Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
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Pang

Mario Cuenca Sandoval

Mario Cuenca Sandoval

Para el final de los tiempos, el Apocalipsis escogió un aspecto sorprendente. Las pompas son azules o rojas. En ocasiones, también verdes o rosadas. Es cierto: una apariencia demasiado simple, demasiado higiénica, casi infantil. Eso es lo más irónico de todo.

La primera de todas fue avistada en agosto de 2002, para desconcierto de astrónomos y de meteorólogos. Aparecieron de pronto sobre nuestras cabezas (¿de dónde proceden? ¿a quién obedecen?), gigantescas y silenciosas. Las grandes gravitaban unos instantes sobre los tejados, los patios de los colegios, los cines de verano, las piscinas. De pronto veías en el suelo una enorme sombra circular, del tamaño de una plaza de toros. Y si seguías la perpendicular hacia el cielo, encontrabas sobre ti la amenaza flotante de una enorme pompa opaca, muda. Al menos las primeras eran así. Se supone que el Apocalipsis vendría anunciado por señales estridentes de trompetas. Pero aquellas primeras esferas gigantes caían contra el suelo y rebotaban en un silencio de espanto, tan limpio que permitía escuchar con toda claridad los gritos de horror de las víctimas a punto de ser aniquiladas. Y luego, el silencio otra vez, mientras la esfera volvía a elevarse proyectando su sombra sobre centenares de cuerpos aplastados.

Su contacto no dañaba las estructuras artificiales. Por lo tanto era posible resguardarse de las grandes (apenas quedan de este género), pero no de las pequeñas, que se infiltran por ventanas, tuberías, túneles, etc. Las pequeñas son del tamaño de una pelota de tenis, aproximadamente. La explicación es simple: cuando una de ellas estalla (luego detallaré mediante qué procedimientos), la esfera se subdivide en dos, y estas dos en otras dos, etc. Una esfera es potencialmente cuatro, ocho, dieciséis esferas. El horror del Apocalipsis de San Juan se fundamentaba en un hermoso mecanismo heptagonal: siete ángeles con siete trompetas, siete truenos, un dragón de siete cabezas... El horror de las esferas, sin embargo, es de naturaleza binaria, más próxima a la belleza fría de las matemáticas que al esoterismo. Fue un inmenso alivio descubrir que existía la unidad mínima de subdivisión, y que, una vez destruida ésta, la esfera no volvía a subdividirse sino que se desvanecía en el aire, simplemente desaparecía.

Cabe preguntarse si son células. En parte se podría pensar que lo son, por cuanto se reproducen mediante bipartición. Pero células de qué ser.

Supusimos que aquellas pompas constituían una amenaza, las atacamos, y entonces destruyeron nuestro mundo.

Huelga decir que ninguna de las armas de fuego, químicas, bacteriológicas o nucleares desarrolladas por la humanidad consigue siquiera arañar sus superficies brillantes y opacas. Sólo un invento primitivo, rústico, de balleneros, sólo el arpón logra estallarlas. Sin embargo –esto se descubrió a las pocas jornadas de comenzar su baile macabro- hay otras herramientas para combatirlas y viajan en el interior de algunas pompas. Cuando estalla algunas de ellas –sólo algunas, la distribución parece encomendada al azar-, cae de su interior un arma nueva. La mayoría de estas armas son una especie de arpones muy avanzados y de diversos tipos, aunque también otros objetos: pequeños detonadores con dinamita, pistolas, etc. Las esferas, ellas mismas, te ofrecen las herramientas para destruirlas. Esto refuerza mi hipótesis de que alguien juega con nosotros desde arriba, nos convierte en piezas de un mecanismo incomprensible. Y no puedo evitar el recuerdo de aquel ajedrez de Borges: el jugador (como un dios) mueve la pieza sobre el tablero, y él a su vez es movido por Dios, pero que Dios detrás de Dios la trama empieza.

Como la agresión a una de aquellas esferas gigantes multiplicaba por dos la amenaza, fue nuestra propia hostilidad lo que puso en marcha la progresión geométrica, y lo que llenó el mundo de esferas azules, rojas, verdes, rosadas.

En las primeras jornadas descubrimos otras muchas cosas. Por ejemplo, que la intemperie era, paradójicamente, un lugar más seguro que los espacios interiores. Salvo que se dispusiera de un búnker sellado herméticamente, el riesgo de permanecer en espacios reducidos, en los que las pompas pequeñas rebotaban con una velocidad endiablada, era excesivo. Mucha gente clavó listones en las ventanas y las puertas de sus viviendas. Pero el esfuerzo resultaba en balde. Tarde o temprano tenían que salir a buscar recursos. Muchos pensaron que el metro, por la posibilidad de acceder a todos los puntos de las ciudades sin emerger a la superficie, era el paraíso. Fueron de los primeros en morir: cuando las bolas pequeñas, producto de la subdivisión, entraron en los túneles, comenzaron a rebotar por todas las paredes, alocadas, y provocaron una auténtica hecatombe. Otros, más inteligentes, se refugiaban en los coches y se desplazaban de aquí para allá buscando espacios no infestados por aquellas monstruosidades. Pero también éstos (entre los que me cuento) se veían obligados a salir de sus vehículos y buscar recursos, tarde o temprano.

Las primeras semanas de combate, por lo tanto, sembraron el mundo de pequeñas esferas que rebotaban alocadas por doquier, a mucha mayor velocidad que sus madres. Si nunca nadie hubiera destruido una de las grandes, nuestra especie habría disfrutado de alguna posibilidad de subsistencia. Las esferas se extendieron por los cinco continentes: por el monte Fuji de Japón, frente al Taj Mahal, en París, Londres y Barcelona, en Atenas, en Kenia, en Nueva York, en las ruinas Maya… Todavía escucho en mi cabeza el estruendo de multitudes que huían sin concierto, tratando de adivinar la dirección en que rebotarían aquellas pompas silenciosas, dónde volverían a impactar contra el asfalto, las paredes, los cubos de basura, con una agilidad tan endiablada que (extraña paradoja) daban la impresión de responder a un plan superior. Más aún: parecían formar parte de un juego macabro: alguien hacía de la humanidad su juguete. La gravedad no servía, por sí sola, para explicar su comportamiento.

Olviden lo que han visto en el cine de catástrofes: los ejércitos fueron ineficaces y cobardes; los civiles, cínicos e individualistas; no hubo resistencia organizada, sino huidas y egoísmo.

Durante años recorrí continentes asolados, fantasmagóricos, en los que las estructuras artificiales habían sobrevivido al hombre, y esto las volvía especialmente desesperanzadoras. La naturaleza desnuda, desértica, puede resultar inquietante. Pero el desierto de las ciudades, de los puentes, de los aeropuertos, es algo capaz de helarle la sangre a cualquiera. Poco a poco me convencí de que yo era el único superviviente. Y ni siquiera me quedaba la esperanza de acabar con todas ellas algún día. Pero eso no importaba demasiado: había que luchar, que luchar. Cada día era un don arrebatado a aquellas pompas, ajeno por completo a las leyes de mi vida anterior, de cuando era un ciudadano común, con temores, necesidades y deseos de ciudadano común. Ahora mi vida se inclinaba ante leyes incomprensibles, en una extraña forma de sumisión a la geometría curva. Mi apetito, mis necesidades biológicas, mis anhelos giraban por completo en torno a aquella guerra sin término contra las pompas invasoras. Es asombroso el modo en que el hombre, en situación de extrema amenaza, orienta el conjunto de sus facultades a la supervivencia. Como todos los demás, somos animales programados para morir, y programados también para luchar contra el programa.

Yo me creía el último representante de mi especie hasta que, en el Gran Cañón del Colorado, me encontré con Two. Es difícil describir la emoción que me embargó al tropezar con él. En teoría, cuatro ojos ven más que dos. En teoría, ambos teníamos más posibilidades de sobrevivir luchando codo con codo. Pero al romper una de aquellas pompas, no sólo te veías obligado a anticipar sus movimientos, sino también los movimientos de las que rompía tu compañero. En varias ocasiones estuvimos tentados de acordar nuestra separación, pero la necesidad de comunicarse, el miedo a regresar al frío del combate solitario, era un vínculo demasiado poderoso entre nosotros.

Todo lo que necesitábamos para luchar contra las esferas estaba en su interior. Y esto planteaba, sin duda, una situación paradójica: dependíamos de ellas para acabar con ellas. No se me ocurría otra razón: jugaban con los seres humanos.

Las jornadas se sucedieron y nuestro combate no parecía tener desenlace. Frente a la Ópera de Sydney. Frente al Golden Gate de San Francisco. El mundo era simplemente la pista por la que Two y yo luchábamos por nuestras vidas. Es extraño: nosotros luchábamos por nuestras vidas, pero por qué luchaban ellas, a qué propósito superior obedecían. Sólo nos quedaban breves respiros entre combate y combate. Entonces nos tumbábamos. Fumábamos un cigarrillo. Muchas veces hablábamos de Dios y de Borges, del carácter lúdico del universo. “Sí –me decía- yo también creo que somos juguetes, piezas de un divertimento macabro”.

Las viviendas solían contener desagradables sorpresas. Abrir una puerta –arpón en mano- era siempre un riesgo. Una mañana, buscando refugio en un edificio abandonado, una esfera de las pequeñas y azules aplastó a Two. No diré que su muerte me sumiera en el desánimo. Apenas había tiempo para el desánimo. Tenía que seguir luchando. Tenía que luchar hasta el fin. Por supuesto, la tentación de abandonar, de abandonarse, era continua.

Ahora los márgenes de descanso son cada vez mayores, y eso me invita a pensar que el ataque de las esferas ha concluido, y que mi labor se reduce a una tarea de limpieza de las pequeñas, que me he convertido en una especie de exterminador de plagas del Apocalipsis. Quizá un día acabe con la última –por supuesto, en ese momento ignoraré que se trata de la última-. Quizá las esferas desaparezcan para siempre de mi vida. Sin ninguna razón. Dejándome solo.

No soy capaz de describir la tristeza que embarga a los supervivientes. Pero estoy seguro de que, si queda alguien más, sabrá a qué me refiero.

Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, Barcelona, 1975) es Licenciado en Filosofía. Reside en Córdoba y ejerce como profesor de Secundaria. Ha recibido el IX Premio Internacional Surcos de Poesía (Coria del Río, Sevilla), por razón la cual publicó el poemario Todos los miedos (Renacimiento, Sevilla, 2005), y el V Premio Vicente Núñez por su poemario El libro de los hundidos (Visor, Madrid, 2006). En 2007 publicó la novela Boxeo sobre hielo (Berenice, Córdoba) (Premio Andalucía Joven de Narrativa 2006) y obtuvo el 2º Premio de Narrativa José Saramago-Sierra de Madrid. Ha sido incluido en la antología Mutantes: narrativa española de última generación, preparada por J.F. Ferré y J. Ortega, que aparecerá en breve en la editorial Berenice. Blog: mariocuencasandoval.blogia.com