Mónica A. Ríos
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El Exterminio llegó unas semanas antes que vinieran las máquinas a sacar el agua del pozón (“hediondo” y “pestilente, negro”). Le puse así porque no me dio miedo como a los otros y a él parece que le gustó, o lo que le gustó es que yo fuera amable (“aléjate de esa inmundicia, querí”). Tampoco me dio miedo cuando lo vi de lejos tragarse una rana y luego una lagartija por la parte baja de su cuerpo. Me dio risa en vez, más que nada porque fue ahí cuando me di cuenta de que el Exterminio dejaba una estelita fluorescente por donde quiera que pasaba, como un caracol (“cacha, cacha”). También se comía a los caracoles: pasaba por encima de ellos y ya no estaban, sólo las dos estelitas brillantes que se cruzaban y una que seguía (“vrooom”). Me cayó bien al tiro, porque sé lo que es ser bajo y no tener ningún amigo, además cuando llegó el Exterminio el Remigio me estaba pegando y los otros miraban como si no pasara nada. El Exterminio los asustó a todos (“a toditos, uno tras otro”, yo le dije, y ella “¿y qué les hizo a los otros cabros? Mira que no me quiero pelear con la Silvita”) y nunca más ninguno me pegó y yo nunca más dejé al Exterminio (“hazte pa’cá, cabro de mierda”). Ese primer día no hicimos mucho. Yo lo seguí para ofrecerle parte de un pan con mantequilla que mi mamá me había dejado en el bolsillo envuelto en una servilleta (“yo vuelvo a las seis”). Lo saqué de mi bolsillo y la servilleta se había salido y la mantequilla se había desparramado en mi bolsillo; al Exterminio no le importó, se lo comió igual (“ese chiquillo, oiga, quizá en qué malos pasos anda”). Se lo metí por un hoyito que abrió a la altura de la cabeza, supuse que era su boca porque salió un olor malo, porque se le olvidaba lavarse los dientes (“¿y qué me dice del olor?”). Después nos quedamos sentados en una de las rocas que dan al pozón. Cuando se hizo de noche, me hizo un gesto y desapareció por ahí, por el agua (“¡Julita, ya va a empezar la teleserie!”). Al día siguiente lo fui a buscar y lo vi salir del agua del pozo como si nada. Salió como un cocodrilo: primero los ojos, después su cuerpo escamado y después los chorros de colores que hacen de ropa (“ya está con ese cabro malo. No se vaya a meter ahí porque lo saco de un ala”). Yo le dije entonces que a mí no me dejan bañarme ahí. Me pasó algo lleno de la cosa que lo envolvía (“pura basura, oiga”). Yo lo fui a meter debajo de la llave; con el agua empezó a aparecer una naranja. La comimos como a mediodía, cuando ya el calor se hace insoportable en verano, estaba rica. Justo a las once y media apareció el Remigio con la Gaby (“flaite, asqueroso, ahuevonao”) y empezaron a tirarnos duraznos verdes, a mí me pegó uno en la cara y no pude ver bien lo que pasó. Pero por ahí dijeron que al Exterminio era como si le pegaran con agua y que la Gaby y el Remigio estaban asustados, porque el Exterminio como que se había alargado y se veía inmenso de grande. (“Y después pasó encima de ellos y se los comió igualito a como se había comido a los caracoles, a las ranas y a las lagartijas”).
Desde entonces la cosa se puso rara, empezaron a decirle cosas y como se comía a la otra gente, la que hablaba, la que yo le contaba que decía cosas feas de mí y de él; se asustaron más (“aló, Carabineros”, “aló, Municipalidad”, “aló, Servicio de salud”). Por mientras el Exterminio empezó a crecer, hasta que llegó a ser más grande que un adulto. Y empezaron a echarle la culpa de todo (“no, si parece que el marido de la Maribel se lo llevó el Exterminio, como se iba a ir, si la quería tanto”). Y empezaron a llegar personas con cámaras y nos filmaban a mí con el Exterminio, mientras la señorita que hablaba se tapaba las narices y la boca con un pañuelo (“En este pestilente, inmundo lugar… el olor es insoportable… condiciones de vida deplorables”). Después la vimos vomitando, pero eso no apareció en las noticias (“buaaaaaj”). Así que lo invité a mi casa a las nueve para que nos viéramos, pero mi mamá (“¡sale de aquí, asqueroso, no pises mi casa!”) y yo me fui con él, porque es mi amigo y se come a la gente para defenderme y nunca nadie más me molestó ni me pegó ni me dijo nada feo. Después llegaron las máquinas (“tuuut, tuuut, tuuut”, “vssssst, vsssst, vsssst, vssssst”) y quedó la escoba, porque el Exterminio ya no tuvo casa ni tampoco lugar donde bañarse. Los dos nos sentamos en la roca a ver como las máquinas sacaban un barro que había reemplazado el agua y encontraban botellas de plásticos, bolsas chicas con huesos de pollo, cáscaras de naranja, tarros de lata, ropa, cartones, un esqueleto de hombre, la parte de arriba de un auto, unos neumáticos, una pala, unas fotos, un cuaderno, una mochila, un pedazo de plástico de tal vez qué cosa, ollas, un vaso de vidrio intacto y otro de plástico, una copa triangular, flores podridas, platos de comida, computadores, un oso panda de peluche, un árbol petrificado, un camión Prosegur enterito, (“20 millones de dólares”), una casa, un hoyo gigantesco que no se detenía y que llegaba hasta el centro de la Tierra, un lápiz y un sacapuntas. Por lo menos es lo que alcancé a ver (“al fin alguien está haciendo algo” y “que desaparezca toda esa basura” y “la gente aquí no tiene qué comer, los niños no tienen dónde jugar”). A medida que pasaban los días, el Exterminio se iba haciendo más chiquitito, hasta que un día cabía en mi mano. Pensé entonces en darle un regalo para que no se sintiera mal ni pensara que la gente no lo quería. Así que metí en la licuadora una tabla de madera, una bolsa de la basura, una botella de cocacola, aceite de mirasol, un murciélago, pasta de dientes, un motor viejo de un auto de juguete, un poco de bencina, la mano de mi mamá, leche y lo revolví. Puse al Exterminio en el suelo de la cocina y le eché la mezcla, de inmediato empezó a crecer, a sentirse él mismo nuevamente, pero no le duró mucho. Le hice muchos jugos revitalizantes como ése, pero ya se me acababan las cosas, ya no tenía ni sábanas en mi cama ni calzoncillo que ponerme. Se lo tuve que explicar y con mucha pena en mi corazón traté de decírselo. Sin embargo nunca pude, porque llegó un señor con jockey (“¡Cam daun, boi! ¡Bi querfl!”) y sin esperar respuesta nos tiró agua con una manguera inmensa. Yo quedé empapado, se me cayeron los pantalones porque le había dado mi cinturón al Exterminio en su último jugo. Mientras trataba de agarrármelos para que las vecinas no se rieran de mí, vi cómo el Exterminio se iba poniendo cada vez más chico hasta desaparecer su cuerpito de topo, de gato recién nacido, de mosca, y luego su ser entero disuelto en el agua. (“Al fin”).
Mónica A. Ríos (Chile, 1978). Es Licenciada en Letras por la Universidad Católica de Chile y egresada del Magíster en Literatura de la Universidad de Chile. Actualmente espera la resolución sobre su tesis que trata sobre guión cinematográfico latinoamericano. Ha publicado cuentos en revistas de distintos países de Latinoamérica y en la antología Lenguas (dieciocho jóvenes cuentistas chilenos) (JC Sáez Editor, Santiago, 2005), además de algunos ensayos y artículos en publicaciones académicas. Desde 2002 escribe crítica literaria en Sobrelibros.cl y es editora de Archivodramaturgia.cl. Ha trabajado en guiones para televisión y cine, y es profesora universitaria de guión de animación. |