borde Sumario. Libros. Reseña.
 

Todos nosotros

 

Raymond Carver

 

Bartleby, 2006

 

Óscar Curieses

Un fotógrafo retratista depende de otra persona para completar su fotografía. El sujeto imaginado, que en cierto sentido soy yo mismo, debe ser descubierto en otra persona dispuesta a participar en una ficción de la que no sabe nada.

RICHARD AVEDON, prefacio a In tne American West

 

Una de las virtudes de Raymond Carver, quizá la mayor, es la invisibilidad de su estilo. La transparencia de su escritura hace que desparezcan todos los resortes de la creación, incluso cuando él mismo los señala en Tu perro se muere, uno de los poemas que abre Todos nosotros, donde se hace una poderosa reflexión sobre el acto de escribir sin que apenas nos venga a la cabeza el término metaescritura. Esa imperceptibilidad de los recursos que lo hermana con William Carlos Williams (pensemos, por ejemplo, en el poema A proletarian portrait), se reviste de temáticas algo más punzantes que las del anterior, cercanas a Charles Bukowski, a quien Carver cita en más de una ocasión y dedica algún poema, caso de No sabéis lo que es el amor (una tarde con Charles Bukowski). La distancia entre ambos autores, creo, reside en el distinto punto de vista con que abordan temáticas semejantes. En el caso de Bukowski encontramos en los textos un aire más barojiano y nihilista, se queja sin remedio de todo y por todo, mientras que en Carver la atmósfera semeja al realismo poético de Chejov o a los pasajes más líricos de la prosa de Hemingway, con quien guarda bastantes similitudes. Carver y Bukowski se redimen del alcohol a través del amor y la escritura, ahí reside su parecido, pero la forma de llevarlo a cabo resulta diferente, a pesar que a ambos se les encierre bajo la etiqueta de realismo sucio.
Todos nosotros, versión española de los Collected Poems de Carver, está repleto de poemas confesionales donde lo más cotidiano resulta el vehículo perfecto para la expresión de sentimientos íntimos, algo que insiste en la veta abierta por Wordsworth y Coleridge en las Lyrical Ballads, donde lo no poético y el lenguaje coloquial se convertían en poesía. En Carver encontramos muchos de esos elementos traduciendo las vivencias de personajes proletarios de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos. Los retratos que lleva a cabo el escritor -aunque en el caso de los poemas de Carver deberíamos hablar de autorretratos- recuerdan a los que llevó a cabo el fotógrafo Richard Avedon en la década de los ochenta con su trabajo In the American West; en aquellas fotografías la intensa poeticidad nacía de una transparencia afectiva extrema que se transformaba en una cruda desnudez de los sentimientos. Es cierto que lo dicho de Raymond Carver con respecto a Avedon quizá sirve más para sus cuentos que para sus poemas, pero el proceder de Carver resulta igual de útil para las situaciones retratadas, con la salvedad de que el retratado suele ser él mismo a través de determinadas vivencias.
Las relaciones familiares ocupan un lugar importante en todo el libro y aparecen siempre como hechos irreversiblemente dolorosos, con la excepción de Tess Gallagher, escritora y esposa del autor, a quien Carver expresa su gratitud en repetidas ocasiones por rescatarle del infierno en el que se encontraba. El trayecto vital del escritor aparece de un modo optimista en Todos nosotros ya que después de unos primeros años muy difíciles encuentra el amor -el de Tess- que le acompañará hasta la muerte. Su periplo vital se resume en uno de los más bellos poemas del libro titulado Propina. El resultado de su vida se resume en la última nota encontrada por Tess Gallagher tras su muerte y que lleva el nombre de Último fragmento:

¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra. 

El tono de este último poema y lo circunstancial del mismo nos trae a la memoria el último fragmento escrito por Antonio Machado (Estos días azules y este sol de la infancia), a quien dedica Carver el poema Ondas de radio:

Cerré los ojos y me puse a escuchar el sonido
 del agua. Luego los abrí y empecé a leer
 “Abel Martín”.
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Espero, incluso a pesar de lo que sé de la muerte,
 que hayas recibido el mensaje que te envié.

Pero esa tranquilidad de los poemas anteriores contrasta en gran medida con las vicisitudes a las que se enfrenta el escritor en textos como Nuestra primera casa en Sacramento, A mi hija o en Ante una vieja fotografía de mi hijo. En ellos lo familiar es mostrado como un purgatorio asociado al alcohol, que traduce las taras familiares repetidas de generación en generación. Carver no llega al grado de cercanía de la poeta Sharon Olds a la hora de auscultar las heridas ancestrales, pero al igual que ésta resulta poco complaciente con el lector:

Ay, hijo, en aquellos días quise
cien -no mil- veces que te murieras.
Pensaba en todo lo que dejamos atrás. ¿Quién diablos
sacó esta foto y
por qué aparece ahora,
justo cuando empezaba a olvidar?
Miro la foto y se me  encoge el estómago.
Me veo a mí mismo apretando las mandíbulas, los dientes, y
de nuevo me puede la cólera.
Sinceramente necesitaría una copa.
Eso es una prueba de tu fuerza y tu poder, del miedo
y la confusión que aun me inspiras.

 

La crudeza de algunos momentos de la escritura de Carver constituye la base misma sobre la que descansa esa elegancia estilística de la invisibilidad.
En Todos nosotros podemos encontrar una suculenta variedad temática, algo que lo distancia de sus relatos donde suele ser más uniforme, en especial en lo que atañe a los personajes. Aquí, al igual que en su prosa, se constituyen como elementos esenciales lo familiar, las experiencias con el alcohol, el amor fracasado y la escritura; pero se añaden a esas temáticas los poemas-homenaje (Balzac, Machado, Hemingway, William Carlos Williams), la reflexión en soledad, la pesca, la amistad, o las escenas cotidianas de súbita trascendencia.
El narrador y poeta estadounidense demuestra en Todos nosotros cómo su estilo es fruto de la elección y no tanto de la necesidad, algo que le había reprochado injustamente la crítica más elitista. La escritura de Carver profundiza en una veta literaria importantísima del realismo siguiendo los pasos de autores como Chejov, Machado, Hemingway y otros. Sus trabajos nos enseñan que la realidad no está agotada y que la mirada artística sigue siendo lo principal. 
La excelente traducción de Jaime Priede junto la introducción preparada por Tess Gallagher para Todos nosotros publicado en Bartleby otorgan al libro un carácter excepcional dentro de lo que ofrece el mercado. Estos materiales junto a la nota que fue publicó Mariano Antolín Rato en su traducción de Bajo una luz marina (Visor, 1990) son textos muy interesantes a la hora de acercarnos a la vida de Raymond Carver porque intensifican el valor artístico y semántico de los textos. El narrador estadounidense encuentra la poesía en la vida, no al revés.