borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Lugares comunes

 

Irene Jiménez

 

Páginas de Espuma, 2007

 

Leticia Sánchez

Irene Jiménez, Lugares comunes

Cuando uno lee un cuento pretende encontrarse con un planteamiento, un nudo y un desenlace. Sin embargo no es lo que nos presenta Irene Jiménez en Lugares Comunes. La autora murciana se queda en el planteamiento, o mejor dicho en la presentación. Y al principio sientes como una sensación de frustración, de tomadura de pelo o de coitus interruptus porque el cuento se ha acabado antes de empezar o en el momento preciso en el que se suponía que comenzaría la acción. Pero esta sensación sólo dura el primer cuento. Luego, cuando ya te das cuenta que Jiménez se dedica a presentarte personajes y circunstancias, modos de vida y, sobre todo, esos lugares comunes a todos que ya nos advierte el título, leer sus páginas se convierte en algo muy placentero.

Los cuentos de Irene Jiménez son como enormes fotografías en las que quedan impresas una sensación, una vida, un personaje. Así nos cuenta la historia de una universitaria que trabajó como camarera en Dublín y que se lía en la puerta de la facultad con un argentino que vende señaladores de libros. Nos narra también cómo un ama de casa con el niño constipado y apuros económicos analiza un champú, una emigrante polaca que sirve en una casa de grandes ventanales que huele a Channel, como su dueña, y que bebe en la misma taza de su jefe en el lugar preciso donde él posó los labios. Jiménez nos cuenta la vida de una eterna opositora que a través de la ventana ve a unos novios sordomudos que se hablan y se aman con las manos mientras ella no tiene fuerzas para dejar a un hombre que ya no quiere  esté a su lado, de un marido infiel y converso, de una madre que llora cada día desde  hace 29 años cuando su hija nació con falta de oxígeno y su cerebro quedó menguado. Jiménez se mueve en un mundo de bifidus activo, partidas de tenis, despidos, hipotecas, fotografías sin revelar y prostitutas caribeñas que siguen ejerciendo durante la Nochebuena mientras otras mujeres decentes le sacan brillo a la plata. Madrid, aunque no lo diga, es el universo donde todo se concentra. 

Jiménez se desprende del engolamiento que suele acompañar a los escritores jóvenes, y sorprende con una prosa sencilla, pero hermosa a la vez. No renuncia a las metáforas, pero no abusa de ellas. Ante todo, Irene Jiménez quiere resultar una escritora cercana, como si la historia te la estuviera contando tu vecina del quinto. Pero una vecina que sepa narrar bien, claro.

Tal vez lo mejor de Jiménez sea su precisión a la hora de describir a los personajes en muy pocos trazos (“Itziar se durmió pensando en algunos de sus temas favoritos: el amor entre Igmar Bergman y Liv Ullman, los meses que restaban para que las tiendas volviesen a vender cereza, la diferencia entre llamarse Elena y Helena”) así como las situaciones (“Ella le hubiera dicho que sus días empiezan a las siete de la mañana, cuando le prepara las tostadas a Antonio que llega de trabajar, o incluso antes, a las cuatro o a las cinco, cuando Julián empieza a revolverse en la cuna. Le hubiera dicho que a veces no hay una noche y un día separados, sino que los dos se confunden en una única e inacabable sensación de frío y de llanto atendiendo a un bebé enfermizo y a un hombre exhausto de encajar siempre la misma pieza de las lámparas en una cadena”)

Sin embargo, en el último cuento, titulado “Lejos”, Irene Jiménez pierde fuelle. Se trata de un relato más extenso  que el resto, casi como una novela corta, que está protagonizado por ese tipo de personajes tan aburridos que pasan de los 50, no tienen hijos, a la mujer que no trabaja se la conoce por un mote absurdo, el marido ostenta un suculento puesto de ingeniero, van a comer a lugares que recomiendan los periódicos y piensan que no pueden vivir sin ir a ver las exposiciones. El relato, que narra cómo esta pareja se traslada a un pueblo del sur (o mejor dicho a una urbanización de lujo lejos de un centro urbano) a que el marido acabe un trabajo después de salir de un cáncer, pierde la fuerza de los otros cuentos, se diluye, queda descafeinada y al acabarlo hemos tenido la sensación de que hemos pasado mucho tiempo leyendo para que no nos contara nada.

Pero en líneas generales “Lugares comunes” es un libro muy recomendable. Sobre todo para aquellos que se desplacen en autobús o tren a sus puestos de trabajo, y por el camino tengan 10 minutos para leer las fotografías cotidianas que nos traza Irene Jiménez.