Desde que en el año 1999 publiqué mi primera novela, se me han ido cayendo, uno tras otro, montones de mitos literarios que, por entonces y mucho antes, consideraba sagrados, invulnerables, la base real sobre la que se asentaba mi constante deseo de escribir. Durante estos años, por ejemplo, he aprendido a diferenciar lo que es la obra resultante (parte a admirar) de lo que es la tan frecuentemente sufriente vida de su artífice (parte a no admirar tanto); he aprendido a separar lo que es el dolor existencial de lo que es la creación literaria, y he aprendido a no desear el primero para lograr la segunda. También he ido asimilando que literatura y edición no tienen nada que ver, y, en un plan mucho más subterráneo y bastante nihilista (muy nihilista, considerando que la primavera ya florece y que es época para la alegría, el color y el optimismo), he pasado a considerar tras distintos y muy reveladores escarmientos que, en realidad, todo da lo mismo.
Por tanto, se me han ido cayendo mitos y he ido depurando la base sobre la que continúa edificándose mi constante deseo de escribir. A veces me da por pensar que el que lo siga deseando con tanto ímpetu se debe al simple hecho de la imposibilidad social que existe en este país (que es el que yo conozco) de escribir. Me vería arrastrada, pues, por esa extraña tendencia que nos mueve a los humanos a perseguir hasta la extenuación lo que se nos niega por sistema. Y, en este caso, lo que se nos niega es la posibilidad de escribir ya que se nos niega el tiempo necesario para ello, pues debemos invertirlo en otros trabajos que nos paguen la comida. Sin embargo, y a pesar de estos descreídos y tristísimos pensamientos momentáneos, soy profundamente consciente de que lo que persiste, lo que mantiene este empecinamiento, es el inigualable instante en que se produce el descubrimiento de un buen texto: ese instante de enorme deleite, placer, complacencia, alegría, inmensa sonrisa interior, regodeo en la relectura, y todas esas mil palabras más que podría seguir utilizando con el mismo tono medio erótico para describir la satisfacción ante la lectura de una frase brillante. El enorme entusiasmo ante un texto limpio y vivo.
Y es entusiasmo, precisamente, lo que recuerdo haber sentido ante el descomunal y demoledor libro de la estadounidense Joan Didion, “El año del pensamiento mágico”, que obtuvo el Premio Nacional de EEUU a la Mejor Obra de No-Ficción de 2005, y que en España (con la traducción de Olivia De Miguel, directora de la colección Palabra de Mujer, a la que pertenece este título) fue publicado por Global Rhythm, una editorial fundada en Barcelona en enero del año 2001 y que, junto a otros nombres que ahora mismo me pueden venir a la cabeza (Libros del Asteroide, Ediciones del Viento), va configurando su catálogo a base de títulos exquisitos, bien escogidos y, sobre todo, necesarios.
Mucho se ha hablado ya de “El año del pensamiento mágico”, de la sinceridad descarnada con que la autora se enfrenta al horror irreparable que, de repente, se presenta en su vida en 2003, durante la víspera de Nochevieja, cuando está cenando con su marido, el también escritor John Gregory Dunne, y él sufre un infarto del que no se recuperará: “Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba.” Muy poco después, su única hija, Quintana, caerá desplomada en un aeropuerto a causa de una hemorragia cerebral, y estos hechos van a desencadenar una serie de consecuencias reveladoras en el devenir, no sólo vital sino también intelectual, de Didion. Así, de ser una mujer racional, perfectamente consciente de todo aquello que conforma su propio universo, la escritora comienza a contemplar su existencia como una sucesión de ritos que la transforman.
La presencia casi nunca consciente de las personas queridas, la constatación de las ceremonias que configuran eso tan extraño e inadvertido que llamamos cotidianidad (que no es más que una sucesión de prácticas basadas en la repetición y en la dependencia), el descubrimiento de que la muerte es una realidad tangible, así como la constatación de que los pequeños actos diarios están formados a partes iguales por la necesidad y por las ataduras emocionales, son las ideas sobre las que pivota este libro, de naturaleza tan reveladora como terrorífica. “Las personas que acaban de perder a alguien tienen una mirada que quizás sólo reconozcan los que han visto esa mirada en su propio rostro. Yo la he visto en mí y ahora la veo en otros. Es una mirada de extrema vulnerabilidad, desnudez y sinceridad. Es la mirada de quien sale de la consulta del oftalmólogo con las pupilas dilatadas a la radiante luz del día o la de quien suele llevar gafas y de repente le obligan a quitárselas. Las personas que han perdido a alguien parecen desnudas porque ellas mismas se creen invisibles.”
Leí hace tiempo unas declaraciones de Martin Amis en las que contaba que existen ciertos momentos en la vida de una persona que, a la postre, resultan medulares, que actúan como ejes de esa vida. En su caso, este momento crucial se produjo cuando su padre, el brillante Kingsley Amis, murió. De pronto se daba cuenta de que, en la línea de la muerte, en la implacable trinchera del reemplazo de las generaciones, ya nada quedaba entre él y su desaparición: él iba a ser el próximo en morir porque la barrera (su padre) que lo separaba de la visión de su final se había derrumbado.
Idealmente, la angustia y el dolor que sentimos ante la desaparición de un ser querido actúan como pruebas de nuestra dependencia y como tributos a ese ser querido. Pero en “El año del pensamiento mágico” se exploran además los mecanismos que hacen que el ser doliente también deje de ser quien era, y, por tanto, en cierto modo, desaparezca igualmente. Es la minuciosa y personalísima descripción de esos mecanismos lo que logra que esta obra resulte tan extraordinaria, y lo que hará que perdure. “¿Cuál era el significado y cuál la experiencia? ¿A qué pensamiento o reflexión nos conduce dicha experiencia?”, se pregunta Didion, para empezar el siguiente capítulo de la obra declarando: “Aparentemente, yo era un ser racional”.