borde Sumario. Nuestro novel
David López

David López

«Quizá lo bueno que tiene ser un chaval al margen de todo el “ambiente” literario es que no me pienso en exceso las cosas y las hago, sin más»

 

Entrevista de Luis García

 

Amante posesiva, por David López

Todos somos hijos de nuestros padres; los escritores, empero, somos además hijos de lo que hemos leído y de lo que nos ha marcado. En mi caso, soy hijo de Anna Karenina y del oficial Vronsky, calvo y con ese bigotazo zarista. Me sumergí en su lectura con nueve o diez años, cuando el concepto del adulterio, más que confuso, era un conjunto de nieblas y secretos que se me antojaba la mayor de las aventuras emocionales posibles, aun cuando no supiera en qué consistía. Admito que los amoríos de Kitty y Levin me impactaron mucho más que las derivas sentimentales de la Karenina. Esa escena, sublime por irreal, en la que Levin se declara a Kitty escribiendo en una pizarra sólo las iniciales de cada una de las palabras que componen sus empalagosas frases, me sumió en una dicha difícil de explicar.

Cuando terminé la novela, supe que quería escribir algo parecido. Oh, oh, ya sé que es arrogante querer llegar hasta las alturas de Tolstoi (no digamos al viejo e inefable Dosto, o a cualquiera de los buenos novelistas decimonónicos franceses, o al viejo y gruñón Galdós), pero, ¿de qué se compone la vida si no es de actos de orgullo y soberbia? Sin un poco de arrogancia, todos seríamos tan grises y planos como resmas de papel reciclado, políticamente correctos y atados a un diccionario de tópicos inservibles.

Así pues, antes de querer ser hombre de ciencias (o, mejor dicho, Hombre de Ciencias), quise ser literato. Por supuesto, en aquellos tiempos desconocía lo que significaba realmente dedicar tiempo, alma y sacrificio a la escritura. Aunque escribí mi primera novela (un bodrio infumable perdido hace años) con dieciséis años, aprovechando los ratos muertos de las clases del instituto, en las que alcanzaba niveles de aburrimiento excelsos, aunque un año después escribí otra, aunque seguí escribiendo desde entonces con una pasión infantil, no comprendía lo que estaba haciendo, del mismo modo que el hoplita espartano en primera línea de la falange es incapaz de ver lo que su strategos quiere de toda la tropa.

Hoy en día sigo siendo uno de esos hoplitas de las letras. O como se define mi amigo Javier Pérez, también escritor (el ganador del premio Azorín 2006, nada menos, y es que el chaval también curra lo suyo), “somos albañiles de la literatura”. Unos levantan muros con ladrillos, nosotros levantamos párrafos con palabras y gramática y estilo propio. Jamás me he considerado un artista. Desde ese punto de vista infantil-juvenil que todavía conservo, los artistas siempre han sido seres bohemios y marginales, enfrascados en disquisiciones bizantinas acerca del significado de su arte y del modo en que pueden trascender con él hacia cotas más elevadas.

En mi caso… veamos, cada mañana llego a un laboratorio herrumbroso y me dedico siete horas y media a analizar zumo de manzana. De esas siete horas y media, me paso cerca de dos limpiando material de vidrio. Fregando, en otros términos. Es imposible trascender de esa realidad y, en realidad, no quiero trascender de esa realidad. No soy un artista. Soy un currela del capite censi que escribe porque, en el fondo de su alma, le gusta contar historias. Y dado que la genética me ha dado hilo dental en lugar de cuerdas vocales y nadie en sus cabales me tomaría en serio como cuentacuentos oral, me dedico a escribir historias que se me ocurren y que creo que podrían interesar al lector.

Ahora bien, eso no quiere decir que desprecie a la literatura. Al contrario. La amo (entiéndase el término: mantener relaciones sexuales con un morfema es complejo, y mi pareja me miraría muy mal) tanto como para dedicarle una importantísima cantidad de mi tiempo libre. Sin embargo, creo que hasta el momento carezco de aspiraciones elevadas en este mundo y observo con cierta incredulidad a quien dice tenerlas. Cada vez que leo a un autor (real o sedicente, tanto da) emplear los términos “conceptualmente”, “alegóricamente”, “performance” o cualquier otro que huela a sofisticación, empiezo a ver algo extraño y me tiemblan las rodillas. ¿No puede ser la literatura un medio de narrar historias, sin más, entroncándolas con una tradición anterior que nos hace escribir como lo hacemos y pensar como lo hacemos?

¿Qué es escribir, entonces?

Escribir es sentarse todos los días delante de una pantalla de ordenador para tratar de hacer algo digno del esfuerzo. Escribir es rendir culto a un montón de escritores que nos han precedido y cuyas miradas, graves y sentenciosas, nos escrutan desde sus tumbas. Escribir es crear mundos imaginarios lo bastante creíbles como para que el lector se los trague sin rechistar y, al final del libro, no le duela en el fondo del extracto bancario haberse gastado 18,50 en una novela. Escribir es ser arrogante con uno mismo y humilde con lo que has aprendido. Escribir es aceptar que la literatura es una amante celosa y posesiva que dominará la vida del escritor hasta que se muera y las Musas le lleven hasta el monte Helicón, donde espero que haya una orgía de escándalo al estilo de las setenta y pico vírgenes del paraíso musulmán (de lo contrario presentaré mis quejas a Apolo Musageta, como poco). Escribir es hacer magia, y una clase de magia maravillosa: no la que se saca palomas de la chistera y pañuelos de la nariz. Es la magia de crear mundos y personajes, una magia muy semejante a la de esos antiquísimos dioses protomesopotámicos que con un poco de arcilla y agua del Éufrates hacían maravillas. Escribir es tener una idea y sudarla en guiones y esquemas hasta pulir todos los detalles y, aun con ésas, saber que siempre harás algo mal y confiar en que tus amigos te lo dirán, y tener la suficiente honestidad como para admitirlo y ver cómo mejorar.

Escribir es algo hermoso. Nos sublima, en cierto modo, pero no nos hace distintos. Simplemente complementarios. No pretendo cambiar el mundo, no pretendo erigirme en modelo de nada ni de nadie, no aspiro a ser una especie de ONG que promueva valores de paz y solidaridad. Sólo soy un escritor que desgrana historias. Lo llevamos haciendo desde Homero y no veo motivo para cambiar en la función primaria.

Y lo que es más importante: me gusta escribir así. Y el único motivo válido que subyace a todos los motivos que podamos argüir (políticos, morales, sentimentales, juicios de valor, económicos, racionales) es uno muy sencillo: quiero o no quiero. Escribo porque me gusta, sí, pero también porque quiero escribir. Todos los que escribimos lo hacemos porque queremos. Así que nos tenemos bien merecido todo lo que nos pase.

 

 

 

Entrevista a David López, por Luis García

 

El biólogo y analista David López (Langreo, Asturias, 1978) se ha alzado con el Premio Jaén de Novela 2006 con la obra 'El crimen de Los Monegros' (Editorial Mondadori), una novela de suspense ambientado en los últimos años de la dictadura franquista. Estamos pues ante el descubrimiento de un nuevo autor que seguro nos deparará grandes sorpresas en el futuro, lo que convierte a David López en nuestro novel de este mes.

 

Luis García.- David López, ¿qué hace un biólogo y analista de laboratorio metido a escritor?

David López.- En realidad, quizá la pregunta sería qué hace un escritor metido a analizar mostos de sidra y estudiar nomenclatura latina binomial. Aunque es bien cierto que soy un biólogo vocacional (me encanta la ciencia y su lógica, su inmensa capacidad para hacer predicciones que se cumplen con una fiabilidad asombrosa), no es menos cierto que cuando me preguntaban a mis tiernos quince años qué quería ser de mayor, no dudaba en responder que quería ser escritor. Y no es un caso aislado: somos muchos los hombres y mujeres de ciencia que nos hemos pasado al mundo de las letras... quizá con la fe del converso.

 

Luis García.- O lo que es lo mismo...  ¿cuándo comenzó a escribir David López?

David López.- A los quince años comencé a perpetrar historias que, echando la vista atrás, no puedo sino mirar con una mezcla de asombro y vergüenza. ¡Eran terriblemente malas! Carecía, por supuesto, de toda base literaria y de cualquier sentido del ritmo en la narración, de cualquier uso de recursos narrativos. Era un niño que jugaba a escribir historias. Sin embargo, quizá debería decir que en realidad escribo desde hace dos años, que es el momento en que decidí tomármelo en serio. Ya que dedicaba horas y horas de trabajo a esto de llenar páginas de garabatos, pensé que lo mejor sería hacerlo bien y con cierta profesionalidad.

 

Luis García.- Ya que a pesar de ser un desconocido (literario) no es éste, el Premio Jaén, el primero que atesoras...

David López.- Así es, aunque tampoco es que tenga un bagaje de premios de lo más extenso. Dado que soy un inepto escribiendo cuentos, y las novelas llevan su tiempo (es el único género que cultivo), no he tenido tiempo de presentarme más que a unos pocos concursos. El otro premio que he conseguido en 2006 fue el Certamen de Novela Corta “Valdemembra”, en Quintanar del Rey, con una pequeña novelita de la que me siento muy orgulloso. En ese mismo año también he sido finalista del premio de novela Ángel Miguel Pozanco y del premio Planeta.

 

Luis García.- Premio que has ganado con una novela muy de genero, y muy cinematográfica, El desierto de los Monegros...  ¿qué te impulso a presentarte al mismo?

David López.- Básicamente, azar. Sé que en el mundillo de los concursos hay que escoger bien los lugares a los que enviar los manuscritos, que no todas las novelas pueden optar a ser ganadoras, dependiendo del jurado y de la editorial... Quizá lo bueno que tiene ser un chaval al margen de todo el “ambiente” literario es que no me pienso en exceso las cosas y las hago, sin más. El Premio Jaén me pareció un premio oportuno y ajustado, y no me lo pensé dos veces.          

 

Luis García.-¿La ves en la Gran Pantalla?

David López.- Carezco por completo de alma de especulador. No negaré que sería una grata sorpresa, pero lo primero son los pies en la tierra.

 

Luis García.-¿Te inspiraste en algún caso real para perfilar a los protagonistas de El crimen de los Monegros?

David López.- En ninguno, aunque la idea central de la novela, un crimen y un investigador que parece incapaz de llevar a cabo su tarea, ya me rondaba por la cabeza mucho antes de viajar con Javier a los Monegros. Pero no hay ningún hecho real o fingido tras la novela.

 

Luis García.- El cabo Ortiz recuerda (a mí me lo parece) al sargento de una conocida pareja de guardias civiles de un reputado novelista...  ¿casualidad o premeditación?

David López.- Mera casualidad, ya que no he leído a Lorenzo Silva (todavía) y mi interés por la novela negra, hasta este momento, era marginal. Me pareció que el personaje de un guardia civil sería más propio para una investigación en un lugar como Los Monegros, en los que cualquier otro personaje hubiera resultado demasiado exótico.

 

Luis García.-¿Por qué es Los Monegros el lugar perfecto para la trama que se desarrolla?.

David López.- Por su soledad y aislamiento, sin duda. Jamás me cansaré de decir que, desde cierto punto de vista, las tierras que se extienden entre Alcubierre y la Hoya de Huesca pertenecen a Marte.  En ellas se tiene la sensación de que todo lo que ocurre allí, allí se queda, y de que lo exterior no puede ser más irrelevante. Como escenario autocrático para una novela, es perfecto.

 

Luis García.- Estamos en la España mas negra, en medio de un ambiente hostil y con un escenario claustrofóbico y angustioso(no para de llover). ¿Qué pretendes decirle al lector con todo ello?

David López.- Que se olviden del resto del mundo y se concentren en lo que ocurre en el pequeño pueblo de Valdeazores, que es el trasunto para tantos pueblos de colonización monegrinos en los que se cuecen mil y una historias que, para sus protagonistas, tienen mucha más importancia que todo lo que pueda acontecer lejos. La lluvia, que intento tratar como un personaje más, ha de delimitar las miras del lector a la acción y hacer de compañera silenciosa y plomiza a toda la acción.

 

Luis García.- El barro lo ensucia todo... también la memoria de los habitantes del pueblo... ¿Así te imaginas a la España de entonces?

David López.- No necesariamente; la oscuridad, el barro, la memoria, son más características de una España que, por aquellos tiempos, ya estaba en pleno proceso de extinción, gracias al cielo. Si lo uso en esta novela es para dar fe de que, como decía con el caso de la lluvia, el pueblo es un aparte añadido al resto de la realidad del mundo y que, en rigor, el mismo pueblo es un mundo en sí mismo, alejado de todo lo demás.

 

Luis García.-¿Qué estas escribiendo en estos momentos?

David López.- En estos momentos estoy trabajando en tres proyectos que espero ir terminando a lo largo de la primera mitad de este año. Uno de ellos es una novela que trata en parte sobre la Argentina de los años de la Década Infame, otro es un proyecto personal sobre la historia (más o menos novelada e irónica) que cuentan los frescos de la capilla sextina, y el tercero es una biografía delirante acerca de la vida de Charles Darwin.

 

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