| Desde su publicación en 1951, The Catcher in the Rye (publicado en España como El guardián entre el centeno y en Latinoamérica como El cazador oculto) ha tenido una repercusión cada vez más creciente no sólo en la vida norteamericana. Digamos que esta novela ha tenido una variopinta gama de interpretaciones entre quienes de alguna manera se han sentido influenciados por ella. Ejemplos de esta aprehensión se ha hecho patente, ante todo, en manifestaciones humanas y artísticas que no necesariamente son literarias. Por ejemplo: durante la última edición del festival de cine independiente de Sundance se estrenó Chapter 27, del director J. P. Schaefer. En ella se da cuenta de Mark David Chapman, conocido mundialmente por haber asesinado a balazos -hace veinticinco años- a John Lennon. Chapter 27 aborda de manera su génesis la devoción de Chapman por la única novela de Salinger, quien en no pocas oportunidades ha declarado que se inspiró en ella para llevar a cabo su crimen. De alguna u otra manera, El guardián entre el centeno ha tenido acogida por una peculiar serie de psicópatas que han encontrado en sus páginas un acicate existencial.
Más allá de estas anécdotas un tanto escabrosas, es menester decir que la novela de Salinger es reeditada cada año y su lectura es obligatoria en las escuelas norteamericanas. Si bien es cierto que su lectura puede ser asimilada por cualquiera, ésta encuentra eco en niños, en adolescentes y en quienes están en paso hacia la adultez. Si tuviéramos que comparar a esta novela con otras de similar alcance en el imaginario de los placenteros lectores, pues estaríamos hablando de novelas hermanas como El Señor de las moscas, de Golding; y El lobo estepario, de Hesse.
En El guardián entre el centeno, tenemos a un adolescente de nombre Holden Caufield, quien a sus diecisiete años se resiste a entrar al poco valorado –según su criterio- mundo de los adultos. La voz de Caufield nos cuenta –en 1949- sus peripecias que tuvo en tres días de diciembre de 1948. Esta aventura lo lleva a relatar -a modo de susurro- no pocas de sus experiencias personales que se dieron en toda su vida. Algo que llama la atención es precisamente esa voz cómplice que se imanta fácilmente en el lector de turno. Por medio del uso inteligente del lenguaje coloquial nos inmiscuimos en el que quizá sea el punto de quiebra de esta novela: las opiniones de Holden, las cuales están canalizadas por medio de un tono irónico, teniendo a la hipocresía social, a la discriminación de clase y los hábitos culturales como puntos preferidos de sus constantes críticas. Holden es, por decir lo menos, un adolescente turbado, nervioso y en continua y patente rebeldía. Uno llega a sentir cierta clase de tristeza por él, y claro, nos conmovemos con su desolada ternura.
Lo cierto es que entre Holden y Salinger hay varias vetas en común, y eso es especial porque podemos especular alrededor de lo que existe detrás de la concepción de una novela y la relación existencial con su creador. Sabemos bien que Salinger pertenece a esa estirpe de narradores que odian –así, a secas- la fama; cosa que de por sí es toda una cachetada para aquellos que sólo escriben para llegar al aura del efímero reconocimiento. El aislamiento de Salinger es tan enigmático como su silencio literario. A partir de 1953 vive en un lugar aislado llamado Cornish, el cual está rodeado de una gran valla de más de diez metros, con el fin de evitar el comprensible asedio de periodistas y admiradores. Sumemos también que desde 1963 no publica absolutamente nada, pero estoy convencido de que esta decisión está muy lejos de un posible agotamiento creativo o bloqueo de escritor. Uno puede sospechar que un escritor de un talento tan reconocido y una formación envidiable no puede apagarse de la noche a la mañana. Y no sería una locura afirmar que Salinger sea todo un escritor hojeador que le dedica muchas horas al día a la escritura, pero con el fin de un placer solipsista.
También es bueno señalar la patente influencia que este autor recogió de Ernest Hemingway. Sabemos bien que el autor de Fiesta sigue siendo un maestro del cuento, y si realizamos un somero análisis, esta influencia en Salinger no solo es patente en sus tres libros de cuento, sino también en su única novela. Prácticamente los veintiséis capítulos de El guardián entre el centeno pueden ser apreciados como historias unitarias que cumplen con las leyes del relato clásico, siendo el lenguaje sencillo, las descripciones y el punto de vista los que más se enlacen con la forma de narrar del ya célebre suicida. Y a esta influencia la podemos condimentar con la declarada admiración de Salinger por Hemingway.
Cuenta la historia paralela de la literatura –de esas que muchas veces son tan suculentas que solo falta quien tenga las agallas necesarias para convertirlas en novela o cuento- que en 1944 el joven Salinger, de tan solo veinticinco años, visitó a su glorificado escritor quien se encontraba hospedado, y haciendo de las suyas, en el hotel Ritz de París. Hemingway reconoció el aura aventurera –con halos de timidez- que rodeaba a su joven fan, y ni bien supo que este escribía, le pidió que le mostrara las cosas que tenía escritas. Dos años después, Salinger le escribió una carta en la que le contaba que se había hecho internar en un hospital con el único fin de conocer y enamorarse de una enfermera que se parezca a la protagonista de Adiós a las armas.
No conozco escritor o buen lector que no deje de reconocer las irrefutables virtudes que tiene esta novela de Salinger. Recuerdo bien una frase contundente de Antonio Orejudo: “Me es imposible concebir que alguien se dedique a la literatura si es que no ha leído El guardián entre el centeno”. Totalmente cierto. La frescura que imposibilita que esta novela vaya derechita a los terrenos del olvido yace en la soterrada cualidad muy enlazada al cuestionamiento social y a un descreimiento en cualquier clase de ideología, pensamiento o creencia predominante. Algunos académicos podrían tasarla como una clara muestra artística del espíritu posmoderno, allá ellos. Acotemos también que uno de los factores que cimientan su vigencia es gracias a la ausencia de pretensiones que muestra. Vemos en ella, ya sea en estilo como en su forma, ese componente que al parecer está siendo muy mal dejado de lado por no pocos narradores contemporáneos: la compleja sencillez. Salinger, ante todo, nos cuenta una historia, y si aguzamos la lectura, no sería ninguna sorpresa el poder dar con algunos puentes temáticos y estructurales con la novela decimonónica, con la novela de folletín, para ser exactos. Y esto es también lo que todo gran libro ofrece: el diálogo constante con una tradición que muta en formas pero que se hace respetar en esencia como un fortísimo tronco, brindando la posibilidad de aprender partiendo del gusto que deparan sus inolvidables páginas.
Durante mucho tiempo le he estado dando vueltas a la idea que apunte a la razón de peso por la cual Salinger decidió no ser parte de la parrillada de egos que es el mundo literario, a la razón que lo llevó a guarecer su libertad y espíritu adolescente ante las mentiras y putrefacciones del mundo de los adultos, y en todo este tiempo he llegado a una conclusión, no mía, por supuesto, en la voz del mismo Holden Caufield. Cito:
Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo.
Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Compraríamos un montón de libros y les ensañaríamos a leer y escribir nosotros solos.
Bibliografía consultada:
- Relámpagos sobre el agua, Guillermo Niño de Guzmán.
- The Catcher in the Rye, J. D. Salinger.
- Apuntes, Gabriel Ruiz Alcalde.
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