Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
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PRIVACIDAD

Maximiliano Barrientos

Maximiliano Barrientos

Apoya los pies desnudos sobre el parabrisas y hace esta pregunta:
“¿Qué hiciste cuando sucedió?”.
       
Él se pasa una mano por los ojos (el sueño, los doce vasos de whisky, el cansancio de 60 horas semanales sentado en el húmedo despacho donde diseña estrategias de marketing) y gira bruscamente a la izquierda, porque se topa con un bache. La mira, tiene treinta, treinta y dos años. Observa las uñas pintadas de negro, los dedos diminutos, los pies alargados y flacos.

“Agarré el auto y conduje. Llegué hasta un hotel y tomé una habitación. Encendí el televisor y vi películas hasta el amanecer. Luego fui al teléfono y hablé con mi esposa, no tenía la menor idea de donde me encontraba”.

La mujer mastica un chicle y se queda mirándolo fijamente durante unos segundos. Es un hombre pálido que se ha cortado esta mañana al afeitarse. Se empieza a dejar bigote y su acento es difícil de clasificar: puede ser de cualquier parte.

“Yo me acosté con mi cuñado. Cogimos durante una hora en el despacho de su oficina… No quería estar en mi cuerpo”.

Ambos se quedan callados. Atraviesan la carretera. El hombre pone algo de música.   

“Llegaremos en unos minutos”, dice la mujer.

La había visto bailando sola y después con Chávez y más tarde con Arriaga, y dos o tres semanas antes, la había visto cruzar la puerta del despacho y ocupar una de las oficinas, sacar archivadores de unas cajas de cartón, encender la computadora, hacer llamadas telefónicas. Su escritorio, como el suyo y a diferencia del de todos los demás, no tiene ninguna fotografía u objetos personales, como si fuese una refugiada que dejó sus afectos en la huída. Pelo largo y rizado. Ojos grandes, marrones, con algo de sombra. Labios finos, piel trigueña. No es su tipo de mujer, pero había algo que la hacía diferente a las otras, claro que en ese momento -cuando la veía apropiarse del lugar que sería suyo y donde se encargaría de las relaciones públicas de la empresa- no lo sabía, no podía saberlo. No cruzaron palabras sino hasta la fiesta que conmemoró los cinco años de la compañía, hace tan sólo unas horas, cuando se le acercó y le dijo que habían vomitado el baño y que necesitaba que le hiciera un favor. El asintió, apuró el whisky. Acompáñame afuera, necesito otro servicio, dijo Laura.

“Siempre tuve la impresión de que nos observaban. De que detrás de estos espejos habían hombres solitarios, mirando”, dice.

No se ha quitado la ropa, está sentada en el borde de la cama y fuma. Leonardo enciende el televisor y cambia de canales hasta que encuentra uno de música. Se sienta al lado de la mujer, el humo le irrita los ojos pero no quiere decirle que apague el cigarrillo. La mujer no lo toca. Espera.

“A veces le decía a mi esposo, mientras lo hacíamos, que nos estaban filmando, que estábamos haciendo una película porno para desconocidos”.

Cruza las piernas, lo mira como si esperase a que él le apruebe los excesos.

Se pone de pie y se encierra en el baño. Orina, cierra los ojos, lo ve caminado por la sala. Tiene cuatro años y le pide que le enseñe a andar en bicicleta. Lo abraza y lo huele. Huele a tierra y luego a jabón. Lo besa y le hace daño, huele a sudor. Suéltame, dice, ríe. Hay algo en esa risa que justifica envejecer, arrugarse, morir. No huele a nada.
 
“Mi marido siempre supo que fingía, que todo eso era desproporcionado, pero supongo que de alguna forma le gustaba”. Ríe.
     
La voz de la mujer le llega retardada. Como si estuviera en un sótano, como si le hablase mientras se aleja. Se mira en el espejo. Tendría su cara si hubiera aguantado un par de décadas. La misma nariz ganchuda y el pelo lacio y sumiso, los ojos grises, la piel ligeramente grasosa.

Vuelve al cuarto y la encuentra con la espalda apoyada en el respaldo de la cama. Los zapatos yacen al lado de una silla, junto a su cartera y a su abrigo. Tiene las manos cruzadas alrededor de las piernas y el mentón apoyado en las rodillas. En este momento parece mucho más joven que cuando la vio bailar con Arriaga y con los otros compañeros de trabajo.

Se quita los zapatos y duda si acostarse o seguir de pie, mirándola. De pronto, vuelve a ser presa del desarreglo. Desearía estar lejos. Cambiarse el nombre. Abandonar su trabajo. Enterrar la cabeza en un barril de petróleo. Lanzarse de un puente, caer en un río y abrir los ojos mientras se hunde. Ver la oscuridad, eso.

Laura lo mira y sonríe. Hay tristeza en esa risa, hay indicios de una vulnerabilidad no del todo asumida, un pedido implícito de protección, algo que él no le entrega a  ninguna mujer desde hace años. Asienta una mano al lado de la cama y le indica que se acerque.

Se sienta y Laura apoya instintivamente la cabeza en su hombro. En la televisión pasan una película con Richard Gere. Conduce un descapotable tatuado con las palabras Just Marry, ingresa en el ojo de un huracán. Lluvia. Huston de fondo.
       
“Te mentí”, dice Laura.
         
Siente el peso de la cabeza de la mujer sobre su hombro. Quisiera estar en un inmenso centro comercial destruyendo los vidrios de las tiendas, incendiando la ropa, orinándose en la comida de los restaurantes.

“Cuando murió mi Lauri, saqué todos los ahorros que teníamos en el banco, los cargué en el auto y me fui al aeropuerto. Puse el dinero en una bolsa deportiva marca Adidas. Subí a la terraza y me puse a ver los aviones que despegaban. Estuve ahí durante horas. Todo el dinero que había hecho Alejandro. Todos los años de privaciones, todo nuestro futuro. El mío, el de Laura”.

No contesta. Mira la película. La mujer, al lado suyo, es un peso, una presencia abstracta. ¿Qué espera que diga a continuación? ¿Quiere que le cuente todo lo que sintió? ¿Quiere que hable de esas horas en las que creía que estaba volviéndose loco? ¿De las veces que manejó ebrio y deseó con los ojos cerrados que un camión aparezca de la nada? ¿Quiere que detalle las fantasías en las que veía que enfermedades letales y silenciosas se apropiaban de su hígado, de su corazón, de sus pulmones? ¿Que le hable de esa mañana que acompañó a Patricia a la Estación de trenes porque su matrimonio se había ido a la mierda, que hable del abrazo frío, de las cosas que no pudieron decirse entonces, de la culpa que se echaban en secreto? ¿Quiere que hable de todas las fantasías no confesadas a nadie, en las que Mateo todavía está vivo y le pide que le enseñe a manejar bicicleta o que lo lleve a sitios como Buffalo Park?
      
“Discúlpame un momento”.
           
La ve ponerse de pie, todavía está vestida, el cuerpo delgado y atractivo que aparenta ser cinco o seis años más joven. La ve recoger su cartera y encerrarse en el baño. Su perfume y el cigarrillo que fumó todavía persisten como prolongaciones de su cuerpo, ocupan un espacio vacío.

Todos esos rumores que circulaban en la oficina y que los conectaba. La mujer que había entrado tenía una vida difícil, había pérdidas y hoyos negros en su pasado. Él sabía que los vinculaban. Hablaban en la cafetería y en los pasillos, en los estacionamientos y en las salas de reuniones. Había algo que conectaba a Laura y a Leonardo, un historial de enfermedades. Había muertes compartidas, hijos que no sobrevivieron a la infancia. En la fiesta, cuando todos estaban borrachos y se sentían más amigos o privilegiados de una forma que sería imposible explicar, ellos hablaron por primera vez y él la acompañó al otro servicio y más tarde tomaron unos tragos y luego bailaron y cincuenta minutos después se subieron al auto y condujeron durante horas, y ella sacó a relucir el tema, preguntó qué fue lo primero que hizo cuando sucedió. Siguieron así durante largos minutos esquivando autos y hablando de Laura y Mateo hasta que tomó una curva y estacionó en el motel. Era una ceremonia tonta, desmedida, los dos lo sabían. Era una forma de hacerse daño, de sentir que son distintos a todos los de la oficina, a los que en este momento se divierten o regresan a hogares reales y seguros.

Se pone de pie y entra en el baño. La encuentra sentada en el inodoro, habla por teléfono y llora, le pide a un hombre  - a su marido, a su novio, a un ex esposo con el que la une una cadena de remordimientos y culpas - que la perdone, que no sabe por qué hace estas cosas, que son impulsos. Alguien en algún lugar de la ciudad escucha esa sesión de auto humillación.

Vuelve a la habitación y ve la cama desecha, a pesar de que no ha sido usada. Está sin camisa y descalzo. Escucha la voz de la mujer como si proviniese de una grabación. Llora y luego hay silencio y después se escucha más de lo mismo: no sé por qué lo hago. Hubiera tenido la misma cara, el cuerpo un poco más atlético, los ojos fríos como témpanos. Piensa en hombres solitarios que aguardan detrás de los espejos y que lo miran directamente a los ojos tratando de descubrir cuál es su historia. Hombres que escuchan llorar a una mujer encerrada en el baño, hombres que fuman y que esta noche volverán tarde a casa.

 

Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979). Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Católica de Cochabamba. Ha trabajado como periodista cultural en EL DEBER, donde fue columnista del suplemento Brújula. Sus artículos sobre literatura, cine y música también se publicaron en distintas revistas y suplementos culturales del país. En el 2004 fue finalista del concurso de cuentos Franz Tamayo. Ha publicado el libro de relatos Los Daños (2006) y Hoteles (2007), libro que reúne una nouvelle y dos relatos. En el 2007 fue ganador del Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz de la Sierra en el género cuento.