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Desapariciones

 

Paul Auster

 

Pre-Textos, 2007

 

Oscar Curieses

Paul Auster, Desapariciones

Si bien es cierto que la poesía de Paul Auster se fue abriendo hasta alcanzar una prosa con fuertes dosis de poeticidad, algo que el autor ha manifestado en repetidas ocasiones, no lo es menos que en la actualidad esa misma apertura se consigue de un modo inverso, sus poesías amplían notablemente el horizonte de sus textos en prosa.

Los poemas de Paul Auster agrupados en Desapariciones suponen un buen comienzo para una relectura de sus novelas porque en ellos observamos de modo condensado y conciso muchos de los elementos que después aparecen en su escritura y que socavan la aparente simplicidad de algunas de sus tramas detectivescas de ficción.

Desapariciones (Pre-Textos, 2006), ya en su tercera edición, aparte de constituir una de las cimas de su escritura, nos dirige hacia zonas sólo sugeridas en sus novelas; las preguntas que tratan de responderse muchos de sus protagonistas son en última instancia filosóficas -generalmente metafísicas-, a pesar de que se encuentren disfrazadas de intrigas asociadas a la identidad. Esa búsqueda que se plantea en tercera persona a través de los personajes de su prosa de ficción, aparece también en el yo lírico de su poesía; aunque probablemente lo más adecuado sería afirmar lo contrario, pues su tarea como poeta tuvo lugar hace unos treinta años, antes de su labor narrativa.

Al lector que no conozca la poesía de Auster le sorprenderá encontrarse con un autor que bebe de fuentes europeas como Celan, Jabès o la poesía francesa del siglo XX. Sobradas pruebas de ello dan los ensayos contenidos en Pista de despegue (Groundwork 1970-1979), donde se recogía asimismo Desapariciones y que hace años publicó Anagrama, con una excelente traducción de Jordi Doce. Aunque Auster no lo afirme de un modo explícito, su escritura aparece en íntima conexión con la filosofía de Blanchot (recordemos que también  tradujo sus ensayos al ingles) y Heidegger. Muchos de los poemas no dejan de indagar en las mismas inquietudes que obsesionaron a estos pensadores. Existe una profunda reflexión sobre el lenguaje en la poesía de Auster, un lenguaje como casa del ser constituyente de lo más esencial humano. De ahí la insistencia en muchos de sus escritos de un símbolo como el muro (pensemos por ejemplo en La música del azar o en las paredes de los cuartos en los que se encierran muchos de sus personajes), que expresa la imposibilidad de comunicación -es decir, del lenguaje- y que implica la muerte.

Aún así Auster, buen conocedor de la paradoja, construye una pared/muro que mata de igual modo que posibilita la vida. En esa escritura mural, al igual que Tapiés aunque con distinto proceder, el escritor encuentra elementos fundamentales para la existencia humana asociados a la idea de límite:

Es un muro. Y el muro es muerte.

Ilegible
garabato del descontento, en la imagen
e imagen consecutiva de la vida;

y los muchos que aquí están
a pesar de no haber nacido,
y aquellos que hablarían

para darse luz a sí mismos.

Aprenderá el habla de este lugar.
Y aprenderá a morderse la lengua.

Pues ésta es su nostalgia: un hombre.
 
En sus poemas aparecen muchos materiales recurrentes: la piedra, la voz, el ojo, la palabra, la tierra, el aliento, la flor, la hendidura, etc. Todo ellos traducen una honda raigambre asociada a la escritura y la existencia. La poesía de Auster con el paso de los años se irá expandiendo y evolucionará del poema hacia la serie de poemas para acabar en un poema algo más extenso con respecto a sus textos iniciales. Después, llegado el año 1979, la poesía se diluirá en su prosa de ficción. De este modo, su poesía se nos presenta ahora como la primera fila de piedras que sostiene el resto de la construcción mural de toda su escritura en prosa.

La presencia de lo visual es otro asunto importante en su poesía. En sus textos la visión y el ojo aparecen como puentes entre el lenguaje y el mundo, y el lector asiste al deleite de imágenes sucesivas al sustantivo en distintos momentos del libro:

Fragilidad del alba: en el límite
de una lámpara oscurecida: aire
sin palabras: flor de ceniza, corola
plegada. Desde el más pequeño
de tus soles, retienes
la escaldadura: vaina
de luz apalcada. Tu palma
en barbecho: su semilla
entrando en la mudez. Más allá de esta hora, el ojo
te enseñará. El ojo aprenderá
a desear. 

Esa presencia de lo visual, preexistente en sus poemas, señala el camino que después ha experimentado su escritura y que lo llevó al cine (recordemos su faceta como guionista y director), o la fotografía -no olvidemos sus trabajos llevados a cabo con la artista Sophie Calle-.  Su último libro Viajes al scriptorium (Anagrama, 2007) así lo corrobora, en este las imágenes desempeñan otra vez un papel esencial.

Dicha descripción visual en su poesía -metafórica o no-, a pesar de mantener casi siempre la referencialidad potencia en el lector un sentimiento abstracto que proviene de una emotividad lenta procedente de los textos. Existen excepciones a ese tipo de poemas que predominan en Desapariciones como las poesías dedicadas a Van Gogh y al Diluvio, pero mayoritariamente es ése el poso ha ido dejando en mí la poesía del norteamericano en progresivas lecturas.

Este libro constituye una piedra angular para redescubrir el mundo austeriano. La magnífica introducción de Jordi Doce que lo precede dará también buena cuenta de ello.