguien una partida de ajedrez o un partido de fútbol donde cada jugador impusiera sus propias reglas?  ¿O donde de repente se multiplicaran por tres las casillas o se cambiara de lugar la portería?

En definitiva que aunque no tengo nada en contra del verso libre (entiéndase novela gráfica) creo que en el soneto (entiéndase el formato de cómic clásico) también hay libertad. Hay ochenta mil maneras de hacer sonetos respetando esas reglas, igual que hay ochenta mil maneras de jugar al ajedrez o al fútbol respetando unas reglas comunes. ¿Que se quiere acabar con ellas? Me parece estupendo. Habrá artistas geniales con grandes hallazgos y también grandes cagadas. Es el riesgo de la experimentación. Pero ni Alekhine ni Zidane habrían llegado a los niveles de excelencia que alcanzaron en sus respectivos campos de haberles andado cambiando el número de casillas o el lugar de la portería.

Vamos, que yo me quedo con el cómic clásico.