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Sobre una poesía necesaria

Antonio Gracia  

 

 

Antonio Gracia, Sobre una poesía necesaria

Nadie espere una nómina de autores o un mapa de tendencias, fáciles de hallar si se hojea la última antología antes de que el siguiente antólogo altere el espejismo. Yo no vengo a hablar de poetas sino de una actitud, tal vez utópica, ante la poesía.

 

Un impulso genético hacia el sosiego

Mis palabras, que pueden parecer un manifiesto, son nada más que la exposición de una experiencia y un deseo, y cuantas alusiones hago son demostraciones para mí mismo de que otros han sentido algo similar. Parto de estas premisas:

1.- Todos buscamos, por impulso genético, la felicidad o, en su ausencia, la liberación de la desdicha. 2.- Para lograrlo precisamos averiguar qué necesidades profundas reclama nuestro ser y qué impulsos dañinos debemos desactivar de nuestra íntima conducta. 3.- Ello implica conocernos, estudiar el flujo de nuestros sentimientos, pensamientos, actos. Si llevásemos un diario de nuestras introspecciones podríamos detectar los puntos repetitivos de nuestros anhelos y fobias; y, sacando el factor común de ansias y temores, averiguaríamos esa identidad necesitada de satisfacción. 4.- Pocos registran tal diario síquico; pero algunos hay que lo hacen, y entre ellos muchos artistas y poetas, si no cotidianamente sí cada vez que escriben un poema, pintan o componen. Un hombre nunca está más solo ante sí mismo ni es más auténtico que cuando se siente empujado a colocarse frente a una página en blanco, un lienzo, un pentagrama, esperando hallar en ellos el dibujo final de su búsqueda interior, su espeleología sicológica. Y esa absoluta soledad es la única que no nos miente: porque nadie nos oye. 5.- Tal radiografía o dibujo verbal es la escritura que tomo como punto de partida: el autorretrato fidedigno en el que nos reconocemos.. Parecería esto una autocontemplación narcisista si no fuese porque el proceso no acaba ahí, sino que en ese punto se inicia otro autoterapéutico desde el que pretendemos enmendarnos y que conducirá a un retrato del hombre colectivo. Porque un hombre es a la vez muchos hombres: en nosotros conviven fragmentos, lascas, atavismos y prospecciones de cuantos estadios humanoides hemos atravesado: el homo habilis, el homo ludens, el hombre erótico, el homo sapiens... el hombre metafísico, el hombre trágico... Queremos jugar, reír, soñar, ser amados, ser inmortales... queremos ser todo aquello que ofrece la existencia. Y, en ocasiones, surge alguien que quiere ser también notario emocional de ese viaje interior: es el homo scriptor. La tarea que se impone el homo scriptor es la de recoger, conjugar y enmendar en sí mismo lo esencial y sustancial de todos esos impulsos y facetas, de todos esos hombres circunstanciales, hasta plasmarlo en un texto válido para todos.

 

Naturaleza de la poesía

Porque ¿Qué entendemos por poesía sustancial? ¿Qué elementos incluye, cuál es el definitivo? Difícil precisarlo porque cada poema engendra su poética y se rige por ella. Nos atrae un poema a la belleza, pero nos fascina un poema a la rosa como emblema de lo que quisiéramos eterno y es paradigma de la fugacidad (¿Cómo olvidar el “Pura, encendida rosa,/ émula de la llama / que naces con el día...”, de Francisco de Rioja. Y nos determinan los poemas sobre el amor, no sobre los amoríos (por eso Petrarca y Garcilaso son inolvidables y Zorrilla sólo es recitable); nos subyugan los poemas sobre la muerte, no tanto sobre los muertos (¿Qué elegiríamos, si hubiésemos de elegir, entre las “Coplas” de Manrique, el “Canto a Teresa” de Espronceda, las elegías de Lorca o Hernández? ¿No vemos en ellos la muerte hecha carne?); ¿Es necesaria la rima? Por qué no, si la utilizamos como Góngora o Verlaine; ¿El cómputo silábico? A. Machado escribía, refiriéndose al verso libre: “líbrate mejor del verso/ cuando te esclavice”. ¿Interesan los experimentalismos? Por supuesto: para renovar la tradición, como hace Huidobro. ¿Es importante el poema social? Sí, si se tiene como modelo el poema “Masa” de César Vallejo, que no escribe desde una consigna sino para el corazón fraterno individual y colectivo. ¿Necesitamos la poesía religiosa? Sí, pero no la dictada por las iglesias, siempre olvidadizas o castigadoras de esta vida; ¿quién no necesita a Juan de Yepes, a pesar de ser un santo, y a Bruckner? ¿Sobra la apoyatura de la anécdota? No, si se constituye en sustancia, como en el “Romance del enamorado y la muerte”. ¿Acaso hay alguna Mater Amantísima más bella que La Gioconda? En fin: ¿cuál de esos u otros elementos es el determinante para que un poema sea imprescindible? Todo puede ser bueno como medio para ennoblecer al hombre, único fin de la poesía. Importan los poemas sobre las esencias, no sobre las circunstancias, y estas sólo cuando nos conducen a aquellas. Nos reconocemos en los poemas que transfiguran sus palabras en verdades que sentimos como propias. Una verdad sólo es universal cuando prescinde de lo circunstancial, una vez aprendido de ello, y consigue categorizarse en paradigma. Los tópicos lo son por algo: porque contienen los fragmentos de identidad del ser humano. De modo que quien aúna los lugares comunes -los “topoi”- liberados de su epidermis es quien acierta, sobrevive y hace vivir. El poeta ha creado los prototipos que representan los diferentes rostros de la personalidad. Y cuando digo poeta digo autor, artista, músico, poeta, pintor. Siempre he tenido un concepto sinestésico del arte; quiero decir: ninguna diferencia esencial hay entre los impulsos creadores. La página, el lienzo o el pentagrama no son más que diferentes materias que expresan ese impulso. Por eso el Fausto nunca es más trascendente que cuando Liszt y Schumann convierten a Goethe en su “Sinfonía Fausto” y sus “Escenas del Fausto”. La poesía sustancial es, por tanto, aquella que habla al hombre, no sólo al poeta o al erudito de la poesía; por eso la rima, el neologismo... son sólo apoyaturas para alcanzar la idoneidad y profundidad de lo que se pretende decir.

Esta supremacía de la obra metafísica sobre la frívola -es decir: la derrota del diestro versolari, depredador del poeta- lo demuestra el simple hecho de que pocos o ningunos títulos glorificados con laureles, y ningunos o pocos bets sellers, sobreviven a su tiempo, mientras que el tiempo convierte en best sellers intemporales algunas pocas obras apenas celebradas en vida de su autor.

Lo cual nos lleva -o me lleva- a dos conclusiones: Una: que la auténtica escritura requiere una constante instrospección, una búsqueda interior, un autoconocimiento que nos conduce a conocer a los demás; Dos: que esa escritura -signada por un autobiografismo no ombliguista ni populachero-, convertida en lectura, es el factor determinante del individuo y de la sociedad, puesto que los hace reconocerse, concienciarse y reaccionar. Conocerse para construir el autorretrato que es a la vez un retrato del hombre colectivo, como ya he dicho. (Los pasos son estos: Introspección, conversión de esta en escritura, reconocimiento en ella, enmienda personal y pulimentación de lo escrito, repercusión individual y colectiva -esta, naturalmente, mediante la edición-). Nos dejamos caer solos en el folio y de él emerge la solidaridad reconstructiva.

Pero de poco servirían todas estas consideraciones si la poesía fuese un hecho inútil. ¿Es verdaderamente útil la poesía, tiene alguna incidencia sobre el hombre individual y social?

 

Necesidad de la poesía como transformación social

Si alguien duda sobre el poder del arte y la palabra no tiene más que hacerse estas dos preguntas: ¿Por qué aconsejaba Platón echar de la República a los poetas sino para evitar sus interferencias en la sociedad? ¿Quiénes sino los visionarios poetas y pensadores -como Rousseau- predispusieron para la Revolución francesa y, por ella, para todas las siguientes, creadoras del mapa del mundo moderno? ¿Hay algún manual en el que aprendamos más sobre el amor que en Dante, Petrarca o el Wagner del Tristán? ¿Alguno que enseñe más sicología que las obras de Shakespeare o Dostoieski? ¿Qué enciclopedias sobre el cielo y la tierra son mejores que La divina comedia, El paraíso perdido o De la naturaleza? (Dante, Milton, Lucrecio). ¿Alguno muestra mejor la ilusión y el desengaño que El Quijote? ¿Quién no aprenderá sociología en Balzac, Dickens y la picaresca? Ninguna voluntad de poder alcanza tanto vigor como “El anillo del nibelungo” wagneriano. ¿Algún manifiesto feminista ha influido más que Casa de muñecas? ¿Qué campaña contra el hambre ha sensibilizado más que “Los comedores de patatas”, de Van Gogh? ¿Qué proclama sobre la libertad ha concienciado más que “La libertad conduciendo al pueblo”, de Delacroix? ¿Quién ha conseguido una solidaridad fraterna como la que exige el clamor universal de “La novena” de Beethoven? ¿Dónde podremos ver el rostro sereno de la muerte mejor que en el “Réquiem” de Mozart?... Sin duda cada hombre ha sido distinto tras esas obras, y ellas han influido tanto o más que el estallido de Hiroshima. Porque se han descubierto tierras, mares, planetas, pero nadie como el poeta -el artista- ha colonizado un continente tan imprescindible como el espíritu, sus luces, sombras y penumbras. Y es que el poeta observa y refleja lo más perdurable e inherente del hombre: los sentimientos, única sustancia que nos unifica, puesto que los pensamientos y las filosofías cambian según sea el orden de los factores humanos.

Si es cierta esa intervención de la poesía en la realidad -si no inmediata, sí diacrónica-, deduciremos cuál es la responsabilidad del autor. Si la escritura convertida en lectura cambia a la sociedad es porque cambia al individuo. Esto nos lleva a la pregunta que suele hacerse comúnmente: ¿Por qué se escribe? ¿Para qué sirve la poesía, la escritura en general? Para muchos es tan sólo una distracción. Pero yo no hablo de “literhartura”, sino de esa escritura que, aunque el tiempo y el editor la convierten también en algo literario, no nace como tal, sino como espejo de la experiencia interior, como fragmentos de identidad modificable. Y es que somos seres sensibles y sensibilizadores.

 

Transformación de la intimidad por la poesía

Porque necesitados, como digo, de reconocernos en la escritura, nos vemos abocados a admitirnos incompletos en ella y a cambiarnos para sosegarnos. Modificamos nuestros escritos hasta que su espejo nos devuelve una imagen que nos sosiega: la del otro que queremos ser, el “yo” que ansiábamos conseguir. Y este sosiego individual, conseguido y expresado en los nuevos poemas -autoconfidencias, confesionalismos-, es el que, universalizado mediante la lectura, transforma la colectividad. Por eso es cierto que en algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para salvar nuestra existencia.

Ahora bien: he hablado de consuelo. ¿Es la escritura un consuelo, nos salva la escritura? En una conferencia -publicada hace unos pocos años y titulada “De la consolación por la poesía”-, expuse algunos argumentos y múltiples ejemplos. Basten aquí tres testimonios: El otro primero es el de un personaje tan vivo como cualquier persona. Muchas veces he dicho que Robinson Crusoe es el libro que me llevaría a una isla, si sólo pudiese llevarme uno. Recuérdese que Robinson, el hombre más aislado que ha existido, escribe durante años un diario, hasta que la tinta se le agota. ¿Por qué, sino porque en él se encuentra a sí mismo como única compañía consolatoria, puesto que en la constatación de sus sentimientos, pensamientos y actos reconoce su inagotable voluntad de superación ante la adversidad? Eso es lo admirable y testimonial: su capacidad de consuelo mediante la escritura. El segundo es esta frase de Tchaikoski, que complementa trágicamente lo anterior: “Verdaderamente, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco”. Y el tercero, en el que ambos se hacen carne propia: "En mi caso, todo cuanto he escrito responde a un motivo: y es que algo hay que hacer para sobrevivir serenamente mientras llega la muerte. Porque lo más terrible de vivir es que siempre hay que buscar una razón para seguir viviendo. Y esa búsqueda es la razón de la (mi) palabra. Razón, por ejemplo, del breve poema titulado “El secreto”, que resume otros muchos y es uno de los goznes de mi fatalidad a mi voluntarismo. En ese poema hablo de perseguir en el arte algún sosiego, convertirlo en la isla salvadora del naufragio interior. Otros se salvan a través de la Lotería, la Quiniela, la Bolsa... yo lo intento a través del Arte. Nada hay tan bello como la naturaleza, y ningún arte puede superarla. En verdad, ningún poema produce más gozo que un paisaje, ninguna pintura más júbilo que una flor, ninguna música suena como la brisa. Sin embargo, el arte humano nos consuela y satisface más porque añade a su gozo el placer de haberlo creado con esfuerzo, amor y sufrimiento, transformándose así en el confidente comprensivo que nos acompaña".

Nos consolamos escribiendo porque así nos comprendemos, aceptamos, perdonamos, redimimos y aprendemos a querernos. Si nos sosegamos cuando nos sentimos comprendidos, ¿qué mayor sosiego que comprendernos a nosotros mismos? Qué queremos decirnos cuando decimos “este poema (esta cosa) me gusta”? Simplemente que su satisfacción nos consuela o alivia de otras insatisfacciones. Quizá sea más cierto que escribimos para darnos nuestro propio amor; pero no es fácil amarse a sí mismo sin sentirse amado por alguien ajeno a nosotros. Tal vez por eso me agrada encontrar en García Márquez: “Escribo para que me quieran”. Y mucho más hallar que Mozart había dicho en una carta, aguardando un aplauso emocional: “¿Me queréis, de verdad me queréis?” Definitivamente: en la escritura nos ofrecemos a nosotros mismos un breve fuego prometeico que es, a su vez, una ofrenda para los demás. Y eso nos alivia y consuela porque, al final, nos hace ser algo más que solamente dos fechas sobre una tumba. (y en este punto debería acabar la idea que alguien pudiera estar forjando de que mis palabras son una defensa del torremarfilismo: por el contrario, yo creo que la escritura de la que hablo es la forma más profunda de solidaridad, puesto que incide en la raíz de la conciencia). El proceso nos sume, finalmente en la ataraxia.

 

Autopurificación y pulimentación

En la escritura, en fin, nos liberamos de nuestros demonios y vislumbramos nuestros ángeles. Esos demonios son los que heredamos de nuestra tradición cultural, represora y castradora, y esos ángeles son los sueños insatisfechos; demonios que hemos de erradicar del inconsciente individual y colectivo, y ángeles que debemos perseguir sabiendo que “los sueños, sueños son”. Somos hijos de nuestras ideas y engendramos ideas que son padres de nuestro futuro y de la sociedad, en un proceso circular. La castración de la alegría de vivir, y por lo tanto de la autoestima, viene de la consideración de que esta vida debe ser un castigo que nos redima del hecho de nacer, cosa de locos si bien se analiza porque no hay voluntad en ese acto. El Calderón de “El mayor delito / del hombre es haber nacido” no debiera ser ya sino una ruina. Probablemente esa consideración trágica (el sentimiento trágico unamuniano, que no es sino el existencial) es lo que hace que, por ejemplo, la “Sinfonía Patética” de Tchaikoski invierta su estructura musical y acabe, en vez de en un “allegro” jubiloso, con un movimiento sombrío y mortuorio. Porque no bastan, para liberarnos, la ironía, el humor, el escepticismo, la sátira, el reírse de uno mismo y de los otros (¿acaso no es lacrimosa la risa doliente de Quevedo?). Hay que asumir la tragedia y sobreponerse. Y la misión que pudiera tener la poesía es la de mostrar la alegría universal que late en el corazón humano, derrocando para siempre la conciencia del “lacrimarum valle”.

Tal vez sea oportuno ejemplificar en este instante. Y lo hago con un poema en el que la parafernalia del dolor se adueña de la pluma y ciega para todo lo que no sea fúnebre visión: habla de una amada muerta y un amante que no quiere sobrevivir. Se titula, con palabras de Chopin, Mosha bieda.

 

Mosha bieda

Ella era triste como una lascivia insatisfecha.
No sabía mirar, no sabía vivir, no sabía morir.
Ella era hermosa como un suicidio de quince años.
No quería ser triste, no quería ser bella, no quería ser muerte.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Tenía el horizonte agarrado a su cuello
como una horca terrible sin forma de patíbulo
y se dejó caer hacia arriba, en la noche.
Ella vino en un beso masacrado, ella vino.
Ella era amor como una errata en un libro de lágrimas.
Ella no tiene cielos ni infiernos en sus ojos.
Tampoco los crepúsculos sonríen a su paso.
Y sin embargo el zoclo se detiene al oírla.
Ella era el cobalto, la manzana y el grítalo.
Quizásmente tal vez ella es una liturgia.
No hubo salacidad que rozase su piel de lepra virgen.
Ella no muere nunca porque no vive nunca.
Jamásmente ella ha sido lo que yo no soy nunca.
No enturbia, no conoce, no sonríe, no llora.
Sin embargo su pálpito eclipsa el universo.
Ella vino en la noche con un beso en la noche.
Ella vino en la noche como un beso en la noche.
Yo amé su piel de amianto para mi fuego inútil.
Murió hace doce años al erguirse hacia un beso.
Murió hace doce años llevándose mi vida.
La verdad: yo quisiera
no haber tenido que escribir este poema.

 

¿Qué decir frente a esa torrentera de dolor desaforado que busca un cauce, a veces rompiendo la palabra y la sintaxis -y que es más desesperación que elegía-? Bien está que asumamos que vivir es una temporalidad limitada, que tenemos fecha de caducidad; pero mal está que esa limitación nos ciegue para la luz que mientras tanto puede iluminar nuestros sentidos. Porque ¿qué hacer cuando se descubre que las pulsiones fundamentales del hombre giran alrededor del sueño y la frustración, la esperanza y la desesperación, la alegría y la tristeza, el amor y el dolor, la inmortalidad y la mortalidad, el anhelo y la impotencia? Si hemos de tratar el dolor porque es parte inalienable del hombre, indaguémoslo para vencerlo, no para recrearnos en él (ese es el vicio que encuentro en la escritura española). Y trascendámoslo hasta que se disipe entre los embates positivistas que hay en el corazón y que, lejos de ser enterrados por el dolor, deben superarlo y convertirse en fin de la escritura. Es decir: no neguemos la oscuridad de la existencia, pero en vez de lamentar sus acechanzas, hablemos de la luz hasta que en ella se disuelvan las tinieblas. No podemos imponernos la alegría por decreto, pero sí asomarnos a ella hasta que se quede con nosotros el mayor tiempo posible. Olvidemos al poeta agonista. Alimentemos al homo scriptor vitalista. Porque siempre nos convertimos en lo que anhelamos o tememos. Si la historia de las artes está signada por el luto ante la vida por la conciencia de la muerte, glorificado el sufrimiento como tributo para conquistar las felicidades de otros mundos y ultratumbas, hora es ya de repudiar ese primer motor inmóvil de la cultura occidental y arrancarle a la elegía lo que contiene de himno. Sin euforias, sin olvidos de la realidad; pero también sin sembrar de cadáveres los días y las noches. Hagamos de ello una “Divisa”. Sintamos lo que tenemos con la alegría de tenerlo y con la conciencia de que lo perderemos, sin que esta conciencia de lo que será nos impida ser lo que somos.

He aquí un segundo poema: en él se abandona el nihilismo fúnebre y se canta a la amada exhortándola a que siga amando otros cuerpos y almas en vez de refugiarse en el luto del llanto y la fidelidad posmortem. Se titula Resurrección.

 

Resurrección

Cuando yo muera quiero
que olvides que existí.
Estaré en tu memoria,
la que no recordamos,
la que nos hace ser
quien somos porque fuimos.
En tu cuerpo, mi piel
continuará abrasándote.
Viviré en tus entrañas
y estaré en las palomas,
dondequiera que mires
y no esperes hallarme.
Por eso yo te digo
que cuando muera quiero
que me olvides, que abraces
los cuerpos de otros hombres
que te sigan amando
con la furia del tigre
y el tacto de las rosas.
Piensa que si viviera
querría oír tu risa
y saber que en el mundo
permanece el aroma
de tus senos de mar
y tus muslos de escarcha
y el orgasmo estridente
de la creación forjándose.
Escúchame, alma mía:
déjame que me vaya
sabiendo que mis dedos
moldearon tu carne;
que mi vida creció
en tu vida y que existo
a pesar de la muerte
en la vasta armonía
de la existencia: tú.

 

¿No es, manantial dulcificado, más himno que elegía porque procede de la superación de esta? Los dos poemas responden a un mismo impulso de afrontar una misma hecatombe. Los dos tratan el tema amoroso -el que mejor define la identidad humana, que no es sino la lucha del eros contra el tánatos-. Cronológicamente, están separados por 4 ó 5 lustros, y ejemplifican el trayecto del tragicismo derrotista a la sonrisa voluntarista. Ha supuesto ese cambio un esfuerzo de superación en la vida y espíritu del autor. Quien lea solamente el primero heredará tal vez un sentimiento trágico. Quien lea sólo el segundo tal vez no perciba la autosuperación. Por el mismo motivo, leamos a quienes dieron fe de lo que hemos sido; pero leamos más atentamente a cuantos dan fe de lo que podemos ser. Alimentados estamos de la tragedia que provoca la impotencia ante la muerte: hijos somos de los trágicos: Sófocles, Rojas, Holderlin, Novalis, Dostoiewski, Poe, Unamuno, las cantatas bachianas, “Don Giovanni”, “Woyzek”, El Bosco... de las catedrales y de las pirámides. Seámoslo también, superando la risa quevedesca y el aliento de Don Quijote, del voluntarismo de Lucrecio, Wordsworth, “La montaña mágica”, Shidartha, “La flauta mágica”, “La ofrenda musical”... Sintamos la ebriedad cósmico-erótica de “El cantar de los cantares”, la amante naturaleza y el entusiasmo contagioso de Emerson y Thoreau, la poesía hímnica y jubilosa de Whitman, la infinita elementalidad de algunas “Odas elementales”... Lleguemos al “Himno a la alegría” del Shiller beethoveniano.

 

En resolución

Si un hombre pudo pasar de la misantropía de “Prefiero un árbol a un hombre” hasta una ofrenda como “La Novena”, que es el mayor himno que pretende sacar a la humanidad de su autoelegía, todos podemos intentarlo. Claro que ese hombre era Beethoven y nosotros sólo algunas notas perdidas en el gran pentagrama universal. Pero quizá entre todos, verso a verso, logremos componer siquiera un madrigal. Porque de lo que se trata es de superación: de caminar, como el propio Beethoven, desde el Testamento de Heligenstall -en el que confiesa su necesidad de suicidio- hasta la opus 125: de conquistar el equilibrio que sólo en Bach hallamos.

Alguien dijo que después de Auschwitz y tantos campos de concentración era imposible la poesía. Sin duda se refería a la escritura esteticista, retórica, del versolari famoseabundo. Yo creo, por el contrario, que la poesía auténtica es más necesaria que nunca para recordarle al hombre que es un ser emocional a pesar de vivir en un mundo que ha desterrado el sentimiento por considerarlo una debilidad. En cualquier caso, todo demuestra que el corazón es frágil y necesita amor, no fuerza. Tal vez por eso, aunque Dante aconseja a quienes entran en el infierno de la vida “dejad toda esperanza”, escribe Victor Hugo: “Cuando ya se ha perdido la esperanza, aún queda el canto”.

Cantemos, pues. Forjaremos así un mundo en el que el positivismo venturoso sea la semilla. Ese es el auténtico compromiso del hombre, la única consigna insoslayable: humanizar el corazón, colonizarlo para la alegría.

 

La urdimbre luminosa

De cuanto he dicho, como experiencia personal, es de lo que se nutren mis últimos libros. En ellos digo que perdí toda esperanza pero sigo cantando “para que mi existencia se contagie / de mi canción”, hasta encontrar “el íntimo lugar del regocijo”: dándole la vuelta al vector que hace que la vida dictamine la escritura, he pretendido nebulosamente hacer que mi escritura influya en mi vida y la lleve hacia la luz. Se trata de pasar del “escribo lo que soy” al “seré lo que haya escrito”. Aunque sólo sea porque es cierto, como escribe Tagore que “Si lloras porque no puedes ver el sol, tus lágrimas te impedirán ver las estrellas”.

En fin: ¿He estado trenzando una poética “a posteriori”? Preguntaba al principio qué es una poesía sustancial. Sin duda es aquella que recoge la sustancia metafísica del hombre, lo conmueve, lo conciencia, lo alivia. Esa es la poesía necesaria. Ojalá hubiese encontrado tal poesía con mi pluma; sé que no es así y quisiera que otras la encontrasen. Mientras tanto, claro está que podemos jugar, si nos gusta, a ser poetas premiados, escritores multieditados... Pero no nos equivoquemos: eso sólo es “literatura”.

 

 

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