Sumario. 30 cuentistas hispanoamericanos
volver

PARÍS PÉRIPHÉRIE

Elvira Navarro

Elvira Navarro

Acabo de bajar en Carrefour Pleyel. Busco el Centro Administrativo y Social que se encarga de los barrios de la periferia norte. Mañana es el último día para tramitar la CAF, una beca que me permitirá seguir viviendo en una residencia de la Mairie de Saint-Ouen durante los próximos seis meses. Observo atentamente el andén, como siempre que bajo por primera vez en algún sitio y a pesar de que todas las estaciones son más o menos iguales. La salida está justo en la avenida de Anatole France, la cual, a juzgar por el número del centro, el 345, tiene que ser enorme.

Atravieso un túnel larguísimo para salir por los impares. Frente al metro hay unos cuantos cafés, y a continuación un hotel: el 357. He de avanzar un poco más para saber si voy en la dirección correcta. La avenida es, en efecto, interminable; desde donde estoy, mirando hacia el sur, no puedo ver el final. Los edificios son feos, relativamente recientes, de colores pastel: rosas, amarillos, beiges. Llego a una casa que hace esquina, de ladrillo visto, y siento más que nunca la amenaza de tormenta. El moho de las paredes, insólitamente seco; el jardín tupido y asilvestrado por el descuido y por las lluvias, me producen una sensación de extrañamiento que reconozco.

 El número es tan grande que al principio no lo veo. Está colgado en la verja, en un panel rojo. El 323. Por un momento, dudo que ése sea propiamente el número. Debajo, hay un letrero pintado de blanco y sujeto con unos alambres que dice: SE VENDE. Hasta que no retrocedo, no caigo en la cuenta de que faltan diecisiete números. De todas maneras no me preocupo, y retomo mi camino en la misma dirección. Atravieso una rotonda desde la que se abren, inmensas, otras dos avenidas. No sé hacia dónde dirigirme. Lo que sigue a Anatole France es una carretera con tres rascacielos modernos y fríos. Ninguno tiene aspecto de ser el Centro Administrativo y Social. Sin embargo, como tampoco las otras dos avenidas son su continuación –avenida de Gabriel Péri y avenida de Albert Dhalenne -, no tengo más remedio que seguir derecha.

Empieza a llover. Al cruzar la rotonda, compruebo que no es en la carretera donde se encuentran los rascacielos, sino subiendo una rampa que se desvía hacia la izquierda. La carretera continúa hasta la autopista. Los barrios de la periferia norte se extienden más allá; son una réplica triste y diluida de Carrefour Pleyel, y durante el breve instante en que los contemplo me provocan una inquietud indefinible y placentera. Pienso que tal vez sea necesario cruzar la autopista para encontrar la otra parte de la avenida, pero por el momento tomo la rampa. Avanzo. No hay ningún cartel indicador; estoy ya casi segura de que no voy a ninguna parte. No obstante, sigo avanzando. Cuando llego a los rascacielos, compruebo que están rodeados de un parking lleno de camiones.

Segunda opción: atravesar la autopista. Doy media vuelta y prosigo recta por la carretera, que hacia la mitad se corta. Me detengo ante el terraplén para observar la vorágine de coches que pasan a una velocidad extenuante bajo la tormenta. Tengo los pies mojados. Cuando llego a mi cuartucho de la residencia, llamo a Michel y escucho el buzón de voz en francés. Mañana expira el plazo para mi beca. Cojo mi diario y escribo: “Aunque vuelva todos los días, no voy a dar jamás con el sitio”.  No es suficiente para desahogarme. Busco con avidez en la estantería un libro de artículos de Marguerite Duras, Outside. Sé que uno de ellos trata de los suburbios de París. Lo cojo. Leo que no existen mapas de la periferia. Que es imposible hacerlos. Que los hay de las antiguas villas, como la de Saint-Denis, antes de la construcción de las banlieue. Las banlieue: reverso de los bulevares amplios, franceses, vacíos, de los que los árabes han huido como si fueran ratas.

Al día siguiente me he olvidado ya de mis aprensiones y salgo otra vez por los números impares, decidida a hacer algo tan sencillo como preguntar. Me dirijo a una mujer vieja que me dice que no hace falta salir del metro; que el centro está al final de un corredor que parte desde la salida por los números pares. No tiene pérdida.

Cruzo la avenida, bajo por los números pares. No hay ningún corredor. Tomo entonces el pasillo de los impares, llego a la salida. Retrocedo hasta las taquillas y decido entrar de nuevo en los andenes. Sé que es absurdo, pero nunca se sabe. Recorro los  andenes. Exhausta, ni siquiera salgo del metro para preguntar otra vez. Tres personas me responden lo mismo: no saben dónde está el centro, y en cualquier caso es mejor que vuelva a la calle y pregunte allí. En la calle ya no pregunto más. Llamo a Michel.

- Mujer – me dice- ¡pero si está justo al salir de Carrefour Pleyel!

- Yo no lo veo. ¿Dónde estabas ayer? ¿Dónde has estado estos cinco días? Te dije que a lo mejor te llamaba para que me acompañases.

- ¿Dónde estás tú?

- Ya te lo he dicho. En Carrefour Pleyel.

- ¿No ves un edificio de cristales en frente del metro?

- No hay ningún edificio de cristales. ¿Dónde has estado?

- Hay un edificio de cristales en frente del metro. ¿Estás segura de que estás en Carrefour? ¿Debajo de la torre Pleyel?

- Debajo de la torre Pleyel.

- Entonces tal vez me esté equivocando. Déjame pensar. ¿Quieres que vaya? Si voy seguro que hago memoria.

- ¿Dónde estabas ayer?

- No voy a contestar  a eso. Hoy expira el plazo y si quieres que sigamos juntos es mejor que te des prisa.

- Lo sé.

- Espérame ahí, llego en media hora.

- No quiero que vengas.

Cuelgo. Desconecto el teléfono. Es el fin. Pienso que no pienso en Michel, que nunca en mi vida he pensado en él. Mejor aún: que en lo que me quede de existencia no va a ser ni siquiera un recuerdo. Tengo recuerdos de vacas y de ovejas. Incluso de escupitajos verdes y palpitantes sobre la acera.  Pero de él nada. Cero. Me gustaría gritárselo y reírme. Es una frialdad que espanta, que libera. Estoy a punto de irme cuando echo un último vistazo a lo que hay más allá de la autopista. Al igual que el día anterior, la visión de Saint-Denis envuelto en brumas me provoca una sensación que bascula entre la fascinación y el miedo. Me digo que puedo dar un paseo; avanzar hacia esa imagen que me resulta tan atractiva y de paso, si doy con el centro, llamaré a Michel y le diré que lo he encontrado, pero que me marcho. Que tengo los papeles de la beca en la mano, que estoy sentada en la taza del váter, y que me dispongo a mearme en ellos.

Miro el paisaje que se extiende ante mí con una atención sonámbula, devoradora. El primer tramo del camino que atraviesa la autoroute pasa por debajo de un puente de hormigón que describe una vuelta de media circunferencia. Los coches hacen un ruido atronador, retenido y amplificado por el puente, acceso al carril izquierdo, dirección París.

Corro. Me tropiezo. Tardo algunos minutos en darme cuenta de que la acera por la que transito desemboca en unos matorrales. Para acceder al verdadero camino hay que subir por el terraplén y saltar una barra de protección, cuya presencia ahí no trato de explicarme.

Subo por el terraplén y salto la barra. La sensación de estar en ninguna parte es ahora definitiva. Echo a andar, el camino desciende lentamente, y no hay nadie. A mi derecha la autopista, el caos del mundo entero. No necesito avanzar mucho para darme cuenta de que, obviamente, aquí no voy a encontrar nada. Solares invadidos por grandes paneles publicitarios, una chatarrería, un recinto alambrado con coches de ocasión, lleno de banderitas de colores que se mueven frenéticamente con el viento. Naves industriales cerradas y en silencio. A unos setecientos metros la vida resurge. Veo los carteles de los supermercados y las pequeñas tiendas de las que salen y entran mujeres cargadas con bolsas, y alguno que otro hombre. Todo conforma un cuadro extraño, y no me molesto siquiera en mirar los números. Doy media vuelta y vuelvo a meterme bajo el puente. Una vez allí, me detengo largo rato, hasta que el ruido y la certeza de estar al borde de mí misma se me hacen insoportables. Cuando salga de aquí, me digo, en un intento por retomar el hilo; cuando salga, llamaré a Michel para que me acompañe.

 

Elvira Navarro (Huelva, España, 1978) Pasó su infancia y adolescencia entre Córdoba y Valencia, y desde los dieciocho años reside en Madrid, donde se licenció en Filosofía por la Universidad Complutense. Ganó el primer premio de narrativa en el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid en el año 2004, y actualmente disfruta de una beca de creación del Ayuntamiento de Madrid y la Residencia de Estudiantes. Es autora del libro La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007), por el que fue elegida Nuevo Talento Fnac.