Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
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EL CASO DE LOS DOS VIEJOS VIEJÍSIMOS

Mariano Catoni

Mariano Catoni

Los dos viejos se levantaron a eso de las seis. Ella se despertó por costumbre, él, unos minutos después, una vez que escuchó el ruido del agua corriendo por el baño. Todavía era de noche, pero de igual manera y tal como lo hacían siempre, comenzaron con los preparativos para el desayuno. La vieja buscó dos saquitos de té y calentó el agua y el viejo fue hasta la mesa y apuntó con el control remoto hacia el televisor. A esas horas, por la calle, todavía no andaba nadie. A lo mejor sí, de vez en cuando, pasaba algún joven trasnochado que volvía de otro lado o un automóvil, con el motor todavía frío y el parabrisas lleno de escarcha. La vieja cortó algo de pan en finas rodajas y mientras lo hacía se miró los dedos arrugados y las manchas de la vejez en la piel. Eso sí, no reparó demasiado, estaba acostumbrada a la vejez. Es más, ya ni siquiera sabía cuántos años tenía, sólo comprendía que era grande, muy grande. El viejo subió el volumen y se levantó para juguetear con el cable de la señal, pues la imagen tenía lluvia y eso siempre le molestaba, a quién no. La vieja, por su parte, echó las rodajas de pan sobre una plancha limpia y subió el fuego. Sentate, vieja, no te quedes parada, dijo el viejo en voz alta. Voy, contestó la vieja y corrió una silla y se sentó. En ese mismo momento, detrás de la casa, en el fondo del jardín, hubo un ruido. El viejo giró la cabeza algo alarmado, tratando de no impacientarse más de la cuenta. ¿Escuchaste?, dijo la vieja. Sí, debe ser el viento, las chapas del cuartito, se raspan cuando sopla fuerte. La vieja sirvió el agua caliente en las tazas y revolvió con una cuchara que tenía incrustaciones y piedras. Esa cuchara sólo se utilizaba para revolver el té de la mañana. Para la tarde había otra, una de plata. Pero, eso sí, ambas tazas, tanto la del viejo como la de la vieja, ya fuera a la mañana o a la tarde, se revolvían con una sola cuchara y no más que una: Ni había que usar dos con incrustaciones y piedras, ni había que usar dos de plata. Era una con incrustaciones y piedras para la mañana, y para las dos tazas; y era una de plata para la tarde, y para las dos tazas. Manías. Ahí está otra vez, dijo la vieja, de nuevo, el ruido. El viento, el viento, las hojas. No me parece que haya viento, no escucho el llamador de ángeles, siempre avisa. Eso es porque lo saqué ayer, no te dije. ¿Cómo que lo sacaste? Sí, me ponía nervioso, a veces me despertaba. Podrías haberme consultado. Varias veces te pregunté y siempre me dijiste que no, la culpa es tuya. ¿Adónde está? Si te digo lo vas a poner de nuevo. ¿Adónde está? Lo tiré. Bueno, muy bien. ¿Muy bien qué? Si así va a ser, entonces yo voy a tirar tus revistas sobre autos, a mí me molestan. ¿Cómo pueden molestarte unas revistas sobre autos, vieja? Si las veo, me molestan, no me gusta que en esta casa haya revistas sobre autos. No las mires y te van a dejar de molestar. Trato, pero cuando estoy buscando algo y las encuentro, me molestan y no puedo correr la vista. Una vez que las vi, ya me molestaron. Eso es un capricho. En todo caso lo del llamador de ángeles también, tendrías que haberme preguntado; no sigo hablando. Se quedaron callados. El viejo se levantó de la silla y retiró las tostadas del fuego que ya echaban olor. Abrió la heladera y buscó un frasco con mermelada. ¿Cuánto tiempo tiene ésta, no estará vencida, no? No le contestaron. Ah, ¿no me vas a hablar? La vieja negó con la cabeza. Bueno, tengo la televisión, no me preocupo, contestó el viejo sin mirarla y cambió de canal. De nuevo, se escuchó el ruido, pero esta vez fue más cercano, casi al pie de la puerta que comunicaba con el jardín. La vieja miró al viejo, pero él no la vio. Estaba con la vista en la pantalla. Cambió de canal. Ahí fue cuando los dos viejos se quedaron secos. En el televisor había dos viejos, desayunando. No eran ni parecidos ni nada. Eran ellos.

La vieja, temblorosa, con la voz al borde de la indefinición, dijo aquello que era probable que dijera cualquiera en una situación así (si es que hay muchas situaciones así). Somos nosotros dos, viejo. Sí, ya veo, ya veo. ¿Cómo puede ser que seamos nosotros dos? No sé, no sé, déjame pensar. ¿Pensar qué?, somos nosotros dos, estamos ahí. El viejo se rascó la nuca. Por su parte, el viejo del televisor también se rascó la nuca. La vieja se echó para atrás, más asustada que antes. Son imágenes en vivo, son imágenes en vivo. Hay que ver dónde está la cámara, tiene que haber una cámara. Sí, hay que buscarla, hay que saber también quién la puso. El viejo se levantó de su lugar y dedujo que, por lo que aparecía en la pantalla, la cámara se ubicaba a unos metros del televisor, sobre la izquierda. Comenzó a caminar. Sí, sí, debe estar por ahí, te estás acercando, relató la vieja mientras el viejo investigaba y ella se valía de la pantalla para dar indicaciones. Cerca, muy cerca, siguió. El viejo pasó la mano por la pared y fue interrumpido súbitamente. Ahí, ahí, volvé un poco. ¿Derecha o izquierda? No, un poco más abajo. El viejo comenzó a deslizar lentamente la mano hacia abajo mientras sentía la textura de la pared sobre la punta de uno o dos dedos. Ahí, ahí, ahí, escuchó que le decían, se ve oscuro, la tapaste. No hay nada, comentó el viejo, está la pared, no entiendo. La vieja se le acercó y también comenzó a buscar. No, alguno tiene que quedarse mirando, para indicar. Volvé, vieja. La vieja volvió a situarse frente al televisor y dijo: viejo, quedó en lo mismo, estamos nosotros dos, ahí, juntos, contra la pared, buscando la cámara. ¿Estamos? Sí, sí, ya no son imágenes reales. Parece que es lo que hubiera pasado si yo me quedaba junto a vos. Ahora vos mirás hacia arriba. ¿Hacia arriba? Sí, sí, hacia arriba. Ahora cambió de lugar, me toma a mí, frente al televisor, lloro, no sé, grito, parezco aturdida. ¿Llorás? Sí, es lo que muestra, esperá, ahora volvió a enfocar tu lugar, no estás, es como si te hubieras movido. ¿Movido? Sí. En ese momento el ruido del fondo se intensificó más que nunca y se oyó en toda la ciudad, despertó a medio mundo. Una mano viejísima y especialmente grande arrancó el techo de la casa y lo arrojó, se introdujo, escarbó un poco, tomó al viejo entre los dedos pulgar e índice y finalmente lo sacudió un poco. Se lo llevó por el aire.

Y todavía hay quienes hablan de certezas, de seguridades.

 

Mariano Catoni (Argentina, 1981), es escritor y músico. Ha publicado el libro de relatos El acróbata de  plastilina (2005). En el 2004 recibió el 2° premio nacional Eugenio Zagarzazu por su cuento El infante imaginario. Fue finalista del Concurso de Cuento Corto Álvaro Cepeda Samudio (Colombia) con el texto Felipe y el graffiti y obtuvo el 3° premio internacional de la academia de tango de Montevideo por su texto Felipe y los besos. Ha participado en diversas antologías junto a otros autores de Argentina. Ha escrito ensayos sociales y guiones para cortometrajes animados, para teatro y cine; actualmente intenta dar curso a su primera novela cuyo nombre no se incluye en esta reseña por estar pendiente de resolución en concursos literario. Vive en Rosario, Santa Fe. Sitio web: www.mariano-catoni.com.ar.