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  Coco  

Cristina Sánchez-Andrade

 
RBA, 2007  

Literaturas.com presenta en exclusiva a sus lectores la última obra de la novelista Cristina Sanchez-Andrade. Coco, la personal aproximación a una mujer que se creó a sí misma para escapar de lo que siempre temió en realidad ser. La historia, en forma de biografía novelada, de una de las grandes mujeres del siglo XX: Coco Chanel.

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Cristina Sánchez-Andrade, Coco

1

 

Una vieja duerme en una de las suites del Hotel Ritz de París. Su rostro es pequeño y musculoso, como de india jíbara. Tiene el aspecto consumido de una hoja seca y se llama Coco. A las seis y media de la mañana siente la caricia fría de una bala rozándole la oreja. Abre los ojos de golpe y una idea estalla en su mente: hoy voy a morir.
Sucede que surge una vaga intuición. Inesperadamente, un buen día. A partir de entonces, la intuición se convierte en sombra. No conoce el hambre, ni la fatiga, ni el frío. Tiene el sigilo del leopardo y la obstinación bruta del toro. La intuición no es inteligente: es lista; capaz de forcejear con la razón hasta salirse con la suya. En este caso, la intuición habría sido capaz de ir a despertar al presidente de la República para hacerle llegar sus sospechas, porque tiene tanto miedo como Coco. Pero ésta no lo considera oportuno. En cambio, y para sentirse menos desamparada, opta por instalarse en el mejor hotel de París, en la suite Real con cama king size. También se ha provisto de algunas cosas importantes; entre otras, de unas cartas que resumen su vida y una criada que no sabe que está allí para llamar a la recepción cuando su señora yazca muerta de un tiro en la cabeza en el rellano de la escalera.
Sucede que dentro de uno hay una fibra que avisa y se nutre de las pequeñeces que lo rodean: un olor ácido, como a limones o desinfectante; un hilo de saliva que cala las sábanas bordadas H.R., París; un ardor de vísceras o una caricia fría de bala que roza la oreja. Todo alimenta. En pocos minutos crece el débil embrión de la intuición. Engorda como una pelota de nieve, se torna aguda y amarga, hasta que se convierte en pánico.
Coco se yergue, desnuda y colosal, sobre la cama. A pesar de los años y con su cabello como crines de caballo sigue siendo una mujer atractiva —un pequeño toro de Camarga—, con unos ojos negros y feroces, hocico, ollares, morro y una inteligencia privilegiada. Intenta serenarse. A oscuras tira del cordón que pende a un lado y Céline, la camarera, aparece al instante. Has tardado demasiado, la increpa.
Mientras los dedos de los pies tantean el suelo en busca de las zapatillas, desliza los de la mano por la mesilla de noche para comprobar que el hatillo de cartas siga en su sitio. Con la ayuda de Céline se enfunda un camisón de raso, amplio y suelto. Su cuerpo aún conserva el tufo del sueño. Dice: Abre la caja fuerte y saca un collar de vueltas, hoy es un día especial.
Y no sólo porque es año nuevo como piensa la camarera. Al fin y al cabo, años nuevos ha tenido muchos, con este setenta y cinco. Céline la toma de un brazo y arrastra su cuerpo escuálido hasta el cuarto de baño. La parquedad de los muebles y lo que allí no hay —la relación de masas y vacíos, la desnudez decorativa abiertamente provocativa, libre de crestas y excrecencias, las paredes de la habitación desnudas, blancas como la celda de una monja— hablan del desprecio hacia la ternura y las necesidades mundanas. De no ser por el váter de mármol de Carrara, en cuyo borde se sienta ahora la vieja millonaria (pequeña, embobada, sonriendo con aire pensativo a las florecillas de la alfombra), nada hace pensar que aquélla es la suite Real del Hotel Ritz.
Está sola. Sola y turbia, con el presagio de algo irremediable, anunciado por la palpitación de la carne. Para huir de la soledad y del miedo atroz, llamaría a sus hijos y haría lujosos regalos de Navidad a sus nietos si los tuviera. Pero no tiene hijos, ni nietos, ni marido, ni amantes, ni verdaderos amigos que la acompañen. Sola, con las asquerosas florecillas de la alfombra, piensa. Sola para beber champán, sola para abrir los regalos, para reír, para disfrutar de una buena comida y dar gracias a Dios por ella, para recibir el año nuevo, para abrazar y ser abrazada, para morir. Se mordió las uñas, cuidadas a diario por una manicurista, y volvió a componer una sonrisa. Abre la boca mecánicamente: ¡Céeeeline! —grita—, ¡no pienso palmarla sentada en la taza del váter!
Céline, que había empezado a limpiar los cristales de la ventana, arroja los pertrechos al suelo y va corriendo hasta el cuarto de baño.
—¿Qué desea, mademoiselle? —pregunta asomándose por la puerta.
—Deseo... —dice Coco dubitativa—, saber lo que uno desea realmente no es tan fácil como algunos creen... —y con la mirada torva añade—: ¿Sabes qué deseo, tonta del bote? Pues tener un deseo..., ¡eso es lo que deseo!
A través de la ventana entreabierta, una bandada de gorriones apretados en torno a una farola. En el patio interior de hotel una neblina incolora y fría repta por las paredes; la calle está en silencio.
En la suite más silencio todavía; fuera, al menos las hojas de los magnolios de la calle Cambon crujen al ser mecidas por el viento. Coco coge las cartas de la mesilla y se sienta frente al tocador. Mientras ata el montoncito, le dice a la camarera que tendría que meterlo en la caja fuerte y sacar el abrigo de cuello de rabos de conejo, que hoy va a ir a trabajar (pero hoy es Año Nuevo, mademoiselle). Ata las cartas con una cinta de raso roja; había hecho y deshecho un lazo con manos frenéticas, apretándolo mucho; se le habían caído al suelo, las había recogido y limpiado, vuelto a hacer el lazo (me importa un carajo lo que sea hoy).
Odia esos días de fiesta, el escaso personal en el hotel, las luces del árbol de Navidad latiendo en la penumbra del comedor, los insoportables villancicos a todas horas, la falsa felicidad y el optimismo imbécil de la gente. A estas alturas de la vida, empachada de dinero y éxitos, lo único que desea (y espera) es no morirse de aburrimiento, y así se lo explica a la camarera cuando le lleva el abrigo (mejor éste no, que huele a toca de vieja). Durante toda mi vida, Céline, he diseñado vestidos. Podría haber hecho cualquier otra cosa, criar cerdos, por ejemplo, que se dan muy bien en mi región. Nunca me han gustado los vestidos, continúa, aunque tampoco los cerdos. Lo que me gustaba era crear. Durante toda mi vida he creado de la misma forma que el cerdo hurga. Tanto el cerdo como yo hurgamos y ¿sabes por qué?, sencillamente porque ese «buscar» entre el estiércolnos ayuda a soportarnos a nosotros mismos, a aceptar el hecho de haber nacido. Y ahora no puedo soportar el desierto de dos días libres. No. Eso, no.
Lo único ingrato de la suite Real es que cada dos o tres horas, haya o no haya alguien en la habitación, sube una doncella a cambiar las toallas, a comprobar que los botecitos de champú están llenos o a poner caramelos en la mesilla. O un camarero lleva la bandeja con comida: la cerveza bien helada, las puntitas de espárragos verdes a la vinagreta, los toasts melba sobre una servilleta blanca, el puré de patatas enanas y los guisantes; de postre, gorgonzola o gruyère y buen café. En todo caso, nada que ver con el colegio de niñas donde, junto a su hermana mayor, había sido abandonada por su madre a los siete años. Allí no se comía gorgonzola ni se cambiaban las toallas, sencillamente no existían.
Había sido una niña indómita y desabrida, con un padre que mercadeaba con sombreros, botones, guardapolvos y delantales de cocina, y una madre enclenque y tísica que tuvo que recorrer cincuenta kilómetros, valle abajo y con una tripa de ocho meses y medio, para sacar a su novio de la taberna y hacerle saber que su embarazo no era empresa de una sola persona. O sales y te casas, o me pongo a parir aquí mismo, le dijo.
La boda no cambió nada. Él desaparecía durante temporadas más o menos largas para vender botones. Vivían en Saint-Croix, un pueblo situado en un valle profundo y oloroso, donde sólo había dos estaciones: invierno y verano. Terminaba el polvo rojizo y el calor pegajoso del verano y comenzaba el frío. El aire se volvía húmedo y duro. Los rostros de las gentes enrojecían, las mujeres se arrebujaban en sus chales negros y caían las primeras nieves. Coco y sus hermanos descalzos dejaban de jugar en el cementerio.
 La madre, que no paraba de trajinar y estaba constantemente embarazada, murió en 1900, el mismo día que se inauguraba el dirigible alemán conocido como «zeppelin». Tenía tan sólo treinta y dos años y la boca desdentada. Dicen que murió de una pulmonía.
Abandonó este mundo sin conocer las seguridades y estabilidad del nuevo siglo, la técnica y los descubrimientos científicos. Murió sin haber sentido la felicidad trepidante de montar en automóvil, sin que el corazón se le apretara de miedo al ir al cine por primera vez. Murió sin haberle dado a una clavija para encender la luz cuando uno de sus niños rompía a llorar en medio de la noche; sin subir en ascensor ni probar un fonógrafo; sin poder llamar a una amiga por teléfono y contarle que no era una pulmonía, sino las fatigas, la mala alimentación, los embarazos (tenía otros cinco hijos) y dar de mamar lo que la consumía.
Saint-Croix, el pueblo donde nació Coco, ciudad mercado a orillas del Loira y zona rica en cerdos y vino, seguiría siendo durante mucho tiempo lo que siempre fue: un lugar cerrado al devenir de la historia, un pueblo de cal y canto y mala muerte.
De mala muerte también era el colegio donde Coco se crió bajo la mirada escrutadora de las hermanas de la Congregación del Sagrado Corazón de María, unas monjas carnales que le colgaron el apodo de La Flaca, que llevaría el resto de su vida, y que tuvieron el mérito de enseñarle delicadas labores de aguja, manteles y dobladillos. Allí la dejó su madre antes de ºdar a luz a su tercer hijo y estuvo hasta los trece; momento en que decidió escaparse a París con su hermana para ir a cantar y bailar. Habían conseguido el dinero para el viaje sustituyendo a un vendedor de enaguas y cintas de la feria los domingos. Coco y su hermana Antoinette atendieron el tenderete a cambio de una comisión, y lo hicieron con tanto esmero que cuando contaron el dinero ganado, se dieron cuenta de que les alcanzaba para tomar el tren a París. Cualquier cosa antes que convertirse en mujer de un vendedor ambulante como su madre, o en monja como las hermanas de la Congregación.
Las monjas le inculcaron el sentido de la austeridad de que hizo alarde durante toda su vida, la sencillez y el gusto por los muros de piedra desnuda, el jabón y la lejía. Pero el mundo no se reducía a las cuatro paredes del colegio, por muy limpias que estuvieran, y ella era partidaria de ampliar horizontes. A La Flaca, que no había salido nunca de Saint-Croix, París le impactó: mujeres que salían a la calle a manifestarse porque, por segunda vez, la Cámara de Diputados les negaba el derecho al voto en 1906; teatros que abrían sus puertas al vodevil, la ópera lírica y los espectáculos de variedades donde las artistas actuaban con vestidos de lentejuelas y exhibían escotes y piernas; avenidas repletas de elegantes tiendas de moda, perfumerías y droguerías, sombrererías y estaciones de metro de hierro y cristal con farolas que surgen de tallos metálicos como capullos; los primeros Mercedes-Benz y Rolls Royce, todavía torpes y ruidosos, con radiadores que había que rellenar continuamente. Y es que París era hierro y revolución; París era chapa y luces, cantonera y remache.
Cuando Coco se fijó en las mujeres que paseaban, descubrió que los sacos de arpillera de las monjas distaban mucho de estar a la moda. La indumentaria de la mayoría de las parisinas les confería un aire lánguido e infeliz: la cintura, estrecha como la de una avispa; las caderas y el trasero, marcados y prominentes; la espina dorsal —y también la mentalidad—, retorcida por el corsé; los cabellos, bajo un sombrero tambaleante y monstruoso adornado de verduras, recogidos hacia arriba, en innumerables bucles y trenzas, con horquillas, prendedores y peines que el propio peso del hierro acababa por derribar.
La moda femenina había recibido su impulso inicial cuando un sastre inglés, Charles Frederich Worth, entrenado en la conocidísima casa londinense Edgar and Swan, decidió abandonar su trabajo de proveedor de telas de la reina española Eugenia de Montijo y se fue a París donde comenzó a diseñar vestidos de seda. Después de unos años descubrió las ventajas de asociar en una sola empresa la fabricación de telas y la venta de los vestidos. Fue entonces cuando empezó a firmar sus modelos, como si de un pintor se tratara. Así se inventó la marca y se inició el proceso de la «alta costura».
Luego vino la ropa de confección, un sistema de producción que más tarde se conocería como prêt-à-porter. A continuación el poliéster y los vestidos cóctel, los chales, un cierre sin ganchos con dientes metálicos que se engranaban (algo parecido a las cremalleras), los leotardos de trapecista, los jerséis inspirados en las toscas indumentarias de los pescadores nórdicos. Finalmente las maravillosas fajas de licra que realzaban la figura, la moda vaquera de los hippies, los tops de cuello halter con minishorts de lurex plateado, las viejas camisas de encaje con vaqueros centelleantes, los cocodrilos pegados a las camisetas y los ceñidísimos leggins de poliuretano.
En eso estaba pensando cuando la intuición volvió a punzarle el corazón: aquel 1 de enero de 1971, alguien quería matarla, ahora estaba segura. Pero ¿quién? Hizo un repaso a las personas que había conocido a lo largo de su vida: Meg la Larga, no, ¿o sí?; la señora o el señor Desboutin..., ella podría tener motivos pero... ya serían ancianos o estarían muertos, vete tú a saber; Lucienne Rebaté, su fiel dependienta..., después de todo lo ocurrido, a lo mejor me guarda rencor pero...no; Misia, Misia era la candidata más probable... aunque qué tontería ¡no podía ser...! Marie, su fiel doncella de los años veinte...
Aparece la camarera con una jeringuilla:
—El sedol —dice, y se dispone a inyectársela en una pierna.
—Hoy no —contesta Coco, y de un zarpazo la quita de en medio.
Céline coge otro abrigo:
—¿Está usted segura de que quiere ir a trabajar hoy? —pregunta.
—Por supuesto que estoy segura, trabajar, trabajar, trabajar hasta reventar de cansancio —dice ella—, si me quedo aquí, en esta cama con olor a vieja, me convertiré en un caracol —y se enrosca el collar al cuello.
Un caracol con perlas pero sin amor. Y comienza a canturrear: tostadito por el sol, lento, lento caminando va mi amigo el caracol.
Abre la puerta de la suite y sale al pasillo de la quinta planta del hotel. Echa un vistazo a su alrededor. A través de la ventana del fondo se atisba el amanecer y la niebla sigue subiendo a través de los tejados abuhardillados de las casas. El corredor está desierto y el silencio le pita en los oídos. Sin embargo, siente que alguien, desde algún sitio, la escruta con intensidad (¿quién podría odiarla tanto?). En ese momento, Céline la llama desde la puerta todavía abierta: mademoiselle, dice, y calla unos instantes antes de esbozar una sonrisa, es que... está usted en camisón.
Coco se abre el abrigo y echa un vistazo. Bueno, dice. Es que casi podría ser un vestido..., no hay por qué agitarse, el sobresalto es uno de los sentimientos más desagradables, y entra de nuevo en su cuarto.
Se siente humillada por el despiste de vieja, pero en modo alguno permitiría que la camarera le quitara el camisón. Su piel marchita se le pega a los huesos, y los pechos cuelgan hasta la cintura; parece imposible pensar que había sido una mujer hermosa. A los veintitrés años conoció a su verdadero amor: Erny Capel, un inglés que jugaba al polo y montaba a caballo, veinte años mayor que ella, guapo, inteligente, culto, con una casa permanentemente abierta en Londres y un elegante apartamento en la avenida Gabriel. A ella le gustaba su olor: a sudor, a caballo, a limpieza de sillas. Coge el vestido y va hasta la caja fuerte de la que vuelve a sacar las cartas.
Sujetándolas con manos temblorosas, se aproxima hasta el tocador donde se sienta a deshacer el nudo. Las cuenta. Una, dos, 1886, 3 de mayo de 1895, 2 de septiembre de 1896, nueve, once. Lanza un gemido lúgubre: ¡Falta una!, grita de pronto. Lanza una mirada fulminante a la camarera, que acaba de coger los pertrechos para limpiar la ventana. Pero en ese instante encuentra la carta en el suelo. Las apila de nuevo, como una baraja, rehace el nudo y se las mete entre el sujetador y el pecho. Sale al pasillo con intención de irse de una vez por todas, pero algo, una especie de tristeza sin fondo, hace que vuelva a entrar.
—¡Céline! —grita, (y aquello es un graznido de ave lanzado al aire)— ¡Abrázame, por el amor de Dios, quiéreme, Céline, no quiero morirme sola!
La doncella se acerca lentamente, dudando de si había oído bien, el cubo en una mano, y al ver que su señora está ahí, lloriqueando y tiritando como un animalillo enfebrecido, arroja el cubo al suelo y la abraza: dulcemente, embargada por una extraña y maternal ternura, abarcándola con todo el cuerpo, como lo habría hecho con su propia hija. La Flaca permanece jadeante e inmóvil, agarrada como el náufrago al tronco de un árbol, momento en que Céline aprovecha para alzarle el vestido por detrás y clavarle la aguja con el sedol: ¡Me matas!, cacarea ella.
Súbitamente, rechaza los brazos: quita, mema. Se enjuga las lágrimas con el dorso de la mano y vuelve a salir al pasillo. Llama al ascensor. ¿Quién podía odiarla hasta el punto de desear su muerte?
Siente esa mirada de nuevo, pegada a la piel de su abrigo, subiendo y bajando a lo largo de su cuerpo y piensa que el odio —la función del odio— no consiste en otra cosa que odiarse a uno mismo. Odiar es odiarse. Está un lapso de tiempo esperando, el corazón galopándole en el pecho, cuando de nuevo le llega el olor ácido (¿o era amargo?). Oye cómo el ascensor comienza a subir y en segundos se ve envuelta de un sudor frío y pegajoso. En el indicador se van encendiendo los números: 1, 3, 5... Es un ascensor muy lento, con unos engranajes chirriantes que van al compás de una canción de Navidad que suena por el hilo musical. Vuelve a fijar la vista en el indicador: ya está en la planta séptima. La puerta se abre, lentamente, y por un momento, tiene la sensación de que el corazón se le hincha como un sexo.
Entonces aparece una tierna doncella que la vieja conoce de vista. Sale y saluda reverencialmente (buenos días mademoiselle voy a cambiarle las toallas). Las ventanillas de la nariz de Coco se dilatan: ¡Fuera de aquí, estúpida! Dentro de la suite retumban los cristales que limpia la otra camarera.
Avanza por el pasillo hecha un basilisco. Por el camino tira varios ceniceros y arrambla con unas plantas, el abrigo abierto al viento. Ya nada la detendrá. Hoy irá a trabajar. Entonces oye el gatillo de una pistola. Su pecho raquítico sube y baja, un trozo de mujer, un esqueleto de vieja. Ve a alguien que no reconoce al instante, atiesándose en un gesto practicado cientos de veces; le parece ver un relámpago y una nubecilla de humo.
Ve una bala a dos metros.
La bala fría que había sentido rozándole la oreja a primera hora de la mañana va hacia ella a gran velocidad.
La bala que había estado acosándola durante toda la vida.
También va hacia ella su vida entera.


 

2

Aquella imagen de la bala acercándosele velozmente le resulta muy familiar (y hasta vagamente reconfortante, algo parecido a un final feliz de cuento de hadas). ¿Cuántos minutos, horas, días, años hay en dos metros?
De hecho, ya había sentido en sus carnes, muchas veces antes, de distinta forma, el pálpito de que «alguien» tenía ganas de matarla. La primera vez fue pocos días después de que Jeanne, su madre, tocara con el puño la puerta del colegio donde estuvo internada desde los siete hasta los trece años. Y al ver que la bala (o su vida entera) viene hacia ella, lo primero en que piensa es en eso: su madre tocando la puerta del colegio con el puño, la espera, los pasos cortos y afelpados, una voz catarrosa de mujer quién es.
Jeanne estaba flaca y macilenta. Los embarazos consecutivos, junto con las interminables lactancias, le habían arrebatado casi todos los dientes. Además estaba enferma.
Soy yo, dijo. ¿Quién yo?, dijo la otra. Yo, repitió Jeanne con la voz pastosa de los desdentados. Yo y mis hijos. Queremos hablar con la directora. No hay directora, gritó la voz. Pues ábranos para hablar con la responsable. No hay responsable. La puerta se abrió y debió de salir alguien (también un intenso olor a desinfectante), aunque por un momento no vislumbraron nada. Sólo un bulto en la penumbra, una figura que llenaba el ámbito de un hálito turbio de vaca. Jeanne preguntó: ¿Quién es usted? Pero no hubo respuesta, sólo un relumbrar de pupilas y, de pronto, otra cara y un poderoso cuerpo de mujer. Dijo: Nadie.
Otra vez retornó el silencio sólo roto por un chapoteo, un ir y venir de pies por el corredor de canto rodado, muchas sombras y perfiles, ojos, caras, cuerpos de mujer.
Al ver a ese «nadie» —veinte o más monjas de cofia encañonada cuyos cuerpos impedían el acceso al interior del edificio, sonrientes, trenzadas de manos—, a Coco se le vino el alma a los pies. Su madre acudía a ese internado para niñas, con sus dos hijas mayores (ella y Antoinette) y un bebé de teta, en el crudo invierno de 1889, por no tener con qué alimentarles. Las medidas sanitarias adoptadas por la Tercera República habían reducido el peligro del cólera gracias a los aparatos para depurar y filtrar las aguas, mejorar los desagües y limpiar las calles. Pero había otra amenaza no menos espectacular y aún más mortífera: la viruela que había matado ya a más de cincuenta niños del pueblo, y Jeanne tenía un miedo atroz. Una chica del pueblo le había hablado de la Liga de las Madres de Familia, que asistían y aconsejaban a las mujeres de clase obrera en cuestiones de salud y les daban la oportunidad de parir en su propio hogar y de buscar sustento posteriormente. ¡Parir en mi propio hogar!, exclamó Jeanne, ¡si lo que yo quiero es no tener que parir en ningún sitio!
 El colegio era un monasterio por cuyos muros cundían las lagartijas, situado en un yermo salvaje de matojos y pedregales, a veinte kilómetros de Saint-Croix, adosado a una iglesia. Un monje apasionado había construido, en el siglo xvi, la iglesia y el convento con la ayuda de un puñado de vagabundos a los que había prometido la redención divina, un trozo de pan y queso y un vaso de vino todas las noches. Cuando el monasterio estuvo terminado, el monje se encerró en el interior y estableció una estricta regla que rechazaba las opulencias terrenales: encajes y pieles, tules y rasos, capuchas y calzas, cofias y toquillas, colchas y amores de colcha y cama, comidas delicadas en el refectorio y grasa o carne. Siglos después, ese monasterio se convirtió en un convento de mujeres y, posteriormente, en internado para señoritas. En 1889 todavía quedaba alguna reliquia, mechones de cabellos de santa conservados en arquetas de cristal y frascos con lágrimas y sangre. Lo regían veinte monjas que estaban allí como podían estar retozando a la sombra fresca de la higuera. Heredaron el sentido de la sencillez del monje: las niñas inclusas iban vestidas con blusa blanca de algodón y falda negra, y recibían una educación escueta y fría.
Jeanne llegó allí con el firme propósito de dejar a sus dos hijas internas, aunque también a ella la imagen de la monja catarrosa junto a la puerta le heló la sangre. Traigo a estas dos, dijo sin pensarlo, rascando el liquen de los muros para no tener que mirar a la monja, mientras empujaba a las dos niñas hacia el interior en penumbra.
No muy lejos, los cuervos volaban bajos, negros y deformes como paraguas sin varillas; dentro se oyó una tos de niña. Me dijeron que aquí las cuidarían muy bien, que les darían una educación.
No le dijeron eso, ni muchísimo menos, sino todo lo contrario (sobre todo aquella mujer de la Liga de las Madres), pero a ella no le quedaba más remedio que creerlo a pies juntillas, porque al fin y al cabo la realidad nunca es lo que parece sino lo que pensamos sobre ella —aparte de la criatura que llevaba enganchada al pecho, volvía a estar embarazada y su marido desaparecido del horizonte—. Más allá del liquen cisterciense de los muros de aquel convento, no había nada. La monja altísima y algo encorvada (Meg la Larga, como supo Coco poco después) dio un paso adelante. Tenía la piel cetrina y era cabezona, con una mirada extraña y un carácter de gacela espantadiza. Olía a lejía. Abarcó con la mirada a las dos niñas de siete y seis años que permanecían quietas, sin soltar sus maletitas de cuero. Nos gustaría ver a la directora, o a la responsable, repitió Jeanne muy bajito, me dijeron que... Sin darle tiempo a terminar, la monja sacó una mano del hábito y señaló a las niñas con el índice. Sentenció:
—Le costará quince francos al mes.
Se acercó a la mujer, que sintió en sus narices el hálito turbio de vaca y susurró: Están sucias.
Coco y Antoinette entraron sin poder despedirse de su madre, que prefirió dar media vuelta con su niño de teta.
A La Flaca le quedó grabada en la memoria esa mirada al suelo: en el brillo opaco de esos ojos relampagueaba el amor más intenso y descarnado, el de una madre hacia sus hijos, pero también la tristeza, la resignación, el desánimo y una pizca de desprecio.
Las niñas fueron conducidas a través de pasadizos desnudos, encalados de blanco, con vueltas y más vueltas hasta llegar a una enorme sala de baño común. Se trataba de un aposento muy amplio, que olía a jabón y desinfectante, con terrazo de piedra y una hilera de pilas que servían tanto para lavar ropa y vajilla como para el aseo personal de las inclusas. A zarpazos, las niñas fueron despojadas de sus vestidos y rodeadas por una veintena de monjas que, estropajo en mano, les propinaron inmisericordes friegas sobre la ropa interior. Las friegas arrancaban la suciedad, pero también toda suerte de apego o apetencia. El propósito de las monjas era que, a poco de entrar al monasterio, quedaran limpias de pasado. Una monja de escasa estatura fue hasta el grueso armario de roble del extremo y volvió con dos montones de ropa blanca. Luego indicó a las niñas que se quitaran las enaguas mojadas. Tenían tanto frío que les castañeaban los dientes. Una vez vestidas, las llevaron al comedor donde cenaban las otras. Comieron, en una mesa aparte, lentejas con piedras y manzana. Después se retiraron a su habitación.
Una habitación oscura en la que había un armario, una mesa y dos camas diminutas y angustiosas.
—Es que yo... —explicó Coco al día siguiente a las monjas— tengo que tener una habitación amplia, individual y luminosa.
—Tú lo que quieres es una habitación de hotel, ¿verdad, tesoro? —le dijeron ellas con retintín.
—Sí, eso; una habitación de hotel —asintió La Flaca, sin saber muy bien en qué consistía aquello.
La vida en el internado distaba mucho de la vida asilvestrada que las niñas habían llevado junto a sus padres, de pueblo en pueblo. Las monjas preparaban a las niñas para convertirse en amas de casa, y eso suponía sencillez. Todas, internas y monjas, parecían haber olvidado que en alguna parte del mundo existían hombres, gritos de gozo que rajan montañas, dedos, campos sin una flor, vino que emborracha y tumba, y el placer de hacer pis caliente en el mar helado.
Estas palabras tenían el aroma del verdadero mundo, alejado de esos muros, y cuando las pronunciaban a escondidas sus mejillas se encendían, como si comieran chocolate o chupasen un limón. Todo era una renuncia, pero ¿a qué?
Ventilaban las mañanas limpiando, estudiando y rezando en voz bajísima; después del almuerzo, las pupilas cosían a la luz escasa y loca del atardecer.
Cosían ajuares para mujeres casaderas y nidos de abeja para los camisones de la noche de bodas.
Por la noche, las maderas del internado lanzaban crujidos en la oscuridad, golpes secos, como pistoletazos. Coco se despertaba y aguzaba el oído sobre el catre; nunca lograba descifrar nada.
 Cerca del edificio había un arroyuelo rodeado de pinos y chopos y, algunas tardes de verano, las inclusas se bañaban en enaguas. Lo hacían bajo la mirada chisporroteante de las monjitas que giraban los pies descalzos junto a la orilla, pensando en lo que «significa» nadar. Cada niña tenía que nadar o hundirse.
Siguiendo un sendero de piedras, bajo la sombra fresca de los perales, y respirando el aroma de la lavanda, se llegaba a un pueblo con cuatro casas y un ultramarinos atendido por un viejo de origen judío cuya mujer tenía una mano mecánica, una rudimentaria pinza que parecía estar hecha para agarrar espárragos. En aquella tienda que olía a manzanas y a sudores de bacalao, se vendía de todo: tuercas, cacharros de cocina, arenques en un barril de madera, conservas, pan y hasta novelas. Las novelas de moda eran las que se publicaban por entregas en el periódico de provincias, y que las familias modernas recortaban, coleccionaban e intercambiaban. La última era un ingenioso y divertido folletín escrito por Sybille de Mirabeau, la excéntrica condesa de Martel, que publicaba bajo el seudónimo de Gyp. Las heroínas de estos folletines eran muchachas con vestidos malva y propensión a la languidez, que saltaban por los balcones para encontrarse con algún muchacho enfermo de amor.
Toda la ilusión de la semana era que llegara el domingo para descender por el sendero, con los labios sellados, e ir a comprar caramelos de menta: monjas y niñas juntas (una única criatura de treinta cabezas, cien piernas y cien brazos) caminaban al mismo ritmo, con una leve resonancia militar.
¿Cómo era posible tanta felicidad ante la perspectiva de unos caramelos de menta?
Un día se encontraron con que el ultramarinos estaba cerrado. La mujer del tendero explicó a las monjas que su marido se había ido a París para manifestarse a favor de un tal Dreyfus, y de paso visitar la Torre Eiffel, recientemente inaugurada. Explicó a las monjas que el capitán Dreyfus, un judío oficial del ejército, había sido declarado culpable de traición por un tribunal militar y aunque existían muchas pruebas que demostraban su inocencia, el ejército se negaba a revisar el caso. El país empieza a dividirse a causa de ese incidente, dijo alzando su mano de metal. Por un lado estaban los tradicionalistas, militaristas y monárquicos; por otro los republicanos de izquierda anticlericales. ¿Qué es la Torre Eiffel?, interrumpió Coco. Las hermanas callaron, pero enseguida entendieron que no tenían más remedio que contestar porque incluso la mujer del tendero esperaba una respuesta: una simple torre chabacana y vulgar; una fea aberración, hija mía.
Las monjas se despidieron muy sonrientes, pero a las internas se les prohibió volver al ultramarinos. Esos caramelos «republicanos» de menta pudren los dientes, les dijeron.
Obediencia y disciplina ritmaban las actividades diarias. Una obediencia sustentada en el miedo. Las niñas eran incapaces de preguntar, de levantar la cabeza de la labor, de pedir un poco más de sopa, de sonreír si no era a escondidas y hasta de moverse con desenvoltura. La Flaca comprendió que ese miedo era el amo que gobernaba no sólo a las niñas sino también a las monjas.
Ese miedo olía. Olía a limones y a desinfectante y, muchos años después, seguiría oliendo igual. Pero con el tiempo se dio cuenta de que ese amo, sin embargo, tenía un lado bueno que ayudaba a vencer el hastío y el delirio de la vida cotidiana.
Las niñas se refugiaban en la rutina, y esto las salvaba. Sin rutina, no habría vida.
Las hermanas del Sagrado Corazón carecían de fantasía. Hacía mucho que habían renunciado a los sentimientos exaltados, a la imaginación, a las pasiones. Eran borregas y atónitas, corderos del rebaño de Dios, y nada les causaba estupor, o al menos a eso aspiraban: a que nada les causara estupor. En cierta ocasión, una monja había chillado como una posesa porque habían descubierto la correspondencia secreta que mantenía con un hombre. Se había tirado al suelo y habían tenido que reducirla. Pero había sido un episodio tan fugaz que casi resultaba irreal.
En el fondo, sólo había una cosa que las embriagaba: la música de Ludwig van Beethoven. Todos los jueves, cuando terminaban de tomar la sopa de fideos y ante la mirada estupefacta de las niñas, las monjas se disponían en fila para desfilar con la vista perdida hacia la biblioteca. Allí, mientras las demás se sentaban de modo circunspecto en círculo, una de las monjas más jóvenes desenfundaba un hermoso Steinway & Sons que nada tenía que ver con la austeridad del internado. La Larga se sentaba en el taburete, ajustaba la altura con detenimiento, como si hubiera podido alterarse desde el jueves anterior, e interpretaba las sonatas del compositor alemán. Empezaba lentamente, después iba acelerándose, se erizaba toda ella, se encrespaba, hasta que la toca caía al suelo. No sudaba ni una gota. Parecía una leona.
La emoción que aquella música producía a las otras monjas era difícil de soportar: aullaban, gruñían, gañían (¡eran perras!). Pero al llegar a la sonata número 17, sin motivo aparente, la monja pianista despeinada detenía los dedos. Entonces apretaba mucho los párpados, soltaba un gañido, se ponía de codos y cerraba la tapa de golpe, ¡plam! Todos los jueves a las once de la noche, el mismo rito: primero el suave desfilar de los dedos sobre las teclas amarillentas, cada vez más rápido, mucho, los gruñidos y los aullidos, luego el silencio y el gañido de monja, ¡plam!
Algunas noches de mucho silencio, cuando las niñas no tosían, se oía el llanto de una de las hermanas. Era un llanto ahogado con las manos o la túnica, que buscaba no ser oído, dolido y minucioso, desgarrado. Coco sabía que era el llanto de Meg la Larga.
Las internas que cumplían trece años eran invitadas al ritual de modo que los trece tenían entre las niñas un significado especial. Ellas contaban los días para que llegara su cumpleaños porque haber sido invitadas confería una suerte de estatus, un no-se-qué-de-distinto que las hacía ingresar en un estadio superior. Así que a partir de los doce y medio, las niñas se convertían en eso, en espera.
La Flaca tendría nueve años cuando por primera vez fue consciente de que por la puerta de la biblioteca entraban más niñas de las que salían. Además, las niñas que habían estado en la velada sufrían alguna transformación y eso no era casual. Se trataba de una transformación casi imperceptible (Antoinette, por ejemplo, no se había dado cuenta de nada), una cadencia distinta en el hablar, un brillo en los ojos, un leve balanceo en el andar, un algo que acercaba a las niñas a las monjas y las alejaba de la niñez.
Siempre hay, en los colegios, internados, orfanatos, una niña inconformista, como siempre hay una niña graciosa, una niña rechazada o una niña glamorosa. Una mañana una de las monjas le propinó a Coco una palmada en la mano por mojar el pan en la sopa (¡niña selvática!, le gritó). Ella levantó la cabeza y la midió de arriba abajo con una mirada llena de burla. Se trataba de una monja de aspecto hombruno y feroz, cabellos grises y manos entrelazadas sobre la pelvis. El pan está duro, se atrevió a decir Coco.
Siempre hay una niña contestataria. Está el rebaño de ovejas y la contestataria. El inconformismo no se aprende sino que bulle en alguna parte recóndita del cuerpo. El resto de las niñas sacaron las cabezas de la sopa y dejaron de sorber. Se hizo el silencio. ¿Conque duro, eh? dijo la monja. El inconformismo bulle en la sangre como el indicio de una pequeña revolución que se desarrolla más tarde, en algún momento de la vida. ¿Y me puedes decir qué consigues mojándolo en la sopa? Coco, sin pestañear: ¿Y me puede decir usted qué hacen los jueves por la noche? Los labios de la monja temblaron ligeramente, en modo alguno se esperaba esa pregunta. Eso no viene a cuento, dijo. La Flaca sacó el mendrugo de la sopa y lo sacudió frente a los ojos de la otra: consigo que esté más tierno, añadió.
La monja separó las manos y apretó los pliegues de su hábito hasta arrugarlos. Dijo: La ternura es una aberración, y salió corriendo por la puerta del comedor.
A menudo, en la cama, Coco y su hermana se acordaban del tiempo en que todavía estaban con sus padres y jugaban en el viejo cementerio del pueblo. Sentían las amapolas y las ortigas haciéndoles cosquillas en la pantorrilla; por las camas de otras niñas asomaban tumbas y cabras.
Pero también fantaseaban sobre el futuro. Entonces La Flaca preguntaba: ¿qué sombrero usarás cuando ya no estés aquí, Antoinette? Y como quiera que la niña se pasmaba ante la ventana, Coco continuaba: vamos a tomar el té. ¿El té?, decía su hermana, ¿dónde has visto que se tome el té? En las revistas de moda. En París se toma el té; te guste o no, así es, decía Coco. Se pone la tetera bajo un cosy. Se invita a los amigos... ¡Cuidado, que eres tonta!
Una tarde, mientras las niñas pespunteaban una sábana, a Coco le pareció percibir en los ojos de su hermana un brillo selvático. Sabía que Antoinette recordaba el incidente de la monja loca que se tiraba de los pelos y soltaba espumarajos de amor. La Flaca detuvo la aguja y fue al grano: ¿Qué te duele? Si el amor podía arrancar esa fuerza de una mujer tan indolente como la madre Magdalena, le contestó su hermana con las mejillas arreboladas, entonces es que ellas se estaban perdiendo algo muy importante de la vida. Lo dijo y volvió a la labor. Coco no dejó de escrutarla. ¿Acaso ése es tu horizonte?, le preguntó de pronto. Cumplir los trece, meterte en esa habitación de locas a escuchar el piano y luego... ¿el matrimonio? Antoinette levantó la vista: pues sí, contestó exultante, mira por dónde; ése es mi horizonte. La Flaca se puso en pie: ¡pues nadie debería vivir con unos horizontes tan bajos!, gritó hecha una furia. ¡Es que acaso no quieres subir a la Torre Eiffel!
Coco vivía obsesionada por las veladas de los jueves. El sonido del piano la perseguía, su mente la llevaba hacia algo muy hermoso y destruido. En sueños veía los dedos largos de Meg la Largarecorriendo el teclado, su chepa encorvada sobre las teclas, sus cabellos despeinados... y luego un golpe al cerrarse la tapa. Una noche, cuando tenía doce años y medio, se despertó sobresaltada. Intuyó que tenía que salir de ese lugar antes de que la «convirtieran». Comenzó a vagar por los corredores cuando oyó unas voces que parecían proceder de una de las habitaciones. Avanzó hasta allí pegada a la pared y quedó apostada en la puerta. Además de las voces, también había risas.
La puerta estaba entreabierta y echó un vistazo. Quedó estupefacta: en la habitación había dos monjas. Una de ellas era la que le había dicho aquello de que la ternura era una aberración; la otra, una hermana agria que casi siempre estaba sola. Estaban tumbadas bocabajo sobre la cama con las piernas entrelazadas, las pupilas fijas en una misma novela. Se trataba de uno de los folletines de Gyp, cuyos números yacían esparcidos por el suelo.
La Flaca sintió calor. Sintió la piel, el perfume y los humores de aquellas dos mujeres trepándole por el pecho. Sintió un gusto violento a menta. Las monjas levantaron la vista, y al ver a la niña en la puerta, reaccionaron de una manera instintiva: se abrazaron.
Poco después de ese incidente llamó a la puerta del colegio la mujer del tendero judío. Le caía por la cara un velo de crep negro y, a pesar del frío, llevaba puesto un vestido con escote rebajado de fina batista y bordado inglés, cuyos bordes alzaba con la pinza de su mano metálica. Al pisar el vestíbulo extendió los brazos y giró sobre sí misma para que pudieran contemplar la falda tubo revolucionaria (esas fueron sus palabras) que su marido le había traído de París.
Las niñas se apelotonaron a su alrededor. La mujer llevaba los bajos embarrados, y parte de la tela se había desgarrado, probablemente porque se había enganchado con los cardos que crecían a ambos lados del camino. También llevaba colgando alguna florecilla silvestre. Su exuberante pecho estaba liberado del corsé y tenía los labios pintados de rojo. Se enzarzó en una amarga discusión con una de las monjas que quiso saber qué hacía en un colegio de niñas sin corsé. Lo tiré al fuego, dijo la mujer del tendero. Y añadió: el primer paso hacia la liberación de la mujer. ¿Liberación?, le dijo una de las monjas. ¡Liberación!, replicó la tendera. El mismo salario para el mismo trabajo, protección para las parturientas, seguro de maternidad, remuneración del trabajo doméstico. Coco quedó fascinada, aunque lo que más le pasmó —a ella y a Antoinette— fue el enorme sombrero con aspecto de pantalla de lámpara, tiesto o jaula de pájaro, por debajo del cual caían sus bastos bucles.
En todo caso, y a pesar de la discusión, la mujer parecía encantada: vengo a traer a las niñas caramelos de menta, y añadió con una sonrisita de rata, y novelas de amor. Pero todo el mundo sabía que ella no estaba ahí ni por las novelas ni por los caramelos. Ni siquiera para defender los derechos de la mujer. Estaba allí porque aquel era día de feria y no había encontrado a nadie que alabara su falda tubo. Meg la Largase acercó dando largas zancadas, dejando a su paso una estela de olor a lejía. La mujer fue expulsada inmediatamente. Pero se recogió la punta del vestido con su mano de mentira, rodeó el edificio (sus ojos también daban vueltas al edificio) y lanzó caramelos como si de piedras se tratara a las habitaciones de las niñas. ¡Locas!, ¡putas!, gritaba, y las niñas abrían las ventanas para atrapar con las manos esa lluvia de menta y puterío, ¡las niñas tienen derecho a leer novelas de amor!, ¡todas las niñas del mundo leen novelas de amor!, ¡que vivan las novelas de amor!
Las hermanas se agolparon para mirar por una de las ventanas. Estaban encogidas, los puños cerrados.
Por la tarde, Coco dio rienda suelta a su agitación. Arrancó unas cortinas de terciopelo malva de la biblioteca y las llevó a la sala de costura. La tela le ardía en las manos y comenzó a coser como en un trance. Durante tres horas frenéticas cortó, dobló y remató, hasta que hubo confeccionado un vestido malva. El vestido tenía un cuello alto con unas cintas que se ataban por detrás con lazos y unas enaguas moradas a juego que recordaban mucho a las de sus heroínas de los folletines. Cuando estuvo terminado, La Flaca se lo enfundó y descendió la escalera del colegio. Dijo a todo el mundo que iría a misa con el vestido. El resultado fue el esperado: Muy bonito, respondieron las monjas con una calma helada que hacía presagiar la magnitud de la penitencia, francamente bonito, muy creativo. Unas simples cortinas transformadas en... eso... Pero ahora sube y cámbiate.
Por fin cumplió trece años. Cuando supo que todo estaba preparado para el jueves, se armó de valor y fue a hablar con Meg la Larga, que se encontraba en el huerto, sentada en un banco de piedra, pelando las cebollas recién recogidas y troceándolas con un cuchillo. La Flaca se sentó frente a ella, la miró de frente y le dijo que no quería asistir a la velada.
—Muy bien —dijo Meg la Larga, y se llevó un tajo de cebolla cruda a la boca, la vista fija en el paisaje—, pues no vayas.
Así, sin más. Seis años temiendo ese momento y ahora La Larga le venía con ésas. Coco no pudo evitar cierto desencanto, la melancolía que arrastra las cosas que ya se han acabado. Pidió permiso para levantarse e irse y estaba a punto de dejar la huerta, cuando volvió a oír la voz catarrosa de Meg.
—¿Sabes dónde lo compré? El Steinway, quiero decir...
De pronto, Coco pensó en el pasado de esa mujer con ojos grandes y estupefactos, algo deformados, que escrutaban a través de las lágrimas de la cebolla, pero que también podría estar en otro lado: ¿habría amado a algún hombre?, ¿habría alguien en el mundo soñando con ella, esperándola?, ¿dónde habría aprendido a tocar tan bien el piano?, ¿y por qué no era concertista si tenía el talento para serlo?, ¿qué anhelos, pájaros o suspiros llevaba dentro?, ¿qué vida secreta de océanos y escapadas habitaba en su cabeza?
—No tengo ni idea —contestó con despecho.
—Pues... muy lejos... en Nueva York.
La Flaca abrió mucho los ojos.
—¿Estuvo usted ahí?
La otra no contestó. Comenzó a hurgar entre las matas de tomates, las lechugas tiernas y los calabacines, las vainas con sus semillas dentro, duras como la piedra, para comprobar si habían madurado. Las monjas los plantaban en septiembre, en enero salían florecillas rosa palo y en abril estaban listos para vender en la plaza. También recogían las manzanas (agrias) desperdigadas por la huerta, lentejas, garbanzos y repollos envueltos en capas de escarcha. Meg la Larga alzó los ojos y miró a la niña:
—¿Sabes cuál es mi mayor ilusión y, a la vez, mi mayor fracaso?
—No ser concertista —contestó Coco inmediatamente—. Salta a la vista, su fracaso es estar aquí metida cuando podría ser una de las mejores concertistas de piano del mundo. Su fracaso es no dar rienda suelta a su talento porque...
—El talento —le cortó la monja—, si se tiene, es lo más fácil de ejercitar. Acaba por salir, siempre, con la fuerza bruta de un animal.
Arrancó un tomate, lo observó durante un rato y luego le dio un mordisco.
—Ya está maduro —dijo entonces—. Todo acaba por madurar. Plantas una semilla y al cabo crece. La planta se pone hermosa y luego muere —quedó pensativa—, ha sido hermosa y muere; y su muerte, como su hermosura, no tiene mérito alguno.
Dentro del edificio no se oía nada; sólo el débil aleteo de las cortinas de la biblioteca. Se incorporó y tomó el cesto con las cebollas. Volvió a escrutar a la niña:
—Lo difícil, hija mía, es resistirse. Resistirse a ese talento.
Un tiempo después se celebraba la feria del pueblo. Como estaba relativamente cerca del colegio, las monjas dejaron que las niñas fueran solas a comprar pan y fiambre. Allí no sólo había puestos de frutas, pan, lentejas enanas, judías y demás comestibles, cerdos atados en fila, telas, ropa, cintas, botones, candelabros y cacharros de cocina, también había abundancia de mujeres para los hombres y abundancia de hombres para las mujeres. Coco y su hermana paseaban por los puestos con un cucurucho de castañas asadas cuando se acercó un feriante con su mujer y una tos que la sacudía entera. Tengo que llevarla al hospital, les dijo. Si me atendéis el puesto, os daré una propina. Coco volvió a meter la castaña que estaba comiendo en el cucurucho: ¿qué propina?, preguntó. Pues una propina, dijo el tendero. Coco le miró a los ojos. Dijo sin pestañear: una comisión en las ventas.
Las niñas vendieron cintas, chales, enaguas y sostenes durante toda la tarde. Se esmeraron tanto que el tendero tuvo que reconocer que las ganancias de esa tarde correspondían a las de casi una semana.
Una monja le había dicho: no tendrás dinero, puedes darte por satisfecha si te quiere un granjero. A Coco aquel pensamiento la atormentaba.
Al caer la tarde, volvieron al colegio pero no para dormir sino para hacer las maletas y llevarse lo que tenían. Por primera vez, La Flaca empezó a pensar que el dinero era la clave para salir adelante. Estaba convencida de que era una mujer destinada a ser alguien y no deseaba pasar los días compartiendo la indolencia vital de sus compañeras del rebaño de Dios: ¿quién viene con nosotras?, preguntó antes de salir.
 Nadie se apuntó. De camino a la estación, Coco y su hermana vieron pasar a una mujer en bicicleta. Tenía un bolso en bandolera, la mano puesta sobre las rodillas que subían y bajaban, la tela pegada al vientre y al pecho y el vestido levantado por el viento y la velocidad. Sus muslos poderosos de seda blanca tropezaban entre sí, hacían zipi-zap-zup, y a Coco le vino a la cabeza la melodía de una de las sonatas interpretadas por La Larga.
Pero ese zap-zup era mucho más delicioso. Cuando llegaron a la estación, la gente comentaba el incidente en corrillos. La mujer en bicicleta también había pasado por ahí y, según dijo una paisana, sin dejar de procurarse satisfacciones genitales. Otra dijo: y sin corsé. Antoinette quiso volver al colegio, pero La Flaca la agarró de la manga: ¿no ves que ya empezamos a vivir cosas fabulosas? Y añadió: ¿y si viajamos en primera? Tomaron dos billetes de segunda clase y el tren en dirección a París.
—¿Sabes? —dijo Coco—. Me gustaría intentar subir a lo alto de la Torre Eiffel, a ver qué se ve desde allá arriba.
—Vaya una manía que te ha entrado con esa torre.
Cuando el revisor vio que las dos muchachas se habían instalado en primera les hizo pagar la diferencia y una multa. Pero el ratito que estuvieron en primera mereció la pena, o al menos así lo vio Antoinette. Allí conoció al notario de una población cercana que la invitó a tomar un refresco en la cafetería del tren y que cubrió su mano de besos al despedirse.
La Flaca se había puesto su vestido de terciopelo malva. Estaba tan mal cosido que al bajarse del tren, una mujer le preguntó que cuánto valían esas cortinas.

 

 

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