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Alfonso Ruiz de Aguirre

Alfonso Ruiz de Aguirre

«Los libros de humor que admiro se asoman al cinismo para encontrar una salida a tanto absurdo »

Elisabeth M. Lamb

El escritor publica El difamador, un ajuste de cuentas contra empresarios explotadores, conductores asesinos y corruptos de las letras.

Alfonso Ruiz de Aguirre es un autor prolífico y de variados registros. Con su último libro, El difamador (Calambur), finalista del VIII Premio Río Manzanares de Novela, el escritor rinde tributo al género picaresco, al tiempo que hace una parodia de la novela negra. El relato cuenta la historia de Ricardo Salazar, a quien se le da la oportunidad de redimirse con un extraño trabajo: el de desacreditar a personajes de toda laya. Ruiz de Aguirre embiste con un humor corrosivo contra los “empresarios abusones, los conductores asesinos, los obsesionados por lo políticamente correcto” y los certámenes literarios amañados. Con ocho novelas y las que vendrán, ‘El difamador” es quizá la obra “mas gamberra” de Ruiz de Aguirre. Por la novela desfilan personajes tan esperpénticos como disparatados: Ochotorena, flagelo de pecadores y devoto de  las Milicias de Cristo; el malogrado torero Romerito de Carmona o el negro Kabuga, que cruzó el Estrecho en patera y acaba sacando rendimiento económico a su poderío sexual.

 

Elisabeth M. Lamb: ¿Es su obra un ajuste de cuentas?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Sin duda. Con todas aquellas personas que se toman a sí mismas demasiado en serio. Cuando escucho declaraciones de principios del tipo “yo nunca me vendería por dinero”, “yo siempre me he mantenido honesto” o “yo nunca me corrompería” me entra la risa floja. Será porque yo me prostituyo unas cuantas horas al día rompiendo tizas para el mejor postor. Mi protagonista se vende por dinero y encima le gusta. Y, por supuesto, trata de ajustar cuentas con los empresarios abusones, los conductores asesinos, los obsesionados por lo políticamente correcto y todos aquéllos que se sienten superiores a los demás por no sé qué fuerza moral que sienten en lo más profundo de su alma.

 

Elisabeth M. Lamb: ¿Es ‘El difamador’ su novela más gamberra?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Difícil elección. Arde Troya también reparte estopa a diestro y a siniestro. Mi hermana me pregunta de dónde me viene esa obsesión por hacer amigos y Lorenzo Silva se sorprendió de encontrar en una sola novela tantos motivos de querella. Lo cierto es que el humor es un camino privilegiado para mostrar los disparates con los que convivimos a diario. Damos por válidos principios que nos agobian, no nos hacen felices y nos vuelven vulnerables y ridículos, pero debajo de esa piel viven seres humanos sensibles. Vale la pena hablar de ellos para salvarlos, pero también resulta inevitable que te rías de sus mezquindades. Una persona resbala con una cáscara de plátano y estampa sus posaderas contra el enlosado: tú haces lo posible por ayudarla a levantarse… pero contener la risa es ya tarea de héroes.
 

Muchos ríos

 

Elisabeth M. Lamb: ¿En qué género se inscribe su relato, en el esperpento, la sátira, la novela picaresca, la novela negra, el humorismo?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Dicen que el eclecticismo es la característica más notable de la posmodernidad, y lo cierto es que El difamador bebe de muchos ríos. El homenaje a la picaresca es tan evidente como la parodia de la negra (dos géneros que me apasionan). Creo que en la obra hay huellas innegables de El libro de buen amor, La Celestina, El Lazarillo, El Buscón, El Guzmán de Alfarache, El Quijote y Pantaleón y las visitadoras. Siete de mis libros de humor favoritos. Todos, bajo la risa, cuestionan la sociedad de su época. Todos asumen riesgos (el autor de El Lazarillo no lo firmó para salvar el cuello y no morir de unas fiebres de hoguera). Todos se asoman al cinismo para encontrar una salida a tanto absurdo, y terminan rechazándolo.

 

Elisabeth M. Lamb: ¿Qué le ha hecho la Iglesia católica para que la odie tanto?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Mi visión del mundo es católica y siento una enorme simpatía por esa confesión, pero tanto el cristianismo como el marxismo, el fascismo o el anarquismo, comparten una altisonancia en la fe que las hace muy proclives a la broma. Meterse con los católicos da caché entre los progres, y lo mismo te acaba cayendo alguna recompensa. Sin embargo, si te metes con los musulmanes eres un cerdo racista y puedes acabar degollado en cualquier esquina. Los cristianos parecen menos peligrosos. Hay quien ve compatible ser cristiano y explotar a sus trabajadores, o ser marxista y poner una bomba en el Hipercor para que mueran trabajadores. Y a ésos sólo se les puede abordar desde la burla o desde la indignación. Yo elegí la burla porque la construcción de una novela exige demasiadas horas de soledad como para pasárselas indignado.

 

Elisabeth M. Lamb: En su novela aparece un alcalde de Madrid frecuentador de prostíbulos y consumidor de Viagra. ¿Cómo ha logrado quedar finalista de un premio que patrocina Cajamadrid?

Alfonso Ruiz de Aguirre: ¿Ah, el alcalde que sale es de Madrid? Ya no me acordaba. Tengo que releérmela. Lo que aparece en mi novela es tan disparatado que nadie puede confundirlo con la realidad. ¿O no le parece a usted inverosímil que en nuestro país los concursos estén amañados, que los políticos le den a la coca o que en los prostíbulos de lujo pueda encontrarse a la plana mayor de quienes luego se muestran dispuestos a edificarnos con su ejemplo moral? Absurdo. Como resulta absurda la idea de partida: un señor que se gana la vida difamando a los demás por encargo. No puede ser. No puede ser. En este caso, como dijo precisamente el enviado de Caja Madrid durante la presentación del libro, la ficción supera a la realidad.

 

Pura broma

 

Elisabeth M. Lamb: Arremete usted contra los premios literarios. Con sinceridad, ¿cree que el jurado del Premio Manzanares se ha leído su novela?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Conste que arremeto contra los premios literarios por pura broma, convencido como estoy de su total limpieza. En España hay varios tipos de premios. Los de clase F los organizan ayuntamientos, diputaciones o entidades públicas y suelen repartirse en función del mérito literario de los concursantes. Los jurados de estos premios, como el Río Manzanares, suelen leerse los libros. Los de clase A los organizan las grandes editoriales y suelen repartirse en función de variables psiconáuticas que escapan a mis torpes entendederas; sólo por casualidad acaban engordando su prestigio con nombres que se venden bien.

 

Elisabeth M. Lamb: Denigra los galardones literarios habiendo ganado 20 premios y menciones literarios. ¿Esquizofrénico?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Yo creo que se trata de envidia en su versión más castiza. Como no me dan los premios grandes, cojo una pataleta. Que me den el Vía Láctea y ya verá cómo me convierto en eximio escritor y obediente ciudadano.

 

Elisabeth M. Lamb: ¿Qué autores españoles le merecen más respeto?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Los muertos, que ya no se meten con nadie. Y de los vivos, los que no necesitan denostar a Galdós para hacer valer su concepción narrativa. Luis Landero domina nuestra lengua como nadie y es capaz de mostrarnos que la vida cotidiana también constituye un universo mágico; en los foros donde escribo me identifico como Faroni. Lorenzo Silva ha conseguido dar una visión muy personal y esclarecedora de los principales problemas del individuo del fin de siglo. Luis Mateo Díez escribe en un castellano impecable y Antonio Orejudo siempre me sorprende. El humor de Eduardo Mendoza sólo puede compararse con la perfección estructural de sus novelas más serias.

 

Elisabeth M. Lamb: ¿Y quién ocupa, a su juicio, un lugar inmerecido en la literatura española?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Yo, sin duda. Aún no se han dado cuenta de que soy un clásico.

 

Elisabeth M. Lamb: Es usted profesor de Lengua y Literatura española en un instituto madrileño. ¿Desolado?

Alfonso Ruiz de Aguirre: Mis alumnos no se merecen a los menguados que diseñan los planes de estudio. Nos mezclan la Lengua con la Literatura y las churras con las merinas. Los profesores somos los cocineros y los alumnos los garbanzos. Los señores, antes del Ministerio y ahora de la Comunidad de Madrid, nos obligan a hacer el cocido sin meterlos antes en remojo. Luego se sientan cómodamente a la mesa y, como no les gusta la pitanza, echan la culpa a la materia prima y a los currantes del fogón. Hace falta tener poca vergüenza.

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