|
Cuadro sobre cuadros en los pabellones del antiguo Alcázar de Madrid.
"La Señora Emperatriz con sus damas y una enana" (1666), o "La familia del Señor Rey Phelipe Quarto" (1734, cuando al cuadro sobre cuadros lo reencuadraron, so pretexto de un incendio, sobre el mismo cuarto que ocupara y que era, ahora: otro, cuarto de otro cuarto derivado en un Palacio Nuevo que se alza, con dos alas replegadas sobre sí, como un fénix); o, según el extranjerizante Pedro de Madrazo, “Las meninas” (1834), designando ya no a la pequeña grande sino, y a sus flancos ora izquierdo ora derecho -respectivamente o viceversa, oremos- a Isabel Velasco y Agustina Sarmiento, devoradoras de niños.
La niña es Margarita, y su padre, lo hemos dicho, el Gran (insértese peyorativo) don Felipe IV, quien –como es sabido- fue a su vez valido del insigne don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, así como de Luis Menéndez de Haro, su sobrino, y de los Habsburgo con su sangre lóbrega e ininterrumpida, eventual desagüe de ese fin del Viejo Mundo que iría a encharcarse sobre los cimientos del Imperio que el santón, ingenio, héroe y a veces asesino Carlos Quinto (o Primero, dependiendo de a quién -y cuándo- se le preguntara, y porqué, y bajo que supuestos) con la paulatina desaparición en vida de ese monstruo frágil y embrujado Carlos II: derrotado en Luxemburgo (y con tregua, Ratisbona, 1684), perdedor en Cataluña (1691), perdición de esa casta maculada e impoluta que asumió, por esas cosas del destino y, podría ser, que a causa del sentido del humor –harto infantil, hay que admitirlo- del Señor, las riendas enredadas de este mundo que, y podemos confirmároslos (desde su incepción cristiana y oficial en pleno siglo cuarto de la Nuestra, mediante la efigie numismática de Constantino, el clarividente, hijo de Elena Visio Beatífica, con un círculo de tierras enroscado, orbis terrarum, tengo al Enemigo en la palma de la mano), toma la forma de un huevo o un todo, o del globo abombado de un ojo. Que es lo mismo que decir que, a todo efecto práctico, la Tierra es redonda, y se distribuirá en tajos a lo largo y a lo ancho y a lo hondo, como corresponde a una esfera rica en minerales y raíces; y que la Eclesia, esa enfermedad hereditaria, se transmitirá del viejo al joven por el Padre, salvo en casos remarcables como el de Plinio, quien, siendo a la vez pagano y muy pío, se hizo Hombre en su Sobrino.
Porque el mayorazgo y el que a nadie, hasta muy tarde, demasiado tarde, se le hubiera ocurrido heredar en indiviso, fue la ruina de esta Tierra: “y designarás como heredero al hijo único de tu hermana (la hembra tiene siempre un solo hijo, el predilecto entre camadas). Y él renovará tu reino sin deberte más que un vínculo lejano –pacto sideral de caballeros— y a su madre, que es, o que será, en cualquiera de sus refracciones, su infierno”.
El hecho es que el Príncipe es enfermo: y sin llegar al extremo de afirmar que el Sucesor, y que esa práctica más gnóstica que crística y decididamente crestomática que es la Sucesión, permite con el curso y el concurso de los siglos resguardar el alma de una empresa inaugural o de algo que se le parezca; debe de decirse a su favor –no sea que la infanta se distraiga y vire la cabeza-, que Carlos (Éste, el Último), tiene algo del afecto natural de un perro (que se está durmiendo). Cierto es que lloró, o llorará –pues llora ya, y desde que le compartieran que es poseso, nos comparte, como para darse la parte, sus "videncias"-, el ocaso de su esposa, la primera (dependiendo de a quién se le pregunte), como si se tratara de la de cualquiera de sus madres: la virgen, la estéril, la eterna. Y que eso baste como esbozo de su intelecto.
Y esta pobre alimaña salivante viene a ser, así, hermano de la infanta, es decir, el hijo, como ya se ha dicho, del Felipe IV que tuviera a bien legarle, por un diario esfuerzo de enumeración y gracias a la incorruptible ambición de Olivares, –o de alguno de sus tronos en el cielo, o mediante los oficios de los altos funcionarios del Señor-, Rey de España y, se sigue, soberano de Castilla, León, y Aragón; del díptico que es/y son Sicilia; de Jerusalén en su versión celeste o en cualquiera de sus sucursales (cífrese el futuro en un Prado émulo del templo efímero de Salomón, polígamo doctor); y Portugal, de donde Madrazo, el Pedro-por-su-casa del catálogo del susodicho Prado, sonsacó aquello de “meninas”; y Navarra, la huera, y Granada demediada, y Toledo la herrumbrosa, y Valencia y Galicia, -dos especies de mestizas, válgame-, y Mallorca y Sevilla, y Cerdeña exhausta, y la alguna vez mudéjar y orgullosa Córdoba, y la Córcega indócil, y como no, la hidrolavada Murcia, tan segura de sí misma, y Jaén -que desarrollaría, con el tiempo, un ombligo paralelo por el Ecuador-, y los Algarves ahogados en almendros y Algeciras y la codiciada Gibraltar (con el peñón enhiesto, como un grueso y suculento seño), y las Canarias, a las que han llamado así por perras, y las Indias Orientales y Occidentales, por su posicionamiento, fueran las que buenamente fueran, Agustina o Isabel o etcétera.
Y la niña en el centro es la infanta Margarita. (¡No se mueva, niña, se lo ruego!). A sus flancos se agazapan las depredadoras de confianzas infantiles, Isabel y Agustina o Agustina e Isabel, o Agustina, o Isabel, en sendos y bifrontes avatares. Sólo Carlos, quien sabemos no habla por pudor prognótico, podría saberlo: y el príncipe sacude su cabeza heráldica de hipogrifo.
Lo demás ya es conocido: que los enanos tienen nombre (podría hasta considerárselos edificantes); la especulación sobre el sitial especular de los monarcas; el perro que duerme; la presencia de un pariente (José Nieto ¿el Sobrino innominado, acaso?) de Velásquez; Agustina, sicofanta de la infanta, que le alcanza el agua, pero que, insidiosa, no atina a envenenarla bajo la mirada feérica y difusa de los padres; la camarera y el prelado (título para comedia de época). El pintor que se pinta, etcétera, etcétera, etcétera. Y a decir verdad, Carlos II, culminación inexplicable de Carlos I/V, no llegaba todavía. Estaba en el país de los nonatos, donde iría a pasar, a su manera, el resto de su vida.
Qué más. De manga, 2,76. De eslora, 3,18. De espaldas, una deportiva rendición de Breda.
Mónica Belevan (Lima, Perú, 1982). Filósofo de formación. Primer Premio de Cuento Crisol 2001. Autor de varios dispersos, algunos enormes inéditos, demasiados textos en inglés, y algún estudio sobre la Etiología del azar (Copé, 2007), asunto que parece preocuparle más de lo debido. De 2005 a 2006 escribió la columna Habla el martillo para la revista literaria Los Noveles. Ha sido incluida en las antologías Ellas (Volumen 2, Los Noveles, 2004), Peruanos iletrados (Los Noveles, 2004) y Seres de la noche (Ediciones Plenilunio, 2006). |