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El esnobismo de las golondrinas

 

Mauricio Wiesenthal

 

Edhasa, 2007

 

Javier Barreiro

Mauricio Wiesenthal, El esnobismo de las golondrinas

Después del festín que para el lector supuso Libro de réquiems, Mauricio Wiesenthal lo tenía difícil. ¿Debía sorprender al lector con una inesperada vuelta de tuerca, cosa nada difícil para un polígrafo de su fecundidad, o seguir aplicando la misma receta, que le había supuesto un asombrado reconocimiento general? Wiesenthal ha optado por la segunda solución y, como si albergara un borbotón de materias y personajes contenidos y por desarrollar, entrega una voluminosa obra de 1150 páginas, con muchas similitudes, en cuanto a óptica, lenguaje, concepción del mundo y técnica narrativa, con la anterior, sólo que, ahora, el leitmotiv estriba casi siempre en ciudades, lugares, eso sí, muchas veces íntimamente ligados a un personaje (la Viena de Zweig, el ancho mar de de Loti, la Dublín de Joyce…). Pero siempre la misma pasión de vivir, la admiración por una cultura europea que la modernidad difumina, la sutil melancolía que proporciona la intensidad de la experiencia matizada por la percepción del tempus fugit

En los veintidós capítulos del libro se despliega un profundo conocimiento donde lo libresco y lo vivido andan de la mano. Multitud de datos, de información, de curiosidades pintorescas nos hablan horas de biblioteca y conversación, de la capacidad de interrelacionar lecturas y vivencias. La aparición de una primera persona, nunca demasiado presente, nos habla de la implicación cordial del narrador en lo que cuenta, de que el punto de vista es más el de un creador que el de un ensayista. Wiesenthal nos guía por los vericuetos de estos lugares y estas vidas pero no llevándonos de la mano y explicándonos los que vemos, sino entregándonos los datos para que interioricemos y re-vivamos r su propia experiencia.

Por otra parte, el libro tiene difícil catalogación, como a menudo sucede con las obras insignes. Es ensayo, es literatura, es memoria, es también un libro de viajes, donde caben los cuentos, pero también la evocación, la miscelánea y hasta la picaresca. Lo que resulta evidente es que, pese a su carácter a menudo elegíaco, está escrito desde el entusiasmo y eso se nota en la felicidad que transmite. Felicidad que se extiende hasta el lenguaje, que surge fluido, con naturalidad y encanto, como una fuente cristalina que otorga placer al lector que lo sigue con la facilidad con que los niños enhebran en su mente las peripecias de los cuentos fantásticos. Ya había mostrado Wiesenthal en su anterior libro cierta veta lírica, visible tanto en la pasión por la belleza, como en la fascinación por las imágenes y la aludida recurrencia a lo elegíaco; también en ese antinómico “elogio de la vida inútil”, que es siempre, y cada vez más, la poesía.

A veces, las páginas de este libro me han traído el recuerdo de Cunqueiro, el maestro de Mondoñedo que hace más de veinticinco años enseñara a un joven demudado por el privilegio de su atención, la catedral, la barbería y un figón en el que se cocinaba un estupendo pulpo, de la cabeza de partido donde tenía su botica. Por su complacencia en la rareza, por su capacidad para mezclar invención y realidad, de conformar historias que se sitúan en un punto indeterminado entre la imaginación, el mito y la experiencia, por su vinculación emocional e intelectual con la historia cultural de occidente, por el amor, ironía y erudición con que nos conduce por los vericuetos de sus historias, hay evidentes concomitancias literarias y de actitud en dos personalidades tan humanamente diferentes.

En el capítulo que metafóricamente titula “Psicoanálisis de las golondrinas” nos proporciona MW algunas de las claves de su filosofía viajera. Antes sólo existían dos tipos de viajeros, el explorador que perseguía abrir lo desconocido y la horda nómada, movida por el instinto de supervivencia. Hoy, igualmente, existen el curioso, que elige o, al menos, sortea su destino y el gregario, que se desplaza donde le dicen o llevan. Mientras el dinero crea dependencia, el viaje estimula la libertad y el deseo de conocimiento. No confundirlo con las vacaciones. El verdadero viajero acabará refugiándose en el viaje interior si la banalización del ocio, las colas y el turismo organizado acaban por arrasar lo poco que queda inmune. Viajar no debe ser una afición social, confortable y educativa para todo el mundo, sino que siempre fue incómodo, caro y excéntrico. Por eso fueron los ingleses –siempre entre el gentleman y el esnob- quienes hicieron de tal actividad un rasgo propio.
 
La excesiva longitud –uno es cada vez menos amigo de libros largos y ya no tolera una novela de más de doscientas páginas que no sea una obra maestra- de El esnobismo de las golondrinas se compensa porque es uno de esas textos que pueden leerse empezándolos por cualquier página. Como sucede con los poetas, con Borges, Rabelais, con ciertos libros de Gracián o del mentado Cunqueiro, permiten un acercamiento transversal, episódico, ligero o intenso, acometiéndolos de cualquier manera, en cualquier circunstancia y por cualquier lugar, con disfrute y ejercicio intelectual garantizados. Wiesenthal, sin perder la hebra literaria, se entrega frecuentemente a divagaciones que nos hablan de los eunucos, de la Última Cena contada por Oscar Wilde, del tan literario cementerio de Père Lachaise, de las costumbres sexuales de los viejos campeones de Wimbledon o del arte de fabricar niños del doctor Tissot… de miles de informaciones curiosas y excelentemente contadas, que hacen añorar un índice onomástico. Ya protesté de lo mismo al escribir acerca del Libro de réquiems. Pero, tal vez, Mauricio Wiesenthal no quiere incluir una relación nominal de ese tipo para que nadie piense que está escribiendo un libro de historia o erudición. Él sabe que está haciendo literatura y un lector encantado se lo agradece y pide más.