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Una mañana tropical como cualquier otra, Lucía se levanta dispuesta a acudir a su anodino trabajo en la compañía de teléfonos. Se viste deprisa y mal, come peor, sale atropelladamente a la calle, llega a zancadas a la avenida principal y a medida que transcurren los minutos, la cosa se complica. Los autobuses no se detienen a recogerla, hay barricadas y cauchos quemados en la vía, a cada paso se abren boquetes descomunales, se alzan muros insólitos, hormigueros de gente atacan caprichosamente algunos vehículos y saquean las tiendas. Apremiada, Lucía se sube a un camión de reparto de agua mineral del que cuelgan decenas de personas que, como ella, intentan superar los contratiempos citadinos; pero las vías se trastocan, llevan el camión en dirección contraria, amenazan con adentrarlo en parajes desconocidos. En fin, la compañía de teléfonos se hace inaccesible, la posibilidad de llegar rehuye a Lucía sistemáticamente. Lucía vuelve a casa cabizbaja, le explica la situación a sus padres, tendrá que renunciar. Los padres, aunque alarmados, aceptan su decisión; es preferible que permanezca en su cuarto a que ande por ahí en ese severo estado de frustración.
Días después, ya desembarazada de sus obligaciones laborales, Lucía se sienta ante el espejo de su peinadora como una dama isabelina y se arregla con toda la calma del mundo. Planea dejar su refugio por un par de horas, pero no se trata de una excursión fortuita en medio de los disturbios: Silvia, una ex colega, la ha citado en las adyacencias de la compañía de teléfonos para hacerle una confidencia. Aunque las calles lucen tranquilas, Lucía mira a su alrededor con recelo: el aire de la ciudad y el genio de sus criaturas es volátil, siempre cabe esperar un movimiento a traición en medio de la tregua. Al pasar junto a la vidriera de una mueblería en la que tocan canciones navideñas a todo volumen —detalle sospechoso, considerando que estamos en pleno marzo—, Lucía descubre a un enorme oso pardo aterrorizando a los compradores con sus enormes zarpas. “¡Un asaltante!”, piensa, con el corazón en la boca, y apura el paso para no llamar su atención… Porque Lucía siempre ha tenido imán para los animales salvajes: avispas, culebras, búfalos, mandriles y un largo etcétera.
La cita, en sí, es decepcionante: Silvia le habla de su jefe, quien pretende que le otorgue los mismos favores que alguna vez Lucía le concedió sin pensarlo mucho (no porque temiera perder su empleo, sino porque estaba convencida de que su voluntad valía un pepino, y decir “no” sería lo mismo que decir “sí” o “limonada”). Lo peor es que Silvia parece entusiasmada con la idea de sucederla. “Dame un consejo… ¿Qué debo hacer?”, le pregunta, mientras caminan por el parquecito situado frente a la sede de la compañía. “No sé, no soy buena resolviendo problemas”, dice Lucía, que preferiría hablar del peligro innominado que la acecha, del oso y los villancicos, de los muros repentinos que se alzan ante ella como si el concreto cobrase vida. “Pero, si estuvieras en mi lugar, ¿qué harías?”, insiste Silvia, mordisqueándose la uña del pulgar. “Yo vengo de tu lugar”, le recuerda Lucía, con la temible pasividad de quien ha sido sometido a una lobotomía, mientras se agacha a un costado para arrancar una tímida flor morada de una jardinera. Luego de olerla con aire melancólico, la separa de su tallo con los dientes y se la come. Es curioso, pero en medio de la extraña alegría que causa haberse librado de su jefe, Lucía siente una pizca de celos por Silvia. O quizás es que echa de menos su antigua rutina laboral, esos días en los que su mundo era armónico, inofensivo.
Lucía se despide de Silvia e intenta volver a casa, pero las calles se resisten a dejarla marchar, el pavimento ondula, las vías se retuercen como cuernos de carnero, como furiosas caracolas. Mientras camina en círculos, la oscuridad la cubre con su manto húmedo, nublándole los sentidos. Resignada a su suerte de perpetuos extravíos, busca un escondite para pasar la noche, un sitio que la proteja del asedio de los vagos y mal vivientes que pululan en la ciudad. Opta por guarecerse en un viejo edificio abandonado del Seguro Social, porque la reja está abierta y allí las ratas no parecen tan agresivas. Sube un piso, dos, tres. En los pasillos flota un vaho a desinfectante, mezclado con notas de humedad y óxido. Como no hay nada mejor a la vista, se tumba sobre un montón de aserrín, en un corredor azulado que desemboca en las escaleras. Por unos instantes es feliz, creyendo que podrá dormir en paz.
Durante horas, Lucía cabecea con el pelo lleno de aserrín, rodeada de ruidos inquietantes. Comprende que no está sola, que tal vez se ha metido en la boca del lobo. ¿Y si este lugar fuera el palacio de esos demonios sin rostro de los que viene huyendo? Risas burlonas, el sonido chirriante de una reja que se cierra, de un cerrojo que se desliza. En medio de la penumbra, se precipita hacia las escaleras de emergencia, de cuyo alto ventanal dimana el único rayo de claridad que baña el corredor. Saca la mano a través de los barrotes de la reja, palpa la cadena, el frío candado. Ansiosa, recorre todo el piso buscando otras salidas, pero las encuentra condenadas. La han encerrado en la tercera planta de un edificio abandonado donde nadie podrá encontrarla jamás, porque se supone que no debería estar allí. Mala suerte, Lucía. Primero lo del trabajo y ahora esto. El mundo se empeña en confinarte. ¿Por qué? Es inútil que trates de averiguarlo. Es inútil que luches. Lucía se recuesta a una pared y llora amarga, quedamente. Casi sin darse cuenta, se va quedando dormida. Y cuando Lucía duerme, es como si estuviera muerta. Su pecho no se mueve, su respiración es casi imperceptible.
El alba le trae nuevos sonidos: esta vez se trata de voces humanas, cuchicheos. Aún adormilada, Lucía corre hacia la reja y alcanza a ver tres siluetas oscuras que bajan por las escaleras, una de ellas, armada de balde y coleto. ¿Personal de mantenimiento en un edificio abandonado? ¿No serán más bien fantasmas? También podrían ser Los Tres Chiflados. A Lucía no le importa su condición: chilla, extiende los brazos, les implora a gritos, por amor de Dios, que la saquen de allí. Les explica que la tienen presa, que quizás la estén guardando para comérsela sancochada el domingo. El trío se conduele de ella y se acerca; entre ellos hay una mujer de dulce mirada, pero justo cuando la mujer de dulce mirada va a tomar esa manita lánguida que sobresale entre los barrotes, aparece alguien en el otro extremo del corredor, un gigante flemático. “No le hagan caso”, dice.
Se enciende la luz. La cautiva lagrimosa se eleva en el aire, sostenida por las axilas, liviana como una pluma o como una niña… Y eso es. El pasillo y la reja del edificio abandonado no son tal, sino la entrada y la reja del apartamento de sus padres, tibio como un bostezo a las seis de la mañana. “No le hagan caso, aquí nadie quiere comérsela; imagínense, debe saber a flores”, dice el padre, jocoso, abriendo la reja con Lucía en brazos, a fin de disipar cualquier duda de los vecinos y de la conserje. “¿Por qué no encendiste la luz, Lucía? Pssht, qué niña tan rara, hasta parece que le gusta asustarse”.
Sí, por ahora ha sido un susto inofensivo, un mero teatro de tinieblas, de imágenes eidéticas. Pero, algún día, Lucía no encontrará el camino a su sitio de trabajo y será el turno del pasillo, el oso y la reja, allí en donde nunca termina de amanecer.
Ana García Julio (Caracas, Venezuela, 1981). Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Católica Andrés Bello. Ha colaborado con las revistas Platanoverde y Temas de Comunicación. Ha publicado el libro de relatos cortos Cancelado por lluvia (2005), ganador del Concurso Anual de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores. En mayo de 2007 participó como lectora de clausura en la II Semana de la Nueva Narrativa Urbana, organizada por el PEN Club de Venezuela. Tiene una novela inédita, El año del tigre, y actualmente trabaja en un nuevo libro de relatos. En Internet, escribe regularmente para Derrelictos, su blog personal: derrelictos.blogspot.com. |