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Martín Piedra
William Maxwell fue editor literario de The New Yorker en los años más esplendorosos de la mítica revista. Desde ese puesto tan influyente ayudó y orientó en sus primeras obras a escritores como Cheever, Salinger o John Updike, y eso es ya decir mucho de él. Pero Maxwell también tuvo tiempo de desarrollar una breve obra literaria. Libros del Asteroide publica ahora Vinieron como golondrinas, una de sus novelas.
Maxwell hace uso en esta novela de una prosa diáfana, limpia, con una atención exquisita por los pequeños detalles, y nos desliza suavemente sobre la superficie de la existencia de una familia de los años 20 del pasado siglo en Estados Unidos, formada por un matrimonio y sus dos hijos. Con esta historia de una familia que camina hacia la desgracia, el autor nos regala una novela leve, dulce, esplendorosa. Emocionante, pero no lacrimógena, como a ello se prestaba el tema.
Estructurada en torno a la figura de la madre, una figura enorme, casi mítica desde el principio, bajo cuya sombra se cobijan todos, la acción avanza con lentitud pausada, como el agua que acarrea una noria, desde la primera a la última página, en los tres libros de que consta la novela, mientras nos muestra sucesivamente los puntos de vista del menor de los hijos, de ocho años, luego el del mayor, de doce, y al final, el del padre. Todos fuertes al principio, en un mundo con sólidos cimientos y las reglas claramente establecidas. Al final desvalidos, todos ellos con un trozo de su existencia amputada por la muerte de la madre, después de haber dado a luz su tercer hijo, víctima de la llamada gripe española.
Así, en la primera parte, en la de Buddy, conocemos la casa, la familia. Vemos los objetos y las personas con los ojos de un niño de ocho años. Los relojes pelean por dar las horas, los juguetes tienen vida propia, y la tendera del colmado al que acude a comprar mantequilla “tiene los ojos llenos de matemáticas”.
Luego, en la segunda parte, con la mirada de Robert, el segundo de los hijos, aparece ya la epidemia de gripe como la gran amenaza que podría destruirlo todo. Percibimos el mundo a través de los ojos de un chico de doce años, que no es un adulto todavía pero ha dejado ya de ser un niño. Se sube al tejado de la casa para ver la vida desde arriba, no comprende a los mayores y con su bravuconería desea que le presten atención.
La tercera y última parte nos muestra al marido completamente desolado por la muerte de la esposa. Quiere que el tiempo corra hacia atrás, que las cosas se muevan por sí mismas. Sufrimos con su apatía, con él en el velatorio, con la actitud hacia sus hijos, a los que no sabe ni puede consolar.
Lo que hace que este libro sea una maravilla que nos impulse a buscar y leer más de lo escrito por William Maxwell no es, desde luego, el tema, tan melodramático. Es el poso que queda después de cerrar el libro. El relato de lo cotidiano, de la sencillez de la existencia, la mirada exquisita que el autor posa en los personajes, en las jornadas y hasta en los objetos eleva esta novela unos cuantos peldaños por encima —muy por encima— de lo que se lee habitualmente. Es como si Maxwell nos hubiera acariciado.
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