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El ingrediente secreto

 

Vanessa Montfort

 

Algaida, 2006

 

Julio Espinosa

Vanessa Montfort, El ingrediente secreto

XI Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla

Podemos decir casi sin miedo a equivocarnos que la primera novela de un narrador casi siempre muestra con claridad si sirve o no para el oficio. Por lo menos, allí tenemos un puñado de textos en la literatura española actual que así lo demuestran. De entrada me acuerdo de dos novelas, ambas escritas por mujeres: “Nada”, de Carmen Laforet, y “Las edades de Lulú”, de Almudena Grandes. Podríamos ponernos a discutir sobre las autoras, pero estoy seguro que nadie duda de que ambas, cada una en su estilo, en su búsqueda, marcaron una época.

Hoy en día, con toda la competencia editorial que hay, cuesta más que hace apenas veinte o quince años destacarse: tienes que tener la suerte de caer en una buena editorial o en las manos de un editor que de verdad lea y le guste la literatura. Eso ha sucedido siempre (viene bien recordar el caso de “Bajo el volcán” de Lowry), pero hoy, más que nunca. Por eso y porque el buen lector está vacunado contra la gran industria, a la cual ya no le cree, cuesta darse el tiempo para enfrentar una novela de un autor primerizo, pero a veces vale la pena.

Hace un tiempo atrás Vanessa Montfort, conocida especialmente por su hacer en la dramaturgia, me hizo llegar su primera novela. Yo la miré -no a ella, sino al texto- y me asusté un poco: quinientas páginas de novela es mucho, aunque el que las escriba sea Albert Camus. Me asusté, digo, y por eso retrasé la lectura. Retrasé la lectura, dejándola dormir tres semanas en la “silla de noche” (no tengo mesilla). Empecé a leer la novela hacia Navidad y aunque al comienzo ese texto introductorio que quiere jugar con un tono de ocultismo de libros de autoaduya no me atrajo nada, me permití ir avanzando por los renglones  hasta llegar a la página quince, donde sentí que por fin comenzaba la novela: “No es fácil saber dónde comienza esta historia porque no se trata de una sustancia simple. Es un compuesto, una extraña aleación de dos vidas que partieron de lugares distintos pero iguales, en dos épocas muy diferentes pero idénticas: la primera empezó quizá en la Alcarria, en 1923, el día en que Fernando empujó una gran puerta de madera que se abrió con un quejarse destemplado...”. Es entonces cuando la autora por fin nos introduce en la historia, después de dos páginas de preparación. Lo bueno es que es uno de los pocos puntos débiles que tiene y si recordamos que más de un autor consagrado se demora más páginas en sus disquisiciones pseudofilosóficas, lo de Montfort no deja de ser un pequeño vicio que, estamos seguros, superará con rapidez.

Es así como comienzan a entremezclarse dos tiempos, dos historias, dos personajes principales: el padre y la hija, que terminarán por encontrarse en un cruce de caminos que a ambos los hacen más fuertes, más personas. Por un lado, Fernando, que ante la vuelta de su hija a casa después de una tortuosa y triste ruptura sentimental, poco a poco le va contando su vida, de la que su hija no tiene la menor idea y que abarca no sólo la Guerra Civil, enfrentada, por cosas de la vida y la supervivencia, en ambos bandos, sino también el tiempo de la niñez en esa España rural que le ha tocado vivir y donde ha dejado a su padre, suicidado bajo una higuera, y luego la posguerra y los amores rotos y el camino hacia la taona que terminaría siendo no la prolongación de su casa, sino la prolongación de su propio espíritu. Por otro, Eva -que así se llama la hija-, nos va relatando el encuentro con el padre y cómo esa vida otra de pronto se encuentra con la de ella en el momento en que, casi sin querer, se da permiso para ser sí misma, enfrentándose a su jefa, dándose permiso para amar nuevamente, descubriendo sus contradicciones y un mundo entero que gira fuera de ella, la toca, la tira al suelo y la levanta, y Eva, egoísta, sin darse cuenta.

Montfort ha escrito un libro iniciático donde las acciones son sólo el reflejo de nuestras posturas e inquietudes interiores, donde la libertad es el peso con el que cargamos, pero también el único aire que nos permite sentirnos satisfechos. Para mostrárnoslo con claridad, construye una galería de personajes que rodean a Fernando y su hija, y que con su hacer, con su actuar, van abriendo el camino de ambos. De ellos quiero rescatar tres que me impactaron por su fuerza, autonomía e importancia en el relato, todos muy bien estructurados y con un peso tremendo, tanto, que en cualquier momento pudieron robarse la novela y que sólo gracias al buen hacer de la autora no lo consiguieron. Se trata, por el lado del padre, de Takeshi, el Ojales, un katsuben (persona que, en el cine oriental, se dedicaba a narrar las historias del cine mudo, también se dedicaba a montar música y hacer diferentes ruidos con su voz o instrumentos externos, para complementar la imagen: específicamente es esta última la dedicación del personaje de la novela) aún niño que llega al pueblo para quedarse y que irá apareciendo y despareciendo a lo largo de gran parte de la novela para darnos una lección de amistad y compromiso con los ideales por los que ha optado, con las personas que lo ha acogido. Por el lado de Eva, de Nacho, un buen amigo que pasa por su peor época, pero que aún así es capaz de darse el tiempo para regalar un trozo de esperanza a su amiga. Y por el lado de ambos, Bernabé, el bedel del teatro/cine Monroe, donde llega a trabajar Eva y que, sin saberlo, tiene una relación directa con su padre.

Por otro lado, está la técnica, el tono que logra Montfort y que nos introducen en cada una de las historias con destreza de narradora experimentada. La clave está en el tratamiento del punto de vista, en la elección de los diferentes narradores, que logrando cada uno una voz propia, nunca chocan entre sí, sino que se complementan, como si estuviésemos dentro de una sinfonía.

Así contada, esta novela parece una más, pero la de Vanessa Montfort es una gran primera obra, porque en vez de anclarse en la tristeza, opta por la esperanza, en vez de anclarse en la muerte, opta por la vida, en vez de anclarse en el odio se queda con el amor y en vez de anclarse en la inmovilidad se queda con el movimiento. Pero al mismo tiempo no le hace el quite a la tristeza ni a la muerte ni al desamor ni a la inmovilidad: hay un todo lleno de contrastes y de circunstancias imposibles de controlar, donde una vida -todas y cada una- se mueve y hasta que no se da cuenta de que está allí, en medio de ese océano, le es imposible lograr la paz para cruzarlo.

Así las cosas, y engarzando con el comienzo, Vanessa Montfort no sólo sirve para el oficio de narradora, sino que además destaca en ello. Esta primera novela así lo demuestra. Afortunados aquellos que decidan enfrentar sus páginas. Aunque se trata de quinientas, seguro que no se arrepentirán.