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No había pasado ni un mes desde que la CNN comentó que La Paz era uno de los ocho lugares (el único fuera de USA) ideales para vivir, cuando llegó a la ciudad el primer grupo de inmigrantes. Según el canal, eran las playas, las gente, el clima, el ritmo y precio de la vida lo que la hacían perfecta, sin mencionar la tranquilidad que brinda un lugar seguro. Así que en avión o en sus propios vehículos –campers, hummers- arribaron al “puerto de ilusión”.
A los tres meses los gringos conformaban ya el cuarenta por ciento de la población. Cada día se vendía un terreno, una casa o un negocio, a un norteamericano. Las tiendas cambiaron sus precios de pesos a dólares y para donde volteabas podías ver los letreros en inglés y español. La ciudad entera parecía un niño que comía a puños, crecía como si algo se hubiera detonado: el progreso, decían locales y fuereños.
Por fortuna, hace mucho tiempo que a mí no me interesa demasiado lo que pasa alrededor, no acostumbro frecuentar lugares públicos ni tener más vida social de la necesaria. Aún así, es imposible no darse cuenta de que La Paz se convirtió en una pequeña ciudad de la Unión Americana. Fue una especie de conquista pacífica. Me imagino un poco a los antiguos pobladores de México cuando vieron llegar a aquellos hombres blancos de pelos en la cara y ropas extrañas. Algo así debe haber sido.
Así todas las chicas empezaron a despreciar a los locales y viceversa. Los paceños se casaban con gringos, primero como novedad, después, casi por obligación. Las pocas bodas que se continúan haciendo entre gente de la ciudad se hacen al aire libre, ya sea en la playa o en un jardín, con la pareja de novios bajo un arco de flores. Cuando nacen los hijos ya no se llaman Jorge o Alejandro, sino Ryan, Sean o Kimberly. Y todos a hablar inglés.
Mi vecino, por ejemplo, ya tenía sus hijos grandes y se lamentaba por no poder tener otro retoño para bautizarlo cristianamente con un nombre anglosajón, así que sus hijos, Pedro Antonio y Patricio, se volvieron Peter Anthony y Patrick. Incluso se enojaba si no les decían así, lo supe porque la otra vez que fui a buscar a Pedro me dijo: Peter, se llama Peter. Es muy gracioso cómo pronunciaba mi vecino porque no sabía ni media palabra de inglés.
Pete y Pat, a los dieciocho y dieciséis años, seguían siendo adoradores del Space Mountain, así que nadie se puso más feliz que ellos al saber que iban a poner un Disneyworld aquí. Ese fue el acontecimiento que terminó de convertir la ciudad en el reino de Mickey.
Casi todos los hombres de mi cuadra se unieron para formar un ejército civil. Consiguieron armas y uniformes con boina y todo. Colocaron su banderita afuera de sus casas e hicieron el esfuerzo entre todos de comprar un vehículo tipo militar que se turnaban para tenerlo en el frente de sus casas tres días al mes. Cada fin de semana se reunían para practicar tiro y planear tácticas de guerra, comprar más víveres para guardarlos en sus refugios y estar prevenidos contra los tornados y los atentados terroristas. Yo no tengo un bunker en mi casa, en primera porque no creo que vaya a pasarnos nada de lo que dicen, en segunda, porque no tengo dinero como para construir uno. A lo mejor si me hubieran dado el ascenso a gerente que me negaron por no dominar el inglés, lo habría podido comprar, pero con mi sueldo de acomodador de latas de supermercado de tiempo completo no me alcanza para mucho.
Hace una semana fue cuatro de julio y los vecinos hicieron una parrillada en su jardín para celebrar la independencia. Asaron salchichas, comieron hamburguesas hasta el hartazgo y dispararon al cielo con sus escopetas. Nadie se imaginó que a Patrick se le iba a salir un tiro sin querer y le iba a dar a su hermano en la cabeza. Fue horrible. Yo estaba sentado en el techo de mi casa viendo los fuegos pirotécnicos cuando escuché los gritos de su madre que se tapaba los ojos para no ver a Pete desangrarse en el pasto.
Yo llegué al barrio cuando Pete tenía cinco años y Pat tres. Aunque mis padres no tenían mucho contacto con los vecinos, la familia González siempre nos trató con cariño, y me echaron la mano después del accidente en el que murieron mis padres. Hace sólo una semana hablé con Pete por última vez, cuando le instalé un juego en su computadora.
El funeral estuvo muy emotivo en verdad. Lo malo fue que me puse junto a la banda y el ruido de los tambores no me dejó escuchar el sermón. Lo bueno es que fue todo muy solemne y no hubo escenas desgarradoras de llanto por parte de su mamá, a pesar de que se veía bastante deshecha, aún cuando se agachó a lanzar rosas sobre el ataúd, obviamente envuelto en las barras y las estrellas. Lo malo es que con los disparos tuve que tirar mi cigarro para taparme los oídos.
La placa de la tumba tiene escrito con letras doradas: Peter Anthony González Pérez. God bless him.
Cecilia Rojas García (México, 1979). Estudió literatura en la U.A.B.C.S. Fue becaria del FESCA (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes) en 2001 en la categoría de Jóvenes creadores en cuento. Ganadora del Premio Estatal de Fiestas de Fundación de la Ciudad de la Paz en 2002, con el libro de cuento Cuando todo esto acabe, publicado en 2005 por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura. Fue incluida en la antología Novísimos cuentos de la República Mexicana, editada por el Fondo Editorial Tierra Adentro, y en el libro A sus libertades alas (Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2007). Becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en 2004, en la categoría de Jóvenes creadores, en novela, teniendo como tutor al fallecido Rafael Ramírez Heredia. Formó parte del taller de novela de Daniel Sada de 2006 a 2007. Actualmente es becaria del FESCA. |