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Las aventuras de Wesley Jackson

 

William Saroyan (traducción de J. Martín Lloret)

 

Acantilado, 2006

 

Martín Piedra

Las aventuras de Wesley Jackson, William Saroyan

Parece ser que William Saroyan fue un buen tipo, una buena persona. Escribía con el corazón. Y el corazón no le permitía ciertas cosas. Las aventuras de Wesley Jackson, esta colección de episodios hilvanada como una moderna novela picaresca, le fue encargada por sus jefazos mientras prestaba el servicio militar en el ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, con la promesa de un buen permiso extraordinario. El objetivo era que narrase las aventuras de un soldado raso, realzando la visión amable y patriótica de su estancia en el ejército, pero lo que le salió del corazón a Saroyan fue una novela ingenua sobre un soldado feo y cantarín, que odia mentir, el último mono en el ejército. Un muchacho de 19 años que aprecia a sus compañeros, cuestiona a sus superiores y acaba por renegar de cualquier clase de autoridad.

Desde la primera página, Saroyan trata de dinamitar los fundamentos en los que se basa un ejército, y lo hace con episodios cortos, encadenados, en los que la acción roza el disparate, en los que los personajes, si son soldados son gente de buen corazón, arrancados de su vida civil, y si son oficiales o jefes son estúpidos, taimados y malas personas. Utiliza Saroyan unos diálogos intencionadamente pueriles, que muestran la contradicción entre la realidad y lo que se les dice que deben pensar, y que desarma los subterfugios en los que está basada la vida militar.

Reconoce el autor desde el principio que no tiene solución para el problema principal. Una vez declarada una guerra no hay más solución que ir a ella, dice. Lo malo es que a la guerra siempre van los mismos. Y él se reconoce en el bando de los perdedores, de los que van a ir siempre a las guerras, sean las que sean, como hijo de inmigrante armenio nacido en California que es. Por eso nos cae simpático cuando leemos las primeras páginas.

Cualquiera que haya cumplido el servicio militar se reconoce en las páginas dedicadas a ese ver pasar el tiempo de las guardias nocturnas, o en el sopor que provocan las charlas patrióticas, por ejemplo. De aquí, de esta identificación con lo que nos cuentan, nace el primer interés de esta novela, que se mantiene fresca desde 1946, año de su publicación después de ser rechazada por quienes habían encargado su escritura.

Hay episodios memorables. Las del soldado prisionero que necesita un sombrero de paja para tocar el trombón, o las del poeta que escribe cartas al mundo y las tira por la ventana de los hoteles, por ejemplo. Pero algo en la novela —en su lenguaje, en lo que nos cuenta, en la acumulación de acontecimientos— ha quedado desfasado con el tiempo, porque a partir del primer tercio de la novela, que coincide con el traslado del protagonista desde el cuartel en Ohio hasta Londres, para incorporarse al frente, notamos que digerimos mal las páginas, que escasea el humor y que el autor se nos pone demasiado trascendente. Nos recuerda demasiado a las páginas más empalagosas y místicas de autores como Hermann Hesse, por ejemplo, y en eso, en eso nada más, patina esta novela.