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Isabel Mercadé
Traducida intermitentemente en España (en 1977 Alfaguara publicaría la primera novela de la autora, Cerca del corazón salvaje) no sería hasta 1988 cuando, con la aparición simultánea de traducciones de sus cuentos en Montesinos y Grijalbo y de la que es considerada su obra maestra, La pasión según G.H., en Península, se iniciaría la publicación sistemática de la narrativa de Clarice Lispector, que llevaría a cabo Siruela, a partir de la traducción, en 1989, de Un aprendizaje o el libro de los placeres y La hora de la estrella. Casi veinte años más tarde, La lámpara viene a completar, junto con la aparición en 2002 de los Cuentos reunidos en Alfaguara, la publicación en nuestro país de la narrativa para adultos de la autora.
La obra de Clarice Lispector (Ucrania, 1920–Río de Janeiro 1977) es ante todo una indagación sobre el conocimiento y la escritura, entendida esta última como el espacio privilegiado, al tiempo que insuficiente, donde establecer la pregunta acerca de la posibilidad de conciliar, por un lado, pensamiento y lenguaje y, por otro, identidad y alteridad.
La lámpara, segunda novela de la autora, se sitúa, desde esta perspectiva, en ese intento irresoluble de acercamiento a la alteridad. Virginia, la protagonista, parece haber perdido la feroz identidad reivindicada por Joana —la protagonista de Cerca del corazón salvaje, su primera obra— para dejarse llevar, como el sombrero arrastrado por la corriente con que se abre la novela, por acontecimientos que apenas le suceden y por personas que parecen saber lo que ella, tras su mirada perpleja, ignora o no comprende. Virginia representaría, pues, un segundo estadio en el que, perdida la subjetividad de Joana, pero muy lejos todavía del descenso a los infiernos del despojamiento del ego que, para alcanzar al otro, realiza la protagonista de su obra central, La pasión según G.H., se halla ese espacio vacío donde las cosas se revelan tan inalcanzables como lo que a ella la constituye. Incapaz de la introspección de Joana, Virginia se limita a observar su entrega a una relación en la que el otro también ignora su existencia.
Ese espacio vacío estaría metaforizado en las desoladas imágenes de la granja semiderruida de su infancia, de cuyo antiguo esplendor sólo queda la enorme lámpara de araña del vestíbulo, en Brejo Alto, la perdida aldea donde se sitúa, y en la desconocida y hostil ciudad a la que se traslada en su juventud, tras una infancia en absoluto idílica. Los escuetos recuerdos de una madre desapegada, cuando no cruel, y de un padre indolente, cuando no estúpido, junto a una naturaleza despiadada en su neutral belleza, conforman el retrato de la construcción imposible de una vida. La búsqueda de la palabra precisa y de la imagen seca, sin florituras, características del lenguaje de Clarice Lispector —que en la traducción se recrea con todo rigor— hace el resto.
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