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Rosa de Lera López
Estamos saturados de información. La televisión, la radio, los periódicos... ya incluso cuando viajamos en transporte público por las ciudades nos llegan miles de noticias por las pantallas del metro o en los enormes titulares de la prensa gratuita. Pero ¿es eso periodismo? ¿Con esos datos una persona puede hacerse una idea de lo que ocurre a su alrededor? Hay voces que señalan que ante tanta cantidad de información aunque se pierda en calidad se gana en democratización del conocimiento. Pero con libros como ¡Basta de Mentiras!, recopilación de artículos de periodistas de diversa índole, se percibe lo lejos que estamos de “la verdad” de las cosas.
Los variados autores muestran la realidad no “desde la barrera” o situados en uno u otro bando de las constantes luchas mediáticas por el poder, sino desde el terreno, con relatos en primera persona y como testigos de las injusticias y la irracionalidad del mundo en que vivimos y tantos colectivos malviven.
Gracias a Pilger recordamos la labor de Martha Gellhorn, más conocida por ser la mujer de Ernest Hemingway que por su trabajo como reportera de guerra (de nuevo la lacra del machismo deja en la sombra grandes personalidades), que la llevó a visitar las trincheras de nuestra guerra civil o los campos de concentración nazis tras la liberación, como es el caso del texto que se recoge en el libro, que narra su visita a Dachau con detalle, crudeza, pero también ternura.
Otros grandes reporteros, quizás no muy conocidos en España pero a los que debemos mucho porque han sabido levantar la voz para denunciar hechos degradantes como las matanzas en Vietnam, tragedias que muestran el horror que puede causar el ser humano como la bomba de Hiroshima y otros dramas que han tenido aun menos eco en los medios y que en algunos casos han ocurrido no hace mucho, como el apartheid sudafricano, los asesinatos en masa que cometió Estados Unidos en Indonesia en los sesenta y un largo (y triste) etcétera.
Como se puede observar, la “causa” o el “culpable” de la gran mayoría de estas desgracias evitables son los Estados Unidos, pero no se trata del manido antiamericanismo (o “antibush”) de muchos panfletos tipo Michael Moore. Los relatos que encontramos en las páginas de ¡Basta de Mentiras! constituyen una denuncia de la huella de desastres que ha provocado Occidente en los lugares más desfavorecidos del planeta, con matices, ya que también aparecen historias de este lado del mundo, como la guerra de Chechenia (reconocimiento póstumo al espléndido trabajo de Anna Politkovskaya), la “caza de brujas” del Macarthismo (con el hasta hace poco injustamente desconocido Edward R. Murrow, pero ahora más popular gracias a la película de George Clooney, Buenas Noches y Buena Suerte), el escándalo de Lockerbie o el archirrepetido, pero no por ello menos flagrante, “robo” electoral de Bush junior en el año 2000.
También hay espacio para las denuncias de dramas humanos que se han producido a un paso de nuestras casas, en la civilizada Europa o incluso en España. Dos ejemplos. El primero, el relato de Günter Wallraff de la lucha diaria de los inmigrantes turcos en Alemania (no muy distinta de la de obreros o limpiadoras ecuatorianos, rumanos, etc. en nuestro país), que llegan a arriesgar su vida (no hay más que ver la nacionalidad de los rostros que esconden las frías cifras de la siniestralidad laboral cada año) para poder sobrevivir muy lejos de sus lugares de origen y en un terreno hostil.
Otra crónica triste y muy reveladora (que también tuvo consecuencias en nuestro país) es la de los efectos de la talidomida (un medicamento para evitar las náuseas en el embarazo) en los niños nacidos en la década de los 60 y los 70 en muchos países europeos, pero que aún hoy es una realidad en países del tercer mundo. Aquí el poder lo tienen las empresas, que tratan de tapar sus vergüenzas con dinero, porque ¿cómo valorar el daño causado en niños con la salud destrozada de por vida? Pero más allá del drama humano, se refleja en este artículo una verdad sobre la prensa de hoy y de siempre: el periodista escribe no en función de los datos de los qué dispone, sino del espacio con el que cuenta y este a su vez está marcado por la publicidad. Es decir, puede tener mucho qué decir pero al final está “vendido” al poder de los anunciantes y su empresa editora (que cada vez forma parte de grupos multimedia más fuertes pero menos plurales, como recuerda Pilger en el caso australiano pero no nos suena desconocido).
Un espacio aparte merecen los distintos reportajes sobre la guerra de Irak, desde los inicios de la dictadura de Sadam Hussein a un testimonio directo de la violencia en las calles hace escasos meses en la antigua Mesopotamia. Los medios tradicionales han recogido el rechazo de las sociedades europeas a las falsedades que nos llevaron a esta guerra desigual, con un gigante luchando contra un estado en ruinas. Sin embargo, ¡Basta de mentiras! nos acerca a la realidad de lo ocurrido en los frentes de batalla, es decir, en las propias calles bagdadíes, donde miles de civiles han sido, son y serán asesinados como daño colateral o como consecuencia de una guerra civil que nació de una ocupación colonialista a estas alturas del siglo XXI.
En definitiva, un libro para periodistas y profanos en la materia pero ansiosos por conocer “la verdad de las mentiras” como diría Vargas Llosa.
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