Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
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DEL BARRO/ DE SISMOS/ DE GÁRGOLAS/ DE ONDAS

Jorge Enrique Lage

Jorge Enrique Lage

DEL BARRO

El torno gira y gira y mis manos moldean el barro que no veo, que nunca he visto.

Yo era aprendiz de alfarero. El primer día me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la pared mientras el maestro moldeaba el aire con sus manos. Lo miré consternado, sin comprender. ¿Te gusta?, me preguntó. Yo miré el espacio vacío adonde señalaba y respondí que sí, que me gustaba mucho. El maestro sonrió satisfecho. Aprendí que en lo sucesivo no habría nada que comprender. Aprendí, pese a la invisibilidad del barro, el oficio de mi maestro.

Soy alfarero. Ahora tengo un aprendiz que desde el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, me mira consternado mientras trabajo. Sé que no comprende nada; aún ignora que no hay nada que comprender. ¿Te gusta?, le pregunto y él balbucea que sí, que le gusta mucho.

Temo entonces que la escena se repita ad infinitum, y mi aprendiz se haga alfarero y tenga un aprendiz que lo mire consternado y que a su vez se haga alfarero y tenga un aprendiz que lo mire consternado y que a su vez se haga alfarero y tenga un aprendiz que lo mire consternado y que a su vez...

Me pregunto si llegará el día en que nada de esto importe, en que no quepa hablar de trivialidades tales como el barro o el torno que gira y gira o el espacio vacío –¿vacío?– donde unas manos moldean –¿moldean?– la vasija.

¿Vasija?

 

DE SISMOS

Recuerdo que hubo un terremoto al norte. Yo estaba en algún lado de la frontera. En un Burger fronterizo conocí al tijuanólogo. Una grieta se abrió en la calle frente a nosotros. Nos fuimos dentro de esa grieta que era un abismo. Nadie nos devolvió la mirada. Hicimos autostop. Camiones repletos de hombres-bala en dirección contraria. Carros de carrocería tiroteada. Escuchamos hablar a la gente del narco. El tijuanólogo hablaba de narcoficciones. Sostenía la tesis de que no estábamos huyendo del terremoto sino desplazándonos en él. Llegó a decir que nosotros dos éramos el terremoto. Abríamos grietas en las placas de la península para entrar y salir. ¿Hacia dónde?, le pregunté por preguntar. La península se iba volviendo árida. Calurosos los moteles del sur. Los hombres-bala que no querían saber nada de nosotros continuaban cayendo en picado sobre las carreteras. La gente seguía hablando de California, interminablemente.   

 

DE GÁRGOLAS

¿Te gustan mis tetas?, preguntó, y yo no dije nada y ella dijo: Son tuyas, pellízcame, aráñame, muérdeme, no sé, lo que se te ocurra, estoy habituada al dolor.

Yo me negué, por supuesto, y de pronto ella dio un salto en la cama y dijo: Esto es el colmo, acabas de echarlo todo a perder, me has decepcionado.

Entonces yo iba a decirle que estoy habituado a decepcionar, pero llegaron esos dos buitres y se posaron en la ventana como dos gárgolas y todo se volvió mucho más oscuro.

Ella les dijo: Acérquense, y los buitres se posaron frente a ella y los dos pezones quedaban justo a la altura de los dos picos y ella preguntó: ¿Les gustan mis tetas?

Por supuesto que los buitres no respondieron sino que me miraron como pidiendo mi opinión o como esperando mi orden y ella dijo: Son suyas.

Entonces yo hice un gesto de asentimiento con la cabeza y me fui porque claro, seguramente preferían estar a solas.

 

DE ONDAS

La Tierra estaba muerta y ellos decidieron formar una banda: guitarras eléctricas, bajo y batería, teclado y sintetizador de ondas corrosivas. Se hicieron llamar Acid Rain. Se hicieron famosos. Viajes por todo el mundo con su música, hasta que un día les dijeron: «Eso es música para retrasados mentales».

Entonces decidieron disolver el grupo y formar un grupo nuevo: ellos mismos. La Tierra seguía muerta. Se hicieron llamar Acid Rain. Viajaron mucho más que antes y su fama se multiplicó tanto como su música. Pero les dijeron: «Eso es música para espantapájaros posmodernos».

Entonces decidieron disolver el grupo y formar un grupo nuevo: ellos mismos. De nuevo la fama, de nuevo Acid Rain en todas las camisetas y todas las bocas. Casi viajaban con la esperanza de encontrar a alguien que no conociera su música. Y encontraron a alguien que les dijo: «Eso es música para sordos de otro planeta».

Entonces decidieron, por fin, hacer sonar sus instrumentos, sobre todo el sintetizador de ondas corrosivas. De todas formas, la Tierra ya estaba muerta.

 

 
Jorge Enrique Lage (La Habana, Cuba, 1979). Licenciado en Bioquímica. Narrador. Especialista del Centro de formación literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Jefe de redacción de la revista de narrativa El Cuentero. Ha publicado tres libros de cuentos: Yo fui un adolescente ladrón de tumbas (Editorial Extramuros, La Habana, 2004), Fragmentos encontrados en La Rampa (Casa Editora Abril, La Habana, 2004) y Los ojos de fuego verde (Casa Editora Abril, La Habana, 2005). Cuentos suyos han aparecido en varias antologías y revistas cubanas.