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I
En las colinas la madre cosecha la coca. Las hojitas de coca las arranca de las matas y las guarda en su chuspa. Pone las ásperas manos en las ramas pero sin presionar mucho; aprieta y jala las hojitas que sin mucho esfuerzo salen. Repite el proceso con cada ramita hasta limpiar la mata y continua con la siguiente. Cuando acaba con todas las matas del surco empieza con el surco posterior, hasta limpiar todo el cultivo, ida y vuelta, colina abajo. Las matas son pequeñas, por lo que debe mantenerse agachada todo el tiempo para poder tomar las hojas. Algunas plantas están empezando a dar pequeñas frutos, de los cuales toma un par y los revienta para comprobar que la planta está sana. El perro acompaña a la madre en todo el trabajo. El viento es fuerte y pega con frío. La madre levanta la cabeza para comprobar lo recolectado, baja de nuevo la mirada y encuentra al perro, que le mueve la cola. El paisaje andino de valles y montañas está frente a ella, pero eso no le preocupa; eso siempre ha estado ahí, no lo ve como postal de viajeros. Puede ver el camino de Yungas y si hay buen clima, distingue La Cumbre, pero la niebla y las montañas retorcidas no permiten distinguir muchos detalles.
Cuando termina regresa a casa. De las mismas hojas que recoge toma una o dos cada tiempo para masticarlas y olvidarse del hambre o la sed. Prepara los sacos y parte hacia el pueblo para venderlos arriba en Coroico, donde los pesan y compran. Su único hijo vive más adelante, en Unduavi, donde empieza el asfalto. Él es de Los Leopardos. A veces la madre sube a verle, pero ella no pasa de ahí. No le gusta La Paz.
En el Hospedaje El Conquistador, en Unduavi, algunos turistas alistan sus bicicletas de montañas. Hablan en inglés, y en la TV el presidente anuncia que Bolivia ya no será presa del imperialismo, que la nacionalización del gas, del poder que ahora tienen los 500 años oprimidos, de la prohibición a jugar Fútbol Internacional en las alturas, y otros mensajes.
La madre alista la casa para dejarla sola unos días. Encierra al perro dentro de ésta y sube la colina hacia Coroico con sus sacos de coca. La cosecha casi ha concluido en la región y las laderas peladas reciben el viento directamente. Los comerciantes separan el producto en bolsas de distintos pesos para venderlas. La unidad mínima para venta es una cocada de dos horas, o lo que toma llegar a La Paz cruzando el camino de Las Yungas.
Cerca del mercado, en la estación, los pasajeros compran para llevar o montan sus propios cargamentos sobre los techos de los buses. Varios crucifijos cuelgan dentro de los buses, además de los que bordean algunas partes del camino, que es estrecho, lodoso cuando llueve, sin asfalto ni señales de tráfico formales. Un bus empieza a subir por las montañas esquivando los camiones que vienen llegando. Voluntarios sirven de semáforos humanos en las curvas peligrosas y ubican piedras indicando los derrumbes. La carretera apenas permite el paso de un vehículo y, cuando dos se encuentren, el que baja debe manejar por la orilla, con el conductor asomándose al borde del precipicio. El vehículo que sube se arrima a la pared vertical de la montaña, con el peligro de un derrumbe o la caída de alguna roca grande sobre el propio techo. Cuando el clima es bueno pueden distinguirse las huellas de vehículos que continúan en línea recta, desapareciendo en el aire ante una curva inesperada.
II
Son siete turistas los que llegaron ayer de La Paz. Después de pasar La Cumbre y El Túnel, llegan al puesto militar en Unduavi. Sus pasaportes llevan estampada la reciente política de visa de permiso para entrada al país. Los turistas cargan con equipo de ciclismo de montaña, mucha agua embotellada y libros de Lonely Planet dedicados a la región andina (Bolivia on a shoestring). Pasan la noche en el Hospedaje El Conquistador. Después del desayuno seguirán el camino en sus bicicletas. El recorrido en bicicleta de estos caminos se ha convertido en moda, gracias a los bellos paisajes y los riesgos de la travesía. Un vehículo Volkswagen Beetle Azul, rescatado de un derrumbe, está en la entrada del pueblo; montado sobre un pedestal, y tiene escrito el mensaje: Vaya con cuidado.
Los turistas parten. Uno de ellos ya ha estado ahí y deciden seguir sin guía. Avanzan haciendo paradas ocasionales, recogen agua de los riachuelos (prácticamente cascadas de agua condensada que bajan de la montaña) y toman fotos del paisaje cocalero de Las Yungas. Algunas paredes rocosas tienen pintadas las palabras DIOS TE AMA, y perros que viven en las montañas los siguen en algunas ocasiones esperando comida, pero sin recompensa.
III
Temprano por la mañana la madre toma un camión hacia Unduavi. El precio de la coca en Coroico fue bueno. Viaja montaña arriba junto a otros campesinos y comerciantes que llevan hoja de coca y algunos animales domesticados. Avanzan arrimados a la pared de la montaña, tal como lo estipula la regla no escrita para quienes ascienden por el camino de Las Yungas. Parecía ser un día despejado, pero una nube baja la montaña y deja todo envuelto en niebla. El camión entra en la montaña cuidando de mantenerse enfilado dentro del camino. El movimiento del camión golpea a los pasajeros, pero estos soportan y se aferran a las paredes del transporte. Tras pasar varias curvas cerradas, en medio de un tramo alejado de toda parada, el camión se detiene. El conductor, acostumbrado a la niebla, puede distinguir a cuatro personas que agitan los brazos como llamando por ayuda. Baja e intenta platicar con ellos, pero solo logra convencerlos de que se alejen del borde del camino y suban al camión.
Son cuatro extranjeros, cubiertos de lodo y empapados; discuten en inglés entre sí y señalan el precipicio con insistencia, pero la niebla no deja ver el fondo del abismo, hasta que se cansan y se quedan callados porque ya no tienen nada más que decirse entre ellos o nadie que los escuchase en inglés.
La madre observa a los extranjeros y se da cuenta que perdieron a alguien en la montaña. Como nadie más habla inglés en el camión, no se sabe quiénes o cuántos han caído por el borde.
Acostumbrada al viaje, la madre deja de pensar en los gringos e intenta descansar.
IV
En Unduavi los extranjeros intentan llamar desde el hotel a sus países de origen para anunciar lo sucedido. En la región apenas hay líneas telefónicas y las líneas de celular no sirven. Intentan pedir ayuda en la estación militar, pero Los Leopardos no tienen traductor en ese momento. De haberlo tenido tampoco hubiera servido de mucho, porque los extranjeros no pueden precisar dónde fue que cayeron sus compañeros. De los comentarios de algunos pasajeros del camión, que sirvieron de testigos, el oficial de turno entiende algo de la historia y dice: “Me gustaría poder ayudarlos, pero no tenemos medios para buscar o rescatar a sus amigos. Podemos ofrecerle transporte a La Paz en un camión de nuestras fuerzas. Lamento lo sucedido”.
El oficial los deja ahí sin comprobar si ellos han entendido sus palabras. Uno de los extranjeros insiste, pero el oficial se despide diciendo: “Me tendrán que disculpar, debo atender a mi madre que ha venido a verme”.
Rodrigo Peñalba Franco (Nicaragua, 1981). Ha publicado el libro de cuentos Holanda (Managua: CNE, 2006). Fue miembro activo del grupo literario Literatosis. Ha participado en los proyectos atraco.org (revista digital), Yo soy (intervención en el espacio público), Falsificaciones verdaderas (artes visuales), Nicaragua tropical (remix de website) y Banda aparte (Los Noveles, 2005). Actualmente es coeditor del proyecto www.marcaacme.com y colabora en Patadeperro (Nicaragua) y El ojo de Adrián (El Salvador). |