CULTURA 21 EL HONOR DE LOS CAMPEADOR Thrillers marítimosEl subgénero del thriller marítimo al que pertenece la primera entrega de nuestra saga ventiunera es uno de los más curiosos de la tradición de la novela negra. Su representante más célebre fue tal vez Charles Williams (1909-1975) –del que volveremos a hablar en otros apartados debido a su veintiunísimo The Diamond Bikini (1962). Tras enrolarse por diez años en la marina estadounidense se dedicó a la novela negra, empezando por el subgénero entrañable del “backwood noir” que podríamos traducir por “novela negra palurda” a la que 21 rinde claro homenaje en “Gothic Galicia”. Tras el éxito de sus Hill Girl (1953), Big City Girl o Uncle Sicamore and his Girls, decidió abandonar la tierra firme y las palurdas ninfómanas y criminales para entregarse al “blue-water noir” o “novela negra de agua dulce” en una serie de títulos memorables: Scorpion Reef (trad. esp. El Arrecife del Escorpión, 1955), The Sailcloth Shroud, Aground, And The Deep Blue Sea y el mítico Dead Calm (tr. esp. Mar calmo, 1963) que se haría famosa 14 años después que Charles se suicidara en su caravana (y no ahogado como cuentan por ahí, tal vez porque pegue más con sus obras). Actualmente sólo tres de sus novelas están disponibles en Estados Unidos, lo que puede hacer reflexionar a todo ventiunero sobre lo asquerosamente injusta que es toda la industria editorial –y no sólo la de nuestros lares.El subgénero se popularizó (cómo no) en una serie de producciones cinematográficas, empezando por la adaptación de la obra maestra de la Highsmith que hizo René Clement en A pleno sol. Aparición estelar de nuestro idolatrado Ripley en la piel de un inolvidable y polierótico Alain Delon, esta obra es de culto obligado para todo veintiunero que se precie. El cuchillo en el agua de Roman Polanski marcó un nuevo hito, mezclando deriva existencialista y homenaje a Hitchcock con un Donald Pleasance tan perturbado que te lo llevarías a casa para tenerlo encerrado en una diminuta caja de cerillas. A nivel de box office fue Dead Calm (1989), la adaptación de Williams por Philip Noyce, quien se llevó el gato al agua (hehe) en una producción tardochentera en la que descolló una de nuestras “21 queens” preferidas, Nicole Kidman. Otros films incluyen adaptaciones del Williams marino como Aground (a.k.a Dictator’s Guns o L’arme à gauche) del 65 y The Sailcloth Shroud – The Man Who Would Not Die (aka Target in the Sun) (1975). LINKS: Williams http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Williams_%28escritor_de_EE.UU.%29Aunque es mejor en ingles: http://en.wikipedia.org/wiki/Charles_Williams_%28U.S._author%29En francés, con muchas ilustraciones guapas http://www.gloubik.info/williams/williams.htmlEn Internet Movie Database http://www.imdb.com/title/tt0097162/
A pleno sol
Polanski http://en.wikipedia.org/wiki/Knife_in_the_Water_%28film%29
(Jolanta Umecka en El cuchillo en el agua)Lolitas.Si bien fue la obra maestra de Nabokov (y consiguientemente la de Kubrick) la encarnación definitiva del mito de la “lolita”, éste había ya dado mucha guerra desde las novelas libertinas del siglo XVIII –tan deliciosamente veintiuneras, por cierto. La Confession d’une jeune fille de Pidansart de Mairobert (qué pedazo de nombre) por ejemplo, nos presenta ya una de esas jovencitas fogosas e incorregiblemente curiosas (la pequeña Safo dotada de un “clítoris diabólico”, aunque suena mejor “clítoris diabolique”) que abundarían en la literatura erótica del XIX hasta culminar con las inenarrables fantasías de Pierre Louys (que hoy en día, en nuestros tiempos de progresía, serían sin lugar a dudas censuradas como abiertamente pedófilas), cuyas Tres hijas de su madre y Manual de civilidad para uso de niñitas todo ventiunero debería leer con veneración. Tras triunfar como consorte de la mujer fatal (pronto, pronto habrá algo sobre las fatales) en la “fin de siècle” (época veintiunera por excelencia), la lolita va haciéndose un hueco cada vez más claro en la literatura general y pornográfica. Nabokov consigue fusionar todos los motivos, creando un auténtico mito moderno, mezcla de consumismo, cretinismo y perversidad que va a arrasar con todo, desde el cine hasta la moda, pese a la creciente represión legislativa (Dolores tiene 12 añitos en la novela...).


En cine citemos el melodramático Almas perdidas de Dino Risi con la cándida Anicée Alvina, ya un poco mayorcita (imperativos legales habituales del 7º arte en lo que atañe al candente tópico de la lolita), o el Padre Putativo de Alberto Lattuada (la lolita es aquí una joven retrasada, la sexísima Teresa Ann Savoy). De hecho el subgénero lolitesco arrasó, cinematográficamente hablando, en el cine italiano de destape. La lolita se presta ahí a múltiples combinaciones, empezando por el inevitable incesto de los Placeres Prohibidos de Salvatore Samperi.En otras filmografías saludemos a nuestro queridísimo Gainsbourg con su Stan the Flasher, donde da rienda suelta a su humberthumbertismo proverbial. Siguiendo con “les lolitas” gabachas señalemos La petite sirène de Roger Andrieux, donde Philippe Léotard termina cepillándose a la hermana menor de su novia o el suculento La chica de 15 años de Jacques Doillon donde un ibizenco idilio termina con la pequeña Judith Godrèche cepillándose al viejo de su amiguito. En plan cachondeo, el inevitable profe de Letras es perseguido por la histérica hija de su mejor amigo en La petite allumeuse (la pequeña calientapollas) de Danièle Dubroux.Nelly Kaplan se monta un buen rollete entre profe y alumna en Nea. Versión trashy o basuril de Nabokov es Babyface de Jack Blum, con la treceañera Elisabeth Rosen cargándose a su vieja con la ayuda del amante común. Abiertamente electril (por lo del complejo, pero tambien por lo eléctrico) es Caído del cielo de nuestro querido colgado Dennis Hopper, escándalo en Cannes (1980) que flirtea con el ethos punki. Por ende, no podemos olvidar a Buñuel con su pequeña joya infravalorada, La joven. Carlos Saura también se apuntó al tema con Elisa, vida mía, drama cerebral entre Geraldine Chaplin y Fernando Rey.En las letras hispánicas la mejor lolita es sin duda la protagonista de Luna Caliente del olvidado Mempo Giardinelli (1983), precediendo de mucho la Rosana de La flaqueza del bolchevique (y su jugosa encarnación fílmica).

Para los veintiuneros más viciosillos (que los hay) acaba de salir el Magnus Opus sobre el tema, desgraciadamente aún no hay traducción española. Se trata de Petites madones perverses et lolitas de Sebastien Hubier (EUD, 2007).No os damos más ideas que para encontrar lolitas por la web os bastáis y sobráis vosotros solitos.
TorerosEl subgénero del toreo tuvo sus horas de gloria en la producción hispana pero empezó siendo algo esencialmente gabacho (en plan qué brutos que son los de allende los Pirineos). Después de algún intento fallido como Le toreador de la mujer de aquel cabrón de mariscal Junot, Laura Saint Martín y del bombazo de la Carmen de Mérimée (1846) con su torero Escamillo (sin, que se sepa, ninguna alusión psicotrópica), Teófilo Gautier cometió “Los amores de un torero” y el costumbrismo nativo se entusiasmó, engendrando cosas como Pascualito. La novela de un torero del uruguayo Manuel Acosta y Lara o El embrujo de Sevilla del (también uruguayo!) Carlos Reyles. Para que os hagáis una idea Miguel Godoy Barroso cita un trozo en su página web sobre los Toreros de Córdoba:“Ese círculo [la arena, claro] nos transfigura, nos sublima, porque viven en él acaso las energías y las virtudes de nuestro heroico pasado; todo aquello que nos hizo grandes y fuertes”.[...]: “En este momento todos deliramos, todos nos sentimos capaces de cargarnos al mundo y sus arrabales. Mire usted esos rostros. Sólo a los héroes y a los grandes artistas les es dado suscitar emociones semejantes” [...]. “El que enloquece no soy yo, sino el redondel… El redondel nos electriza, nos transfigura, nos convierte en héroes legendarios. Yo estoy seguro que el público se imagina, en su entusiasmo, que el torero es España y el toro el Destino, y delira viéndolo desafiar arrogante y luego burlar la ira de la fiera, y vencerla, y dominarla, y, finalmente, tenderla muerta a sus pies. Lo que nos recuerda tan a lo vivo nuestra valentía de otras épocas, nos transporta y embriaga”...No comment.El delirio llegaría con el célebre Sangre y Arena de nuestro ancestro Blasco Ibáñez –algo haremos sobre él en algún momento. El éxito de la novela se confirmó con el de las versiones cinematográficas, hitos en el kitsch hispano-hollywoodiense que pronto generarían parodias como la prescindible Ni sangre ni arena de Cantinflas.
(Valentino en plan Lolete)
Influenciada por nuestro amigo Pierre Louys y su La mujer y el pelele, una producción “sicalíptica” hizo del torero un personaje clave dentro de historietas delirante de sangre y pasión carpetobetónica. Se lleva (discutiblemente) la palma (o la oreja) el cubano Alberto Insúa con su título über-cañí La mujer, el torero y el toro (1926) (con dos cojones, hostia, podría haber añadido). Existe versión cinematográfica (obviamente edulcorada) de 1950 (dirigida por un tal Fernando Butragueño). El más salvaje en la combinación de sexo y toreo no fue, sin embargo (¿os sorprende?) un íbero, sino el colgado Georges Bataille en Historia del ojo, de lectura obligada.En plan más cachondo, en esa época de oro del humorismo español que esconde tantas joyas veintiuneras, citemos a Antonio Robles Soler por su Torerito soberbio (1932).Hemingway retomaría el topicazo taurino en Muerte en la tarde (1932), fascinado por Pedro Romero del que se dice que mató a 5.600 toros, lo cual da que pensar (no sabemos el qué exactamente, pero es lo que se dice ¿no?).El tema taurino ha seguido alimentando la literatura y el cine patrios y extranjero, con cosas tan psicotrónicas como la versión softcore de Sangre y Arena para lucimiento de la entonces decaída Sharon Stone (1989). Rindamos homenaje a la Cuadrilla por su inenarrable Justino, un asesino de la tercera edad y señalemos una al parecer pequeña joya del cine mexicano reciente Toro negro: el triste matador sobre "el suicida", matador de toros famélicos en la región Maya del sureste de México (???). Por último (porque no todo van a ser comidas de rabo) cubramos de oprobio La pasión de Manolete... por cierto, todo parecido entre Manolete y nuestro Lolete es pura... vease sino
http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/noticia.asp?pkid=280080Podéis perder un poco de tiempo en una librería especializada en libros de toros:
http://www.libreriarodriguez.com/O leyendo¡Torero! Los toros en el cine de Muriel Feiner (Alianza Ed).Las estrellas malditasSe trata de uno de los personajes emblemáticos del melodrama de ambiente teatral. Un micro-género se dedicó a este personaje, el de la “novela de la actriz”, retomado luego por el cine y culminando con el célebre Sunset Boulevard (Billy Wilder) y la deliciosamente enfermiza Qué fue de Baby Jane (R. Aldrich), fuente de innumerables versiones psicotrónicas entre las que recomendamos El lamentable famoseo nacional ha pervertido mucho la augusta tradición de las antiguas glorias ninfómanas y majaretas. Para no remitir a inútiles infra-famosillos de nuevo cuño, rindamos homenaje a la edad dorada del “latin glam” con Raquel Meller
http://www.valvanera.com/riojanos/meller1.htm
Proust¿Qué os podemos contar de Proust?En plan cachondo, que la famosa Albertine que trae de cabeza al narrador de La Recherche era en realidad un maromo, el chofer bien membrado del frágil Marcel, Alfred Agostinelli. Este murió en un accidente (muy moderno para la Belle Epoque) de avión, dejando al maestro desconsolado (habría otro chófer, más adelante, pero que se limitaría a traer al eterno convaleciente compañeros nocturnos de los bajos fondos parisinos). Tenemos una foto cachonda que hubiera hecho las delicias de Walter
TriadasEn el género polifacético de las pelis de triadas y que seguramente los jóvenes veintiuneros conozcáis de pe a pa permitámonos citar la Shinjuku Triad Society y la subsiguiente trilogía de nuestro idolatrado Takashi Miike, quien haría una matanza perfecta para nuestro capítulo introductorio (quien sabe... tal vez algún día, o en un universo paralelo...).
EL FACTOR HISPANO Secuestros El secuestro ha sido uno de los leit-motive de la novela negra sin llegar a crear su propio subgénero. La obra más célebre sería El secuestro de Miss Blandish del muy veintiunero Mister James Hadley Chase. 
Faulkner se marcó una variación extrema sobre el tema en su escandaloso Santuario, mezcla de sexo y violencia próxima a la “novela negra palurda” de la que ya hemos hablado y que tanto nos encanta. Un par de décadas más tarde surge el clásico por excelencia del tema, El coleccionista de John Fowles (1963)

Los secuestros siguen nutriendo grandes novelas negras y cientos de films rutinarios (como la bastante chorras Prueba de vida o el insulso Crime story de Jacki Chan). Más dura es la reciente Keane de Lodge Kerrigan (2004)Citemos, por la coña, una peli gamberra con el mítico John Candy, Find the lady, típica de los locos 70.Y, claro está, el ya clásico Soy un escritor frustrado de José Angel Mañas, adaptado al cine con un inquietante Patrick Bouchitey.

La zoofiliaEl amor desmedido de los animales constituye uno de los motivos más discretos pero sólidos de la tradición erótica. Citemos un poema anónimo que encontramos en los Poetae Latini Minores de Baehrens (v IV, n. 335), a propósito de una mujer fea desdeñada por su marido:“Frenética de deseo, se verá ella obligadaa poner su culo bajo un asno, para que éste se la folle.De la infame cópula parirá tan biforme monstruoQue la propia madre tendrá miedo de tocar a su hijo”.Es de sobra conocido el cachondísimo episodio zoófilo del Asno de Oro que os podéis bajar enterito en la magnífica biblioteca virtual Cervantes
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01593307657815996322257/index.htmLa obra presenta la peculiaridad del coito narrado por el propio animal:
“-Yo te amo y te deseo, y a ti solo, y sin ti ya no
puedo vivir, y semejantes cosas con que las mujeres atraen a otros y les
declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así que tomome por el cabestro, y
como ya sabía la costumbre de aquel negocio, fácilmente me hizo bajar,
mayormente que yo bien veía que en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía,
cuanto más al cabo de tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan
hermosa y que tanto me deseaba; además de esto, yo estaba harto de muy buen
vino, y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho más
el deseo y aparejo de la lujuria. Verdad es que me fatigaba entre mí, no con
poco temor pensando en qué manera un asno como yo, con tantas y tan grandes
piernas, podría subir encima de una dueña delicada, o cómo podría abrazar con
mis duras uñas unos miembros tan blancos y tiernos, hechos de miel y leche, y
también aquellos labios delgados colorados como rocío de púrpura había de tocar
con una boca tan ancha y grande, y besarla con mis dientes disformes y grandes
como de piedra. Finalmente, que aunque yo conocía que aquella dueña estaba
encendida desde las uñas hasta los cabellos, pensaba en qué manera había de
recibirme. Guay de mí, que rompiendo una mujer hijadalgo como aquélla, yo había
de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen, y haría
fiesta a mi señor. Ella, entre tanto, tornaba a decir aquellas palabras
blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos halagos dulces con los ojos
amodorridos, diciendo en suma: «Téngote, mi palomino, mi pajarito», y diciendo
esto mostró que mi miedo y mi pensamiento era muy necio, porque me abrazó
fuertemente; y cuantas veces yo, recelando de no hacer daño, me retraía, tantas
veces ella, con aquel rabioso ímpetu me apretaba y se allegaba a mí, tanto, que
por Dios, yo creía que me faltaba algo para suplir su deseo, por lo cual yo
pensaba que no de balde la madre del Minotauro se deleitaba con el toro su
enamorado. Ya que la noche trabajosa y muy veladera era pasada, ella escondiose
de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado otro tanto precio para
la noche venidera, lo cual aquel mi maestro, concedió de su propia gana, sin
mucha dificultad por dos cosas: lo uno, por la ganancia que a mi causa recibía;
lo otro, por aparejar nueva fiesta para su señor” (X, IV).
(Un Benjamín
del siglo II antes de Cristo o por ahí)La siguiente edad dorada de la
zoofilia llegará, bien entendu,
con la literatura libertina del XVIII, culminando con la lidia entre Justina y
los dogos de La nueva Justina del Divino Marqués. Los románticos más cerditos jugarían con el tema,
especialmente el magnífico Gamiani o 10
días de exceso donde del tradicional perro lamedor se pasa a un coito
simiesco que prefigura el subgénero de los monos en celo –hasta la apoteosis de King Kong y el más explícito Max, mi amor de Nagisa Oshima. El
tema es luego obligado en las producciones más extremas de la fin de siècle y en la pornografía
especializada.La historia del cine no cuenta
con grandes films zoófilos. El subgénero “caniche” que triunfó por un tiempo en
el inframundo fílmico mexicano y en las producciones para burdel (véase el
increíble digest Polissons et
galipettes) no llegó a triunfar de forma duradera. El extraño Why? de los hermanos Kronhausen
(1973) presenta a una danesa trajinándose un perro, un toro y hasta un cerdo
sin que se de respuesta clara a la pregunta del título. Algunas producciones
transgresivas de los magníficos años 70 se atacaron de lleno al tema, siendo el
más célebre La Bestia de
Walerian Borowczyk (claro, con un nombre así…). Vase de noces del belga Thierry Zeno (1975) se sale también por
lo rarito (una protagonista encerrada en una granja se une a una cerda hasta
fecundarla hasta desencadenar una espantosa tragedia). Los pastores de Padre, Padrone de los Taviani también
le dan al tema de nuestro Benjamín.En plan cachondo cómo olvidar
el magnífico sketch de Gene Wilder y su oveja en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a
preguntar.

Citemos como curiosidad el
escándalo de El pecado no perdona,
de Vilgot Sjöman, que provocó la intervención de la Asociación de propietarios
de pastores alemanes en contra del “papel inmoral e indigno” que se hacía
interpretar al pobre cuadrúpedo.Los asesinos a sueldoLa figura del matón (o hitman,
que suena más contundente) constituye uno de los emblemas del género negro y ha
ido adquiriendo peculiar protagonismo en las últimas décadas.Como hay muchos sólo podemos
hablar de unos cuantos que nos gustan mucho a nosotros y al propio Marsellés.
Así a lo tonto: Delon (una vez más) en Le
Samourai de Melville.

También gabachos los Tonton Flingueurs de Georges Lautner,
descojone de película totalmente veintiunera que constituye una amantísima
parodia de cine negro. Los franceses más cachondos se saben de memoria escenas
enteras, especialmente la borrachera entre asesinos en una cocina asediada por
adolescentes salidos de una fiesta sesentera.Tenemos especial debilidad por
los subproductos pulp de los setenta, empezando por The Enforcer Inevitables referencias del
cine reciente son Léon de Luc
Besson, con el buenísimo matón ya aparecido en Nikita y por supuesto el inolvidable tándem de Vincent Vega y
Jules en la película veintiunera por antonomasia, Pulp Fiction

Rindamos también homenaje a la
pequeña rayada de Richard Shepard The
Matador con un Pierce Brosnan por fin entrañable.

Otro de los asesinos a sueldo
más indudablemente ventiuneros es el memorable Golgo 13 que pasó con éxito del manga al anime y más allá.

Siguiendo con el tema cómic
algunas grandes figuras superheroicas flirtearon con el tema setentero de las
organizaciones de asesinos (Wolverine, Nick Fury, etc) pero los cómics
de Garth Ennis Hitman se salen del mapa.

Citemos también el magnífico
juego para sádicos Hitman con
sus distintos números (pregunta: ¿podría concebirse un cruce interactivo entre
21 y Hitman?)

Mujeres fatales (1)El tema de las mujeres
fatales, del cual Helena es una peculiar y extraña representante, resulta
prácticamente inabarcable. Hay literalmente miles de ellas y se han escrito
toneladas de artículos y libracos.El mito empieza realmente en
el siglo XIX (tras un breve predominio del “hombre fatal” tipo byroniano, del
cual nuestro querido 21 es tal vez un lejano y un tanto rayado descendiente).
Mezcla de sexo y muerte, la mujer fatal encarna el ideal sadomasoquista de la
cultura burguesa, culminando en la Wanda de Sacher-Masoch, dominatrix despiadada por
antonomasia. Nuestra Carmen ibérica, de la que ya hemos hablado, era una de las primeras (y algo tímidas)
encarnaciones del mito, marcando durante dos siglos la imagen de la española
fogosa que guarda siempre un puñal muy cuco en su ligero, por lo que pueda
pasar.La “Fin de Siècle”, con su
movimiento autoproclamado “decadente”, constituyó la edad de oro de la Femme
Fatale. Todo cristo se apuntó al carro tirado por la dominatrix distante o
histérica, aria o africana, opulenta o anoréxica, cerebral o vaginal. Si os
pone ese rollo precipitaos sin más tardar sobre las obras de Mme Rachilde, Jean
Lorrain u Octave Mirbeau (cuya dulce Clara, en El Jardín de los Suplicios, encarna a la SuperZorra por
excelencia).Más próximos a 21 en su
planteamiento, claro está, fueron las mujeres fatales de la novela negra,
presentes desde el principio del género: la Brigid O’Shaughnessy del Halcón Maltés, es un bonito ejemplo,
así como Dina Brand en Cosecha Roja y
Janet Henry en La llave de cristal,
culminando con la muy ninfómana Gabrielle Dain de La maldición de los Dain, por quedarnos con nuestro Padre
Dahsiel Hammett.
(Bebe Daniels –menudo nombrecito- chuleando
–en vano- a Sam Spade)La mujer fatal es en sí el símbolo máximo de
la edad dorada de la novela negra. No era concebible una portada de pulp sin
una, lo cual aproximaba un tanto el género al rollo “pin-up”, creando de hecho
un subgénero muy cachondo (en todos los sentidos) y muy despreciado, el “spicy
hard-boiled” o “novela negra calentorra”, a la que 21 rinde homenaje. La mujer
fatal alternaba alegremente con la víctima en pelotas para crear un ambiente
tórrido de sexo y violencia, muy adaptado a la psique colectiva de una América
traumatizada por la Depresión.
Todos los grandes (Burnett, Cain, Thompson, etc) le han dedicado a
la mujer fatal al menos una de sus obras, con lo que toda reseña se queda
corta. Carmen Sternwood en El sueño
eterno es una de las mejores “femmes fatales” de Chandler, así como la
Velma Valento de Adiós, muñeca.
Cora se sale en El cartero siempre llama dos veces, así como Phyllis en Double Indemnity.Ídem con el cine, empezando por las adaptaciones de las
precedentes. La carrera de Bette Davies, Barbara Stanwyck, Ida Lupino, Joan
Crawford, Lana Turner o Rita Hayworth–por no hablar de Dietrich, Garbo y demás
vamps- estuvo en gran parte consagrada a encarnar ese arquetipo de la psique
masculina.
Desde entonces, y de modo ininterrumpido, las más variopintas
actrices ponen nuevo cuerpo a esa pulsión de muerte que según el tatarabuelo
Freud todos llevamos dentro bien guardadita. Una de las más duraderas de los
últimos tiempos fue sin duda Linda Fiorentino en The Last Seduction, aunque tampoco estaba nada mal la pequeñita
y apetitosa Cristina Ricci haciendo de Dede Truitt en The Opposite of Sex.
Thurman de femme fatale. Una vez más Pulp Fiction (y no será la última)
GOTHIC GALICIA.CULTURA 21“La novela negra
palurda”Llegamos por fin a este subgénero que nos
encanta y cuya extraordinaria vitalidad ha escapado al ojo vigilante de la
crítica, fundiéndose a menudo con el “horror palurdo” tan conocido por hitos
como 2000 Maníacos o la mítica Matanza de Texas.Contrapuesta al universo urbano de la novela
negra gangsteril o detectivesca, la palurda retoma el interés naturalista por
los habitantes degenerados de pequeños “shitholes” o “sitios a tomar por culo”
(a menudo en sentido estrictamente literal) que ya evidenciaban Maupassant o
Frank Norris.Una de las matrices del género viene
precisamente de la obra de Faulkner Santuario,
con su inolvidable mirón coprófilo y sadomasoquista Popeye, quien viola a la
extraviada Temple Drake con una mazorca de maíz.
(Popeye o el palurdo degenerado por
antonomasia)Más próximo ya al pulp (con el que el
venerable Faulkner sólo tonteó), Erskine Caldwell se entregó en cuerpo y alma
al subgénero llamado “gótico sureño”, empezando con dos títulos inmejorables, Bastardo y algo así como Gilipollas (Damm Fool). El rollo palurdo triunfa en sus dos obras más
conocidas La ruta del tabaco y Los Pequeños Acres de Dios,
incluyendo pequeñas escenas de degenere cachondo entre el proletariado
agrícola.Más radicales son las obras de Flannery
O’Connor y los relatos de los dos supergays sureños Tenesse Williams y Truman
Capote, creando un universo entre hiperrealista y fantástico donde todas las
aberraciones son posibles y huelen a pedo rancio. En la novela negra propiamente
dicho destacan, sobrados, Jim Thompson (leed 1280 Almas, malditos) y nuestro ya citado Charles Williams con
la increíble Diamond Bikini,
relato de la estancia del joven Billy (con sus 7 añitos) en casa del tío
Sagamore que distila todo lo distilable, rodeado de palurdos con metralletas y
la díscola Miss Harrington. La obra fue llevada a la gran pantalla por Gerard
Pirès en una eficaz producción de 1971 con el simpático título francés Fantasia chez les ploucs, con Lino
Ventura y Jean Yanne (y un discreto Alain Delon haciendo de paisano!).
(El asesino dentro de Jim Thompson... LA
Biblia Negra, sin más).El cine más subversivo se volcó en el tema
palurdo con momentos clásicos como la violación subnormal de los Perros de paja de Peckinpah
(referenciado por nuestro amigo Catxo en su intento de adaptación
cinematográfica de Gothic), la violación cerdil del Deliverance de Boorman o los psicópatas endogámicos de Las colinas tienen ojos (a medio camino
entre cine negro y terror, como tantas obras psicopáticas). Desde entonces se
ha convertido en un arquetipo del cine de género, con innumerables versiones de
los “salvajes del interior” que tanto aterrorizan y divierten a los jóvenes
urbanitas.
(Billy Redden como el inolvidable Lonny, el del banjo)
Galicia caníbal“Fai un sol de carallo.
Con isto da movida haiche moito ye-yé que, de noite e de día, usa jafas de sol:
¡Fai un sol de carallo!A matanza do porco
A matanza do porco.- A berra e un conxunto de berros dun porco cando o van
matar.
San Martiño oficial de Monforte ó Nepal, o magosto para agosto, safaris do
porco,
filloas de sangue, Galicia embutida: ¡Fai un sol de carallo!, ¡Galicia caníbal!
Etiopía ten fame
Etiopía ten fame.- Un parado occidental sostén un filete.
Un negro deitado, o negro non lle chega, arrastra o bandullo.
O parado occidental sostén o filete; o parado altivo, o negro non lle chega.
Doa os teus riles: un ril á merenda. Doa os teus riles: outro ril á cea....”El himno de Antón Reixa sigue resonando en la conciencia
de todo movidero que se precie, encarnando un arquetipo galaico marcado por la
estética primitivista. Para lo que no os habéis coscado, es algo así como:“Hace un sol del carajo,Con esto de la movida hay mucho yeyé que, de noche y de día,
lleva gafas de sol, hace un sol...La matanza del cerdo (Gritos de un cerdo agonizante)San Martín oficial de Monforte a Nepal, el “magosto”
(fiesta) para agosto, safaris del cerdo, filloas de sangre, galicia embutida,
Hace un sol... Etiopía tiene hambre. Un parado occidental sostiene un
filete,Un negro tumbado, el negro no le llega, arrastra el
estómago,El parado sostiene el filete, el parado altivo, el negro no
le llegaDona tus riñones, un riñón de merienda, dona tus riñones,
otro para la cena...”
El estereotipo de
la Galicia bárbara proviene -cómo no- de la mirada foránea, alimentado por el
imaginario metropolitano pero curiosamente interiorizado por cantidad de
artistas autóctonos. El emblema absoluto de este barbarismo galaico es,
evidentemente, el Hierofante, Mago Supremo Ramón María del Valle-Inclán.
Empezando con el modernista
“Flor de Santidad” y siguiendo con la genial Trilogía Carlista, Valle va
perfilando su Galicia esperpéntica hasta llegar a la increíble trilogía de las Comedias Bárbaras, de obligada
lectura para el/la veintinuer@ que se precie. Divinas Palabras, con sus múltiples degenerados, no le van a la
zaga, empezando por nuestro querido Laureaniño el idiota, enano hidrocéfalo
expuesto de feria en feria por sus familiares y que terminará asesinado en una
cutre bacanal de mendigos (hay algo del Freaks de Tod Browning en todo esto... habría que investigarlo). Don Camilo José Cela prolongó este
universo –el equivalente hispano más claro del “Gótico sureño” americano (que
Cela mamó con Faulkner y Caldwell, el muy listillo)- en varias obras,
culminando con Mazurca para dos
Muertos, también de culto veintiunero. Más próximo a nosotros en todos los
sentidos citemos la obra maestra del tristemente desaparecido Antón Blanco A matanza caníbal dos parrulos lisérxicos,
aclimatando el gore más
Tromesco a la Galicia caníbal de nuestro corazón.
(Dos
miembros del clan antropófago Machado, primos hermanos de los Mourente)
Resquiat in pace.Violaciones
¿Os habéis preguntado
alguna vez a qué vienen tantas violaciones en el cine? Las feministas
estadounidenses sí, y desde los años setenta con el célebre panfleto de M.
Haskell De la reverencia a la
violación, estudio de la representación de la mujer en el cine. La
respuesta es clara: el cine está dominado por el patriarcado, rigiendo la
implacable Ley del Falo. El sitio de la mujer es en la casa haciendo la cena o
en un parking siendo violada.Los primeros tratamientos
cinematográficos del tema (empezando por el amenazante negro que se quiere
cepillar a Lilian Gish en la kukluxkalnexca epopeya de Nacimiento de una nación) enfatizaban el aspecto dramático,
culminando en el Rashomon de
Kurosawa y el terrible Manantial de la
doncella de Bergman. Las secuencias de violación no pretendían poner
cachondo a nadie, sino traumatizar al espectador, atenazado pasivamente en su
sillón. Esta gran tradición va de Rocco
y sus hermanos de Visconti hasta la dura Irreversible del un tanto desequilibradillo Gaspar Noé, pasando,
claro está por La Naranja mecánica o Perros de paja.Otra tradición, mucho más
turbia, ha hecho de la violación un fetiche erótico, aunque como siempre en
estas cosas, los límites puedan ser bastante borrosos. Todo empezó con el
subgénero “roughie” de finales de los 50, introduciendo elementos de violencia
en el rollo pajillero del cine de despedida (stag films), pero fue sin duda en
la edad dorada del cine “exploitation”
-al que 21 rinde incesante homenaje- cuando la violación estuvo más al orden
del día. Es casi imposible hallar una de esas pelis –ya sean de horror, de
gángsters, de detectives, de negros, de vaqueros, de nazis (en el curioso
subgénero de la nazixploitation al cual volveremos, no os preocupéis), de
monstruos galácticos o de mujeres encarceladas en jaulas filipinas- donde no se
viole a una o más protagonistas. Entre cientos de producciones citemos el
calvario masoquista de Jane Giman en Belinda,
o el delirio S&M esclavista de Russ Meyer Blacksnake y, como el destape cañí no se quedó a la zaga,
títulos nacionales como La violación de Germán Llorente, con la muy spanish Paca Gabaldón.Un auténtico subgénero
emergió de esta paranoia violadora, el “rape and revenge” o “violación y
venganza”, ilustrada por la durísima Escupo
sobre tu tumba (plagio que pasó desapercibido del magnífico título de
Boris Vian) de Meir Zarchi.
(trasero machacado de Camille Keaton, Mejor Actriz
del Festival de Cine Internacional de Catalunya en 1978) No olvidemos, más suave, el contundente Ms. 45 del joven Abel Ferrara y, por
el exotismo, una producción sueca muy rara, Thriller, a cruel picture (título acertadamente descriptivo) de
Alex Fridolinski.
(Otro trasero, esta vez el de la justiciera Doña 45)Es curioso pensar que el
boom de las violaciones psicotrónicas coincidió en gran parte con los efectos
del Verano del Amor y la “liberación sexual” de los setenta. ¿Cara oscura de
una época? ¿Grito sádico de los desheredados del sexo? ¿Reacción de angustia de
los carcas ante las alegres correrías de las jipis?... La cuestión está siendo
analizada por sesudos académicos de lo “freak”. Os tendremos al tanto de sus
deliberaciones.TeensEl mito adolescente
invadió la cultura pulp americana de postguerra, convirtiéndose en eje central
de la sociedad de consumo. La figura del joven delincuente, heredada de mitos del Far-West como Billy the
Kid o Calamity Jane, había hecho tímidas apariciones en la primera edad de oro
del gangsterismo cinematográfico (piénsese cómo no en Angels with Dirty Faces)
Pero fueron los años 50 los que, coincidiendo con el
auge del rock’n roll y de la subcultura suburbana, elevaron el teenager a
categoría sociológica, produciendo el magnífico subgénero de la “delincuencia
juvenil”. La peli decisiva, claro, fue Rebelde sin Causa, del malditista
Nicholas Ray (que, al parecer, se lo montó de vicio, cepillándose a la vez al
Dean, al Mineo y a la Wood durante el rodaje), seguida, so pretexto de
“comentario social” fue La Jungla de
Asfalto, con sus malotes y sus lascivas compañeras enfrentadas al icono
del film noir Glenn Ford, en plan profe preocupado por el porvenir de las
mentes privilegiadas de la Nación.
Por suerte los intentos de Ford y similares fracasan
y las mentes privilegiadas se dedican al desfase cada vez más intenso en las
producciones de la mítica American International Pictures del mítico Roger
Corman (Corman, te queremos). Sería imposible citar los cientos de pelis de
jóvenes delincuentes, cada vez más psicotrónicas (mirad este hombrelobo
adolescente tan amado de los Cramps), que jalonan los cincuenta. Aparte de los títulos diseñados para explotar
el mercado del rock’n’roll (“Girl Can’t Help It” (1956), “Rock Around the
Clock” (1957), “Jamboree” (1957) o “Rock, Rock, Rock” (1957), triunfa el “a
toda pastilla” o “hot rodding” con producciones como “Hot Rod Girl” (1956),
“Hot Rod Rumble” (1957), “Dragstip Girl” (1957) o “The Choppers” (1961).
Los teens se van haciendo cada vez más drogadictos y
sexópatas a medida que llegan los sesenta. Varios subsubgéneros emergen, el más
célebre siendo las pelis de moteros (ya anunciado por El Salvaje con Brando),
pero también pelis de reformatorios, pelis de drogas, y por supuesto las sagas
playeras protagonizadas por Annette Funnicello y Frankie Avalon. Según una
lógica de hibridación genérica característica del cine “exploitation”, todos estos
universos se cruzaban en producciones improbables como “Hot Rod Hullabaloo”
(1966).
(la mítica cinta que encendió la explosión motera)Los setenta, como siempre, se llevan la palma del
desmelene, en este caso adolescente, pese al declive (por falta de combustible)
del cine de moteros. El adolescente rebelde, perdido, cachondo o simplemente
adolescentesco triunfa sin compasión en todo tipo de formatos. La explotación
necesita nutrirse de ellos, y sobre todo de ellas, en estos tiempos de
emergencia del porno con jovencitas “a penas legales” para nutrir las fantasías
de una América cansada de Watergates y Vietnames (veáse Lolitas). Por lo demás
la comedia juvenil se vuelve gamberra con Animal House de John Landis
(bullshit! Bullshit!) y, apoteosis total, la saga Porky’s. En España el género juvenil triunfó en los albores
de la movida con el inolvidable cine quinqui, inaugurado por Perros Callejeros
(1977; existe una improbable versión femenina del propio de la Loma que suena
aún mejor, Perras Callejeras) y las subsiguientes sagas extraradiales de Eloy
de la Iglesia.
A principios de los noventa el subgénero fue
revitalizado por el bombazo de Historias del Kronen.
Algunos trailers en la simpática página http://absencito.blogspot.com/2006/09/viviendo-en-la-era-pop-ii-1950s.html