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Cuando Alicia le abrió la puerta a Juliana, el mundo se volvió gigante y Juliana, no propiamente Gulliver, sino la más enana de los Liliputienses. Hubiera querido salir corriendo, pero los arabescos de las medias de Alicia la paralizaron, viendo a través de los huecos su piel dorada.
–Sigue, Juliana. Tiempo sin verte. Sentémonos aquí que Rashed está por llegar. ¿Quieres algo de beber?
Alicia se paró nuevamente y el efecto piernas-largas-taconeando en el piso de madera aturdió tanto a Juliana, que casi ni pudo recordar qué carajos estaba haciendo ahí. Rashed le había contestado su último mail diciéndole que claro que la quería ver cuando llegara, pero que le tenía una sorpresa. Juliana se imaginó que había comprado una bicicleta, un gato, a lo sumo. Jamás pensó que encontraría a Alicia, la Alicia de los proms, la del vestido más atrevido, instalada en la casa de su ex amante caminando por su living como si fuera la pasarela del desfile del colegio.
Juliana trató de aminorar el efecto de la chiquitolina. Más de ocho años de estudios entre Los Andes, NYU y Berklee no podían más que hacerla reaccionar ante semejante mamacita que seguro no había hecho más que un par de presentaciones en televisión. Aunque a decir verdad, Juliana recordaba que en el colegio Alicia también se caracterizaba por sacar buenas notas y por pasar invicta ante cualquier tipo de situación, excepto la clase de educación física. Por algún motivo extraño, Juliana tenía grabada la imagen de Alicia escondiéndose en los árboles para evadir las no sé cuántas vueltas del test de Cooper, asfixiada, al borde de un colapso. Lo malo era que hoy en día sus piernas eran tan firmes como las de una atleta de Decatlón.
–Me contó Rashed que ustedes se conocieron en Nueva York cuando tú hacías un posgrado en Musicoterapia, qué interesante, ¿no?
Por lo visto Rashed no había dejado nada a la imaginación de Alicia. ¿Sería que también le había contado lo mucho que le gustaba su aliento justo después del café de la mañana y los besos que le daba en medio de esa vigilia del amanecer en la que Rashed la abrazaba duro?
–Rashed debe estar por llegar. Es que llegó tarde a la oficina porque se despertó tempranísimo y se quedó retozando conmigo en la cama toda la mañana.
Quedaba todo claro. Lo único que no, era por qué una mujer como Alicia usaba la palabra retozar. A lo mejor la había oído en alguna novela mexicana.
–Qué tal ese verbo: ¡retozar! Lo leí hace poco en una traducción pachuca de Rojo y Negro de Stendhal. He estado haciendo el experimento de meterla en las conversaciones cotidianas, pero es prácticamente imposible.
¿Stend qué? Imposible que acabara de salir ese nombre de la boca de Alicia.
–Pero cuéntame más de lo de Musicoterapia. ¿Después te fuiste a Berklee a estudiar o a enseñar chelo? Hace poco vi unos niños que aprendían con el Método Suzuki y quedé impresionada. ¿Tú lo usas? Creo que Yoyoma aprendió así.
A ver, a ver, rewind: Stendhal, Suzuki, Yoyoma…demasiadas referencias cultas en la boca de esta descarada que no prometía más que una excelente lectura del teleprompter. La única razón posible por la que Rashed estuviera con una mujer como ella era su culo, de eso no había duda. Y si existía otra razón, eran sus piernas. La chiquitolina empezó a ganar efecto de nuevo. Juliana quiso agarrarse duro de su pedazo de mundillo intelectual para decirle desde ahí que sus medias no la amedrentaban y que todo, absolutamente todo el mundo sabía quién era Stendhal, o quién era Yoyoma. Y lo de Suzuki, bueno, una simple casualidad de la vida, un chance que algún entrevistado le había dado de pasarse de lista.
–Cuando fui a la Feria de Guadalajara vi tocar a Yoyoma.
–¿Una feria de moda? –le preguntó sarcástica Juliana.
–Nooo, la feria del libro –dijo Alicia con esa voz melcochuda propia de las chicas insulsas–. Yo me dediqué a la literatura, Juli. Ya he publicado una novela y dos libros de cuentos y fui a presentarlos precisamente a esa feria.
Así que el par de piernas podían saltar de una tecla a otra. Seguro había de por medio un editor de esos que daban libro por cama.
–¿Y cuál es tu editorial?
–Pues es una editorial independiente que se llama Anagrama. La verdad es que tuve suerte, Juli. Empecé a estudiar teatro y me interesé por la dramaturgia al principio. Y por cosas de la vida conocí a este señor Iñaki, en Barcelona. Es mi editor. Un tipo con un ego del tamaño de un mamut y además tiene la sensibilidad femenina a flor de piel. Ya sabes, es gay…
Cinco cero, ganando las piernas de exposición. Juliana estaba a punto de decir alguna mentira y excusarse. Pero todavía tenía una ligera esperanza de que Rashed llegara y empezaran a hablar de fútbol, por ejemplo, y seguro Alicia quedaría excluida de la conversación. Si de algo estaba segura, era de eso que le había dicho Rashed tantas veces: “No existe una mujer que hable de manera más sensata sobre fútbol que tú, Julia”. Alicia quedaría anulada. Tendría entonces que jugar el papel de la ama de casa sumisa que sirve el té en la cocina mientras la visita toma lugar en la sala. Y a la mierda el cinco cero. En el siguiente tiempo era prácticamente un hecho que Alicia salía de la conversación.
En efecto, el otro jugador entró a la cancha. Estaba tan guapo como lo recordaba. El hombre diez. Tenía cruzada la maleta en el pecho. Después de sacársela por la cabeza se acercó a Juliana y la abrazó con mucha familiaridad. Se sentó a su lado y empezaron a conversar. Juliana trajo a colación antes que inmediatamente la final de la UEFA. Que Sevilla esto, que Tamudo lo otro. Que la roja de Hurtado muy justa. Que el penalti de Alves patético, que el “de te” del Espanyol era un pendejo. A Rashed se le iluminaron los ojos. Alicia trajo, como estaba estipulado, una bandeja con té verde y galletas. Se sentó en el sofá de al lado y los miró estupefacta un rato. Luego se paró y Juliana sintió un fresquito. Era la hora de la venganza. A la banca Alicia. Nada de raro tendría que estuviera muriéndose de celos y que cuando Juliana saliera del apartamento, tarde o temprano, más temprano que tarde, hubiera una pequeña discusión auspiciada por ella. El fresquito se hizo brisa de verano. Le pidió una cerveza, en lugar del té. Juliana vio cómo el par de piernotas envueltas en arabescos se desplazaban a la cocina con la cadencia de las mujeres que no comparten el fútbol con los hombres.
Rashed la miró de nuevo con emoción, también pidió cerveza. Le puso una mano en la rodilla. Todo parecía indicar que el gol había sido de oro. Luego la miró con cara de complicidad y le soltó la pregunta de la derrota:
–Juliana, güevón, ¿tú te has dado cuenta del par de patas tan ricas que tiene mi novia?
Margarita Posada (Bogotá, Colombia, 1977). No tiene hobbies. Odia esa palabra, aunque cuando baila es una gran impostora de flamenco. Se embarcó en la tarea de hacerse escritora desde muy joven, pero solo hasta 2005 publicó su primera novela, De esta agua no beberé (Ediciones B). Estudió Periodismo. Antes de graduarse comenzó a trabajar en Punto G, una revista de Casa Editorial El Tiempo. Trabajó en la revista SoHo más de tres años, como editora internacional y columnista de sexo, bajo el seudónimo de Conchita. Luego renunció y fue a matar la gana de escribir en París. A los dos meses desmitificó la Ciudad Luz y regresó a Colombia. Actualmente trabaja para varios medios como periodista independiente, es profesora de Arte y Opinión Pública en la Universidad del Rosario y tiene su segunda novela en el departamento de control y calidad de Alfaguara, editorial con la que próximamente publicará. |