Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
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UNA POÉTICA MENOR

Luis Fernando Charry

Luis Fernando Charry

para Ilva

 

Amado Andrade fue uno de los más notables narradores de la infelicidad y la desobediencia y quizá por eso su obra estaba condenada a desaparecer con éxito de la historia de la literatura brasilera. Tal exclusión no puede no haber sido más providencial.

Hijo de un militar suicida y una cantante de ópera, Andrade nació en Juiz de Fora, Brasil, en 1947, y murió en Venecia, Italia, en 1986. Nunca el comportamiento ni las actividades de sus padres fueron motivo de inspiración. En cambio su propia experiencia –39 años deambulando como un fantasma victorioso y vigente– sí que lo inspiró, hay que ver de qué manera: un libro de cuentos, dos obras (malogradas) de teatro, uno de poemas y dos novelas. Entre ellos Memorias de un hombre triste (1978) se acerca a la perfección. Descontando el innegable carácter autobiográfico, la novela recrea la vida de un empleado bancario que vive encerrado entre cuatro paredes. En opinión del autor, “un testimonio estremecedor sobre la existencia del proletariado”.

Algún crítico, quizá guiándose cándidamente por el título, encontró cierta similitud con Memorias de un sargento de milicias, de Manuel Antônio de Almeida. Nada más inexacto, a Almeida jamás lo leyó. Y tampoco a Jorge Amado. En cambio sí leyó, con peligrosa devoción, a Manuel Bandeira y Machado de Assis. Y a Rubem Fonseca también. La noche (dicen) en que terminó de leer El caso Morel, en una cabaña alquilada, en Recife, en el Carnaval do Miragem, a finales de septiembre de 1974, se desveló. En el decurso de su vida (dicen) también leyó a Joyce.

Ingenioso e irreverente, Andrade estudió en la Facultad de Ingeniería de Río de Janeiro. Más tarde abandonó la carrera y se dedicó al periodismo. Realizó la crítica semanal de teatro en Última Hora, un periódico donde ya nadie lo recuerda. Acaso por el desconocimiento olímpico del tema, ese oficio nunca le disgustó.

Luego vinieron los problemas económicos. De modo que empezó a trabajar para Abdul Hamid, un ex diplomático turco que durante casi una década publicó en Río de Janeiro la revista El faro, una publicación de risible orientación marxista. En El faro aparecieron los primeros poemas de Andrade, que luego reuniría bajo el nombre de Libertinaje póstumo; por la salud mental de sus pocos lectores, el título ameritaría, aun hoy, una explicación.

Después Andrade ingresó a una empresa de correos, donde conoció a Lygia Moraes, una mujer inteligente que más tarde lo abandonó. Cuando Lygia se marchó a Italia con un entrenador de fútbol, Andrade, en medio de una de sus depresiones, decidió comprar un gato. Fue un buen presagio: a la semana siguiente ingresó al Banco São Bernardo.

Entonces se perdió entre las obligaciones bancarias y familiares –un trabajo previsiblemente agotador y una hija de cuya paternidad siempre sospechó– y no pudo consolidar su propia vocación artística. Solitario infortunado, anarquista sentimental, Andrade pasó gran parte de su vida recluido en oficinas públicas y bares y burdeles, donde a menudo se manifestó en contra de la burguesía. Fue famoso por su rebeldía y por su mal aliento (herencia de su padre) y porque creyó en un hombre menos indigno, en una existencia menos deshonrosa e infortunada. Por supuesto fracasó, y ese fracaso lo arrastró hacia el desbarrancadero, donde la desventura y la incomprensión se impondrían hasta su muerte.

Cuando lo despidieron del Banco São Bernardo, Andrade intentó publicar su segundo libro de cuentos. El libro, que fue rechazado (sería publicado póstumamente), contiene varios relatos excepcionales, entre los que vale la pena mencionar La tristeza nunca nos deja, con ecos de Kafka y Melville. Prefiguración oscura del último paso, el relato narra la historia de un empleado bancario que un día vende lo que tiene para marcharse a Venecia. Una mañana, en la Piazza San Marcos, se sienta en un café a observar a tres músicos viejos que tocan ante la indiferencia colectiva. Luego se levanta, suelta unas monedas en un sombrero y regresa despacio al hotel.

Andrade llegó a Milán a mediados de julio de 1986. Al día siguiente dio un tour por el centro de la ciudad y en la tarde compró un vestido azul, un par de zapatos negros y un cepillo de dientes. Esa noche celebró su cumpleaños con una puta francesa, en un restaurante antiguo donde a la puta le gustaba reunirse con sus amigos. Unos días después se marcharon a Génova. Luego continuaron viajando por el norte de Italia. A Andrade le gustaba el cielo del verano, pero a la puta no tanto. Quizá por eso o porque no hablaba francés o porque supo que ya quería estar solo, la abandonó en un pueblito costero.

Después se fue a Venecia y allí se ahorcó en un cuarto del Hotel Bader.

 

Luis Fernando Charry (Bogotá, Colombia,1976). Es autor de las novelas Alford (Planeta, 2002), Los niños suicidas (Villegas Editores, 2004) y del libro de cuentos La furia de los elementos (Villegas Editores, 2006). También participó en los libros Fricciones urbanas: 11 escritores escriben sobre 11 ciudades (Planeta, 2004), Palabra capital: Bogotá develada (Mondadori, 2007), y la antología Calibre 39 (Villegas Editores, 2007) que es de donde procede el presente cuento. En la actualidad es colaborador permanente de las revistas Cambio y Voz a voz.