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Puede tomarse todo el tiempo que necesite. Ella ha de estar sentada en la sala, dispuesta, pero no entrará sino hasta que Gregoria le avise. Hay que tomárselo con calma, en eso las dos están de acuerdo. Para Ella es una cuestión de pragmatismo. Para Gregoria, en cambio, es una arista más de la irresolución, de la medrana, del escozor en las pantorrillas y la taquicardia aciaga. No hay apuro, pero debe ser hoy.
A medida que se desviste, Gregoria siente que vuelve a tener cinco años. Pero la figura que va revelándose en el espejo la desmiente con sarcasmo. Y esta noche Gregoria aborrece más que nunca el volumen turgente de sus pechos que, una vez liberados del corpiño, caen con un vaivén desagradable. Odia la forma algo cuadrada de sus caderas, le repugna lo pulposo de su vientre. Antes Ella le decía que era linda, pero Gregoria se resistía a creerle. En momentos de exaltación otros también se lo dijeron y, aunque Gregoria quiso creer, ninguno se dio la maña de convencerla.
De todas formas eso no es lo importante ahora.
Gregoria echa a correr el agua caliente y se sienta en la taza a esperar que la tina se llene. "Llámame cuando estés lista", le dijo Ella, mientras lavaba los platos de la comida que Gregoria apenas probó. "¿Se está lista alguna vez para esto?", preguntó Gregoria, y entonces Ella resopló con exasperación: "Déjate de joder, ¿quieres? No lo hagas más difícil". Luego Gregoria subió las escaleras, cansina, y Ella se sentó a fumar en el sofá.
Mientras se desliza en la bañera, Gregoria asume que a pesar de sus redondeces, nunca ha dejado de ser una niña. Una cabra chica, como le dice Ella. Y todo esto — Gregoria remojando su vergüenza en agua tibia; Ella esperando — no hace sino confirmar su inmadurez persistente, inalterable. Eso no facilita las cosas. Tampoco lo hace su mirada indolente — la de Ella — ni sus maneras bruscas y administrativas. Antes Ella no era así. Antes la abrumaba con un amor empalagoso que se le escapaba por las pupilas como un perro faldero. Y Gregoria la rehuía, atrabiliaria, en un mohín de indiferencia violentada por tantos besos sin solicitar.
Las manos de Ella desabotonándole la blusa, acariciándole el cabello, abriendo el grifo para luego sumergirla entre melindres piadosos. ¿Hubiese sido un bálsamo, un anestésico? Antes de que Gregoria se lo pregunte, abajo, en el tercer cigarrillo, Ella ya ha hecho todo eso, y ha jabonado sus brazos, masajeado su cuello; besado su nuca; incluso ha soltado un par de lágrimas mudas a sus espaldas.
De todas formas hubiese sido incómodo, piensa Gregoria. De todas formas, después de todo, ahora menos que nunca, no tiene derecho a pedirle nada. Ni siquiera clemencia.
Gregoria no tuvo necesidad de abrir la boca para enterarla. Ella habrá juntado evidencias, o quizás es que de veras la intuye más de lo que Gregoria se conoce a sí misma; da igual. Ella tampoco dejó caer apotegmas ni lamentos ni diatribas. No formuló preguntas; no hizo sugerencias. Lo de ahora, lo de esta noche, se fraguó por cauces fortuitos, quiere pensar Gregoria, en un esfuerzo contumaz por soslayar cualquier atisbo de intimidad.
El estribillo de una canción de moda resonando dentro de un auto que dobla la esquina quiebra en dos la noche. Gregoria siente los pasos afranelados en la escalera, y al encogerse su cuerpo rugoso se puebla de hoyuelos. Tirita. Han pasado casi dos horas desde que se encerró en el baño, y el agua ya está fría. Para Gregoria es un alivio que Ella se haya anticipado, impidiéndole claudicar. Aunque Gregoria piensa que ha querido llamarla, pero no ha sabido cómo.
Ella se detiene junto a la puerta, golpea dos veces con suavidad, y sigue caminando hasta el final del pasillo. Gregoria va incorporándose lentamente, se envuelve en una toalla, camina hasta aferrarse en el pomo de la puerta y lo hace girar. En el camino hacia su dormitorio va dejando una huella de agua en la alfombra.
Gregoria se queda inmóvil en el dintel. Ella se acerca y comienza a secarle el cuerpo con la misma toalla que lleva encima, hasta que ésta se desprende y Gregoria queda desnuda. Ambas se ruborizan. Ella no había vuelto a verla sin ropa desde la pubertad, cuando Gregoria se escudó en el pudor para justificar las distancias. Ambas intentan volver a fijar la toalla bajo las axilas, pero las manos se entrechocan en movimientos torpes. La toalla cae al suelo.
De todas formas habría tenido que quitársela. Y mientras Gregoria avanza hacia la cama, piensa que despojarse ella misma de aquel trozo de género habría sido mucho más difícil; muchísimo más incómodo.
Ella alcanza un frasco del escritorio y extrae de él dos pastillas hexagonales. Va observándola de reojo, sin que Gregoria lo note, rastreándose a sí misma en aquella fisonomía laxa, contrita, tan ajena a estas alturas. Gregoria se tiende de espaldas, muy rígida, y fija sus ojos en el techo. Ella se sienta en uno de los bordes de la cama, y la caricia que se atreve a traficar termina de enrarecer el aire, empantanándolas a ambas en una complicidad apócrifa.
Gregoria quisiera poder hacerlo ella misma. Decirle que le entregue las pastillas y la deje sola. Pero Ella es la que sabe. Ella ha visto, ha leído, le han contado, dijo, anticipándose a la pregunta que Gregoria de todas maneras no hubiese formulado. Fue Ella la que consiguió el frasco y lo depositó en el escritorio. Fue ella la que tácitamente asumió el rol de fautora, de verdugo. Pero, lejos de ser lenitiva, la suplantación no hizo sino acentuar la culpabilidad de Gregoria.
Había que ser tonta para no darse cuenta. A Gregoria la voluntad no le alcanzó para disimular las náuseas repentinas ni los vahídos matinales. Deambulaba llorosa por los pasillos, como si quisiera provocar las preguntas y las consiguientes recriminaciones. La verdad de las cosas es que Gregoria esperaba que Ella le saltara encima, que la insultara; vomitándole su frustración y su rabia, todo ese miasma que venía acumulándosele desde hacía tanto. Que la golpeara, incluso, hubiese sido más soportable. Pero Ella se mostró impávida, negándose a conceder esa purga.
Bruja. Había que ser bruja — cree Gregoria — para adivinarle los pensamientos en la forma en que Ella lo hizo la otra tarde, cuando la encontró inmóvil frente al televisor encendido.
— Ya lo decidiste — afirmó Ella. ¿Sabes cómo vas a hacerlo?
Gregoria negó con la cabeza.
— Déjalo. Yo me ocupo.
Eso fue.
Gregoria arquea las rodillas e intenta relajar los músculos. Ella se acerca, y con la misma delicadeza con la que le separa las piernas coge de a una las píldoras y va introduciéndoselas. Su pulso es rilante; la boca adquiere un rictus amargo; la pesadumbre se aglutina en su ceño encogido. Pero Gregoria tiene los ojos cerrados y ha vuelto la cara hacia la pared, de modo que no lo nota. Sólo siente el deslizar de las grageas en su cuerpo; el roce de los dedos de Ella, que se esfuerzan en ser discretos, tal vez para no apenarla más de lo necesario; tal vez porque la situación ha logrado agitarle los escrúpulos o escarnecer su moral de católica observante.
Ella da un largo suspiro, antes de volver a juntarle los muslos a Gregoria. Se le escapa. Pero esta vez el movimiento es diestro y definitivo; un ademán que hace de epílogo, de jaculatoria, de cinerario.
Lo último que Gregoria siente antes de sumirse en un sopor caliginoso, es el suave peso de una manta que Ella le ha echado encima; la leve presión de sus labios que la besan en la frente, como un adagio; que la redimen en un segundo y de una vez por todas, para siempre, por fin.
Patricia Poblete Alday (Chile, 1978). Periodista titulada de la Universidad de Chile, Doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ejercido la docencia en la Universidad de Chile y en la Academia de Humanismo Cristiano, donde se desempeña actualmente como profesora de cátedra y coordinadora académica. Publicó sus primeros relatos en el suplemento Zona de Contacto de El Mercurio, entre 1995 y 1998, y participó en los talleres literarios de Pía Barros, Sergio Gómez y Pablo Azócar. En el año 2005 ganó el concurso literario de la Revista de Libros de El Mercurio con su novela Marcha atrás; la que fue publicada ese mismo año. |