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La proeza de los Ineptos

Pilar Gil

 

 

 

 

Hay un cartel a la entrada de Scriptorium, dice: El juramento hipocrático de quienes seremos tus tutores, nos compromete a luchar contra el primer enemigo de la escritura, la inconstancia.

Antes de llamar a la puerta, di un paso atrás, tome perspectiva y lo leí dos veces, sonreí, no niego que sonreí con ternura ante aquel brindis al sol. Incluso creo que reflexioné en voz alta respecto al tamaño y buena salud, del monstruo que tenía instalado en mi sótano, cuyo nombre era “Dispersión” y reinaba sobre las cuatro esquinas del folio en blanco.

Cuando llegué a Scriptorium, había renunciado a encontrar un taller literario que me aportase algo nuevo, más allá de otro exquisito cargamento de apuntes y una cucharada del juicio de los desconocidos a los que debía enfrentar mis escritos, si por fin decidía colgarlos en el escaparate y probar fortuna.

Así que antes de dejar mis recelos en la puerta y decidirme a dar un paso adelante, rodeé el edificio y eché un vistazo a través de las ventanas abiertas.

Scriptorium no parecía un aula al uso, no había pupitres ni pizarra, ni grandes carteles que anunciasen a bombo y platillo que por un módico precio pondrían a mi alcance en secreto del éxito.

Tampoco vi cerrojos, o claves maestras, al contrario la casa Scriptorium estaba segmentada por puertas abiertas, que conducían a estancias con extraños y sugerentes nombres: Tautograma, S + 7, Lipograma y por encima de todas unas siglas, OULIPO.

El continuo restrictivo apuntaba a un horizonte que no podía alcanzar, pero imaginaba repleto de aventuras y constantes duelos contra todo lo que hasta ahora había encasillado mi creatividad.

Y entonces lo comprendí, Scriptorium, aquella casa de arena cambiante que se insinuaba retadora, era un nudo en el organigrama de respuestas que forman parte del destino. Un nexo a partir del cual todo cambiaría, el concepto de la literatura cambiaría, las palabras cambiarían y yo con ellas.

Me hallaba ante el gran salón del juego inherente a la creación intelectual, el corro de la gallina ciega, la carrera a la pata coja por el sendero de baldosas amarillas. Scriptorium ya era un camino transitado, bullía en actividad y las huellas de otros, que antes que yo habían desempolvado los entresijos de la gran maquinaria del ingenio prohibitivo, me sirvieron de guía.

“El Scriptorium es un taller de escritura que se gestó mucho antes de que llegara su época. Raymond Russel, Italo Calvino, Perec, Queneau y por supuesto Borges conocían la relación de la cibernética con los fantasmas. Antes de que existiera esta red la imaginó Calvino y la llamó máquina espasmódica. Nuestra metodología es deudora del OULIPO y el concepto de literatura potencial de estos autores y de ellos tomamos nuestro nombre”

Aquella visión filosófica de la literatura, la concepción matemática, casi cuántica de las letras, me fascinó. Era imposible resistir la tentación de tomar la casa por asalto y sumarse a las cabriolas que se anunciaban en el piso de arriba. Busqué la llave bajo el felpudo, entré sin llamar y Marta Sanuy me recibió: “Después de estar una semana pensando en casas, se leen casas en todos los sitios, hasta se ven las casas de otra manera”.

Quizá eso era todo, tal vez la clave de la auténtica creatividad fuera un punto de vista distinto del mundo cotidiano y según parecía, eso podía conseguirse por medio del OULIPO. Pero ¿qué demonios era el OULIPO? Escuché voces que provenían de la cocina, y sin miramientos espié la acalorada discusión entre detractores y fervientes defensores del método Oulipiano.

-“La restricción es ante todo una palanca para el lenguaje, la escritura sin restricción esta llena de costumbres y las restricciones ayudan a evitarlas”- decía Hervé le Teiller.

-Lipogramas- susurró Dinaux- esos monumentos de la tontería humana.

-Hay que ser idiota para escribir lipogramas- replicó Fournier hijo- como dice mi amigo Bissonade “solo un pedante podría admirar tales ineptitudes”.

Entonces intervino André Gide, que según supe después no era un autor Oulipiano, y su aseveración sumió la disputa en reflexivo silencio: “El gran artista es aquel a quien el obstáculo le sirve de trampolín” dijo y nadie encontró argumentos con que rebatir aquella sentencia.

Ni siquiera yo, por eso me instalé en Scriptorium, para llenarme las manos de pintura y dibujar casas, espacios, tiempos, para acallar la cacofonía que no me dejaba escuchar el sonido primordial de la voz interior, para sentirme acompañada en este camino repleto de obstáculos.

Cuando quise darme cuenta, la inconstancia, la dispersión y la sensación de soledad que siempre había sido mi compañera de viaje, se desvanecieron desconcertadas ante aquella avalancha de desafíos.

Sentí que caía en la mise en abîme, como Alicia se precipitó tras el conejo blanco, y me dejé llevar transmutada en una hormiga, en una de Cortázar como las de el Último round: “Primero me pondré mi corbata amarilla, y después de haber elegido la más esbelta y vivaz de mis hormigas, la soltaré para que se pasee por la corbata. Habrá así un doble paseo, en el que yo iré y vendré frente a la casa del señor Silicoso y mi hormiga irá y vendrá por mi corbata. ¿He dicho un doble paseo? Más bien una apertura infinita de paseos en espiral, pues si bien la hormiga se pasea por mi corbata, mi corbata se pasea conmigo, la tierra me pasea entorno a la eclíptica, esta se pasea a lo largo de la galaxia, que se pasea entorno de la estrella Beta de centauro”.

El paseo continúa, con la satisfacción de saber que aún quedan cosas que pueden cambiarte la vida y que eso solo ocurre cuando descubres un tesoro enterrado, en este caso con un cofre de sugerente nombre: Scriptorium y de extraordinario contenido: Oulipo.

 

Pilar Gil

 

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