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Fallé. Le prometí a Lucía que vendría entero. Esa era la condición. Yo iba a llegar entero y ella iba a escuchar lo que yo venía a decirle. Ella iba a volver. Yo iba a convencerla de que vuelva. Quiero más. Me quiero perder. Me quiero ir al lado oscuro y quedarme en el black out hasta próximo aviso. Ella no iba a verme así porque yo no iba a estar así como estoy, para atrás, mal. Yo iba a llegar seco. Yo iba.
Me levanto, voy hasta el congelador, directo al grano. Avanzo hasta la caja, pago, doy vuelta a la tapa, veo el humo frío subiendo por el cuello de la botella, recibo los veinte centavos de cambio, los guardo en el bolsillo, calculo que puedo tomarme otras cuatro cervezas y cuando regreso a donde estaba sentado, descubro al tipo sospechoso ocupando mi lugar.
Paso de largo. El tipo sospechoso me mira. Su barba irregular, su verruga color sangre en la mejilla izquierda, sus ojos horizontales, su chompa de Los Angeles Raiders, sus uñas largas y mugrientas. Todo él me sigue hasta que me siento en la mesa de junto, dándole la espalda. Lucía va a decir que cómo voy a luchar por ella si ni siquiera puedo luchar por una mesa. Que se vaya a la mierda y que la lleve ese man que no ha cumplido los treinta y maneja su propia empresa.
Bebo. Cierro los ojos. Bebo con los ojos cerrados y siento como voy perdiendo señal, audio y video. Sé que mañana será peor y no estoy seguro de si mañana tendré el dinero necesario para calmar el temblor. Mañana es un problema del que me ocuparé mañana, como corresponde. Por ahora tengo cosas más importantes en qué pensar. Abro los ojos y el tipo sospechoso está sentado frente a mí. No me cabe la menor duda: es un criminal o está a punto de convertirse en uno.
No se asuste. ¿Qué quiere? Quiero hacerle un favor. Silencio. Esa mujer que está con usted es mala. Me pongo de pie, me llevo la botella a la boca y vuelvo a mi mesa original. El tipo sospechoso hace lo propio y un segundo después está, de nuevo, en mis narices. Estaba oyendo todo, todito lo que le dijo, ella no cree que usted pueda dejar el trago y por eso se va con el otro gil. Sonrío. No es problema suyo. Mi mujer es igualita, me botó de caleta y no me deja ver a mi pelado. Lo siento mucho, pero qué quiere que haga. Déjeme darle un buen susto, ¿ya? Ya la asusté bastante, al que habría que asustar es al otro gil. Usted y yo sabemos que el otro no tiene la culpa, a la final las que deciden son ellas. Vuelvo a sonreír, el tipo sospechoso es gracioso después de todo. ¿Qué dice? Silencio ¿Un susto? Nada más, se lo juro. Le digo veamos y el tipo sospechoso me extiende la mano. Se la estrecho, su palma es rugosa, vieja, tiesa. El tipo sospechoso me muestra una sonrisa a la que le faltan tres dientes.
Se pone de pie y mira alrededor. Mira al mesero trapear el piso, a la chica de la caja contar billetes y a Lucía salir del baño acomodándose la falda. El tipo sospechoso saca un revolver del bolsillo de la chompa y lo apunta directo a ella.
Se me quedan todos quietos o le meto un tiro. Lucía se pone stop. El tipo sospechoso camina directo a ella. El mesero suelta el trapeador, se acerca a la chica de la caja y la abraza. La chica de la caja no suelta los billetes ni trata de esconderlos. El tipo sospechoso toma a Lucía por el brazo, con fuerza, con rabia, le pone el fierro en la sien. Lucía se rasca ambos muslos con ambas manos. Conozco ese gesto, está a punto de quebrarse. Quiero echarme otro trago pero elijo no delatarme y pongo cara de terror y me aguanto las ganas de mear y cuando me acuerdo del baño siento el sabor del vómito trepando por mis tuberías. Inhalo. Exhalo. De vuelta en el mundo el tipo sospechoso le dice a la chica de la caja que le entregue los billetes a Lucía. El cuadro se congela. Deme la plata o la mato. El tipo sospechoso no grita, habla lento y claro, como dando un discurso. La chica de la caja le acerca los billetes a Lucía y ella los aprieta.
El tipo sospechoso obliga a Lucía a ponerle los billetes en el bolsillo. Ella obedece. Luego le pide que se quite la falda. Aquí suceden los sollozos de Lucía. ¿No me escuchaste?, que te quites la falda. La voz del tipo sospechoso es prácticamente un susurro. Lucía se queda quieta, y muda, sus lágrimas se le caen de la cara y revientan en el piso. ¿O quieres que te la quite yo?
Salud. Hace cinco minutos quería desaparecer, morirme, pero tú, hermano, me has salvado, has hecho justicia y has hecho dinero, lo has hecho bien.
O te quitas la falda o te la quito yo. Lucía tiene los brazos pegados al cuerpo y las piernas juntas, juntas como nunca antes. Lucía levanta la cabeza para mirarme y en sus ojos veo que está cayendo y que no tiene de dónde agarrarse.
El mesero dice ya tiene la plata, no le haga nada, por favor. Lo dice como rogando, cero dignidad. El tipo sospechoso le pide que se acerque. El mesero sale de detrás de la caja, da cinco pasos cortos y se detiene. El tipo sospechoso le dice no tengas miedo, ven. El mesero marcha como un soldado de plomo hasta quedar a diez centímetros de la verruga color sangre. El tipo sospechoso lo golpea en la frente con la culata de la pistola. Eso tiene que doler. El mesero cae al suelo. Lucía y la chica de la caja gritan al mismo tiempo, como si lo hubiesen ensayado. El tipo sospechoso mira el cuerpo retorciéndose en el piso y dice nadie te pidió que hablaras.
La chica de la caja empieza a llorar. Lucía no se mueve. El mesero, en el piso, está sangrando, poco, nada grave. El tipo sospechoso lleva su mano a la cintura de Lucía y la posa sobre el cinturón. Te juro que va a ser mejor si lo haces tú.
Los dedos de Lucía actúan torpes sobre la hebilla. Tal vez lo esté haciendo a propósito, tal vez esté quemando tiempo, tal vez tenga un plan.
La falda cae al suelo y se arruga acorralando los tobillos de Lucía. El calzón negro, diminuto, es un espectáculo aparte. Seguro tenía pensado pasar una noche caliente con ese que “si lo conocieras de ley no dirías esas cosas, te caería bien” DIOS, CÓMO PUEDES DECIRME QUE EL HIJO DE PUTA SERÍA MI AMIGO SI NO TE LA ESTUVIESE CLAVANDO.
Se acabó. Por mí, que la mate.
El tipo sospechoso se arrodilla y hunde su nariz en el fondo del delta que solía pertenecerme, justo entre los muslos, donde me gustaba dormir. El tipo sospechoso huele, absorbe moviendo la punta de su nariz como una rata hambrienta, escarba, rebusca, revuelve, goza, recuerda a su mujer y a la venganza que le debe a su mujer. Lucía encorva la espalda, abre la boca, un espeso y burbujeante chorro de baba cae desde su labio inferior hasta la cabeza del tipo sospechoso.
Ahí tienes, Lucía. Por decirme que coleccionar LP’s no es un trabajo. Por decirme que los grandes no se ponen Converse en los matrimonios. Por decirme que Tom Waits canta horrible. Por decirme que Bob Dylan es aburrido. Por decirme no te puedes gastar mil dólares en una guitarra vieja. Por sugerirme que mejor pague la primera cuota para comprar un carro. Por demorarte diez horas en el baño antes de ir a trabajar para que “mi amigo Gerardo” te vea luminosa. Por preguntarme si me gusta más la blusa celeste o la blusa azul. Por contarme que a “mi amigo Gerardo” le dieron un primer lugar en una bienal de arquitectura en Polonia. Por aclararme que “mi amigo Gerardo” es el único arquitecto ecuatoriano que ha construido en Tokio. Y por dejar las toallas en el piso del baño.
El tipo sospechoso sale de su coma, desciende, y se para. Le dice a Lucía que por favor se suba la falda. Ella se agacha, se sube la falda y ajusta la hebilla el cinturón. Aprieta hasta donde puede.
Me acerco al congelador y agarro un six pack, la esperanza repartida en seis ampollas. El tipo sospechoso camina hacia mí, se detiene y me dice gracias. Todo en orden. Le ofrezco una cerveza que no acepta. Estoy tratando de dejarlo. Suerte. A usted también. Yo apuro un trago. El tipo sospechoso agarra una barra de chocolate y abandona el lugar de los hechos. Afuera, se guarda la pistola, rompe la envoltura del chocolate con los dientes, se lo mete entero a la boca y se retira tranquilo, más ligero de lo que llegó. Adentro, la chica de la caja se acerca al mesero, le sostiene la cabeza, le pregunta ¿estás bien? y le dice necesitas una ambulancia. El mesero dice que no hace falta, que le traiga una funda de hielo y ya.
Lucía se acerca a un anaquel. Lucía me lanza frascos de aceitunas. Lucía tiene mala puntería, fatal. Las aceitunas ruedan sobre las baldosas recién trapeadas, verdes, negras, aceitunas con pepas y aceitunas rellenas con cubos de pimiento. Lucía quiere matarme, creo que nunca había sentido algo tan fuerte por mí. Lucía y yo somos uno. Te deseo suerte, Lucía, y dolor, que la pases mal, que te rompas, que no te alcance el alma para tanto arrepentimiento. Lucía dice que va a llamar a la policía. Lucía es una mujer hermosa y una perra desalmada haciendo guardia en las puertas del infierno. Lucía, mi amor.
Juan Fernando Andrade (Portoviejo, Ecuador, 1981). Toca la batería en Los Pescados (www.myspace.com/lospescados), que acaban de lanzar El año del pescado, su primer álbum. Estudió cine y video. Ha publicado los libros de cuentos Uno (2004) y Dibujos animados (2006). Es colaborador de la revistas Mundo Diners y SoHo (Ecuador), en la cual forma parte del consejo editorial. También mantiene una columna semanal en El Diario, de su pueblo natal, dedicada al cine. Actualmente escribe guiones para películas que todavía no se estrenan, y prepara Six Pack, libro de cuentos con relatos inéditos y versiones redux y remix de historias transmitidas anteriormente. |