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Manual de literatura para caníbales

 

Rafael Reig

 

Debate

 

Miguel Baquero

La irreverencia es siempre saludable, sobre todo en Arte y especialmente en Literatura. No hay nada más nocivo para escritores y lectores que plegarse de manera ciega al canon, que aplaudir cuando lo ordena el jefe de la clac, que alfombrar el camino de las vacas sagradas, que aceptar, en suma, sin chistar que es bueno lo que «los entendidos» o lo que «el gran público» entiende por bueno.

De hecho, tantas veces como la Literatura ha avanzado hacia delante, ha conseguido logros y ha revolucionado la estética ha sido porque alguien, o algunos, han puesto en cuestión lo establecido, ha considerado los modelos triunfantes como caducos y se han enfrentado al sistema cultural. En cierto modo, esta evolución hecha a fuerza de rebeldía y autenticidad puede verse nítidamente en Manual de literatura para caníbales, el último libro del asturiano Rafael Reig (Cangas de Onís, 1963). En Manual de literatura para caníbales se nos cuenta, de un modo ciertamente original (mezclando elementos novelísticos con otros propios del ensayo), la evolución de la literatura española y latinoamericana desde los románticos (Espronceda, Larra, etc.) hasta nuestros días. Para ello Reig usa como «percha» una familia que, picada por el gusanillo de las letras, se propone generación tras generación realizar la obra maestra definitiva, pero siempre va un paso por detrás de su tiempo: así uno busca componer el gran poema romántico cuando ya se imponen los naturalistas, o se emplea en el acabose del modernismo cuando ya triunfan las vanguardias.

A través de este hilo conductor, Rafael Reig va haciendo un repaso a las diferentes épocas, generaciones y escuelas literarias, un repaso que (y esto siempre es de agradecer y de admirar) se aparta en la mayoría de las ocasiones de los juicios preestablecidos y opina sobre los autores con libertad y juicio propio. Es muy gratificante leer cómo un autor, al contrario de lo que rezan los libros de texto, considera a Larra, por ejemplo, un imbécil más atento a la pose romántica que a vivir con sinceridad, o se burla de las maneras alambicadas de Federico García Lorca, o se mofa de un presunto referente intelectual como es Ortega y Gasset.

En ocasiones la pulla supone un verdadero soplo de aire fresco, como cuando se dirige contra la sacralizada generación del 27; otras veces peca quizás de excesiva, como en el caso de Azorín, contra quien se ceba Reig a lo mejor injustamente, pero, eso sí, con una enorme gracia: «Todo lo repite tres veces con distintas palabras (...) Va, te convido a un café —le ofrecían, por ejemplo—. Venga. Lo ansío. Lo apetezco. Lo voliciono». Hay capítulos en los que los aldabonazos contra un (siempre presunto) gran escritor suenan a tópico, como cuando arremete contra Camilo José Cela, o cuando se explaya sobra la farragosidad hormigonera de Juan Benet, el escritor seguramente más sobrevalorado y plasta de su siglo. Pero, en cualquier caso, todo ello está dicho desde el criterio bien fundado y desde la agudeza y agilidad de la expresión, aunque haya una tendencia ciertamente reprochable a caer en la frase coloquial, el modo chabacano y la expresión común: «Sí, bueno, vale, de acuerdo, les ponía como hoja de perejil (...). "Dame pan y llámame tonto", se dijeron los poetas, como quien dice: "¡Miel sobre hojuelas!"»,  esto en apenas cuatro líneas de la página 125.

En todo caso, estas bruscas caídas del estilo y los juicios a lo mejor demasiado laxos o demasiado rigurosos se disculpan porque nos encontramos ante un texto valiente donde Rafael Reig se atreve a expresar sus gustos literarios sin importarle un adarme la versión oficial. Ello hace de éste un libro agradable, sano y necesario... pero también peligroso, por lo que voy a contar.

Engolosinado con los juicios libérrimos, «caníbales», del autor, uno no ve el momento en que llegue a la época actual y se produzca con igual largueza sobre los escritores de hoy. Así entramos en el último capítulo, titulado (crecen nuestras expectativas) «las criaturas monstruosas». Y es entonces cuando se produce la decepción, porque el autor, de pronto, se desinfla. Se arruga. Bien es cierto que comienza con una acerada crítica contra Javier Manías (la errata es intencionada), el que se llama a sí mismo, y en verdad lo practica, sucesor de Benet. Pero aparte de esta crítica al oxoniense, casi obligada, desde este punto en adelante, cuando tiene que hablar de autores vivos, Reig se cuida muy mucho de emplear adjetivos, adverbios o palabras que puedan herir a nadie. Anda con todo el cuidado del mundo, para no ofender. Todo lo más, y después de narrarnos, de una manera tan pueril que causa sonrojo, una batalla entre los partidarios del argumento y los del estilo, el autor afirma que la literatura hoy día (¡sublime revelación!) es antes un proceso industrial que intelectual, y lo ilustra pintando a los escritores como peones de una cadena de montaje, quién especializado en describir paisajes, quién en temas psicológicos, quién en asuntos amorosos... Para que nadie se sienta molesto él mismo se incluye en el listado, como especialista en exclamaciones rotundas.

Tamaño compadreo acaba por resultar estomagante, como esas crónicas de sociedad en que salen los asistentes a una fiesta retratados en grupo y debajo de la foto un pie: «V, W, X, señora de X, Y y Z en amigable compañía»; «H, I, J y K intercambian unas palabras mientras degustan un vino español». Corporativismo, en fin, puro y duro, en lo que parece una orla de fin de carrera (todos muy bien peinados), Y es que, al final, ¿no es verdad, señor Reig?, una cosa es ser caníbal y otra que le dejen a uno sin su reseñita en Babelia; una cosa es ser independiente y otra que te retiren la invitación a fiestas y presentaciones; una cosa es mostrarse, arrimarse, ponerse y otra dar capotazos y hacer fintas a toro pasado, o, lo que es lo mismo, a escritor fiambre.