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Avanzó hacia mí con Hiroshima en el ojo derecho y Nagasaki en el ojo izquierdo.
Amélie Nothomb
En esta historia no deambulan doce personajes condenables (tan sólo hay uno, y en algunas fases este personaje hasta podría parecernos un tanto cautivador, al igual que el mítico Severo, todo depende del punto de vista asignado al sujeto que mira, aunque eso ya es conocido por varios grupos de personas y en estas instancias es definitivamente engañoso, aquello del punto de vista). Aquí, además, no hay una mujer-objeto (quizás hay seis o siete) ni tampoco un oficinista deprimido por culpa de los tornados que enlodan su territorio natal. La que sí está presente es una barracuda. Una barracuda que nada en la nada. Pero la historia no es suya en primer lugar sino más bien de Bruno y de su taladro de martillo. Claro, aún no es el momento de empezar a contarles acerca de ellos, la novela llegará a la hora puntual, no antes ni después.
Un retazo de Groucho Marx cruza la pista de este a oeste, con mucha dificultad, ya que los retazos de gente ilustre sufren en circunstancias de este tipo. Es delicado andar como un pedazo célebre y más aun cuando la anatomía de la reputación no comparte las ambiciones de quien avanza, sobre todo cuando la fábrica de pedazos famosos, mejor dicho, el autor de estos afamados retazos, no pensó en proporcionarles patas de hule a los fragmentos notorios. Todo tiene un límite. Y todo debe hacerse con moderación, inclusive la moderación. Sin embargo el retazo de Groucho Marx es víctima de un reflujo gástrico que enturbia su pensamiento. Ahora mismo se halla varado en la Sabelonada. Y eso le puede costar. Es decir, se va a arrepentir, pues de derecha a izquierda existe mucha distancia y los autos viajan a velocidades excesivas. Nada en este mundo es gratuito, el retazo de Groucho Marx lo debería entender. Pero es terco, y tardo, y en casos como este las que devienen son las consecuencias graves.
Oni tiene una sensación similar a la del retazo de Groucho cuando va a cruzar la calle. Sólo que es una sensación diferente. A Oni lo que le cuesta es cruzar la pista siendo un oni. Nada más embarazoso. Los ojos de los conductores se fijan en su cuerpo descomunal y en su tetsubo de hierro como si el primero fuese un ser mutante y el segundo un carnicero que lleva el mandil salpicado, con una que otra menudencia de pollo pegoteada a los bolsillos. A lo largo de la historia, los demonios nipones han simbolizado la fuerza de los poderosos, la reciedumbre del ser inagotable, sin embargo para Oni su situación actual no es más que el emblema de la nimiedad en el mundo: su semblante universal. Un aforismo que viene al caso habla del retorno a la simpleza como la nave para merecer la tan esquiva plenitud, insistiendo en pocos intereses y menos deseos de quien entienda el designio con el que se ha ordenado el orden en que vivimos. Para Oni, habitualmente enredado, esta reflexión sólo puede enmarañar aún más la escena en la que se encuentra preso, ora hacia arriba, ora hacia la profundidad; el laberinto del rey Minos no es deseado por ningún ser. Estos tampoco son los deseos de Oni, pero cómo acompañar a un proverbio que exige la falta de deseo cuando el deseo es tan perdurable en la carne de quien observa absorto la orilla opuesta.
Hackermas lo sabe, pues en estos precisos instantes se encuentra en un evento paralelo al de Oni. Aquí hay un gato encerrado, se dice Hackermas mientras apoya su mentón en su puño, que a su vez se apoya en su rodilla más sólida, que paralelamente se apoya en la capa primaria de la corteza terrestre. Hackermas se rasca la cabeza frente a una carretera interprovincial que divide una colina en dos mitades. La situación humana, de acuerdo con su apreciación, (al tiempo que se va acercando un camión de carga con las siglas C.Y.P.R.U.S. pintadas a los lados), es una condición de carácter dual y complementario, sí, sin duda... Lógicamente, sigue discurriendo Hackermas, habría que preguntarse primero qué es una condición… Me refiero, en efecto, a la circunstancia de las circunstancias, por la cual ninguna otra circunstancia es posible, siendo todas las resultantes circunstancias nacidas de la primigenia (conocida también como Principio Generador de Todas las Cosas). Así tenemos que la situación humana (ahora Hackermas cambia inesperadamente de rodilla), al construirse en base a la dualidad, pues el mundo y todo lo que lo forma ha sido compuesto con ese entendimiento, propulsa condiciones binarias eternamente: izquierda o derecha, arriba o abajo, receptor o comunicador, luces o tinieblas, en busca de una progresión completa y perfecta. No existe el uno sin el otro. Alfa y Omega en la Biblia. Yin y Yang en el Tao-te-king. Masculino y femenino, según Jean Luc Godard. Ya que cuando algo aumenta otra cosa disminuye. Es incuestionable que la vida, por ejemplo, se transforma en muerte en todas partes.
Bruno acababa de celebrar su cumpleaños número 8 cuando su padre le entregó su primer taladro de martillo, un percutor y atornillador que por entonces llevaba pocos meses en las ferreterías de la ciudad. Al cumplir los ochos años, todos los niños de la familia Carini debían recibir su primera herramienta de trabajo ––esta tradición incluía a sus primos y tíos y a la mayoría de sus antepasados desde 1949, año en que el abuelo Carini perforó sin asco la cabeza de su jefe de obras, Román Acasuzo Miruela (Ciudad de Panamá, 1897 - Callao, 1949), apodado El Teniente, después de que Acasuzo Miruela le negara el derecho de taladrar una muralla de 10 metros de largo x 3 metros de altura que el abuelo Carini entendía como parte de su territorio––. En la vida de Bruno, incidentalmente, la autorización para portar un taladro coincidía con el brote de los primeros sueños en los que él hacía de protagonista. En el más repetido de ellos, (al que Bruno llamaba: Aguirre, la cólera de Dios) todo empezaba en la humedad de la noche cuando la perspectiva de una cámara al hombro salía de una gruta de desagüe respirando con cierto encantamiento macabro. En seguida, seis o siete niñas desnudas, amordazadas y cegadas con trapos sucios, corrían hacia cualquier parte, sus cabezas rapadas, sus pieles blancas convertidas en fango maloliente. Aquella era la escapatoria de ovejas a la deriva o gallinas torpes, estrellándose contra los árboles y volviéndose a poner de pie sin tener ninguna claridad delante de ellas, aturdidas por los encontronazos, había tierra en las uñas de sus pies y en sus manos atadas con nudos de ocho. No podían gritar, aunque lo intentaban, la cinta adhesiva con la que Bruno las había silenciado rodeaba sus pequeñas cabezas, algunas se ahogaban en su propio vómito cuando su estómago nervioso no toleraba el miedo. Esto último hacía crecer en Bruno un desmedido ardor por el aroma de las regurgitaciones y, poseído por un ente mayor, se abalanzaba primero sobre las niñas caídas, les chupaba las bocas llenas de basca, mientras su taladro hacía agujero tras agujero en esos vientres amoratados, perforaba ombligos y muslos, rótulas que crujían al contacto con las brocas para metal. La sangre caliente le mojaba el rostro y él la bebía como si fuese la leche de una madre nodriza perpetua, gigante, que le daba de comer. Bruno sabía que su solo cometido era perseguir a todas las niñas bárbaras, trepanarles los cráneos una a una, hacer de su nombre otro escudo de armas en la genealogía de Los Carini. Porque la cólera de Dios estaba designada, por siempre y para siempre. El clan era uno.
La barracuda es un pez que a veces nada en la nada. A pesar de ser un animal carnívoro, cuando la barracuda nada en la nada, resuelve no comer ni cazar en grupo, pues toda barracuda que nada en ese espacio, inevitablemente, es también una barracuda asceta. Sobre esta característica extraña del pez, un canaco oriundo de Numea, la ciudad más poblada de Nueva Caledonia, le comentó a un turista bordolés durante un desayuno frente a las costas de ultramar: “Yo también nado en la nada. Pero no hay que temer.” El bordolés no supo qué responderle. Había llegado recién de la Metrópoli y trataba de amoldarse a un divorcio repentino. Se fijaba, más bien, en la imagen de un coupé de dos puertas, uno de esos automóviles que las revistas entendidas describen como Gran Turismo. Lo cierto es que se trataba de un vehículo de alta performance, diseñado para conducirse en largas distancias y en la plenitud de una carretera de montaña. Usualmente, en uno de esos coches no caben más de dos personas, pero en el que el bordolés pensaba cabían cuatro, porque tenía una distribución 2 + 2: dos amplios asientos en la parte delantera y otros dos, menos cómodos, en la parte posterior. Sus hijos aún eran pequeños y no precisaban de tanto espacio para estirarse, esa fue la principal razón por la que el turista bordolés eligió aquel coche entre todos los demás del lote. En aquella época, cuando decidió desprenderse del sedán que conducía desde su primer empleo, planeaba hacer muchos viajes por carretera acompañado de su esposa. La costa y las montañas lo intrigaban sobre manera. Sin embargo nunca fue muy lejos debido a compromisos que ya no recordaba claramente pero que sabía habían tenido lugar. Tan sólo le quedaba en la memoria una excursión con los niños a una villa cercana, en las inmediaciones de Pomerol. A Simone le cayó mal la comida y devolvió trocitos de carne. Constantin cazó varias mariposas, y él, sentado a su lado, vio cómo les arrancaba una tras otra las alas, para luego alinear sus cuerpos tullidos formando un pequeño arsenal por orden de tamaño. Mientras observaba al niño perdido en su labor, el turista bordolés se puso a meditar por unos minutos acerca de aquella crueldad universal que suele manifestarse en los dictadores y los capos, y se preguntó, un tanto acorralado, si todo aquel sadismo empezaba en paseos como ese, con las mariposas, y con padres como él, a quienes les importaban poco los juegos que practicaban sus hijos.
Salvador Luis (Perú, 1978). Estudió dirección de cine y literatura española e hispanoamericana (University of Miami). Es director de la revista de literatura Los Noveles, autor del libro de ficciones Miscelánea o el libro geminiano (2006) y del catálogo de rock: Rock duro y metal pesado (2006). Ha escrito guiones cinematográficos y ganado algunos premios en festivales de cine. Como editor ha compilado: Peruanos iletrados (2004), Banda aparte (2005), FantástiKA (2006): antología de literatura fantástica (en colaboración con Cecilia Eudave) y Estación Central: Narradores de Centroamérica y el Caribe, junto a Jacinta Escudos. Ha sido incluido en las antologías Seres de la noche (Plenilunio, México, 2006) y Tripulantes (Eclipsados, España, 2007). Escribe una columna mensual para la revista de crítica cinematográfica Miradas de cine (Madrid). Sitio web: www.salvadorluis.net |