borde Sumario. Entrevistas.

Gustavo Martín Garzo

«No me gusta la metaliteratura, salvo en algunos casos, y la ficción pura y dura es una de las apuestas de mi obra»

Luis García

Psicólogo de profesión, Gustavo Martín Garzo posiblemente se haya sentido escritor cuando en 1994 recibió el Premio Nacional de Narrativa por El lenguaje de las fuentes. A partir de esa fecha, se dedicó a escribir y a atesorar premios (el Nadal, el Miguel Delibes, el Emilio Hurtado...). Es Gustavo Martín Garzo un autor que ante todo escribe sobre, por y para el amor, con breves incursiones en la literatura infantil. Ahora, se recupera toda su obra y presenta además nueva novela, Mi querida Eva, posiblemente una de las más autobiográficas.

 

PREGUNTA: Yo lo recuerdo (y lo conocí) con su flamante Premio Nacional de Narrativa con El lenguaje de las fuentes. Y lo recuerdo, entonces, tímido en su casa, recibiendo a los periodistas. Muchos se preguntaban, quién era Martín Garzo. ¿Quién era el Martín Garzo de El lenguaje de las fuentes y quién es ahora?

RESPUESTA: Es una respuesta imposible. No hay manera de saber quienes somos. A medida que pasa el tiempo vamos perdiendo las pocas certezas que alguna vez pudimos tener. Creo, sinceramente, que nos iremos de este mundo sin haber entendido gran cosa ni de los demás ni de nosotros mismos. Bueno, hay algo que he aprendido: que la vida no cabe en nuestra razón. Literariamente no creo haber cambiado, aunque cada libro, como es lógico es una apuesta distinta. Una apuesta que completa y prolonga las anteriores. Y que siempre vivo con una cierta sensación de fracaso, en la medida en que ese libro que habría querido escribir siempre escapa de mí. Ni en una sola ocasión, salvo tal vez con El pequeño hederero, he tenido la sensación de que el libro escrito se aproximaba a aquel con el que había soñado.

P: ¿Aún se considera tímido? Porque lo era... o a mí me lo parecía entonces...

R: No lo sé. Me gusta la compañía de los demás, y creo que no me defiendo mal del todo en las distancias cortas. Pero tiendo, en exceso, a la gravedad. Por eso admiro tanto a las mujeres, porque llevan el juego en sus vidas.

P: Y después el Nadal con Las historias de Marta y Fernando... ¿eso cambio definitivamente su vida?

R: No, habría sido absurdo. Un premio no puede cambiar tu vida. ¡Hay tan pocas cosas que tienen ese poder!

P: Curiosa la disposición de la obra, con aquel poemario supuestamente adjudicado a Marta que se incluía como una separata en el libro. Este recurso lo vi después en algún otro libro. ¿Cómo se le ocurrió?

R: En el libro había muchas referencias a la poesía, y quise hacer un pequeño homenaje a alguno de los poetas que amo. Soy un lector constante de poesía, y me gustaría llegar a escribirla, pero soy incapaz de hacerlo. La tengo demasiado respeto. Ni siquiera lo intento. Aunque ese sueño, como el de hacer cine, estoy seguro que no me abandonará nunca.

P: ¿Sabe que he visto recientemente alguna edición en la que no venía dicha separata?

R: Debía estar en todas. Creo que se trata de algo más que un pequeño capricho. Es una forma de dar a entender lo importante que para los personajes de la novela es la poesía. No me gusta la metaliteratura, salvo en algunos casos, y la ficción pura y dura es una de las apuestas de mi obra. Pero las alusiones a libros o autores son frecuentes en ellos, sobre todo en los más realistas. Es una forma de reivindicar la importancia que pueden tener los libros y las lecturas que hemos hecho en nuestra vida. Al menos, en mi caso ha sido así. De hecho, uno de los temas más frecuentes de mi conversación con los demás es ese mundo de lecturas y de películas. ¿Por qué no habría de aparecer también así en los personajes de la ficción? La literatura no nos aparta de la vida. Al contrario, se lee para vivir más intensamente, con mayor compromiso y verdad.

P: Y de nuevo una novela sobre el amor en su Valladolid natal... ¿qué nos vamos a encontrar los lectores en Mi querida Eva?

R: Pues eso, una novela sobre el amor. El amor y la muerte son los dos grandes temas de la literatura. Ninguna historia que merezca la pena puede prescindir de ellos.

P: ¿No teme que se le considere que está «fuera de lugar» eso de escribir sobre el amor?

R: No en absoluto. En realidad, es lo todo el mundo espera cuando abre un libro, que trate del amor. La lectura nos enfrenta a los grandes enigmas de nuestra vida, y puede que ese sea el más grande. El amor tiene que ver con la fascinación, y creo que todos vivimos buscando fascinar y ser fascinados. 

P: Porque el amor es una constante en su obra... Lo fue sin ir más lejos en su última novela, La soñadora, aunque en esa ocasión envuelta en una atmósfera un tanto onírica...

R: El amor es empeñarse en cumplir las promesas, por muy desatinadas que lleguen a  parecer. Tiene que ver con los deseos que se formulan en los sueños.

P: Llama la atención en Mi querida Eva esos guiños al boxeo. ¿Estuvo su juventud marcada por ese deporte?

R: El boxeo hace años era un deporte socialmente aceptado, que se veía con naturalidad. Nada que ver con lo que pasa ahora, que ha llegado a transformarse en algo proscrito. Era el mundo de la épica, indisociable, por tanto, de la nobleza: una pelea, pero sin engaño. Sometida a unas reglas que había que cumplir. Lo contrario de lo que pasa tantas veces en la vida, donde parece que todo vale. Muchas veces, cuando veo que hay personas que, por ejemplo, aplauden a personas que son capaces de matar cobardemente por la espalda, me pregunto no ya si de verdad han leído algún libro, sino si leyeron tebeos o vieron películas del Oeste cuando eran niños. O si asistieron a combates de boxeo. No comprendo cómo puede tacharse de héroe a un ser capaz de asesinar por la espalda, ni cómo puede fundarse el sueño de un país nuevo sobre semejante indignidad. La patria de los verdaderos héroes es el género humano.

P: He de decirle que leer Mi querida Eva supone regresar a mi infancia, a las eras, las tardes en los ríos... lo que me lleva a sospechar que tiene una fuerte carga autobiográfica... ¿Es cierto?

R: No creo que mi novela sea una novela nostálgica. He querido escribir un libro sobre el amor como hechizo, sobre lo que nos pasa cuando nos enamoramos. Es decir, a qué lugar llegamos en esos instantes, que lengua llegamos a hablar. Las palabras del amor, como las de la literatura, son las palabras desinteresadas. La lengua que hablan los amantes se confunde con la lengua poética, la lengua de  la creación. Una lengua mítica que nos permite dialogar con el mundo. El problema es que cuando logramos hablar en esa lengua no sabemos lo que decimos, ya que, parafraseando la cita de Shakespeare, el amor es demasiado joven para saber qué es la conciencia. Sabemos que hemos estado en un lugar misterioso y extraño, que hemos hablado en un idioma desconocido, que hemos llegado a tener facultades que ni siquiera habíamos soñado nunca que podíamos tener, pero no podemos recordar exactamente lo que nos pasó ni lo que llegamos a hacer en él. Es como haber despertado de un sueño, y aunque queramos regresar a ese lugar no podemos hacerlo...

P: Todas sus novelas, adolecen de un algo existencial, no sólo esta... ¿premeditado, quizás?

R: Ninguno ha vivido la vida que quería. Creo que bien podemos decir que todos hemos tenido vidas equivocadas. De eso habla este libro. Pero también de las grandes virtudes: la generosidad, el coraje, el deseo de saber y de ser, el amor por la verdad, de la abnegación. Uno de los personajes dice que es el cielo el que debe juzgar a la tierra y no al revés. Amo esos personajes que bordean el ridículo más espantoso y que sin embargo no llegan a caer en él. Amo esa locura; la locura cuando no tiene que ver con el éxito, el dinero o el poder, sino con la generosidad, que revela una pasión ardiente por algo, y con el deseo de cuidarlo. Mis personajes preferidos son esos seres que parecen flotar sobre el vacío, a  los que algo les sostiene, aunque no sepamos qué es. Algo que tiene que ver con la fe, con el milagro. Creo que Eva es así. La verdad es que esta novela es una de mis preferidas, aunque sé que a muchos lectores les causará perplejidad o rechazo leerla. Pero nunca he escrito para lectores sensatos. Yo hablo de la inmadurez, sólo soy un escritor de cuentos

P: ¿Y cuándo regresará Gustavo Martín Garzo a la literatura juvenil, donde, por cierto, ha cosechado tanto éxito?

R: No lo sé. Uno no elige lo que quiere escribir. Y cada libro tiene su momento. Pero volveré a ese género, porque lo considero esencial. Los niños, la pregunta por la infancia, es una de las obsesiones centrales de mi vida y mi obra. La infancia como ese periodo en que se muestra lo que Bachelar llamó el asombro de ser.

Literaturas.com