
Y en estos desengaños he aprendido
a no cerrar jamás mi triste boca,
pregonando quién soy y quién he sido.
Y entonces el quejarme más me toca
cuando más la congoja me apretare,
que, llorada, la pena se hace poca.
Fray Luis de León
Se dice que para escribir una buena novela no es necesario tratar de inventar, porque en la escritura todo ya está inventado, y que en realidad el secreto de una buena historia radica básicamente en saberla contar. Cuando uno se enfrenta a Llámame Brooklyn, se encuentra con uno de esos textos que atrapan por su fluidez narrativa, que sorprende con sus giros aparentemente sencillos, que se deja leer sin agobio sin que esto signifique superficialidad o ligereza.
Eduardo Lago ha logrado plasmar en su novela una serie de hechos que tocan de cerca, y a la vez, tanto lo íntimo del ser humano como lo universal de su condición. El hecho de que se trate de la primera obra de este género escrita por el autor madrileño, hace pensar en una capacidad creativa muy particular, capaz de articular un todo narrativo sin perder de vista el hilo conductor y sin apartarse de una constante coherencia que le permite al lector no perderse en ese mar de palabras que se mueven al vaivén de los hechos que rodean el ambiente de sus personajes.
La historia se mueve entre un ir y devenir en el tiempo, entablando con el lector un pacto narrativo que le hace moverse entre principios del siglo XX y el 2010. El desarrollo de la novela deja ver la necesidad del autor por llegar a un lector capaz de sortear los avatares mismos del relato, es decir, para leer el libro se requiere de un esfuerzo mental que permita mantener el juego propuesto. En este sentido, se descubre que el autor confía en quien se asoma a su texto, a tal punto que lo hace parte de la estructura del mismo como espectador activo, como a quien se le encomienda tomar las fichas de un rompecabezas para que revele su forma. Es así como aparte del pacto narrativo se siente una especie de vínculo entre el narrador y el lector, por eso muchas veces parece que la historia se nos estuviera contando sentados en una mesa y tomando un café; esta forma de atrapar a lector hace parte de una elaborada manera de distribuir los elementos que conforman el texto.
En la novela se utiliza a Gal y a Ness como narradores primarios, aunque a veces se le da la palabra a otros personajes a través de las cartas que estos escriben, como sucede con Abraham Lewis, Nadia Orlov o la misma Brooklyn –hija de Nadia-. Esto permite ir armando ese rompecabezas a partir del cual va cobrando verosimilitud la historia, porque es una manera de ir reconociendo esa realidad novelada desde distintos puntos de vista. Esto último hace que junto a Ness vayamos construyendo el armazón y el contenido de la novela, es como si este narrador nos invitara a ayudarle a cumplir la promesa que le hizo a Gal antes de morir, es decir, completar la novela que ha dejado inconclusa.
Hay que recordar que, tal y como dice Bal, “el lenguaje forma la perspectiva y la cosmovisión” (Bal, 126), y es a partir del lenguaje que Eduardo Lago estructura la narración, permitiéndonos captar de manera profunda el mundo en el que se mueven sus personajes, sus puntos de vista, las aristas que se desprenden de su acciones y sus decisiones, es decir, no solamente articula el lenguaje como manera de reconocimiento de un espacio físico-temporal, sino que además consigue complementarlo de manera magistral con el espacio interno que subyace dentro de los seres que habitan el texto, lo cual resulta digno de anotar si se tiene en cuenta que una creación literaria requiere de una rigurosa labor para moldear el lenguaje de manera adecuada, evitando caer en artilugios desorbitados o fuera de contexto.
El uso del tiempo interno de la novela es otro elemento que no deja de resultar interesante, ya que ese ir y venir en el tiempo le brinda a la historia una especial dinámica que forma parte de esa narración ágil que le caracteriza. De igual manera, ese recurso permite visualizar diversos estados internos de los personajes, es decir, el todo de la novela hace dar cuenta de una evolución que se hace necesaria en ellos. En el lector se genera un efecto llamativo cuando observa que la narración se traslada al año 2010, y es que es innegable que utilizar este recurso para ampliar los espacios temporales, hace que el lector rompa de una u otra forma paradigmas mentales; igualmente, es una forma en la que el autor juega no solamente con ese tiempo sino con el destino de sus personajes, lo cual hace que resalte el papel creador de ese espacio ficcional.
No podemos dejar de hablar del espacio en el que se desarrolla la novela, es decir, la ciudad de Nueva York, un lugar que se caracteriza por la diversidad de personas, situaciones e historias que se mueven en ella. Y es que una de las formas en que la historia logra atrapar a quien se asoma a ella, es gracias a un tono fluido y ágil, acorde al escenario donde transcurre. Pero también se nos habla de las entrañas de ese Nueva York, de los seres que se mueven por sus calles con sus pequeñas tragedias, alegrías o simplemente existiendo dentro de ella; así nos vamos sumergiendo no sólo en la interioridad de los personajes, sino además en la vida de ese lugar cosmopolita y, muchas veces, frío que subyace junto a ellos.
Tomar una ciudad como Nueva York para recrear la novela, implica reconocer un estilo de vida muy particular, alejado de las paradisíacas y tradicionales ciudades caribeñas o de las tierras románticas y ensoñadoras. Acercarse a Nueva York es respirar su aire pesado, recorrer sus atestadas calles, tratar de sobrevivir en ese mundo áspero donde los seres no pocas veces cargan a cuestas una historia invisible para los demás.
Cabe decir que el autor de Llámame Brooklyn hace una importante reconstrucción de la ciudad, lo cual resulta significativo si se piensa en los antecedentes cercanos vividos por esa gran metrópoli. Es como levantar los ojos y reconocer que esa gran ciudad sigue viva y anhelante y que a pesar de su pasado reciente, sus entrañas se siguen moviendo violentamente, gritando que esta sigue respirando tan viva como siempre. ¿Pero qué se puede encontrar en esa ciudad que resulte diciente para entender su espacio urbano? No es sólo hablar de una ciudad para mencionarla por mencionarla, sino que es generar ese diálogo entre personajes y espacio, tan necesario para dar vida a un ambiente propicio en el libro. Al referirse a ese tipo de grandes ciudades, Zarone señala que,
En la metrópolis, el fenómeno de la inestabilidad de los mismos órdenes normativos del sentido se transforma inmediatamente en una nueva regla. Extendiéndose más allá de las antiguas murallas, la ciudad pone al desnudo aquel “presupuesto” a duras penas mantenido dentro de confines establecidos, liberando, por decirlo así, la mera pluralidad sin relación, la extraña eventualidad de lo idéntico. (Zarone, 25)
La metrópolis encierra desequilibrio a pesar de moverse dentro de los aparentes y rígidos parámetros establecidos para su permanencia, pero ese desequilibrio se vuelve parte de lo cotidiano, de lo usual, lo cual conlleva a que se presente una nueva lectura de sus valores y una visión de metrópoli que va más allá de lo establecido. En la novela de Eduardo Lago nos encontramos con una ciudad en constante ebullición, donde se asientan lugares que se vuelven comunes a pesar de su aparente clandestinidad, como por ejemplo el lote vacío en donde los travestis ofrecen sus servicios, los bares con prostitutas o el lugar donde se fuma opio.
Algo digno de señalar es el hecho de que la ciudad esté llena de inmigrantes o de sus hijos, ¿qué es lo que hace que esta ciudad sea el punto de llegada de una infinidad de extranjeros? La respuesta se haya muy seguramente en el tan mentado sueño americano, ese sueño que muchas veces termina convirtiéndose en pesadilla o en aparente calma; sí, es este lugar un extraño y ambiguo mundo, pero no por eso deja de ser atrayente. Claro esta que el autor no se recuesta hacia un lado de la balanza, sino que se muestra equilibrado al mostrarnos la ciudad llena de sus contrastes y con las diversas caras que la forman, que la habitan y le dan vida. El autor de Llámame Brooklyn vive hace varios años en Nueva York, lo cual se hace patente en su manera de retratar espacios geográficos de la misma, mediante los cuales nos hace pasear por las calles y sitios de la ciudad:
[…] subo a pie por la Sexta Avenida y, al llegar al flanco sur de Central Park, giro hacia la izquierda, en dirección a Columbus Circle. Me gusta este camino, porque en la acera que linda con el parque hay siempre una hilera de coches de punto, con los caballos enganchados. […] Sigo por Broadway hasta llegar a lo alrededores del Lincoln Center. […] Cuando aparece ante mí, a la altura de la calle 62, la sobria audacia de su arquitectura de cristal y cemento me sorprende como si lo estuviera viendo por primera vez. (Lago, 163)
Teniendo en cuenta lo cosmopolita de la ciudad, se entiende el hecho de encontrarse frecuentemente con inmigrantes que forman parte de la gran urbe, lo cual hace que se presente un efecto de universalidad, la ciudad como punto de llegada de hombres y mujeres de diversas partes del mundo. Así es como, por ejemplo, nos hallamos con pasajes de este estilo:
[…] Un portero uniformado sale de entre las columnas del Philarmonic Hall. Me ha debido ver fumando y se acerca a pedirme fuego. Es un hispano joven, con barbita recortada. Me habla en inglés y yo le hablo en español. Sonríe al oír su idioma […] (Lago, 164)
O también:
Aparte de que había jugado un papel crucial en la formación de Gal, Frank no sabía gran cosa de la tal Leonor. Ni siquiera cómo se apellidaba, sólo que era de Salamanca, hija de unos republicanos que recalaron en Nueva York, después de haber pasado una temporada exiliados en México, profesores, creo. (Lago, 245)
Esa constante presencia de inmigrantes en la novela muy seguramente tiene que ver con el hecho de que la ciudad acoge una inmensa cantidad de culturas, pero también influye el hecho de que el autor del libro es uno de esos inmigrantes. Todo eso da cuenta de un factor social imperante en Estados Unidos, como lo es la presencia de dichos seres que buscan en la metrópoli un asidero firme con miras a mejorar, entre otras cosas, su situación económica. Además, su presencia revela nuevas formas de ver la ciudad, debe ser por eso que a veces parece que muchos de los personajes que aparecen en la novela resulten tan cercanos al lector, ya que como puede ser un latinoamericano igual puede ser un europeo, un africano, o de cualquier otra nacionalidad.
En la novela aparece evocada la Guerra civil española, lo que hace pensar en que a pesar de la lejanía de la tierra natal, su presencia no deja de persistir así sea en el inconsciente. Para Gal la presencia de su patria va ligada a su madre biológica, Teresa Quintana, quien murió en el momento del parto; allí fue cuando Ben se encargó de él, trasladándose luego a Nueva York. Esa madre que muere en el parto es, en el caso de este personaje, esa misma madre que es la patria de nacimiento que se deja atrás, aunque hay sido de manera involuntaria. Pero para Gal ya no existe más padre que Ben y más madre que Lucía, esposa del primero, así como no hay más patria que esa ciudad, Nueva York. Por eso la historia, las personas, los espacios se hacen ajenos para el personaje, no los siente como suyos,
Cuando me desperté, tardé unos momentos en comprender dónde estaba. Me incorporé, abrí de par en par las contraventanas del balcón y me asomé a la plaza. A mi alrededor se extendía un panorama de tejados cubiertos de nieve. Muy cerca, empezaron a repicar las campanas de una iglesia y se apoderó de mí una intensa sensación de irrealidad. No conseguía hacerme a la idea de que había nacido allí. (Lago, 53)
Ese sonido de las campanas de la iglesia, que normalmente acercaría a lo divino, esta vez hace que la sensación de vacío se tome el interior del personaje, para él su patria de nacimiento ya no es una tierra sagrada, ahora es un lugar desconocido, ajeno, que de alguna forma le llama pero para a la cual ya no presta oídos.
La novela es, en cierta forma, un homenaje a la amistad. A pesar de que Ness no logró pasar demasiado tiempo con Gal, sí llegó a existir una cercanía fraterna, es decir, Ness continúa escribiendo el libro inconcluso, en principio más por ese llamado de amistad que por un hecho estrictamente relacionado con una promesa o un compromiso. En la tumba de Gal Ackerman, quien era 25 años mayor que él, Ness hace una especie de radiografía de su relación:
¿Te das cuenta Gal, del día que elegiste para morir? Conociéndote dudo mucho que sea casualidad. Es el tipo de bromas que te gustaba gastar, convencido como estabas de que nadie se iba a dar cuenta, pero a mí no me la juegas. Por si acaso, he escogido la misma fecha que tú para traerte Brooklyn, así me podré reír contigo. Eras único, al irte tú desapareció toda una estirpe. La verdad es que me cuesta aceptar que ya no estés entre los vivos. Cada vez que pongo un pie en el Oakland me da un vuelco el corazón, pensando que te voy a ver allí, sentado en una de las mesas. Tú, que tanto hablabas de la muerte, que tanto escribías sobre ella, por fin estás también del otro lado. Nunca había perdido a nadie tan cercano. Para mí es algo nuevo y no lo acabo de entender. Solías decir que los muertos no se van del todo, que de alguna manera siguen estando entre nosotros. Para mí la única verdad es que no estás. Te has ido para siempre, Gal, lo demás no cuenta. Ya lo sé. Te conozco demasiado bien, no hace falta que me digas nada. No he pasado tanto tiempo poniendo en orden tus escritos en vano. (Lago, 14)
Como vemos, la amistad se vio fortalecida en el momento en que Ness empezó a conocer mucho más de Gal por sus escritos. Hablamos entonces de una amistad que se da a partir del conocimiento de la más profunda intimidad de uno de los personajes, es decir, sus escritos. Viene a darse entonces una complicidad necesaria entre los dos hombres, una especie de identificación. Pero ¿identificación con qué?, podemos nombrar dos elementos que pueden generar dicha identificación, primero, el oficio de escribir, de indagar, de recrear la existencia artísticamente, porque ante todo, ese libro que en últimas es escrito en espera de que Nadia Orlov lo lea, es un texto lleno de las transformaciones que pasan por el filtro del hecho estético, característica esencial de la literatura. El segundo elemento identificador, es el hecho de que el amor, la soledad o el abandono son temas que tienen que ver con la existencia humana, de ahí que esos sentimientos expresados por Gal pudieran resultar cercanos a Ness. Pero no es solamente Ness quien se siente identificado, sino que también lo es el lector sin darse cuenta; y es que al enfrentarse a esas emociones comunes, se genera un vínculo invisible que abarca a todos los hombres, de allí que podamos decir que el texto toca temas universales, vitales, cotidianos, que de una u otra forma tocan la condición humana.
El puente generado por la literatura entre la vida y la muerte revalida el concepto de permanencia o inmortalidad brindada por el arte. Como hemos dicho anteriormente, no se puede olvidar que la literatura está llena de ficción, cosa que el mismo Gal sabía, por esa razón este personaje decide matizar el último encuentro que tuvo con Nadia -la mujer que tanto amó- con el recuerdo de una carta en trozos que cae sobre ellos:
Han Transcurrido casi cinco años. Entonces no podía saberlo, pero nunca más volvería a ver a Nadia […] En el aire, por encima de las copas de los árboles, percibimos un ligero estremecimiento, el revoloteo de unas manchas de color blanco. Alzamos la vista. La plaza quedaba entre rascacielos, intermitentemente sepultada por una tapadura de nubes que cambiaban de formas velozmente. Las sombras de los árboles temblaban en las lozas de cemento y en la pared de mármol de la biblioteca. Las manchas blancas resultaron ser unos trozos de papel que alguien había arrojado al vacío desde uno de los edificios que daban a la calle 42. Los papeles iban cayendo lentamente. Unos se posaban sobre el césped, otros en las mesas de los alrededores, o en la acera de la calle, al otro lado de la balaustrada del parque. Una tira de papel larga y rizada, fue a parar al regazo de Nadia, La cogió con cuidado, lo aliso y leyó para sí.
Parece una carta amor, dijo, pasándome el papel. (Lago, 316-317)
Gal quería que este hecho, que en la novela se narra por demás de forma hermosa y magistral, quedara registrado como el último encuentro de los dos, pero más adelante Brooklyn , la hija de Nidia, le cuenta a Ness en una carta que:
[…] En el diario de mi madre hay algunas revelaciones perturbadoras para mí. Una es que le escribió una larga carta a Gal Ackerman para decirle que había tenido una hija. Gal le contestó. Es una de las cartas que se conservan. Léala, es de una tristeza escalofriante. Otra cosa es que se volvieron a ver. Eso significa que la última vez que estuvieron juntos no fue en Bryant Park, como quiso hacerle creer Gal. Él quería que la novela terminase con el episodio de la carta de amor que cayó del cielo, episodio del que mi madre también habla en el diario, pero no fue esa la última vez que se vieron. Una cosa es la literatura y otra la vida […] (Lago 388-399)
Como se ve, las palabras de Brooklyn resultan reveladoras en muchos sentidos, como por ejemplo, da cabida a que muchas de las cosas escritas por Gal en sus cartas dejadas a Ness, hayan sido acomodadas de acuerdo a lo que él quería que figurase en la novela, lo cual resulta lógico si se piensa que se trata de un género literario. Pero la cuestión va más allá, y es al ámbito de las percepciones de las cosas, porque mientras para Brooklyn la literatura es una cosa y la vida otra, para Gal -independientemente de cómo haya querido plasmar la historia en su novela- lo escrito significa gran parte de su propia vida, es decir, el amor que sintió por Nadia fue real y eso se percibe durante toda la narración, la diferencia está en que él sintió lo que plasma en el texto mientras que Brooklyn únicamente lo leyó. Otra cosa que puede observarse de las palabras de Brooklyn se relaciona con el autor y el lector, ya que a través de ellas se genera una especie de efecto de distanciamiento –que en parte hace recordar a Brecht-, en el momento en el que se le dice tácitamente al lector que eso que está leyendo es literatura y que es necesario tomarlo como tal.
Imposible resulta no referirse al tema del amor en la novela, ya que este es uno de los elementos importantes sobre el cual gira la temática de la misma. Desde el mismo momento en que Gal vio a Nadia le resultó imposible olvidarla, efecto característico de los amores novelados. Para este hombre conocer a la mujer se le convirtió en una obsesión, de allí que hasta haya contratado a un detective privado para averiguar lo más posible acerca de ella; luego, la forma en que se conocieron, el tiempo que pasaron juntos y su separación toman la forma de una montaña rusa: primero la relación en subida, seguida de una calma en cierta medida tensa, para después darse una caída libre. Y es que Nadia está marcada por su espíritu libre, algo que logra atraer a Gal quien se muestra agradado por el carácter decisivo de la mujer, tal y como lo manifiesta acerca de su primer encuentro concreto –luego de haberle seguido la pista por varios días-.- Ella se da cuenta de que el hombre la está siguiendo y por eso lo sorprende esperándolo más adelante; durante la conversación muestra un tono decidido y muchas de sus respuestas son concisas y sugestivas. Tiempo después Gal le propone matrimonio a Nadia, pero ella se muestra renuente al tema y, en últimas, nunca llegan a contraer nupcias:
Según Gal, Nadia era demasiado independiente; le aterraba la menor forma de atadura. Pero eso era lo que más le atraía a Gal de ella. Lo que más le gustaba de Nadia era lo que más daño le hacía. Encarnaba en su persona la atracción del abismo, no sé cuántas veces le habré oído decir eso. (Lago, 252)
Pero luego de un tiempo Nadia deja a Gal y se enamora de otro hombre, al cual le acepta la propuesta de matrimonio; todo esto le hace mucho daño a Gal, quien no entiende cómo había llegado a pasar eso, y aunque en el fondo guarda la esperanza de que Nadia vuelva algún día, algo ha comenzado a cambiar:
Del pianista se enamoró de verdad, y eso era algo con lo que Gal no había contado. Conforme al guión, Nadia era incapaz de enamorarse, estaba por encima de aquella pasión que afecta al común de los mortales. A sus ojos, aquel desapego le confería un aura de superioridad; la veía como a una especie de diosa, y siendo él mortal, no podía aspirar a su amor. Conforme a la ficción que se había montado, Nadia era un alma instintivamente libre. La realidad hizo añicos esa ficción. Gal intentó no darse por enterado, pero era difícil mantener el engaño. Nadia no era la diosa que Gal se empeñaba en creer que era. (Lago, 258)
Mas el tiempo pasa y finalmente Nadia se separa del pianista y vuelve a buscar a Gal, quien acepta encontrarse con ella; allí se confirman las sospechas, para Gal Nadia ya no es la misma:
Me di cuenta de que algo había cambiado. La mujer que me hablaba no era la Nadia que yo había conocido. Comprendí que había una gran distancia entre lo que decía ella y lo que oía yo. Le pedí que no dijera aquellas cosas… Ahora era yo quien no aceptaba ciertas palabras. La pureza y la autenticidad de que hablaba no existían en el mundo, eran un reflejo de su ansiedad por encontrarlas, y como no lograba dar con ellas, me las atribuía a mí. […] No ha vuelto por mí. Me necesita, pero no como yo hubiera querido. Ha vuelto porque le han hecho daño. […] Le pedí que se fuera, que me dejara solo, que siguiera adelante con su vida. Me miró en silencio y volviendo en sí me dijo: Hasta siempre Gal y yo cerré los ojos agradecido. (Lago, 259)
Esta parte del texto es realmente aclaradora. La desmitificación de la deidad, el giro que toma el sentimiento, el enfrentamiento con la realidad, la separación y el sumergimiento en la tristeza encierran un fuerte efecto dramático. Gal la amaba profundamente, ella era su diosa, su religión, pero en él Nadia veía un refugio, lo necesitaba para aliviarse, para sanar sus heridas y Gal sabía eso; pero a pesar de su amor por ella prefiere dejarla libre, no quiere volver a pasar por el dolor que le supondría ver que nuevamente se enamora de otro mientras que a él sólo lo ve como a un amparo.
El amor, como vemos, articula el desarrollo del texto, la historia de amor entre Nadia y Gal puede ser una historia de amor de esas que todos los días nacen, se desarrollan y mueren, pero permanecen en el tiempo, o, por lo menos, en el corazón de uno de los dos amantes, y este es un hecho universal, algo que acerca aún más el texto a todo ser humano, un tema recurrente pero excelentemente contado, una historia armada con cuidado y esmero, lo cual, precisamente, hace ver en el autor a un extraordinario tejedor de narraciones.
Sigamos con Nadia y Gal. Después de su separación, la mujer le escribió por mucho tiempo –a veces muy seguido y a veces dejando algún tiempo entre una carta y otra- contándole todo lo que le sucedía. En una de esas misivas Nadia le cuenta acerca de uno de los problemas que siempre la perturbaron, y es el relacionado con el hecho de que ella no podía quedar embarazada porque generaba abortos espontáneos:
¿Sabes? He vuelto a perder al niño. Estuve a punto de enloquecer, pero no le quise decir nada al padre. Me han dicho los médicos que soy yo… A mitad del embarazo me quedo sin fuerza. No soy capaz de mantener con vida el feto. Me ha dicho el ginecólogo que deje de intentarlo, que tantos abortos espontáneos son peligrosos. Me cuesta aceptarlo. Es un golpe difícil de encajar, pero poco a poco vuelvo a estar bien. (Lago, 261)
Nadia no puede tener hijos y eso muy seguramente la ha ido apagando, dado que ese es su deseo. Con su nuevo compañero tampoco ha resultado, así como no sucedió con ninguno de los anteriores, incluso con Gal. Es perturbadora la manera en que cuenta lo que le sucede, en el texto se denota su desazón, su tristeza, su cansancio. Pero al conocer a Bruno –el padre de Brooklyn-, se genera un cambio radical en la vida de Nadia; la misma Brooklyn señala que:
[…] Según me dijo ella misma, la maternidad le transformó el carácter, aunque en mi opinión el cambio se empezó a operar antes, cuando conoció a Bruno. En general fue un cambio para bien, aunque hubo cosas que se perdieron. Se limaron ciertas aristas de su personalidad; la rabia que siempre había sido parte de su carácter, y que era inseparable de su creatividad, desapareció como por ensalmo. (Lago, 371)
Y más adelante al referirse a su amor por la música:
[…] Pero las cosas no eran exactamente igual que antes: la ambición que hasta entonces había sido el motor de todo cuanto hacía, se había esfumado. Nadia Orlov, la violinista prodigio de quien tanto esperaban sus profesores, perdió el interés por competir, por luchar, por destacar. Ser mejor que los demás dejó de ser un acicate para ella. Siguió sometida a la rígida disciplina que le había impuesto Bédier hasta que se cumplió el término de la beca, pero en su fuero interno había renunciado a la idea de ser concertista. La música le siguió interesando tanto o más que siempre, pero se trataba de un interés puramente espiritual, interno. El mundo y sus vanidades no tenían nada que ver en ello. (Lago, 371)
Nadia Orlov no sólo encontró un hombre que la amaba y con el cual sentía tranquilidad, sino que además logró llevar a buen término su embarazo, y ese era, en su interior, su mejor concierto, la música que la acompañaba, las notas tomaban vida en la forma de su pequeña hija, tan buscada y ahora tan amada. Había cambiado, sí, pero era un cambio lógico, ya había alguien más importante en su vida que el hecho de ser admirada por su talento musical, ahora se sentía admirada por ella misma y eso era suficiente. En cuanto al amor, parte del diario de Nadia, leído por Brooklyn, hace suponer que ella siguió pensando en Gal, ya que en el texto no aparecen trazas de hombre distinto
Gal, por su parte, desea escribir una novela destinada a esa mujer que tanto ama. Ella debe tenerla entre sus manos, leerla, ese es el objetivo y la tarea que se marca este personaje. Pero lo que hay que ver es si Gal seguía enamorado de Nadia o del recuerdo que de ella tiene, en este sentido se presenta una cierta ambigüedad porque quizá ama a esa mujer que un día conoció o tal vez aprendió a amar a esa mujer que fue reconociendo a través de las cartas que recibió por tanto tiempo… sólo Gal lo sabe. En últimas, este personaje también hace nacer a su “hija”, aunque terminada por su amigo Ness luego de su muerte, Brooklyn –la novela- también fue dada a luz:
[…] Los días finales fueron de un frenesí enloquecedor, Brooklyn era una criatura imperfecta, como todos los libros, pero existía, tenía forma, había nacido. (Lago, 380)
Las dos Brooklyn nacieron, vieron la luz, la niña para Nadia fue el símbolo del amor, mientras que la novela se convirtió en la evidencia del sentimiento amoroso de Gal hacia Nadia. Fueron partos complicados, sufridos, pero por eso mismo amados, y aunque Nadia y Gal murieron, dejaron su testimonio de vida en el mundo.
Hablemos ahora de Ness como personaje que termina armando la novela de Gal, trabajo en el que invirtió dos años. En su interior se generan transformaciones que hacia el final del texto resultan patentes:
Las cosas no podían volver a ser como antes. Acabar el libro de Gal revolvió los cimientos de mi personalidad. Me obligó a repasar toda mi historia. Muchas cosas saltaron en pedazos. Decidí ir más lejos, romper con todo, hacer trizas el pasado, reinventarme un concepto muy norteamericano del que, irónicamente, me serví para cortar mis lazos con aquel país. Reventé mi carrera como periodista, que todo el mundo me auguraba tan brillante […] Le dije adiós a cosas que me habían cambiado para siempre […] Tomé la resolución con una firmeza sin resquicios, y cuando lo hice comprendí que había ganado una recompensa de un valor incalculable. La reflexión se formó en mi cabeza con la misma nitidez con que un rayo de sol se cuela por las rendijas de una ventana sellada que da a un sótano. Lo dejaba todo atrás, pero no me iba con las manos vacías. Gracias a aquella experiencia me había hecho escritor. (Lago, 382)
Aquí se habla del oficio de escritor, de esa labor que genera ruptura, porque ser escritor hace que un nuevo hombre salga a flote, después de escribir ya no se es el mismo; la reflexión hace que se observen las cosas desde puntos de vista que quizá parecían inimaginables. Pero sigamos con Ness, quien al terminar la novela se da cuenta de algo que le resulta inquietante:
Lo extraño era que, tras haber cumplido con mi parte del pacto, la sombra de su autor continuaba cerniéndose sobre mí. Me sentía misteriosamente encadenado a su destino. Comprendí que había caído en una trampa de la que no me iba a resultar fácil salir, una trampa que no era sólo la novela, sino también el Oakland, Brooklyn, los Estados Unidos. Tenía que escaparme, viajar a otros lugares, hacer otras cosas, poner distancia entre mí y la novela de Gal, vivir mi propia vida. (Lago, 381)
El escritor resulta sumergido en la novela, se obsesiona sin darse cuenta y ahora, al terminar la novela, tiene que escapar de sus personajes, de los lugares, de la historia acerca de la cual escribió. Pero el destino le iba a dar otra sorpresa: cuando se encuentra con Brooklyn, esta le deja papeles que le pertenecían a Nadia, y luego de despedirse parte en el auto de Bruno, su padre; pero allí a Ness se le revela algo:
Con la mirada fija en los papeles que me había dejado pronuncié su nombre en voz alta y lo repetí. Brooklyn, Brooklyn, dije. Sentí una punzada en el costado, como si alguien me estuviera clavando un puñal. Sentí eso y sentí sed, una sed atroz. Y de pronto entendí qué me pasaba, me di cuenta de qué era lo que sentía. Es el sentimiento más primario y elemental que existe, la más básica de las pasiones, lo que había puesto en marcha la novela. Reconocí aquel sentimiento, o para ser más exacto, lo recordé. Pero no podía ser. No podía ser que me estuviera pasando a mí. Era como si el tiempo se hubiera encogido. Era… como si me hubiera enamorado de Nadia. Y cuando pensé eso, cuando la idea obró forma, cuando las palabras se alinearon en mi cabeza, sentí alivio. No me había enamorado de Nadia, porque la mujer que había tenido delante de mí toda la mañana no era ella. (Lago 394)
La historia volvía a repetirse, pero ahora los protagonistas no eran Nadia y Gal sino Brooklyn y Ness. Él se enamoró de ella a través de la novela, porque en el fondo la historia trataba acerca de ella, de Brooklyn. Y otra vez la inspiración, una nueva historia, ese cúmulo de hechos interminables que un escritor siente la necesidad de plasmar sobre el papel, porque muchas veces la inspiración se haya donde menos se espera.
No hay que olvidar otros aspectos que hacen interesante el desarrollo de la novela, como por ejemplo el juego tipográfico al que invita el autor. Esto se ve reflejado en tres aspectos, primero en el letrero que se haya en el cristal de la puerta del detective privado, el cual el autor coloca tal y como se vería viendo las palabras desde atrás (p. 159); el segundo, el espacio en blanco que deja al final del texto que algunos de sus personajes escriben como homenaje a Mr. T, alias la Sombra, y que representa sesenta segundos sin palabras (p.305); y el tercero, el pentagrama con las notas y la letra en la parte de abajo del mismo, en el cual aparece la canción El tuerto Riley. Todo esto hace que el lector se sienta más comprometido a jugar con su imaginación en el armazón del texto, y deja ver ese carácter creativo de Eduardo Lago, que no sólo se denota en la parte narrativa sino también en estos juegos tipográficos.
La novela, indudablemente, es dinámica, profunda, llena de vida y mantiene, además, un ambiente en constante ebullición. De ahí que el lector se sienta sorprendido ante la invariable evolución que el texto va manifestando a través de sus páginas, y esto es lo que habla de la novela como un ser con vida, sin nada de anquilosamiento. Bajtin señala que “la vida de la palabra está en los anchos espacios, en las plazas públicas, en las calles, en las ciudades y en las aldeas, en los grupos sociales, en las generaciones y en las épocas” (Bajtin, 78-117), entonces la vida de la palabra se encuentra presente en todos los espacios como fenómeno social, y en tanto sea así se relaciona directamente con la vida, con la decidida majestad de su presencia. De allí que el proceso de creación que se refleja en la obra, deja ver una construcción de esos espacios que dan vida a la palabra, haciéndola respirar con ellos de fondo, y no sólo con ellos sino además con los sentimientos que marcan la existencia y que decididamente hacen presencia cada día en el devenir del ser humano.
Bibliografía
1. Bajtin, Mijail. Teoría y estética de la novela. Madrid: Taurus, 1989.
2. Bal, Mieke. Teoría de la narrativa. Madrid: Cátedra, 1990.
3. Lago, Eduardo. Llámame Brooklyn. Barcelona: Destino, 2006.
4. Zarone, Giuseppe. Metafísica de la ciudad. Murcia: Universidad de Murcia, 1993.
Nota: Eduardo Lago (Madrid, 1954). Tras pasar la mayor parte de su vida en Madrid se trasladó con carácter definitivo a Nueva York donde vive desde hace casi veinte años. Colaborador de diversos medios periodísticos españoles, en 2001 obtuvo el Premio de Crítica Literaria Bartolomé March por un estudio sobre las traducciones al español de Ulises, de James Joyce. Doctor en literatura por la Universidad de la Ciudad de Nueva York, Eduardo Lago es profesor en la prestigiosa universidad Sarah Lawrence College. Llámame Brooklyn es su primera novela.
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