borde Sumario. Opinión. Repóquer de damas

Repoquer de Damas, cinco escritoras españolas Care Santos, Pilar Adón, Marta Sanz, Cristina Cerrada y Elena Medel se turnan mes a mes para escribir y dar su opinión, puntos de vista y sensaciones personales sobre las cosas de la vida. Un autentico panorama de la narrativa hecha por mujeres de hoy. Sólo en Literaturas.com

 

Escritores a sueldo

Marta Sanz

En septiembre estuve en Córdoba. Desde que era pequeña me gusta mucho Córdoba, porque siempre tengo la sensación de que no la conozco, de que me voy a perder y no voy a encontrar los lugares, los puntos específicos, que una vez me encantaron. Viajé a Córdoba en tren y me alojé en un hotel, cuyas habitaciones se organizaban en torno a dos patios cordobeses -por supuesto.- Era un lugar muy agradable. Me dejaron fumar en la habitación donde había una tele pequeñita en la que pude ver un capítulo repetido del doctor House. El hijo de alguien se moría, pero al final no se muere el hijo, se muere el padre y, pese a que los adláteres de House pensaban que había algo de trauma psicológico en la patología, todo el problema era finalmente genético. House se lo olía desde el principio. Cuando acabó la serie, apagué la luz y empecé a notar que la habitación olía a barniz. Cada vez más. Comencé a boquear como un pez fuera del agua. Me entró el agobio. Encendí la luz. Abrí la puerta de mi cuarto: un hombre a cuatro patas, silenciosamente, estaba barnizando el suelo del pasillo justo enfrente de mi puerta. Eran las dos de la mañana. El hombre hacía su trabajo con tanto cuidadito que no me atreví a protestar. Volví a la cama. Me comí un lexatín. No pegué ojo.

Había ido a Córdoba porque me habían invitado a participar en una actividad con la que muy pocos escritores se atreven –no me lo invento yo para darme importancia: me lo dijo el organizador que a lo mejor se lo inventó para darme importancia a mí-. La actividad se llama Escritores a sueldo y consiste en que te montan un chiringuito en medio de la calle y durante tres horas y media, y a cambio de un euro, tú escribes todo lo que te pidan. La anoche de antes, además del olor a barniz que me hacía boquear como un pez fuera del agua, tampoco me dejaron dormir dos ideas fijas: una, estar tres o cuatro horas en mitad de la calle sin que ni un transeúnte se acercase – una horrible sensación que se experimenta por ejemplo dentro de las casetas de la feria del libro- ; dos, que en efecto alguien me pidiera un texto y yo me quedase sin palabras. Así que el barniz no tuvo la culpa del todo...

Mi chiringuito estaba en la puerta de El Corte Inglés, en la ronda de Tejares, y era espectacular. Tenía un ordenador portátil y una impresora. Me habían puesto incluso una azafata para informar a la gente y que a mí no me faltase de nada. Casi lloro. Al llegar, ya me estaba esperando una chica que me dijo “llegas tarde” –tenía razón- y, casi sin darme tiempo a quitarme el bolso del hombro, me encargó dos relatos: el de una mujer que siempre quiso viajar a Japón y al final lo consigue, y el de la amiga japonesa –la chica se preocupó muchísimo en deletrearme el nombre- que ayuda a preparar el equipaje a la primera mujer, para que lleve todo lo necesario en su viaje al país del sol naciente. Sin pensar, me pongo a escribir y me doy cuenta de que, en estas situaciones, la enumeración puede ser un recurso muy socorrido: enumeraciones en negativo (la mujer no iba a Rusia ni a Madagascar ni a Italia ni a Panamá ni a Algete, la mujer iba a Japón...) y enumeraciones en positivo muy apropiadas cuando se habla de equipajes (en la maleta metió calcetines, altramuces, pañuelos de seda, clínex, prendas íntimas, dos huevos duros...) Me gustan mis dos primeros textos, pero al mismo tiempo sé que soy un poquito tramposa. A lo mejor soy demasiado dura conmigo misma y ese sentimiento de trampa tiene que ver con el concepto de la profesionalidad.

A lo largo de la mañana escribo casi treinta textos. No me puedo levantar de la silla ni apartar los ojos de la pantalla del ordenador. Un chico de unos dieciocho años se acerca y me pregunta “¿Qué haces?” Se lo explico y me formula una petición que es como una adivinanza: “Quiero que me escribas un relato y sólo te puedo decir que me gusta mucho Bob Dylan”. Yo le digo que a mí mucho, no, y le escribo el relato. El chico se marcha, pero al rato vuelve con un colega muy sonriente –el primer chico era muy serio, muy adusto, senequista-: “Yo quiero que me escribas un relato como a éste, pero a mí lo que me gusta es Iron Maiden, Tarantino y David Bowie: mis amigos me llaman Stardust.” Yo le respondo: “Como a Ziggy” Y el chaval se queda contentísimo. Le escribo su texto, y Stardust y el adusto dylaniano se alejan despelotándose de risa. Entre tanto ha llegado un hombre, Cristino, que me hace un encargo muy práctico: ha pasado las vacaciones con unas amigas en Orense y quiere escribirles una carta para agradecerles su hospitalidad. Se la escribo y parece que Cristino se va satisfecho. Entre tanto ha llegado una chica que me ha solicitado un poema erótico “que tenga muchos líquidos”. Hago memoria del sexo y escribo sudor, saliva, semen, flujo vaginal. Empiezo a hartarme de mí misma y de la enumeración como estrategia. También me empiezo a relajar. Casi se podría decir que me divierto. Me piden varios poemas eróticos a lo largo de la mañana y casi todos me salen llenos de reproches. Me enfado un poco conmigo misma, pero después decido no castigarme mucho. Entre tanto, ha llegado una mujer muy enferma: tiene las manos peladas y también el nacimiento del pelo, anda con dificultad; se sienta a mi lado y me pide una pequeña prosa poética sobre las uvas doradas. Cambio de tono. No le puedo escribir a esta mujer un texto como el de los chavales de Iron Maiden, como el de la chica de las licuefacciones. Cambio el tono y me percato de que esta actividad es un baño de modestia para el escritor. Nos hace falta. No importa lo que yo quiero sino lo que me piden; satisfacer a personas diferentes; no ensoberbecerme ni encastillarme; saber leer la mirada del otro y no rebuscarme dentro como si mis pulsiones fueran lo más importante del mundo; asentar la creencia de que los textos sirven para algo; no caer tampoco en la complacencia barata; procurar ser sensible sin sensiblerías; escuchar, mirar mucho a la persona que se tiene delante...

Cristino vuelve. Viene a pedirme dos felicitaciones de cumpleaños: dos amigas suyas cumplen precisamente hoy y se le ha ocurrido que no podría regalarles nada mejor. Nunca me he sentido tan útil como escritora. Cristino y yo experimentamos un agradecimiento mutuo que es precioso. En uno de los textos de felicitación hablo del timbre de voz de Manuela –me estoy empezando a poner cursi- y Cristino se vuelve loco, cree que soy bruja: resulta que a Manuela le gusta cantar. Viene una chica que me solicita un texto sobre una maleta abandonada en la estación: la maleta habla, protesta, yo escribo no soy un perro, soy una maleta. Un chico me pide un relato metaliterario de alguien que sólo vive en función de lo que otro o él mismo escriben previamente... creo que el chico debería dejar de leer a los epígonos de Borges, pero no le digo nada. Un hombre me pide el relato de una niña palestina y otro me dice “¿Te has dado cuenta de que mientras escribías un guardia de seguridad ha salido persiguiendo a un ladroncillo?”. Me pongo triste: la literatura me ha hecho apartar los ojos de lo que está sucediendo. Comienzo a escribir de otra manera. Me corrijo. De pronto, reparo en que el chico dylaniano y el chico Bowie vuelven, esperan, me miran fijamente. Temo que vengan a plantearme una reclamación. Cuando al fin pueden acercarse, me encargan un epitafio –para el senequista- y relatos para una amiga de Tarragona a la que le gusta Gus Van Sant, para un colega que se vuelve loco con El club de la lucha, para otro que ha leído a Ambrose Bierce y se le saltan las lágrimas con El clan de los parricidas... Los chicos llegan con montón de monedas de un euro en el cuenco de las manos. Me las dan todas.       

 

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