borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Viajes por el Scriptorium

 

Paul Auster

 

Anagrama, 2006

 
     

Irene Rodríguez Aseijas

Paul Auster, Viajes por el Scriptorium

Paul Auster es un escritor sin nada por demostrar. A estas alturas podríamos empezar con eso. Ciertamente, pese a los altibajos lógicos de su obra, siempre ha habido en sus novelas (propias o coralmente ajenas) un reducto para la originalidad, la complejidad y el riesgo, (amén de un prodigioso uso del lenguaje y el metalenguaje y una vocación constante por la experimentación argumental). En eso estamos de acuerdo, ¿?. Así que parece lógico, al enfrentarnos a cualquier novedad suya, suponer que encerrará una parte de esa  creatividad prodigiosa derramada a borbotones en El palacio de la Luna, por poner un ejemplo.

Eso fue lo que pensé al comenzar Viajes por el Scriptorium. Unas cuarenta páginas después, tuve la confusa sensación de haber leído antes algunos de los párrafos de esta novela, de haber experimentado ya algunos sentimientos. Repasando mentalmente los hechos probados me quedó claro que no era así. Simplemente sentía, con cierto desconcierto, que me adentraba al universo de Auster por una puerta de atrás, a través de una amalgama de acontecimientos ya leídos (o vividos) que convertían esta obra en una pieza tan indudablemente suya como renqueante. Mi primera conclusión fue entonces que el autor enmascaraba, tras el recurso de la ficción dentro de la ficción, una repentina crisis de ideas, una dificultad para seguir reinventando historias y personajes más allá de su ya dilatado universo propio, rescatando del fondo del cajón una historia menor, una propuesta tejida como un puzzle con piezas anteriores que, probablemente, había servido para dejar durante algún tiempo satisfecho a algún hambriento editor. No obstante, seguí con ello.

Hacia la mitad del libro comprendí que tal vez fuera en parte así, pero era inevitable reconocer que (aún asumiendo que ésta fuera una obra menor) sobraban en ella motivos y propuestas para seguir leyendo. Había un poco en sus páginas, en la desorganizada precisión de sus acontecimientos que impulsaba a adentrarse más allá de lo aparentemente manido o  superfluo. Latía bajo la superficie, el pulso firme de Auster, el peso de un tipo con oficio, contador de historias, narrador genial y maestro del desconcierto.

Al final mi conclusión era aún más abierta y tenía que ver con el hecho de reconocer en el personaje principal del libro la respuesta Austeriana  a algunas de las preguntas planteadas, de forma más o menos directa,  por muchos de los grandes de la literatura y aristas de los miedos más profundamente arraigados en casi todos ellos.

Pero vayamos a los datos: Un hombre, (Mr. Blank), presuntamente enfermo, presuntamente decrépito, despierta en un cuarto aséptico que no reconoce. Su memoria está anulada y es incapaz de ordenar sus recuerdos. Aparte de algunos folios mecanografiados, fotos con rostros que no consigue ubicar y ciertos vagos recuerdos, cuenta con la abrumadora y aun más desconcertante ayuda, de una serie de visitas que se van sucediendo sin orden ni concierto. A partir de ahí, cada nuevo personaje es una pista falsa, contribuyendo a desmadejar la madeja de los hechos y de las ilusiones.

Auster va así dando rienda suelta a sus propios fantasmas, al tiempo que se cuestiona la legitimidad de sus actos como autor y la responsabilidad derivada de ellos. Sin dejar de preguntarse cuál será el siguiente paso (qué queda por contar, dónde se encuentran los límites de la ficción) reflexiona sobre los temas más recurrentes de su obra: la búsqueda de la propia identidad, la vejez y la muerte y el azar como elemento vertebrador del destino.

Y así, hacia el final, la conclusión era clara: Con un planeamiento tan claustrofóbico como escueto (que inevitablemente recuerda a Pirandello) Viajes por el Scriptorium se convierte en una pieza singular y especialmente sincera, en la que su exquisito autor desafía la inteligencia del lector mostrándole la fragilidad de sus creencias y el sucinto trecho que separa lo propio de lo ajeno.

Estoy segura de que habrá al respecto conclusiones tan apasionadas como variopintas. Para algunos, muy probablemente, se trate de una obra menor. Para otros quizá sea el instrumento más claro para penetrar en el universo de su autor y desentrañar las angustias de su proceso creativo desde la limpieza argumental de un salto mortal ejecutado desde dentro. Conclusiones habrá para todos los gustos.

Lo que está claro, es que Auster sigue siendo un referente. Un tipo capaz de sentarse a escribir y dar frutos cada pocos meses, que no parece tirar la toalla y mantiene intacto el gusto por desafiar intelectualmente al lector. No sé si esta novela es el reflejo de un resultado menor, que no resiste la comparación con su Trilogía de Nueva York o el Leviatán, por poner dos ejemplos, pero no conviene perderse un libo de un autor que ya ha ganado, en la mitad de su vida, la batalla del tiempo.