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Luz previa a la luz

 

Miguel Ángel Gara

 

Algaida, 2006

 

J. Luis Gómez Toré

Con Luz previa a la luz, su segundo libro de poemas, Miguel Ángel Gara (Madrid, 1970) ganó el XXIV Premio de Poesía Ciudad de Badajoz. Al igual que en El libro de Sara (2005), su primer poemario, nos encontramos con un texto en el que cada poema está al servicio del conjunto, de tal manera que si bien cada uno de ellos conserva su valor como texto autónomo, sólo adquieren su verdadero sentido al considerarlos como partes de un poema unitario. A través del símbolo de la luz, que funciona como nexo simbólico del poemario, el poeta se enfrenta a una existencia en la que vida y muerte parecen formar parte de la misma claridad o de la misma noche. De nuevo, también como en El libro de Sara, Miguel Ángel Gara echa mano del versículo para tejer un discurso en el que, sin renunciar a la música del poema, se aúnan reflexión y emoción.
El camino siempre adelante, como una flecha hacia la muerte, de la temporalidad humana parece curvarse más allá del horizonte para situarnos ante un tiempo cíclico: «La palabra que es vieja sale de labios nuevos». Con la conciencia de que «la belleza, aun ausente, es la horma de los mundos», el poeta se adentra en el misterio del vivir sin dejar de prestar atención a lo mínimo, a los pequeños detalles que tejen una vida. Y no podía ser de otra manera porque en cada ser humano se reproduce el drama y el milagro de la existencia, «Porque es batalla el estruendo de la respiración» y «El nacimiento del sol es simulacro del hombre por llegar».
Buena muestra de la estrategia compositiva del poeta es la afirmación «Un hombre pidió luz al morir». La cita de Goethe al principio del libro puede hacer recordar al lector las últimas palabras del autor de Fausto cuando, en las puertas de la muerte, reclamó «Luz, más luz». Que el gran escritor alemán se convierta aquí en «un hombre» no supone un ingenuo juego de adivinanzas, un simple guiño al lector culto. Ese hombre es y no es Goethe. Remite a alguien en concreto pero al mismo tiempo puede ser cualquiera de nosotros. Este no es un caso aislado en el libro: en todo él asistimos a atisbos de una historia personal, a pequeños retazos de una vida que no se convierten en simples anécdotas porque nunca pierden su espesor simbólico. Todos somos ese niño que llega a la vida y todos somos ese hombre que pregunta por la luz. En cada nacimiento, en cada muerte, el ser humano se enfrenta a esa claridad misteriosa, a ese fuego que constituye su fin y su principio.