| Poeta, narrador, antólogo, traductor..., no parece haber género que se le resista a Andrés Neuman, aunque posiblemente él mismo se reconocerá poeta antes que narrador por aquello de establecer si fue primero el huevo o la gallina. Andrés Neuman resultó finalista del Premio Herralde con su novela Bariloche hace tantos años que uno ya no recuerda cuánto ha publicado desde entonces. Por eso, es grato leerle y releerle, más si cabe, si lo hacemos en uno de esos géneros, el relato corto, que tanto parece gustarle.
Luis García.- Andrés Neuman... Poeta, narrador, editor... ¿en qué terreno se encuentra más a gusto?
Andrés Neuman.- Con los géneros literarios me sucede un poco como con las nacionalidades: vivo a gusto en la frontera. Me interesa mucho la escritura que se sitúa en las zonas limítrofes de los géneros, ver cómo la poesía le presta sus imágenes y la música de su emoción a la prosa, disfrutar de que la narrativa colabore con los poemas en la estructura y los personajes, que las novelas contengan cuentos, que los cuentos sugieran una novela posible que nunca llega a contarse.
Luis García.- Te lo pregunto para cotejar respuestas pasadas a idéntica pregunta, sobretodo porque entonces no habías iniciado aun tu faceta editora con Paginas de Espuma.
Andrés Neuman.- Pues supongo que en eso en concreto no he variado mucho, y mira que yo más bien soy militante de los cambios. Como dice Savater, algunos necios presumen de no haber cambiado nunca sus ideas, como si en lugar de una triste señal de dogmatismo eso fuese un mérito. Pero es que el tema del mestizaje de lenguajes y estilos está en el corazón mismo de lo que me afecta, es casi la razón de ser de mi escritura, la primera de todas las interrogaciones que me hago. Para mí la literatura es una mesa y cada género una pata. Si me quitaran una, perdería el equilibrio. No es una teoría literaria, es una forma de pensar el lenguaje. En cuanto a Páginas de Espuma, creo que ahora mismo, y sin exagerar, se ha convertido en la editorial de referencia del cuento en español a una y otra orilla. Por eso para mí colaborar con ellos es una forma especialmente gozosa de hacerle honor al género y de agradecerle a la editorial todo lo que está haciendo por esa criatura tan hermosa y falta de espacios propios como el cuento.
Luis García.- Una labor, por cierto, encomiable... ¿qué te resultó más difícil a la hora de abordar la coordinación de la Tetralogía sobre el cuento de dicha editorial?
Andrés Neuman.- La parte más difícil de Pequeñas Resistencias fue la coordinación de todos los esfuerzos. Todo el mundo colaboró desinteresadamente, y el proyecto despertó la simpatía inmediata de muchísimos escritores de América Latina y España: en eso lo tuvimos muy sencillo. Pero el asunto estribaba en que, a lo largo de los cuatro volúmenes geográficos, la labor de esos 13 antólogos y de esos 160 narradores breves provenientes de 20 países tuviese unos criterios comunes mínimos, una cierta coherencia metodológica. Fueron cuatro años de trabajo duro y muy gratificante, con muchos aprendizajes y asombros de por medio. Me hace ilusión pensar que el resultado final se parece a ese pequeño atlas del cuento contemporáneo en castellano con el que soñábamos.
Luis García.- Y ahora nuevamente un libro de relatos breves y no tan breves... Microrrelatos, hiperbreves, relato corto... ¿Qué definición te parece mas adecuada?
Andrés Neuman.- Como personalmente intuyo que la virtud del cuento de este siglo será la de derribar ciertos clichés formales del género que vienen durando ya más de un siglo y que han permanecido casi incuestionados (eso de las estructuras circulares, los finales cerrados o contundentes, la unidad absoluta, etcétera), pienso que no conviene perder demasiado tiempo con las nomenclaturas. A mí me gusta la palabra cuento, aunque soy consciente de que puede generar malentendidos, sobre todo en España, donde se emplea también con normalidad la palabra relato. A mí cuento me gusta porque es la más sencilla y tiene algo de raíz profunda, casi atávica. Quiero decir que la nomenclatura de hiperbreve podrá morir o caer en desuso, la micronarrativa podrá pasar de moda, pero uno tiene la sensación antropológica de que el cuento no desaparecerá nunca. Dicho esto, en este nuevo libro, Alumbramiento, hay dos clases distintas de cuento: una de ellas propone un relativo desarrollo de la historia, y su extensión va de 4 a 10 páginas; y la otra clase, que podemos llamar microcuento o como gustes, tienes una estructura completamente diferente, súbita y de una sola pieza. Esos textos del libro suelen tener una o dos páginas.
Luis García.- Un género en alza en nuestro país, el del relato, gracias a autores como tú y a Editoriales como Páginas de Espuma.... ¿Crees llegado el momento de su reivindicación definitiva?
Andrés Neuman.- Por fortuna, algunas editoriales españolas se han dado cuenta de que trillar siempre en los mismos surcos del mercado no sólo es más estúpido y culturalmente inútil, sino también menos rentable por saturación, por lo que están desempeñando una fantástica labor de difusión del cuento. No sólo Páginas de Espuma, cuyo proyecto me parece casi un milagro, sino también Menoscuarto, Thule, etcétera. De todas formas, igual que me opongo a valorar los libros al peso o a admirar a un autor según el tamaño de su miembro editorial, también me opongo a enfrentar los géneros, porque eso también sería una estupidez y una falta de respeto a la novela. Es cierto que Borges, Carver, Chejov, Quiroga, Poe, Maupassant o Cheever son narradores maestros gracias a sus cuentos, pero si amamos a Flaubert, Tolstói, Stendhal, Galdós o Faulkner es gracias a sus novelas. Para mí no es un problema de extensión sino de densidad, de intensidad literaria. Un texto breve puede ser inane, y Ana Karenina es una bomba atómica. Lo que de verdad me molesta es otra cosa, y es que no se valore el cuento por sí mismo. Como si en lugar de un resultado pleno tuviera que ser un paso previo para otra cosa, una especie de gimnasio. Pensar así sería tan absurdo como sostener que la orfebrería es la antesala de la arquitectura, o que los velocistas están destinados a correr el maratón. Y en este malentendido no sólo caen algunos editores, sino también la prensa e incluso muchos críticos.
Luis García.- ¿Es fácil vivir de cuento en España?
Andrés Neuman.- Pienso que lo paradójico es eso, que pese a la relativa carencia de espacios propios, el cuento español actual goza de una salud eufórica. Hay decenas de cuentistas excelentes: Merino, Mateo Díez, Monzó, Mercedes Abad, Hipólito Navarro, Rivas, Eloy Tizón, Félix Palma, Iban Zaldua, Cristina Grande, Martínez de Pisón, Care Santos, Manuel Moyano, Bonilla, Benítez Reyes, Carlos Castán, Berta Marsé, Ángel Zapata, Gonzalo Calcedo…, por fortuna la lista es larga. Pero es que la tradición del cuento español contemporáneo (aunque quizá no sea tan espectacular como la peruana o la argentina) arrastra un complejo injusto, porque es mucho mejor de lo que creemos: desde Aldecoa a Zúñiga, pasando por Medardo Fraile, Max Aub o Ana María Matute. Ahora bien, vivir del cuento sólo viven algunos políticos, y casi todos los señores que aparecen en la tele. ¡Qué talento! Uno no llega a tanto. Pero no me parece que sea imprescindible vivir del cuento: basta con que vivamos en él, y que él nos recompense haciéndonos felices.
Luis García.- Háblanos de tu libro Alumbramiento. ¿cómo nació?
Andrés Neuman.- Buena pregunta, y nunca mejor dicho: parece que nació. El libro tiene tres partes y la primera, que es la más larga, está compuesta de relatos que comparten una preocupación común, que en realidad fui encontrándome poco a poco mientras escribía: el rol masculino tradicional. Se trata de historias que, desde diferentes ángulos y estrategias, tratan de analizar y cuestionar la figura del hombre en sus funciones totémicas: el padre, el amante, el héroe, el justiciero, el luchador, el aventurero… Personalmente, pienso que replantearse la propia masculinidad tiene su importancia y que en cierta forma sigue siendo una asignatura pendiente, porque el cambio de rol de la mujer no puede consumarse por completo hasta que hombre revise también el suyo. Siempre me ha parecido curioso que el feminismo o el pensamiento de género tienda a considerarse una cuestión de mujeres, porque en realidad nos afecta y concierne a nosotros tanto como a ellas. La segunda parte del libro funciona como una bisagra, y está compuesta de microcuentos que participan tanto de las temáticas de la primera parte como de la tercera. Esa tercera parte aborda en clave humorística e irónica distintos aspectos del mundo literario: los clásicos, la traducción, la relación con los editores, los géneros literarios, la función del lector, etcétera. En el fondo, quizás el leit–motiv del libro sea ese: un cuestionamiento de las supuestas esencias de los géneros, ya sean los sexuales o los literarios.
Luis García.- ¿Y como selecciona un autor de relatos, aquellos que no debe publicar? (Por el momento, supongo).
Andrés Neuman.- En mi caso, es un proceso lento. Aunque parezca que publico mucho (y en verdad lo hago), mis tres libros de cuentos me han llevado alrededor de cuatro años de trabajo. En el caso del último, además, hubo al menos año y medio de pura corrección. Y es un proceso lento y muy insistente, porque creo que los autores somos pésimos leyéndonos: confundimos el placer de haber escrito determinado texto con la calidad del mismo, o le atribuimos valores por razones de cariño personal que al lector no le importan lo más mínimo. Así que mi método es, primero, escribir a saco, sin preocuparme del nivel de cada cuento. Después, cuando ya he reunido cierto número como para empezar a pensar en un libro, tiro directamente a la papelera los que me han salido claramente mal. Ordeno los que quedan, los corrijo y voy pensando en la posible forma de ese futuro libro. Sigo escribiendo y, en general, por cada cuento nuevo que va entrando en la carpeta otro antiguo sale con destino a la papelera. Un tiempo equis más tarde, cuando tengo el primer manuscrito de lo que podríamos llamar libro, se lo enseño a algunos amigos en los que confío y les pido que no tengan piedad. Si dos o más lectores coinciden claramente en devaluar un cuento, ese cuento es desalojado del libro. Y así hasta el final, mientras sigo corrigiendo por mi cuenta. Eso sí, los textos que descarto más bien hacia el final, esos ya no siempre los tiro: a veces los guardo, por si soy capaz de reescribirlos algún día o por si la idea sirve. En fin, es un proceso convergente, una depuración progresiva, de lo general a lo exacto. Y es agotador. Y te enseña mucho. Tengo la sensación de que corregir es tan o más difícil que escribir. La experiencia se nota mucho más en lo que tachas o en cómo rectificas, que en el primer borrador que escribes.
Luis García.- Y con nuevo Dodecálogo al final, continuación, como no, de tu anterior Dodecálogo que tanto dio que hablar.... ¿Lo veías necesario? El nuevo, me refiero...
Andrés Neuman.- Necesario para el lector, no lo sé, ojalá que sí: confío en su curiosidad. En todo caso, para mí mismo sí lo era, porque creo que una de las obligaciones morales de un escritor es desconfiar de sí mismo y de las bases de su lenguaje, y por lo tanto cualquier proyecto teórico necesita, para estar vivo, estar en constante revisión. De hecho, el primer dodecálogo está ligeramente retocado con respecto a la edición original de 2001. Tal como los veo, ambos dodecálogos pueden entenderse como complementarios, porque abordan cuestiones y problemas distintos con respecto al género. Para mí es un placer confundir la teoría y la práctica, y mientras mis editores no me lo prohíban o me echen de sus catálogos, seguiré haciéndolo por puro gozo, por curiosidad, y también un poquito por fastidiar.
Luis García.- ¿Es una vocación la literatura, o es “una obligación” para consigo mismo?
Andrés Neuman.- Creo que ambas opciones en el fondo son la misma: las vocaciones son necesidades, mandatos interiores que tratamos de obedecer para ser más felices o por lo menos algo más lúcidos. Para mí la literatura siempre ha sido eso: un asunto conmigo, una manera de aprovechar mejor la vida. Luego viene el tema profesional y todo eso, pero eso es absolutamente posterior y para mí no interfiere en el mecanismo primitivo: es lo que quiero hacer, lo que debo hacer, lo único que sé hacer. Esa sensación, supongo, acompaña a cualquiera que tenga una vocación definida. Siempre me ha conmovido lo desesperada que puede llegar a ser una vocación. Tiene algo de agónico. Por así decirlo, las vocaciones saben que sus dueños morirán, y los urgen a que se realicen.
Luis García.- Un amigo poeta (y común) siempre va acompañado de un bolígrafo “cargado” de poemas... ¿Tiene Andrés Neuman aún muchos bolígrafos “cargados” de relatos?
Andrés Neuman.- Espero que sí. Aunque lo primero que debe estar cargado son los ojos. O, mejor dicho, los ojos deben estar bien vacíos, limpios, dispuestos al asombro. No veo al narrador como a alguien que “lleva dentro” un montón de historias, sino más bien como alguien que presta una atención patológica a los personajes que lo rodean.
Luis García.- Y, ¿qué estas preparando actualmente?
Andrés Neuman.- Además de esos cuentos que siempre se nos cruzan y no nos dejan otro remedio que contarlos, ahora mismo reviso un libro de poemas que terminé hace un par de años. También estoy metido desde hace tiempo en una novela más bien gorda que no me deja dormir por las noches. Pero en fin, soñar sí que me deja. Menos mal.
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