| Miguel D'Ors
Sol de noviembre
Sevilla, Númenor, Cuadernos de Poesía, 2005
Con frecuencia alude Miguel D'Ors en sus notas de autor, sean prologales o epilogales, al viejo tema de la sequía poética o de la mudez del poeta en periodos más o menos largos de tiempo: “Las musas los prefieren jóvenes” o [la mía ha decidido] “trabajar en el paro”, dice en Hacia otra luz más pura, quizá junto con La imagen de tu cara los libros más equilibrados del poeta, los más clásicos, donde los elementos emocionales y los conceptuales están más aquilatados. El sol de noviembre, vuelve sobre el tema y señala que “este poeta lleva ya varios años sumido en una mudez casi perfecta. También a su voz parece haberle llegado el otoño”. Ésta no deja de ser la queja retórica preferida del infatigable escritor de versos, del poeta que fecha sus textos y no soporta ver fechas demasiado distantes entre sí. De su generación quizá sea D'Ors el poeta más prolífico: once libros en treinta y tres años, lo que nos proporciona una media de un libro cada tres años, media nada desdeñable que es para estar de enhorabuena.
No obstante, Sol de noviembre es, sin duda, el libro en el que esta falta de asistencia o este abandono de las musas (Talía, Euterpe o Erato, según) resulta más patente pues es de los suyos donde el poeta ha tenido que tirar más de traducciones, homenajes y variaciones: seis poemas traducidos y cuatro variaciones sobre temas próximos a su estética (si consideramos “Tierra de Cotobade” como un ejercicio en la estela de la canción de Unamuno “Ávila, Málaga, Cáceres” y “En el x aniversario de Víctor Botas”, como un homenaje al poeta amigo, serían seis las variaciones). Un poeta siempre traduce aquellos textos que le hubiera gustado escribir, los incorpora a su obra como una suerte de venganza literaria sobre el poeta que se le adelantó pisándole los temas que siempre consideró suyos. Así sucede con el excelente poema de Ada Negri “El don”, que también tradujera Eloy Sánchez Rosillo (Clarínnº 50, Marzo-Abril, 2004) y otro tanto con “De una ciudad catedralicia”, de Thomas Hardy, traducido asimismo por Joan Margarit para Comares.
Un caso curioso de variación es “Poema de un rato”. Con base en el conocido “Poema de un día. Meditaciones rurales” (Campos de Castilla) de Antonio Machado, pasando por la magnífica y personal versión de Enrique García-Máiquez “Poema de otro día” (Casa propia), curiosamente dedicado a Miguel D'Ors, el poeta construye este artefacto que constituye un derroche de ingenio y precisión técnica.
Otro caso no menos curioso de homenaje es “Un minuto de Teozoología (Navidad)”. Si “En el X aniversario de Víctor Botas” trata de celebrar al poeta asturiano versificando a su modo y utilizando sus recursos, aquí el homenaje va para Joaquín Antonio Peñalosa, poeta (sólo una de sus muchas devociones) de San Luis de Potosí, muerto en 2003, año en que se fecha el poema. La técnica y los recursos expresivos son aquí los que el páter mexicano sembró en sus mejores libros (Un minuto de silencio, 1966, Museo de cera, 1977, Sin decir adiós, 1986, Diario del padre Eterno, 1989, etc.), a saber: coloquialismo, sintaxis sincopada, prosaísmo lírico, humor, imaginería irracionalista, actualización de la técnica para tratar la temática religiosa (elimina el conservadurismo estético aplicando a la poesía religiosa la técnica de la poesía contemporánea), sencillez expresiva, diferentes enfoques de la realidad para sacarle perspectivas y ángulos nuevos, etc. Pero este poema nos recuerda a las Canciones para entretener la Nochebuena (1961), librito recogido junto con Ejercicios para las bestezuelas de Dios (1951) y Sonetos desde la esperanza (1962) en Un minuto de silencio, más la novedad de La cuarta hoja del trébol.
En este poema usa sabiamente D'Ors todas esas técnicas y recursos que antes señalábamos como propias de Peñalosa, más otras como la ruptura rítmica del verso (mediante los paréntesis, guiones o un simple “etcétera”), el juego o sustitución de palabras en sintagmas lexicalizados (ese inicio de “El Ángel del Señor interrumpió a María”, donde el “anunció” esperado y bíblico se esfuma por arte de magia, o el último verso de la primera estrofa, “y aquel sí de la niña inauguraba el Cielo”, en claro y desenfadado juego con el título de la conocida comedia de Moratín); la precisa, casi milagrosa adjetivación: lo de “manta / de ternura gaseosa”, aplicado al aliento de la mula y el buey, es sencillamente insuperable; y el sorprendente final con el cambio de una sola letra en el verbo. Todo este alarde técnico le quita el polvo retórico y conservador a la poesía religiosa escrita en español desde el siglo XVIII.
De esta misma tesitura es “Oración por nosotros los de siempre”, poema militante que a D'Ors le tuvo que dar muchos quebraderos de cabeza, pues no es nada fácil convertir una oración en poema o hacer de un poema una oración, una letanía o sucesión de faltas y pecados que se sostenga estéticamente y emocione al lector. El andamiaje técnico y el equipaje estético pueden ser perfectos, pero es difícil que un poema de contenido religioso emocione a un laico aficionado a la poesía, sencillamente porque no cree en tales mensajes y donde no hay creencia (verdad interiorizada) huelga la emoción.
La primera parte del libro, la más generosa en poemas (19), viene abierta por un haiku de Basho que anticipa la temática del conjunto (las citas de Miguel D'Ors están siempre muy bien traídas y cumplen el objetivo de toda cita: servir de apoyo y pie firme para que el lector entre en el texto): “Yo soy un hombre / que come arroz / ante la flor de asagao”, o lo que es lo mismo: el acto cotidiano de comer, aunque sea el simple y familiar plato de arroz, no está reñido con la contemplación y celebración de la belleza. Esta sección celebra el paisaje, la geografía de los lugares fundacionales que pueblan la niñez y la memoria del poeta. Se celebra también la familia y la amistad.
“Antes de que el silencio caiga sobre mi vida”, poema que abre la sección, es (se indica) una variación sobre un tema de José Cereijo (probablemente se trate de un inédito del poeta de Redondela, pues en sus tres libros publicados no encuentro rastros de dicho tema, salvo en “Exegi Monumentum”, de Las trampas del tiempo, que lo toca muy de pasada. Sin embargo, esta variación me ha recordado mucho el soberbio soneto “Yo sé que mis palabras te parecen”, de Las cosas que me acechan, de Víctor Botas); el poema, y no otra cosa, es el único aval de futuro para el poeta, el único capaz de darle un corte de mangas al olvido y repetir en ojos y en labios secretos y desconocidos el milagro del amor palpitante que le dio origen.
Un poema donde la realidad más inmediata (una suerte de crónica sociopolítica ajustada a la zafiedad del momento) se nos presenta, perfectamente imbricada, con momentos de felicidad y belleza, es “Lo mejor que me queda”. Aquí encontramos un haiku, “Para el aroma / nocturno del jazmín / no hay alambradas”, que nos salva de las miserias cotidianas. Esta concepción del arte como único territorio de libertad enlaza con las palabras del autor en la introducción: “a menudo pienso que se escriben versos por un déficit de felicidad”.
“Conversación con el otro” es un curioso poema de desdoblamiento, un divertido recuento de reparos al personaje que todos llevamos dentro, una especie de confesión o descargo de conciencia que elude el patetismo mediante unos recursos técnicos que en muy pocas ocasiones encontramos en otro poeta (el poema, en un momento dado, se alarga en nota aparte, como las usadas en la prosa ensayística sólo que en versos alejandrinos y endecasílabos).
Unos versos de Tagore, alusivos al fracaso en el amor o al dolor del desamor, introducen los trece poemas que forman la parte segunda. Más arriba he hablado de alguno de ellos, me interesa ahora apuntar algo sobre “Correo ordinario” y “Sobre un verso de Miguel Hernández”.
“Correo ordinario” viene a ser una deliciosa defensa de la carta misiva (aquella inolvidable y desconocida “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar”, de Pedro Salinas), de las cartas de amor cuyo misterio y encanto desaparecieron con el e-mail. El protagonista aquí imagina cómo se ha escrito la carta que recibe y describe con precisión la detallada geografía que recorre hasta quedar abandonada en el buzón. El último verso podría utilizarlo el Servicio de Correos como campaña publicitaria en defensa del correo ordinario: “Gracias, amor, por no querer e-mail”.
“Sobre un verso de Miguel Hernández” se inicia con un alejandrino, “Una mujer y un hombre gastados por los besos”…, precisamente el que cierra el poema “Canción del esposo soldado” del poeta de Orihuela. Interesa este poema porque el autor lo utiliza, inconscientemente quizá, para hacer teoría literaria o, mejor, para desarrollar la suya que, como sabemos, consiste en llamar a las cosas por su nombre. En la nota introductoria leemos: “Digo “el poeta”, y no “el personaje poético”, como ahora parece obligado por la moda. Ya se sabe: una creación, una ficción, una máscara… ¡Un cuerno! Como si esa máscara, caso de que se la quiera uno fabricar, no tuviera que ser inevitablemente fabricada con pedazos arrancados del propio rostro. ¿Dónde, si no en la vida vivida, podrían encontrarse los materiales para esa construcción? A fin de cuentas, si “o poeta é um fingidor”, no es menos cierto que finge que es dolor… el dolor que de veras siente. Por eso digo siempre “el poeta”: yo”. No nos extraña, por tanto, el reproche al verso y al poema de Miguel Hernández: “Discúlpame, poeta: la música es hermosa,/ pero la letra falta a la verdad”. La argumentación a este reproche es impecable y el desarrollo del poema una exhibición de la sabiduría estrófica y habilidades técnicas del poeta (la estrofa final es sencillamente insuperable). Pero nos cabe la duda de que Miguel Hernández con ese adjetivo “gastados” se refiriera precisamente a lo contrario que argumenta D'Ors: una mujer y un hombre desgastados de tanto amarse, besarse y quererse, pero nunca por falta de amor, sino por todo lo contrario.
Cinco poemas de tema religioso contiene la tercera y última sección del libro. La cita introductoria es de Cervantes: “Soy cristiano católico, y no de aquéllos que andan mendigando la fe verdadera entre opiniones”. Así de claro habla en su Persiles y así de claras tenía las cosas Cervantes. Con idéntica claridad nos habla D'Ors en estos poemas; lean si no “Por un azul y un amarillo” o “Elogio de los oficios”.
Sol de noviembre está escrito desde una maestría consolidada, desde la perfección de un oficio que sabe utilizar cualquier cosa para levantar un poema: unos versos de un amigo o un solo verso (como el de Miguel Hernández), las hojas amarillentas y caídas del frío chopo, el recuerdo del poeta amigo que se fue, una conversación consigo mismo, un paseo en bicicleta, una traducción…, todo le sirve al poeta laborioso que se queja de que las musas le abandonan o que se van de vacaciones ignorándolo. Siempre he pensado que cuando llegan a su puerta las fatigadas musas, lo ven tan afanoso y entusiasta en la tarea que prefieren no molestarlo y pasar de largo.
|