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— ¿Colección de qué?
El tren comenzó a moverse lento. Julia miraba hacia el andén y yo miraba a Julia mirar el andén. Todavía con sueño. Un eructo me hacía recuperar el sabor de los vodkas de la noche anterior. A la vez recuperé la génesis de todo. La escena: me despertó una concatenación de golpeteos a la puerta de mi casa. Fui a abrir y al hacerlo Julia irrumpió rauda y violenta. Giró, esperó en silencio el cierre de la puerta y avanzó hacia mí. Cuando estuvimos frente a frente me dijo: Dos cosas, primero, me acompañas o me acompañas, segundo, no te hagas el macho conmigo. Bien. Báñate y salimos ¿tienes algo para desayunar? Lagañoso y soñoliento acaté las órdenes de Julia. Ingresé al baño, abrí la ducha, me mojé… en fin, una hora después estaba en Estación Central esperando el Metrotren a Rancagua.
—¿Y adónde vamos?
Siempre me veo obligado a hacer cosas por mandato de los demás. ¿Colección de qué?
—Imágenes de cine.
Había escuchado nimiedades anómalas sobre colecciones, sin embargo sobre un coleccionista de imágenes, no. Don Luca, Lucas Raponni no me era familiar.
—¿Y esa cara, acaso no te tinca la idea?
Con Julia vivíamos el rito de ver películas. A veces nos juntábamos a ver cuatro, cinco, hasta seis en un día. En otras ocasiones las veíamos por separado para masticarlas, digerirlas y juntarnos después a comentarlas. Había que ganar tiempo.
—Es un personaje don Luca, no te vayas a espantar. El tipo colecciona fragmentos de cine, imágenes, escenas, cuenta con un catálogo inmenso, lo revisas y si tienes una escena que él no, te la compra. Paga bien.
—Naaaa.
—Eso sí, debes vendérsela con la interpretación dada por ti a ese fragmento.
En un comienzo pensé que Julia me tomaba el pelo, pero luego recapacité, era convincente, tanto por la seriedad mostrada y porque sí. El viaje comenzaba a tener sentido. Un reflujo me recordaba la noche anterior. Me veía junto a Julia en los zapatos de otros viajeros. Tal vez no como Romeo Dolorosa y Perdita Durango y sus monstruosos y exacerbados ritos y desplazamientos. Tampoco como Micky y Mallory en Natural Born Killing matando en el camino a cuanto infame se nos cruzara. Menos Sailor Ripley y Lula Peace Fortune en Wild at Heart huyendo de la madre de Julia… recordé a Bobby Perú… pensé que quizá el coleccionista podría ser así. Imaginé una película y al actor que podría ser el coleccionista. Pensé en Al Pacino, pero era muy obvio… el mismo William Daffoe… Kevin Spacey… Dennis Hopper y sonreí, era perfecto. Julia siempre ha admirado mi talento para dar con los actores precisos cuando hacíamos nuestros guiones, por cierto ella era Isabelle Huppert y yo, Kyle MacLachlan.
—Eres igual.
Así todo, el viaje no era vertiginoso, de hecho, por su ritmo acompasado podría emparentarse con el arrojo lerdo de The Straight Story, con Alvin Straight cruzando carreteras en una vieja cortadora de pasto para ir a buscar a su hermano. En ese movimiento cadencioso de nuestro metrotren no había arrojo, tampoco huída de la policía ni de padres, y menos sexo, por el contrario, el ritmo aletargador y la gente seria y taciturna que nos rodeaba mermaba todo proyecto de gesta épica en la ruta. Julia miraba el paisaje. Yo la miraba a ella y al paisaje. Pensé ¿Qué otras parejas ruteras habían en el cine? Nicolás Estrella y Coral Fabre, la gorda y solitaria enfermera de Profundo Carmesí. Tenoch Iturbide y Julio Zapata en Y tu mamá también, claro junto a Maribel Verdú…. Uf, musa. A ver, clásicas, Bonnie Parker y Clyde Barrow… Thelma y Louise… Doc McCoy y… ¿Cómo se llamaba la pareja?
—Ali Mac Graw…
Pensé en Kalifornia, pero ahí eran dos parejas.
—Conversa algo, para qué te traje.
—Estaba pensando en el viaje. Ojalá éste sea uno bueno.
—No será tan distinto, Fresno, no te ilusiones, dura una hora y media, por lo que tantas experiencias no vas a sacar en limpio… ¿Qué tomaste anoche?
Julia me pasó una pastilla de menta. Continué.
—Me hubieras avisado.
—Ja, seguro, le hubieras vendido una de Spielberg o Zemeckis.
Graciosa. Maldita. Pensé. Otro reflujo. Hay una película oriental... en la que uno al morir podía elegir llevarse un recuerdo específico. Bello. Su protagonista eligió un momento con su mujer, sin embargo, ya muerto, y revisando la biblioteca de deseos, se da cuenta de que ella no eligió ese instante, ese recuerdo, esa imagen.
—Biiien.
—Pienso en el no estar en frecuencia con el ser amado, debe ser una mierda.
—Una bella imagen para empezar, a eso no se llega fácilmente, aunque debo decirte que el tipo que visitaremos colecciona escenas y lo que tú planteas es una suerte de alegoría que cruza la película.
—Tienes razón, pero creo que si elegimos el fragmento en que revisa en la biblioteca el recuerdo guardado de la esposa, estaría perfecto.
—Claro, pero hay un problema.
—¿Cuál?
—No la trajiste. Viste que podía.
—Mal, me dejé llevar, fui egoísta.
Bien, Julia reconocía sus pecados, no era normal eso. Nos callamos, pero volvía a la carga. La imagen inicial de Paris, Texas, con Travis deambulando por el desierto o cualquiera de Wenders.
—No seas tan predecible, el hombre es un profesional, no un neófito, no lo vas a sorprender con Wenders o Tarkovski o Kurosawa o Kieslowsky. Si es de polacos piensa en Jerzy Kavalerowicz, si es de alemanes por último en Rainer Werner Fassbinder o Werner Herzog, si es por buscar en otros lugares, en italianos, no sé Elio Petri o Ermanno Olmi, o en el austriaco Ulrich Seidl. Hay que escarbar con paciencia, buscar en otros lugares que no sean comunes.
—Tienes razón… ¿Y tú qué traes?
—No seas niño, es un secreto, no ves que puede venir gente para el mismo lugar y pretender robar la información que traigo.
—¿Y si alguien escuchó la mía?
—Lo siento, es indiscreción y torpeza tuya.
—Pero podías haberme prevenido.
—En todo caso no te preocupes, no me diste el título, ¿cómo se llama?
—Creo que…
—Ves que eres bruto, la ibas a soltar así como así.
—Uf, menos mal, gracias.
—No hay problema.
Guau, el tema era difícil, tuve suerte con la primera, pero después, me costó demasiado dar con otra. Había que tener talento
—¿Cuántas traes?
—Lo preciso para quedar tranquila por un tiempo.
Nos callamos y pensé en don Luca. Era raro que no supiera de él. En un país sin industria cinematográfica los personajes así deberían emanar como si nada. Pensé en nimiedades anómalas sobre colecciones, llegué a Ramón Ramírez, gran amigo, coleccionista empedernido de películas eróticas —Desde Jeery Damiano y Just Jaeckin, pasando por Salvatore Samperi y Tinto Brass, llegando a contar con pasajes de Bertolucci, Bigas Luna y Almodóvar, hasta desembocar de mala gana en la dupla Porcell-Olmedo—. También recordé a Carla Vásquez, buena amiga hace algunos años, conocida por ahora, coleccionaba películas ganadoras de Sundance, Berlín, Venecia. No olvidé la colección de Romerito. Excelente: sub-subgéneros tales como el carcelario, el karateca, el road movie avionero y barquero, el pedagógico —con profesores y alumnos como protagonistas, subclasificándolas en las que desembocan en líos amorosos (como en la que trabajaba Goldie Hawn o All Things Fair o The Piano Teacher), y en las que son un manifiesto de lo que debería ser la profesión de profesor (Dead poets Society o La lengua de las mariposas), es decir, alegorías románticas sobre la educación—, las de restoranes o fuentes de soda —sub-subgénero que me encantaba, con puntos altos como Blue Velvet, Pulp fiction, Reservoir Dogs, A History of the Violence o en Coffee and Cigarretes—, las fiesteras. No olvidé a Julia, quien tenía una colección más dispersa, con criterios académicos y a veces ligados a Carla Vásquez. Yo me inclinaba por el fetiche cuantitativo de tener: casi 2000 títulos. Clasificados por orden alfabético, aunque siempre queriendo hacer la clasificación biográfica, como Rob en High Fidelity.
—Llegamos.
Rancagua no me gustaba, ya lo dije, y si fui hasta allá fue por Julia. Frente a la casa de don Luca tocamos el timbre. Julia me pasó otra pastilla de menta. Un hombre con cierto garbo dado por movimientos cadentes y su voz rasposa nos abrió la puerta. Camisa negra, un pañuelo en el cuello, pantalones a rayas y zapatos brillantes lo hacía una figura de tiempos pretéritos, pero con pertinencia estética. Al vernos se acercó a Julia y la saludó con un beso largo y seco. A mí me observó breve y frío e hizo un gesto a Julia.
—Un amigo.
Don Luca se dio vuelta y con su mano llamó a Julia. Entraron en una habitación. Qué suerte tenía Julia. No obstante, en una primera instancia no me ofusqué, pensé en que ella podría interceder por mí. Pero, pasaron cinco minutos, luego diez, hasta que veintiocho minutos después salió Julia. En el proceso mi cara se fue desilusionando. Una sonrisa disimulada le adornaba el rostro. Llevaba un paquete en la mano, un paquete que no era el que ella traía. No era el dinero. Cerró la puerta de la habitación.
—Vamos.
—¿Y? ¿y te compró algo?
—No seas niño, vamos te invito un churrasco a la fuente de soda del frente… pide sin aliño.
Luis Valenzuela Prado (Santiago, Chile, 1978), escritor y profesor. Ha publicado cuentos en el libro de fotografía Díaz de espera (2003) y en los sitios: www.elmostrador.cl (2005), www.lanzallamas.com (2006), www.lasiega.org (2007). Fue antologado en el libro de narrativa: Lenguas: dieciocho jóvenes cuentistas chilenos (JC Sáez Editor, 2005). Ha realizado crítica literaria desde 2004 en el sitio www.sobrelibros.cl. Actualmente es uno de los editores de la revista de narrativa Bilis y prepara la publicación de su primera novela: Jueves, que será editada por La Calabaza del Diablo. |