Dos fascinantes colecciones de relatos escritos por la que es sin duda la poeta más sólida y significativa de la Inglaterra victoriana, Christina Rossetti, nos ofrecen este mes de diciembre dos editoriales –Funambulista y Alba–, caracterizadas, ambas, por su admirable labor de rescate de clásicos aún no traducidos al castellano, por la calidad literaria de sus textos y por la cuidadísima estética de sus presentaciones. La súbita presencia en librerías de dos volúmenes distintos que compilan la interesantísima obra narrativa de una escritora consagrada a la poesía no deja de sorprender, en primer lugar, porque hasta el momento ninguna editorial había mostrado gran interés por la obra en prosa de Rossetti y, en segundo lugar, porque los ejercicios de justicia literaria no se producen con demasiada frecuencia y, por tanto, resulta realmente extraordinario que ahora se le permita al lector en castellano disfrutar, por fin y por partida doble, de una obra hasta el momento caprichosamente olvidada pero imprescindible para el pleno conocimiento del ideario narrativo y de la existencia intelectual de una escritora fundamental en la historia de la literatura.
Christina Rossetti nació en Londres el 5 de diciembre de 1830, cuatro años después de que su padre, un italiano exiliado, se estableciera en Londres y se casara con Frances Mary Polidori. Christina fue la más joven de cuatro hermanos, pasó sus primeros años en el número 38 de Charlotte Street, cerca de Portland Place, y llevó una vida retirada, aunque su círculo incluía, entre otros, a Swinburne y Charles Dogson (Lewis Carroll), amigos de su hermano Dante Gabriel Rossetti –cofundador de la Hermandad Prerrafaelita y para quien Christina posaría como modelo, como también lo hiciera para algunas obras de Holman Hunt, de Madox Brown y de Millais–. Fue educada por su madre, Frances, en su casa y, ya dotada de cierto afán poético en los primeros años de su vida, empezó pronto a estudiar las obras de Dante Alighieri, quien se convertiría en una de sus mayores y más perdurables influencias poéticas. Rossetti manifestó toda su vida un enorme temperamento religioso, que se reflejó tanto en sus obras como en sus relaciones personales. Fue debido a sus diferencias religiosas por lo que rompió su compromiso con James Collison, miembro de la Hermandad Prerrafaelita, y también sería por motivos religiosos por lo que rechazara a Charles Bagot Cayley. De este modo, permaneció continuamente en compañía de su madre. Sus últimos años los pasó retirada en el 30 de Torrington Square, Bloomsbury, lugar que sería su hogar desde 1876 hasta su muerte, el 29 de diciembre de 1894, a los sesenta y cuatro años de edad. Se la consideró posible sucesora de Alfred Tennyson como poeta laureada, pero sería un honor que jamás llegaría a recibir ya que murió antes. Sería Alfred Austin quien recibiera el título de poeta laureado en 1896.
Los títulos de las dos obras en prosa de Christina Rossetti que ahora se nos presentan son “Parecidos razonables” (Speaking Likenesses, 1874) publicada por Funambulista, y “Lugares comunes” (Commonplace, 1870) publicada por Alba. La primera, “Parecidos razonables” –que cuenta con las maravillosas ilustraciones que el pintor prerrafaelita Arthur Hughes realizara para la edición original–, consta de tres relatos para niños narrados a cinco hermanas por su tía, una mujer regañona y poco dulce. En su época, Christina Rossetti se referiría a este libro con la expresión “nadería navideña, al estilo de Alicia, con un ojo puesto en el mercado”, incluyendo así su obra en la tradición de relatos para niños en que los animales hablan, la fantasía gobierna la acción y los obstáculos se suceden para ser salvados como única manera posible de que la historia siga avanzando. No obstante, existe un evidente elemento diferenciador en los personajes de estas tres historias inclementes, que las hace tan significativas: las niñas de Christina Rossetti son niñas “conscientes”. Son niñas con los pies bien anclados al suelo. Saben que su situación es lamentable, por lo que no hay mucho espacio para las risas, para el verdadero olvido o para la verdadera diversión, ya que todo, cualquiera de sus actos más insignificantes, está subyugado por una amenaza que puede llevar, en cualquier instante, a su ruina, al fracaso, y la infelicidad más absolutas.
También en “Lugares comunes” realiza Rossetti una auténtica exploración literaria de la opresión ejercida sobre las mujeres victorianas, consideradas pobres criaturas a las que había que proteger y alejar de cualquier conocimiento excesivamente mundano que pudiera turbar su cándido espíritu, y que, por tanto, debían conseguir la perpetua compañía de un esposo que se encargara de vigilar sus movimientos y de guiar sus pasos. En la nouvelle que da título a esta colección de relatos –trazada abiertamente al estilo de Jane Austen–, William Charlmont desaparece en el mar y su viuda le encarga a la mayor de sus hijas, Catherine, que no abandone jamás el hogar familiar ya que debe esperar allí el regreso del padre. Catherine, abnegada, cumplirá su promesa, a pesar de ser consciente de que ello le implicará asumir que los años seguirán pasando, que ella inevitablemente envejecerá, y que su única e insalvable perspectiva será la de una lánguida y fatídica soltería.
Cierto desconsuelo, ciertos indicios de indocilidad ante lo impuesto de forma en ocasiones tan irracional, la renuncia al amor terrenal y una resignación que conduce a un rendido estoicismo son notas presentes en los textos más memorables de Rossetti que, naturalmente, también afloran en la que es su producción narrativa. Debemos felicitarnos por las presentes ediciones de estos dos títulos que resultan primordiales para la completa y satisfactoria comprensión de una obra que, hasta el momento, se nos había entregado sólo en parte.