| La literatura es aún más transparente que la vida real. La literatura no admite mentiras, curiosa paradoja.
Por eso me gusta. Por eso escribir es algo tan difícil.
Y también por eso me acerco a la literatura con cautela, desde la razón, desde el análisis, desde la mirada calculada de aquél que toca el agua para sentir si sigue fría.
Tal vez porque en toda historia hay una puesta al desnudo, un riesgo íntimo que uno no percibe totalmente hasta que no se ha puesto a escribir, hasta que no se ha hecho las tres grandes preguntas, quién soy, de dónde vengo, a dónde voy.
Pero el riesgo es también aventura y de entre todas las posibilidades que ofrece la literatura, es ésta la que aprecio ahora: la literatura como un modo de capturar el mundo.
Cuando vivía en el Perú – lugar bastante alejado de todo –, en una ciudad rodeada de montañas, cuando la curiosidad y las inquietudes se topaban con la vida real, estrecha, común, cualquiera, la literatura proporcionaba todas esas posibilidades fuera de mi alcance. Más tarde uno va viendo que siempre hay algo más que se debe ir buscando.
Así, cuando entro en el territorio de la ficción, con más frecuencia a través de la lectura que de la escritura, me voy despojando de temores, de prejuicios y aprendo a amar lo que me era indiferente. Me eran indiferentes por ejemplo Jerusalén, antes de haber leído a Oz; la India y sus castas, antes de toparme con Naipaul; la política, antes de Conversación en La Catedral; París, antes de Vian y Cortázar.
La literatura me aproxima a la realidad del individuo, a la voz, la mente y el sentimiento de aquél que transita una calle en Cusco, o que toma el metro en Madrid, en cualquier año, en día de lluvia o en noche cerrada.
De esas cosas me gusta escribir, y me gustan también los personajes que se construyen a sí mismos, que transitan por el mundo con libertad, observando, viviendo, siendo parte de un lugar – o de muchos – sin por ello tener que deberle nada a nadie.
La escritura tiene además otra virtud, obliga a la lucidez. Escribir es enfrentarse sin otro remedio a lo que es y a lo que hay, a eso que está más allá de la mirada, a eso a lo que se le huye. Escribir exige mirar de frente, armarse de valor, quitarse la coraza.
Y así volvemos a la idea de sentirse desnudo. Y a la paradoja de escribir mentiras para decir verdades.
Nataly Villena Vega
Entrevista a Nataly Villena por Nacho Fernández
Nataly Villena Vega es escritora y máster en Literatura Comparada por La Sorbona. Ha publicado cuentos en antologías y revistas. Su novela Azul (Inst. Nacional de Cultura, Perú) obtuvo el segundo Premio Regional de Novela. Es miembro del equipo de redacción de la "Ángeles y Demonios" que se edita en Cusco.
Autora peruana, nacida en Cusco, es una de las nuevas voces de la narrativa del aquel país. Con su primer libro Azul, Nataly Villena nos habla de recuerdos, de vacíos, de soledades, de ilusión y de rutina. Es la historia de una mujer que siente, sufre y sueña con salir de su ambiente: cerrado, pequeño y opresivo. Una historia que nos hace viajar por el interior de un personaje que resulta chocante, sensual, primitivo y romántico.
Nacho Fernández.- ¿Cómo surgió Azul?
Nataly Villena.- Como suelen surgir la mayor parte de primeras novelas, del deseo de decir algo, y también de la pérdida del miedo de confrontarse a uno mismo en un momento determinado de su vida. Esta es una novela de aprendizaje que trata de la entrada en la vida adulta y de las preguntas que van surgiendo al proyectarse hacia el futuro. Por ejemplo cuál es el rol de uno en la sociedad, cuál es el lugar que nos corresponde en la reorganización de la familia. El personaje de Azul va descubriendo el espacio de la libertad y la soledad. Tenía veintidós años cuando escribí la primera versión de esta novela y son estos temas los que me interesaban entonces.
Nacho Fernández.- En su novela está muy presente el pesimismo que destilan muchos de los autores peruanos de referencia en nuestro país. ¿A qué cree que es debida esa constante en la narrativa peruana?
Nataly Villena.- Supongo que a una realidad decepcionante, décadas de estancamiento, una situación económica sin salida, un contexto de corrupción generalizada y de conflicto social. Todas esas circunstancias las integramos a nuestra manera de ver el mundo los autores peruanos, y que además estamos con frecuencia alejados del Perú.
Nacho Fernández.- El personaje central de la novela vive una experiencia muy común entre los jóvenes autores peruanos, como fue el hecho de la violencia. ¿Cree que los años oscuros han marcado de alguna manera en las cosas contadas por estos nuevos autores?
Nataly Villena.- Por supuesto, el autor es un individuo social y escribe, si no sobre la realidad, al menos condicionado por ella. La violencia vivida en los años ochenta y noventa ha producido una crisis económica, política y moral en el Perú, y ha dejado la huella del descreimiento. Creo que la falta de fe está presente en todo. Pero hay al mismo tiempo un efecto colateral que me gusta, el rechazo al determinismo y el deseo de evasión, y que aparecen de manera interesante y cada vez con mayor fuerza, por ejemplo en el caso de autores como Sergio Galarza, un excelente escritor. Creo que en Azul, que escribí hace casi diez años, la idea del escape está muy presente. Las obligaciones de una realidad asfixiante, la frustración de lo cotidiano, todo eso me empujó a una apuesta plena por el personaje y su búsqueda de libertad, y no por su arraigo a un lugar en particular.
Nacho Fernández.- Su especialidad en literatura “del otro”, de la concepción del “distinto”, ¿será una referencia en sus próximos trabajos? Cuéntenos cómo avanzan sus estudios bajo el concepto de la identidad como camino y exploración de la narrativa en la que trabaja.
Nataly Villena.- La condición de inmigrante hace que uno reflexione sobre la diferencia. Uno se cuestiona sobre la interacción entre el “Yo” y el “Otro”. Cuanto más profundamente se va integrando uno en sociedades distintas, uno comprende que finalmente sólo existen identidades personales, y que eso es sobre todo algo que se elige y construye, sin negar, claro el peso del bagaje cultural y la pertenencia a un país. Esos son los temas que me gustan, la ruptura con los determinismos, la libertad de acción, la curiosidad por el otro. De eso trata también la tesis sobre el pasaje de la realidad peruana al cosmopolitismo en la obra de Vargas Llosa que redacto hace ya buen tiempo y que espero terminar en estos meses.
Nacho Fernández.- ¿Cree que existe una voz narrativa latinoamericana diferente de las que conviven en España?
Nataly Villena.- Pienso que sí, y que es distinta y además libre de complejos, que se alimenta de la literatura mundial, de la información, de la cultura popular a la que todos tenemos hoy acceso, y también de las particularidades regionales. Eso le da, creo, una gran diversidad tanto temática como lingüística, que es mayor a la española, puesto que abarca todo el continente.
Nacho Fernández.- ¿Cómo se percibe desde París – ciudad en la que vive- el actual estado de la literatura peruana y las tendencias que se acuñan entre los escritores que viven y escriben desde allí y cual es su posición respecto a esa polémica?
Nataly Villena.- Como un reflejo de las divisiones sociales y económicas del Perú. Creo que la creación literaria es un proceso singular y personal, que admite todas las voces y todas las perspectivas, y cuya única obligación es la búsqueda de originalidad y el trabajo riguroso. Las discusiones que han ocupado blogs y periódicos tienen que ver más con la recepción de las obras literarias que con su calidad.
Nacho Fernández.- Azul, ¿qué es para usted como escritora y que rumbo tomará su próxima obra?
Nataly Villena.- Bueno, es una primera aproximación a la literatura a partir de la creación, y en el momento en el que la escribí fue un desafío. Fue un trabajo de largo aliento, difícil, tuve que lidiar con todos los elementos literarios, aceptar ciertas debilidades y potenciar otros aspectos. En lo personal, ha implicado también hacer frente a los miedos, los deseos, los temores, los recuerdos, cosas que duelen. En fin, toda una aventura apasionante. Ahora le doy vueltas a una idea de novela acerca del viaje, algo con mucha sangre.
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