Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
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A KISS IS JUST A KISS

Federico Vite

Federico Vite

Nunca, ni siquiera una cuadra, se mueve del embarcadero. A pesar de la vejez, Carcamán despacha en su tenderete mariscos y cerveza. Oye su radiecito de bocinitas estropeadas. El mendigo sabe de noticias; le gustan programas de la marina. Ayer lo visité con la intención de sacarle historias y las obtuve.  

Fuma Delicados; tiene un tatuaje en la muñeca, una rosa negra con números: 20-08-92. A veces platica grosero, pero cuenta historias buenas, uno se queda escuchándolo casi siempre. No coquetea con las negras ni con las turísticas. No sé cómo lo hace, sin sexo no es posible vivir. Me agrada este tipo duro. Visito el embarcadero porque aprendo muchos trucos que luego aplico en mis cuentos. Últimamente he pensado que debo escribir un libro acerca de Sam, el músico negro de Casablanca  que vivió en el hotel Flamingos. Digo, el Carcamán es el Carcamán, se las debe saber todas acerca de un turista tan afamado. Así que tras mis negociaciones rutinarias con el lanchero Paloalto fui rumbo al tenderete con la firme idea de comenzar, de una vez por todas, una novela en mi cabeza. Iba con bastante plata. Chela tras chela, mi hermano, dije al ver mi capital, sobre todo al oírlo tintinear en los bolsillos de mi bermuda. 

—Hey, don, una de ostiones. 

—Sí, chamaco.

Dice chamaco a cualquiera menos avejentado que él.

—Una caguama también, rey. Y una para ti.

—Sí, chamaco.

Yo entro como diablo en la espesura del caldo rojo. Limón, salsa, limón y para dentro. Un trago de cerveza: el paraíso es mi boca. 

—Delicioso, rey, estuvieron deliciosos. ¡Salud!

—Salud —responde moviendo los botones del aparatejo y escuchamos una canción tristona que Carcamán festeja dando unos pasitos de conga.

—¿A poco no le gusta el baile, don?

—Más oír voces y música.

—¿Y qué tanto busca en su radiecito?

Sonríe, pero sin rastros de alegría, más bien hace una especie de solicitud para que no siga preguntando.

—Noticias y canciones viejas —habla con parquedad y tose.

Carcamán sigue moviendo el dial. Vaya diablo de viejo escuchador. 

—Eso que lleva en el brazo, don, ¿qué significa la florecita?

No contesta; prende un cigarro y extiende su cajetilla frente a mí. 

Fumamos en silencio mientras le presumo al viejo uno de mis tatuajes: un dragón de siete cabezas destruyendo la enormidad salvaje de una serpiente.

—Ta bonito, chamaco, ¿qué significa?

—Pues mujeres que me han roto el corazón; me queda muy poco, sabe, pero pachaguero aún y cariñoso.

—¿Qué sabes del dolor, chamaco?

—Algo, don.

Bajo la cabeza y me pierdo en los recuerdos portentosos de mi felicidad, mediocre pero mía. Oímos Por si no te vuelvo a ver.

—¿Te tomas otras conmigo, chamaco?

—Sincho. Yo pago las mías —agarro la botella y bebo—. Vamos, don, écheme una más.

Lava los platos en una cubetita que guarda bajo la mesa. Ya lustrados, pone los trastes en otra tinaja y los cobija con un mantel percudido, cuadriculado.

—¿Extrañas a tus mujeres? —Pregunta destapado una botella de cerveza que saca de una hielera.  

—Sí. Creo que sería feliz con una.

—¿Qué te gusta de una mujer?

Vaya con el viejo, yo había venido a sacarle historias y ahora estoy entrampado con sus preguntas, pero es un párroco que ha visto al diablo de frente, entonces, tiene la obligación de aconsejarme. 

—Me gustan listas. Yo hago novelas, sabe, pero me gusta beber; también me gusta que beban. Quiero niñas de olores fuertes, que bailen, que me toquen con su mirada. Las pestañas grandes ayudan mucho. Necesito mujeres ardientes; de las que podrían obligarme a matar.

—No pues de ésas no hay. El amor se da, así de simple. Puede ser muy fea y si se da, no hay vuelta, te chingaste.

Avienta el humo por la nariz. Se ve aleccionador, entusiasmado con el rumbo de la charla.

—Creo que tiene razón —aún pienso en la frase; no sé, no hay cómo decir a quién amaría.  

—Chamaco, yo tuve una. Negra dulce, cariñosa como ángel de la guarda. Me daba todos los días un perfumito; untaba en mi mano su agua de fragancias. Para que me huelas, Marco, decía. Ese olor estuvo conmigo diez años. Cantaba la mujer, muy bonito. Un día se subió a la barca con mi niño. Fueron al paseo.

Mueve la cabeza de un lado a otro; hace de sus pensamientos una marea roja y pega la oreja en la bocina del radio. 

Bebo. Carcamán sigue en su calladez. Estoy ahí dos caguamas. Silencio. 

Veo la playa; el sol, a punto de incendiar el mar, pinta de naranja la tarde. Estoy triste, como si hubiera desenterrado un espejo donde no quería reflejarme.    

—¿Cuánto le debo, don?      

—Nada.

Se pega el cigarro a los labios, junto a los bigotes. Extrae una bolsita de plástico que guardaba en los bolsillos de su bermuda; con el polvo blanco hace una raya en la mesa y de reojo ve si en el semáforo hay patrullas: inhala fuerte, profundo. A mí se antoja un poco, pero no debo pedirle nada más. Necesito cantina para seguir bebiendo; antes de irme llega un policía, el viejo Mondragón. Pone su mariconera en la mesa y el Carcamán la coloca en la cubeta donde había puesto los platos limpios.

—¿Alguna novedad, Carcamán?    

—Nada. La marina dice que hay buen tiempo para navegar, pero luego no es así. Nunca es así. 

Yo no estoy para quedarme oyendo los informes del radio. Otro día el viejo me contará de Sam, ese tipo que tocaba el piano mientras Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se miraban larga y amorosamente en Casablanca, de fondo se oía A kiss is just a kiss.

 

Federico Vite (Apan, México, 1975) Ha publicado la novela Fisuras en el continente literario (2006), cuya segunda edición aparecerá este año por el Fondo Editorial Tierra Adentro; y el libro de cuentos Entonces las bestias (2003, Instituto de Cultura de Aguscalientes). Algunos de sus cuentos han sido antologados por el CONACULTA, en Narradores novísimos de la República Mexicana y sus poemas en la editorial Punto de Partida, de la Universidad Autónoma de México (UNAM).