borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Para no olvidar

 

Clarice Lispector

 

Siruela, 2007

 

Isabel Mercadé

Clarice Lispector, Para no olvidar

Una de las novedades que presenta Para no olvidar, última entrega en español de la obra de Clarice Lispector (Ucrania, 1920 – Río de Janeiro, 1977) después que Siruela concluyera con La lámpara la traducción en España de su narrativa para adultos, es la de acercarse esta vez a un género, la crónica, que sería cultivado por la autora, parece que a su pesar —cuando se veía acuciada por necesidades económicas— y, aunque con algunas interrupciones, durante toda su vida. Considerado como género menor tanto por la propia Clarice como por sus estudiosos, el que se ha llamado oficio paralelo de Clarice Lispector constituiría, sin embargo, su primer oficio desde que en 1940, y con el fin de subvencionarse los estudios de derecho, consiguió ser contratada como redactora y reportera por el Departamento de Prensa y Propaganda del gobierno de Getulio Vargas. Allí conocería al novelista y pintor Lucio Cardoso, quien se convirtió rápidamente en mentor y amigo —y amor imposible, pero ésa es otra historia— y allí aprendería los rudimentos de un oficio que, no obstante, acabaría, en palabras de la autora, detestando. La segunda novedad es que se ha mantenido la nota introductoria de la especialista en crítica textual, Marlene Gomes Mendes, quien en 1999 había establecido el texto original a partir del cual se ha realizado la traducción española. No se trata, ciertamente, de una novedad irrelevante si se tiene en cuenta, por un lado, que la primera publicación de estos textos, en 1964, se realizó bajo el explícito título de Fundo de gaveta (Fondo de cajón, en español) y, por otro, la costumbre —que hoy podríamos designar como intratextualidad— reconocida por la misma Clarice, de lo que ella denominaba autoplagiarse.

Como género subvalorado, Clarice Lispector no tuvo inconveniente alguno en publicar, bajo el nombre de crónica, textos —muchos de los recogidos en esta antología habían aparecido, a lo largo de 1962, en la revista Senhor de Río de Janeiro— de la más diversa índole, desde borradores o esbozos que después se convertirían en cuentos —y serían publicados como tales en otros lugares— a pequeñas historias, que así mismo recibirían hoy el hombre de microrrelatos, pasando por fragmentos de prosa lírica, sentencias, aforismos, auténticas crónicas de viajes, como la deslumbrante Brasilia, o de crítica social, como la afilada Mineirinho y, sobre todo, reflexiones literarias, lingüísticas y metalingüísticas, no sólo sobre el oficio de escribir, sino también sobre el de vivir, oficios, estos sí, que consideraba absolutamente indisociables, dado que la escritura constituye para la autora, según declararía repetidamente, tanto en su narrativa como en sus crónicas, el medio de  aproximación —y de intento de comprensión— al mundo, a las cosas, a los otros y a sí misma.

Más que fondo de cajón, cofre del tesoro, Clarice Lispector ofrece en estos fragmentos —y no olvidar que la fragmentación sería, también, una de las características de la escritura toda de Clarice, fragmentación que actuaría, por otra parte, como lúcida metáfora del llamado sujeto posmoderno— tanto al lector habitual de su obra, como al que se asome por primera vez a su singular escritura, auténticas maravillas y sorpresas, desde la prosa precisa de la tremenda y freudiana Un amor conquistado, al cruel y tierno sentido del humor que, diseminado en muchos de sus cuentos, se encuentra también en algunas de estas crónicas. Maravillas y sorpresasque parecen dejadas al azar, como si Lispector pretendiera que fuera el lector, quien de manera activa, realizara lo que ella denominaba la pesca milagrosa, la revelación inesperada, la palabra que pesca lo que no es palabra.