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Terraria

 

Francisco León

 

La Garúa

 

José Luis Gómez Tore

El Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere difícilmente podría tener mejor carta de presentación que Terraria, obra del poeta Francisco León, cuyo libro ha sido galardonado en la primera edición del certamen.

Para componer su poemario, Francisco León (Tenerife, 1970) recurre únicamente al poema en prosa y lo hace con indudable acierto. Los textos que forman Terrariaestán escritos desde la libertad que otorga la palabra poética pero también desde el rigor de una escritura que se sabe necesaria. Si bien estos textos en ocasiones se aproximan a la narración o al ensayo, en el fondo son verdaderos poemas. Este es un mérito nada desdeñable, cuando en tantos supuestos poemas en prosa lo pretendidamente lírico no pasa de ser un mero añadido, el recurso a un vago tono sentimental, aderezado por un vocabulario convencionalmente poético. Afortunadamente este libro está muy lejos de ello: el lector que se acerque a Terrariava a encontrarse ante un verdadero libro de poesía, y de buena poesía.

Jorge Riechmann, en su hermoso libro Resistencia de materiales, señala:«La cultura es un reglamento, escribió Ludwig Wittgenstein, o presupone un  reglamento; la poesía no presupone un reglamento. La poesía no es literatura». La afirmación de Riechmann, que puede resultar demasiado tajante, se entiende mejor desde la concepción (tan cara a Gamoneda) de la poesía más allá de los géneros tradicionales. Desde este punto de vista, lo poético puede tomar como primer impulso el marco de la lírica, pero también puede partir de la forma de una novela, de un relato corto, de una obra teatral o, incluso, de un ensayo. Así, en Terraria, nos encontramos frente a una escritura en libertad, que entiende la poesía como algo que no tiene por qué plegarse a las clasificaciones más o menos didácticas de los manuales de literatura.

En la contraportada del libro, Andrés Sánchez Robayna hace mención de «la experiencia, fulgurante y secreta, de una insularidad alucinada». En efecto, el libro va cercando un espacio, que es a la vez real y simbólico. Las referencias al paisaje canario resultan imprescindibles, pero ello no supone que estemos ante una poesía de postal, que se limite a dibujar un lugar pintoresco. Por el contrario, las islas ofrecen un espacio mítico donde lo bello y lo terrible conviven, donde se confunden el exilio y el reino, el infierno y el paraíso: «Estamos pisando tierra santa, estancia tumular, abandonado cementerio de camellos, recinto de sacrificios». Los mitos que surgen frente a la mirada del poeta no son necesariamente consoladores: en ellos se revela la implacable presencia de una muerte que se funde con la vida. Sin embargo, el yo lírico sabe que tiene que ser fiel a la visión que depara el poema aunque ello suponga enfrentarse a la lucidez de una «videncia horrible».

  Claudio Rodriguez escribió en El vuelo de la celebración: «El soñar es sencillo pero no el contemplar». El gran poeta zamorano se distanciaba así de esa concepción, todavía demasiado frecuente, de la poesía como huida frente a lo real. De ahí su apuesta por una poesía que sea sobre todo mirada, mirada que quiere desvelar el misterio del mundo. Francisco León sabe que también se puede soñar con los ojos abiertos. Sus poemas nos revelan una mirada onírica en la que sueño y realidad no se oponen: «Soñar lo que realmente está sucediendo es el acto fundamental de la existencia». La poesía, el sueño son otra forma de vigilia: «Ver o soñar, devorar con los ojos».