| A modo de poética, por Francisco Afilado
A veces me pregunto si tiene sentido escribir ficción (y me da lo mismo si se trata de novelas o de cuentos). Inventarse historias, molestarse en escribir una historia, en contarla, en darle una estructura, en hacerla verosímil. Leer cuentos, leer novelas produce placer (al menos, a algunos nos causa placer). A veces nos ofrece algo más: sabiduría, claves para entender la vida (si es que hay forma alguna de entenderla), una visión de la realidad diferente a la nuestra, una puerta a algo que está más allá de nosotros mismos. Cuando uno lee ficción (cuando leo lo que otros han creado, lo que otros han inventado) parto de un acuerdo tácito: sé que lo que me cuentan puede no haber sucedido realmente (en realidad, sé que no ha sucedido salvo en la mente del autor y en las líneas escritas), y yo me lo creo (no siempre, porque no siempre los autores de las historias de ficción son lo suficientemente hábiles como para convencerme de que lo que ellos cuentan es verosímil). Es algo así como: miénteme, engáñame, pero hazlo bien, hazlo con sinceridad, con honestidad, maestría y conocimiento. No uses trucos, no me tomes por estúpido, no quieras darme gato por liebre. Pero si quien lo escribe soy yo (con la mejor de las intenciones, con el mayor de los esfuerzos, procurando utilizar todo lo que he aprendido durante un buen número de años de lectura y escritura), siempre termino preguntándome: y esto ¿para qué? Yo escribo porque disfruto cuando lo hago. Es algo visceral. Instintivo. Un instinto primario. Me lo paso bien cuando escribo. Así de sencillo (igual que disfruto leyendo). Pero una vez que he terminado un cuento, una vez que pienso que otros (con mucha suerte) lo leerán, siempre me digo: para qué, por qué. Quizás podría responderme si me preguntara a mí mismo qué siento cuando leo los cuentos de otros. Algunos cuentos me producen placer, pero también hay algo más. Qué siento cuando leo Después de los tejanos, Comunista o Hijo de Satanás. Es algo más que placer. Es como si algo me traspasara. Como si después de leer alguno de esos cuentos algo dentro de mí hubiese cambiado. Para Esme, con amor y sordidez. Es una experiencia sublime. Y, en otros casos, una experiencia terriblemente terrenal. Y humana. Pero yo no aspiro a tanto cuando escribo un cuento. Aparece la idea y comienzo a construirlo. Con la técnica que he aprendido. Con lo que he aprendido escribiendo, y leyendo a otros. Y unos días (o unas semanas) más tarde, el cuento está acabado. Lo vuelvo a leer para buscar erratas y, en ocasiones, incluso me sorprendo porque parece algo ajeno a mí. En más de una ocasión he leído declaraciones de músicos que dicen que las canciones flotan en el aire y que ellos son como una antena que las recogen y les dan forma, las materializan. Quizás algo semejante me ocurre con los cuentos, cuando soy yo el que los escribo. Tal vez las historias ya están ahí y yo las trascribo, les doy forma. Una forma muy meditada, con una estética muy definida (¿la forma es el fondo?). En mis cuentos el narrador omnisciente no existe, como si lo hubiese prohibido o le tuviera alergia. El narrador, cuando no es el protagonista, es un narrador-mirilla, un narrador-cámara. Cuasi omnisciente. Narra lo que los personajes hacen y dicen, nunca lo que piensan o sienten, porque el narrador no está dentro de ellos, está fuera. Y si el narrador es a la vez el protagonista del cuento, sabe lo que él siente y piensa, pero no lo que los otros personajes sienten o piensan. Cuando escribo (como cuando leo), no me gustan los artificios superfluos ni el lenguaje recargado. Por eso no me atrae el juego de escribir sólo para otros escritores. Aunque no sé definir con exactitud mi estilo o la clase de cuentos que escribo. Tal vez sean historias reales con protagonistas que buscan algo que les falta, con problemas como los de cualquier hombre o mujer. Lo primero es la historia, la narración. Con personajes de carne y hueso. Lenguaje directo, limpio, sin obstáculos. Lo primordial es narrar una buena historia y no hacer ejercicios de estilo. Muchas veces, escribo en presente. Porque me da la sensación de que hace al cuento más vívido (como si alguien se lo contara a otro por teléfono o sentados en un bar o en el metro). Pero puede que esté equivocado. Por eso mismo también los escribo en pasado. Por las mismas razones, tal vez.
La escritura es parte de mi vida (pero mi vida no está relacionada con la literatura de manera profesional, en el sentido de que me gano la vida con un trabajo asalariado que no tiene nada que ver ni con la crítica literaria, ni con el mundo editorial, ni con el periodismo, ni con la enseñanza ni con nada semejante). Escribo en los ratos que me quedan libres, encerrado en mi habitación, por las noches, cuando mi hijo duerme, después de recoger la cocina, poner el lavavajillas, tender la ropa y preparar la comida del día siguiente. Para mí, escribir es un acto cotidiano y, a la vez, un oficio que trato de hacer lo mejor posible.
Francisco Afilado por Luis García
Estamos ante un autor novel, ya que sólo tiene una única obra publicada, Perforaciones, pero ante un escritor maduro. El relato corto, el género del cuento, acaba de encontrar en Francisco Afilado a un prosista que recuerda a otro autor de su tierra, el palestino Gonzalo Calcedo, que es tanto como decir que recuerda a Raymond Carver. Atención, pues, a Francisco Afilado, a quien presenta en esta ocasión literaturas.com.
Luis García: Perforaciones, primer libro publicado... ¿sientes pánico escénico?
Francisco Afilado: Más bien todo lo contrario. Después de enviar mis cuentos a editoriales de todo el país, después de recibir una y otra vez la misma respuesta negativa, fría y educada (salvo una de Tusquets), el ver por fin mis cuentos publicados (sin haber pagado por ello) no me produce más que una satisfacción enorme. Yo no tenía a nadie que me presentara a los editores, ni siquiera una carta de recomendación, aún así siempre tuve esperanzas de que alguien supiera apreciar lo que hay de bueno en mis cuentos. También veía que las editoriales españolas no parecían muy dispuestas a publicar relatos como los míos (aunque sí lo hacen con autores extranjeros). Por suerte, Alberto Martín, de Tropismos (quien no me conocía de nada y al que estoy muy agradecido) decidió publicarlos. Se atrevió a publicar cuentos de un autor novel. Y si lo ha hecho, habrá sido por algo. De todas formas, no voy a negar que si comenzara a recibir críticas negativas, tal vez me afectara un poco. Pero es un riesgo que hay que correr.
Luis García: Te lo pregunto porque sé lo que es ver la primera obra en los escaparates de las librerías, presentarla en sociedad...
Francisco Afilado: Desde luego, el ver mi libro en las librerías se me hace raro. Igual que saber que está expuesto a que cualquiera lo critique. Pero cuando uno publica un libro, ese libro deja de pertenecer sólo al autor. Ver que ya hay gente que lo ha comentado (y que lo ha leído) se me hace más raro aún. Pero como por ahora los comentarios que ha recibido el libro son más bien elogiosos, pues estoy bastante contento. Lo mejor es que, de alguna manera, ahora me siento liberado. La publicación de estos cuentos es la culminación del trabajo realizado durante unos años. Es el final de una etapa.
Luis García: Y sin embargo atesoras varios premios de relatos... ¿es tu género literario preferido o te planteas dar el salto a la novela?
Francisco Afilado: Escribir relatos es lo que más me gusta, es con lo que más disfruto. Y, de momento, es a lo que quiero y puedo dedicarme. Me gano la vida con un trabajo asalariado que me quita un montón de tiempo. Pero aún así, me queda el suficiente como para escribir relatos. De momento, escribir una novela no es algo que me atraiga demasiado. Y de todas formas, si algún día tuviera tiempo y deseos de escribir una novela no lo vería como un salto. No creo en absoluto que fuera subir un peldaño en la creación literaria, no me parece que escribir una novela sea algo superior a escribir relatos. Son géneros diferentes, nada más. Igual que la poesía es otro género. Hay novelistas que, de pronto (porque se lo pide el dominical de algún diario, por ejemplo), deciden escribir relatos y, a veces, lo hacen como si sólo se tratara de comprimir una novela en diez o quince páginas, y al final el resultado es bastante lamentable, por no decir desastroso. No creo que sólo por escribir novelas se sea capaz, se tenga la habilidad y el talento suficiente como para escribir un buen relato. La mirada es diferente, la técnica también. La construcción de un relato conlleva una técnica determinada, entre otras cosas, por ejemplo, una concisión que no es necesaria en la novela.
Luis García: ¿Cuándo comenzó a escribir Francisco Afilado?
Francisco Afilado: El primer cuento lo escribí cuando tenía dieciséis años. Lo escribí en una Olimpia portátil, en papel cuadriculado. Creo que aún lo guardo, pero no sé dónde. Cuando tenía veintiún años escribí una novela. Desde entonces, siempre he escrito. Unas temporadas más, otras menos. Si el trabajo y otras circunstancias me lo permitían, ha habido épocas en las que escribía cuatro o cinco horas al día. Y otras en las que había días (incluso semanas) en las que no escribía nada. También fui durante varios años alumno de un curso de escritura creativa a distancia, por correo, en los Talleres Fuentetaja. Y ahora que puedo, aprovecho para decir que no me avergüenzo de ello en absoluto. Y lo digo porque hay escritores en este país que no se atreven a confesar que han pasado por algún taller de escritura (como si ello fuera un pecado). John Gardner, por ejemplo, fue profesor de Raymond Carver, y éste, a su vez, también enseñó escritura creativa. La mayoría de los directores de cine han pasado por escuelas de cine antes de realizar su primera película; muchos músicos de jazz han ido a escuelas en las que podían aprender directamente de los grandes del género; para hacer una mesa es necesario tener unas nociones mínimas que nadie mejor que un carpintero puede enseñar, pero parece que los escritores españoles han nacido sabiendo. Es bastante paradójico. En Fuentetaja tuve dos profesores: Francisco González Cueto y Ángel Zapata (un gran maestro: ya quisieran muchos tener su capacidad y habilidad de análisis). Con éste estuve más tiempo y aprendí mucho. Pero aprender no significa sólo mimetizar lo que otro te enseña. De hecho, me parece que mis cuentos y los que escribe Ángel Zapata son de estilos totalmente diferentes.
Luis García: Hay algo en tus relatos que me llaman poderosamente la atención: el comienzo de los mismos delimita el terreno de juego, es decir, en la primera frase condensas todo el relato. Algo que ya hacía Chejov o mas recientemente Carver. ¿Cuáles son tus referentes literarios?
Francisco Afilado: Pues creo que en realidad todo lo que leo o he leído (de una manera u otra) me influye. Todo lo que me gusta, claro. Si empiezo a dar nombres, no paro (como le pasaría a la mayoría de los escritores). En la adolescencia leí mucho a García Márquez y a Cortázar, y a Herman Hesse, pero también a Dostoievski, Gogol y otros autores rusos, y también William Faulkner. Hubo años en los que casi sólo leía novela negra (a los clásicos: Raymond Chandler, Dashiel Hammett, Jim Thopsom, Chester Himes, W. R. Burnett), También, desde hace bastante tiempo, la narrativa norteamericana de la segunda mitad del siglo veinte: Richard Ford, Raymond Carver, Salinger, James Balwin, Tobbias Wolf, Cheever, Sam Shepard, Bukowski, J. P. Donleavy, Truman Capote. Aunque ahora da un poco de miedo mencionar a algunos de ellos porque parece algo muy recurrente.Quizás sean estos autores los que más me han influido en el momento de escribir mis cuentos. Pero también me influye la música, el cine o la fotografía. Suelo escribir mis cuentos como si viera a los personajes desde detrás de una cámara. Y la música es para mí tan necesaria y vital como la literatura. En ocasiones, he intentado escribir cuentos con el deseo de que sonaran como algunas canciones de Tom Waits. Uno de los cuentos del libro lo escribí escuchando a Massive Attack por los altavoces del ordenador con el volumen bien alto. Desde luego, escuchar eso mientras escribía influía en mi forma de concebir ese cuento. Y Nebraska, de Bruce Springsteen, también fue la banda sonora de otro de ellos. Tal vez, si hubiese escuchado otro tipo de música, habrían salido diferentes
Luis García: Y el titulo de los relatos, de muchos de ellos, lo compone un solo término: Perforaciones, Desamparo, Compasión... ¿te cuesta poner títulos a los mismos?
Francisco Afilado: No, todo lo contrario. Porque los títulos sean de una sola palabra, ¿da esa impresión? Supongo que igual que mi estilo es bastante escueto, sencillo, directo, los títulos con un solo término les van muy bien a los cuentos. La verdad es que siempre procuro encontrar una palabra, una sola, que pueda servir de título. Condensan en un término (en la fuerza de una palabra) lo que el cuento significa. Es algo premeditado. Incluso el título del libro, Perforaciones (que es el de uno de los cuentos) creo que resume el contenido del libro: los personajes están perforados, sus almas tienen agujeros que tratan de llenar de alguna manera.
Luis García: ¿Te inspiras en casos reales real para perfilar a los protagonistas de tus relatos?
Francisco Afilado: Que mis cuentos sean realistas (por decirlo de alguna manera) no quiere decir que estén basados necesariamente en sucesos reales. Lo que les da ese aspecto real es la técnica, el estilo y el lenguaje escogidos al narrarlos. Pero la idea inicial puede proceder de un sueño, de algún recuerdo remoto, o también de una noticia del periódico, de una conversación oída en el autobús o en la caja del supermercado o en algo que le haya sucedido a alguien de mi entorno. Pero eso sólo es un punto de partida. La anécdota que sirve como una base sobre la que construir el cuento. Hay cuentos que son totalmente inventados. Creados de la nada (salvo que algo en mi inconsciente los haya provocado sin que yo lo supiera).
Luis García: ¿Qué estas escribiendo en estos momentos?
Francisco Afilado: Más cuentos. Sigo escribiendo cuentos.
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