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Juan Marqués
Un libro tan rico como Tara merecería un análisis mucho más detenido que el que este espacio permite (y, probablemente, más profundo de lo que este crítico es capaz), pero basten estas líneas para invitar con entusiasmo (pero también con seriedad) a la lectura de un libro con el que Elena Medel ha dado una lección.
Porque queda cada vez más claro que la persona más lúcida a la hora de interpretar el insólito y justo éxito de esta jovencísima poeta es ella misma, quien, tras la espectacular aparición del premiado Mi primer bikini (DVD Ediciones, 2002) y con ese divertido y tal vez desenfadado (pero no descuidado) regalo que fue Vacaciones (El Gaviero, 2004, con un precioso prólogo de Antonio Portela), ha sabido esperar el tiempo necesario para gestar, escribir, y corregir varias veces decenas de poemas de los que al final han quedado, tras un durísimo y agotador proceso de selección y sabia contención, unos veinte, algunos de ellos divididos en varias partes. Medel ha debido tener textos y ofertas suficientes como para publicar diez libros durante estos años, pero ella respeta la poesía como muy poca gente que yo conozca, y donde algunos esperaban o querían tener una impaciente y frívola muchacha con hambre de focos y de aplausos, se han encontrado con una poeta honrada con su trabajo y con la literatura, dueña de una actitud y una madurez de la que tanto tendrían que aprender autores con cuarenta años más que ella.
Tara es un libro deslumbrante, excepcional en su desgarro y en su coherencia, una serie de poemas centrada en la muerte que no da demasiados descansos al lector. Creo que Tara trata de la agobiante necesidad de descubrir quiénes somos, que es angustiosa no porque sea imprescindible (según insinuaba el oráculo de Delfos) sino por la conciencia de que no tenemos demasiado tiempo para encontrar respuestas. La muerte como constante presencia, dando urgencia a nuestra vida, metiéndonos prisa, reinando sobre cada uno de nuestros segundos, dando y a la vez negando sentido a todo.
En este caso es la muerte de la abuela del yo poético (que en el libro que nos ocupa, y como queda claro en la dedicatoria general, en las notas finales y algún otro dato que dan los versos, coincide casi exactamente con la abuela de la autora: el proceso de ficcionalización es mínimo, estamos ante poemas “verdaderamente” íntimos) la que desencadena o desata la inspiración o la necesidad de escribir. La escritura como búsqueda, como interrogación, como introspección y también como compañía. La tinta y el papel son fieles cómplices de quien escribe estos versos, la ayudan en su investigación, y le sirven para afrontar ese duelo, esa mutilación, esa tara ya definitiva. Se diría que hay otras presencias amigas que tratan de atenuar la soledad o la amargura de la protagonista, y ésta, agradecida, les permite entrar al libro, pero no son suficientes para cubrir tanto vacío…
Y no. Como temía, apenas se puede empezar aquí a desentrañar un libro tan poderoso y tan emocionante. Dejando a un lado su singular estructura y la variedad formal de los textos y sin poder citar ni un solo verso (porque ninguno de ellos sobra y, en cierto sentido, ninguno de ellos destaca, porque todos se necesitan mutuamente, todos conspiran de igual modo para forjar un significado ya no sólo para el libro, que eso sería fácil, sino para lo que el libro entero se pregunta, para lo que necesita comprender…) quede esta torpe y apresurada reseña para celebrar muy personalmente la aparición de Tara. La espera ha merecido la pena, y este libro ya existe, ya está ahí, ya es nuestro para siempre. |